Capítulo 11 El Exilio Interior
El mundo se detuvo. No fue una metáfora poética, sino una suspensión física de la realidad, como si el aire mismo se hubiera solidificado en ámbar transparente.
Isla observó las dos figuras idénticas con una incredulidad que rozaba la locura.
A su izquierda, el Lachlan que conocía, el hombre cuya mano había sostenido segundos antes, cuyo beso aún ardía en sus labios, miraba hacia el otro lado de la cripta con una expresión de horror absoluto, su pistola aún humeante en la mano extendida.
A su derecha, emergiendo de las sombras más profundas junto al cuerpo sin vida de Ian, estaba su doble físico exacto.
Vestía la misma ropa, tenía el mismo cabello castaño claro despeinado por la lucha, pero sus ojos...
sus ojos no eran los de Lachlan. Eran pozos vacíos, negros como el azabache, desprovistos de alma, de empatía, de humanidad.
Eran los ojos de un depredador que ha aprendido a imitar a su presa para acercarse lo suficiente y morder.
—¿Qué es esto? —gritó el Lachlan real, su voz quebrada por la confusión y la ira—. ¿Quién eres?
La figura sonrió. No fue una sonrisa cálida o burlona, como las de Malcolm o Campbell. Fue una mueca mecánica, precisa, como la de una marioneta cuyos hilos han sido tensados por un titiritero cruel.
—Soy lo que viene después —dijo la entidad con la voz de Lachlan, pero con un timbre metálico, distorsionado, como si hablara a través de un filtro de estática—. Soy el eco. Soy la consecuencia.
Lady Margaret soltó el brazo de Isla, retrocediendo con una reverencia temerosa hacia la figura.
Campbell y Malcolm bajaron sus dagas, pálidos, temblando no de miedo, sino de una excitación religiosa morbosa.
Habían logrado lo imposible. No habían abierto una puerta al futuro; habían traído algo del vacío intersticial, una manifestación física de la corrupción temporal que buscaban controlar.
Isla sintió cómo el pánico amenazaba con paralizarla, pero su mente forense, entrenada para encontrar lógica en el caos, tomó el control.
Analiza, se ordenó. No es un clon. Es una proyección.
Una anomalía dimensional estabilizada por el ritual y la sangre.
La presencia de Ian muerto, su sangre fresca mezclada con la sal del círculo, había actuado como conductor.
Y la confusión emocional, el shock de ver a su amado convertido en monstruo, era el combustible psicológico que la entidad necesitaba para anclarse.
—No es real —murmuró Isla, aunque sus piernas temblaban—. Es una ilusión proyectada por la resonancia del engranaje y vuestra propia culpa.
La entidad dio un paso adelante. El suelo crujió bajo su peso. Era sólido. Demasiado sólido.
—La culpa es real, Isla —dijo la cosa—. Y el dolor también.
Se lanzó hacia el Lachlan real con una velocidad sobrenatural.
Lachlan intentó disparar de nuevo, pero la entidad desvió la trayectoria de la bala con un movimiento de mano imposible, casi borroso.
El proyectil se incrustó en la pared de piedra, levantando polvo.
Lachlan desenvainó su espada, enfrentándose a su propio reflejo corrupto.
El choque de acero contra acero resonó como un campanazo fúnebre.
Isla sabía que no podían ganar ese combate.
La entidad conocía cada movimiento de Lachlan, cada debilidad, cada patrón de pensamiento.
Era él, pero sin las inhibiciones morales, sin el amor, sin la duda.
Era la versión perfecta y letal de lo que Lachlan podría haber sido si el poder lo hubiera corrompido totalmente.
—¡Fiona! ¡Corre! —gritó Isla, empujando a la joven doncella hacia la escalera de caracol.
Fiona, liberada de sus ataduras pero paralizada por el terror, dudó un segundo. Luego, el instinto de supervivencia prevaleció y echó a correr, subiendo las escaleras a cuatro patas, sollozando.
—¡Detenedla! —ordenó Campbell, recuperando parcialmente su compostura.
Malcolm intentó interceptarla, pero Isla le lanzó el cuchillo que llevaba oculto. No apuntaba a matar, sino a distraer. La hoja se clavó en la manga de su túnica, obligándolo a detenerse.
