Capítulo 12 La Alianza Inesperada
La huida de Dunvegan no fue una retirada estratégica, sino una desbandada desesperada hacia la oscuridad.
Isla y Lachlan cruzaron el puente levadizo mientras los primeros rayos de un amanecer grisáceo comenzaban a teñir el cielo, revelando la silueta esquelética del castillo contra la bruma matutina.
No miraron atrás. Sabían que si lo hacían, verían las ventanas de la torre norte iluminadas por una luz antinatural, o quizás, verían la figura de Margaret observándolos con esa sonrisa de satisfacción morbosa.
El viento cortante de las Highlands azotaba sus rostros, llevándose consigo los últimos vestigios de calor corporal, pero el frío interior que sentía Isla era mucho más penetrante.
Corrieron hasta que el castillo se convirtió en una mancha borrosa en el horizonte, hasta que sus pulmones ardieron y sus piernas amenazaron con ceder. Solo entonces, al llegar a la linde del bosque de pinos que rodeaba las tierras del clan, se detuvieron para recuperar el aliento.
Lachlan se apoyó contra el tronco rugoso de un pino antiguo, su respiración entrecortada, el vendaje improvisado en su brazo manchado de sangre fresca. Isla escaneó el perímetro, buscando señales de persecución, pero solo encontraron el silencio sepulcral del bosque y el canto lejano de un cuervo.
—No nos siguen —murmuró Lachlan, limpiándose el sudor de la frente con la mano sana—. Por ahora.
—Porque no necesitan seguirnos —respondió Isla, su voz tensa—. Saben dónde vamos. O al menos, creen saberlo. La entidad... ese eco... nos señaló hacia el bosque. Hacia las ruinas. Quieren que vayamos allí. Es una trampa, Lachlan. Una trampa elaborada con nuestra propia psicología.
Lachlan la miró, sus ojos oscuros por la fatiga y la confusión.
—¿Una trampa? ¿Por qué? Si querían eliminarnos, podrían haberlo hecho en la cripta. Podrían haber llamado a los guardias. En cambio, nos dejaron ir. Nos empujaron a ir.
Isla negó con la cabeza, procesando la lógica retorcida de sus enemigos.
—Porque el ritual no está completo. Necesitan algo más que sangre.
Necesitan intención. Necesitan que nosotros, conscientemente, activemos el siguiente paso.
Campbell y Malcolm son arrogantes, pero Margaret...
ella es paciente. Ella sabe que el miedo es un mejor catalizador que la fuerza bruta.
Al huir, estamos actuando bajo su influencia. Estamos jugando su juego.
Lachlan se deslizó hasta sentarse en el suelo cubierto de agujas de pino, cerrando los ojos.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos rendimos? ¿Volvemos y aceptamos nuestro destino?
—No —dijo Isla con firmeza, arrodillándose frente a él—. Cambiamos las reglas. Si ellos quieren que vayamos a las ruinas, iremos. Pero no como víctimas. Iremos como cazadores. Y para eso, necesitamos ayuda. No podemos hacer esto solos.
—¿Ayuda? —Lachlan abrió los ojos, escéptico—. ¿Quién en este reino confiaría en dos fugitivos acusados de brujería y traición? Mi padre cree que estoy loco. El resto del clan me teme o me desprecia.
Isla sonrió levemente, una sonrisa triste pero determinada.
—Hay alguien que ya nos ha ayudado. Alguien que arriesgó su vida para darnos información. Ian.
El nombre cayó como una piedra en un estanque tranquilo. Lachlan palideció.
—Ian está muerto, Isla. Lo vimos. Degollado en la cripta.
—Sí —confirmó ella, sintiendo una punzada de dolor agudo en el pecho—.
Pero antes de morir, nos dio una pista. Nos dijo que fuéramos a Culloden.
Y luego, en la cripta, la entidad nos señaló hacia el bosque.
Hay una conexión. Ian sabía algo sobre las ruinas.
Algo que Malcolm y Campbell ignoran. Y creo que sé quién puede ayudarnos a descifrarlo.
—¿Quién?
—El viejo Ewan. El bibliotecario.
Lachlan frunció el ceño.
—Ewan es medio ciego y casi sordo. Vive en su propio mundo. ¿Cómo puede ayudarnos?
—Porque Ewan no es solo un bibliotecario.
Es el guardián de la memoria oral del clan.
Conoce las leyendas que no están escritas en los libros.
Las historias que se transmiten de boca en oreja, de generación en generación.
Y creo que él sabe la verdad sobre Duncan MacLeod. Sobre la primera "viajera".
Lachlan dudó, pero la lógica de Isla era implacable. Si no podían confiar en la fuerza, debían confiar en el conocimiento. Y Ewan era el depósito vivo de ese conocimiento.
—Está bien —aceptó finalmente, poniéndose de pie con esfuerzo—. Pero Ewan vive en la aldea inferior, cerca del molino. Está lejos. Y si Campbell tiene espías en todas partes...
—Entonces iremos disfrazados —interrumpió Isla—. Y usaremos los senderos de contrabando. Los que tú conoces.
Emprendieron la marcha de nuevo, adentrándose en la espesura del bosque.
El terreno era irregular, lleno de raíces traicioneras y rocas cubiertas de musgo resbaladizo.
Isla guiaba el camino, utilizando su conocimiento del terreno adquirido durante meses de recolección de hierbas.
Lachlan la seguía, cojeando ligeramente, pero con una determinación renovada.
Durante horas, caminaron en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Isla repasaba mentalmente los eventos recientes, buscando patrones, errores, oportunidades.
Lachlan luchaba con la imagen de su doble físico, con la sensación de haber luchado contra su propia alma corrupta.
Era una herida psicológica profunda, una grieta en su identidad que temía que nunca sanara.
Al mediodía, llegaron a las afueras de la aldea.
Era un conjunto modesto de cabañas de piedra y techos de paja, agrupadas alrededor de una plaza central donde el molino giraba lentamente impulsado por la corriente del río.
El aire olía a pan recién horneado y a humo de leña.
Parecía un lugar pacífico, ajeno a las intrigas mortales del castillo.
Pero Isla sabía que la paz era una ilusión. La pobreza y el miedo eran constantes en la vida de los campesinos, y cualquier extraño era visto con sospecha.
Se acercaron a la cabaña de Ewan, situada en el extremo más alejado de la aldea, junto al borde del bosque. Era una estructura pequeña y decrépita, con las ventanas cubiertas de telas sucias para bloquear la luz. Isla golpeó suavemente la puerta de madera.
Nadie respondió.
Volvió a golpear, un poco más fuerte.
—¿Ewan? Soy yo. Isla.
Un ruido interno, el arrastrar de pies, precedió a la apertura de la puerta. El anciano apareció en el umbral, envuelto en una manta raída. Sus ojos, velados por cataratas, parecían mirar a través de ellos, hacia un punto infinito.
—¿Quién llama? —preguntó, su voz cascada como hojas secas.
—Soy Isla. Y traigo a Lachlan.
Ewan inclinó la cabeza, escuchando. Luego, una sonrisa extraña curvó sus labios desdentados.
—El hijo del Laird. Y la niña de las estrellas. Entrar. Rápido. Antes de que las sombras os encuentren.
Entraron en la cabaña. El interior era oscuro, lleno de pilas de libros viejos, pergaminos enrollados y objetos curiosos: huesos de animales, piedras pulidas, frascos con líquidos de colores extraños. Olía a polvo y a hierbas medicinales.
Ewan cerró la puerta y la aseguró con un cerrojo pesado. Luego, se volvió hacia ellos.
—Os esperaba —dijo simplemente.
Lachlan lo miró, sorprendido.
—¿Nos esperabas? ¿Cómo?
Ewan rio, una risa seca y gutural.
—El viento habla, muchacho. Y las paredes tienen oídos. Sé que habéis huido. Sé que habéis visto al Eco. Y sé que buscáis la verdad sobre Duncan.
Isla dio un paso adelante.
—Sabes quién era Duncan realmente. Y sabes qué le pasó a la mujer que vino antes que yo.
Ewan asintió lentamente, moviéndose hacia una mesa cubierta de mapas antiguos.
—Duncan no estaba loco. Estaba atrapado.
Como vosotros. La mujer... se llamaba Elara.
Venía de un lugar donde el tiempo no existía.
Donde todo era posible. Duncan la amó. Intentó protegerla.
Pero ellos... los de la sangre negra... la capturaron.
La usaron para abrir la puerta. Y cuando falló... la destruyeron.
Isla sintió cómo el nombre Elara resonaba en su mente. Era su nombre verdadero. El nombre que había olvidado. El nombre de su vida futura.
—¿Cómo murió? —preguntó, con voz temblorosa.
—No murió —corrigió Ewan, con gravedad—. Desapareció. Fue absorbida por la puerta. Pero dejó algo atrás. Un mensaje. Una advertencia.
Sacó de debajo de la mesa un pequeño cofre de madera tallada. Lo abrió. Dentro había un diario. No el de Campbell. Otro. Más antiguo. Encuadernado en piel de ciervo.
—El diario de Elara —dijo Ewan, entregándoselo a Isla—. Duncan lo escondió aquí. Hace cincuenta años. Nadie lo ha tocado desde entonces.
Isla tomó el diario con manos reverentes. Sentía el peso de la historia, el peso de su propia existencia, en esas páginas amarillentas.
—¿Qué dice? —preguntó Lachlan.
—Dice cómo cerrar la puerta —manifestó Ewan—. Dice cómo destruir el engranaje. Y dice quién es el verdadero maestro detrás de todo.
Antes de que pudieran leerlo, un golpe fuerte en la puerta los hizo saltar.
—¡Abran! ¡Por orden del Laird!
Era la voz del capitán de la guardia. Habían sido encontrados.
Ewan miró a Isla y a Lachlan, con una calma sorprendente.
—Id por la puerta trasera. Lleva al bosque. Corred. No miréis atrás. Yo los retrasaré.
—No podemos dejarte —protestó Lachlan.
—Ya soy viejo —dijo Ewan, sonriendo—. Y mi tiempo se acaba. Pero el vuestro... el vuestro apenas comienza. Id. Salvad a Elara. Salvad a Escocia.
Otro golpe, más fuerte. La madera de la puerta comenzó a astillarse.
Isla miró a Lachlan. Él asintió, con lágrimas en los ojos. Tomó el diario de las manos de Isla y lo guardó en su chaqueta.
—Gracias, Ewan —susurró Isla.
El anciano asintió, cerrando los ojos.
Isla y Lachlan salieron por la puerta trasera, justo cuando la puerta principal cedía bajo los golpes de los guardias. Corrieron hacia el bosque, escuchando los gritos de furia detrás de ellos. Pero esta vez, no corrían solo por sus vidas. Corrían con una misión. Con una esperanza.
Pero con la verdad en sus manos.
Mientras se adentraban en la espesura, Isla abrió el diario de Elara. La primera página tenía una sola frase, escrita con una caligrafía elegante y desesperada:
«Para cerrar la puerta, debes sacrificar lo que más amas. Pero ten cuidado: el amor es la llave, y también la trampa.»
Isla miró a Lachlan, que corría a su lado, jadeante, determinado. Y supo, con una certeza aterradora, que el sacrificio final ya estaba decidido.