—¡Lachlan! ¡Vámonos! —gritó Isla.
Lachlan luchaba desesperadamente, sangrando por un corte en el brazo. Miró a Isla, sus ojos llenos de angustia.
—¡No puedo dejarte!
—¡Tienes que hacerlo! ¡Si nos quedamos, moriremos todos! ¡Ve! ¡Busca ayuda! ¡Busca a tu padre!
La entidad aprovechó la distracción para lanzar una patada brutal al pecho de Lachlan, enviándolo contra la pared. Cayó aturdido. Isla corrió hacia él, agarrándolo del brazo.
—¡Levántate!
Con un esfuerzo supremo, Lachlan se puso de pie.
Juntos, huyeron hacia la escalera, dejando atrás a los conspiradores y a la entidad que los observaba con una curiosidad fría, sin perseguirlos.
Sabía que no hacía falta. La semilla estaba plantada.
La duda, el miedo, la fractura en la realidad... todo eso era suficiente por ahora.
Subieron las escaleras a toda prisa, escuchando los cantos rituales que comenzaban de nuevo detrás de ellos, más fuertes, más intensos. Al llegar a la puerta superior, Lachlan la cerró de golpe y trabó el mecanismo con una barra de hierro oxidada que encontraron allí.
Cayeron sobre el suelo del pasillo, jadeando, cubiertos de sudor y polvo. El silencio del castillo volvió a caer sobre ellos, pero ya no era un silencio pacífico. Era el silencio de la tumba.
—¿Qué... qué era eso? —preguntó Lachlan, tocándose el brazo herido. La sangre manaba oscura, espesa.
Isla lo miró, incapaz de encontrar palabras. ¿Cómo explicar que habían invocado a un espectro del tiempo? ¿Cómo explicar que la línea entre el pasado y el futuro se había vuelto porosa?
—Era un error —dijo finalmente, con voz ronca—. Un error cometido por hombres que jugaron con fuerzas que no comprenden. Y ahora, ese error tiene forma.
Lachlan cerró los ojos, apoyando la cabeza contra la pared fría.
—He luchado contra mí mismo, Isla. He visto mi propia cara llena de odio. De maldad pura. ¿Cómo puedo seguir viviendo sabiendo que esa cosa existe? ¿Que yo puedo ser eso?
Isla le tomó la mano, apretándola con fuerza.
—Porque tú no eres eso. Tú elegiste el amor. Tú elegiste proteger. Esa cosa... esa cosa es solo un reflejo distorsionado. No tiene alma. No tiene elección. Tú sí.
Lachlan abrió los ojos, buscando en los de ella una confirmación, un ancla.
—Pero si vuelve... si intenta salir de la cripta...
—Lo detendremos —dijo Isla, aunque por dentro sentía un vacío helado—. Pero primero, debemos curarte. Y debemos esconderte. Tu padre... no puede saberlo todavía. Si sabe que hay una entidad con tu rostro en el castillo, podría tomar medidas drásticas. Medidas que nos perjudiquen a ambos.
Lachlan asintió débilmente.
—Hay una celda en las mazmorras antiguas. Debajo de la cocina. Mi abuelo la usaba para prisioneros de guerra. Está olvidada. Nadie va allí.
—Perfecto —dijo Isla—. Es el lugar más seguro y más peligroso a la vez. Pero es nuestro único refugio.
Lo ayudó a levantarse. Caminaron cojeando hacia las escaleras de servicio, evitando las rutas principales. El castillo parecía diferente ahora. Las sombras parecían más largas, más amenazantes. Cada rincón podía ocultar a la entidad. Cada espejo podía reflejar su rostro vacío.
Llegaron a las mazmorras. El aire era húmedo, pesado, olía a moho y a desesperación antigua. Lachlan abrió la puerta de la celda con una llave que llevaba siempre consigo, una precaución de sus días de rebeldía juvenil. Entraron.
La celda era pequeña, apenas un cubículo de piedra con un jergón de paja podrida y una ventana alta, estrecha, que daba al foso seco. Era claustrofóbica, opresiva. Pero era segura.
Isla ayudó a Lachlan a tumbarse en el jergón. Limpió su herida con agua de su cantimplora y vendó el brazo con tiras de su propia camisa. Sus manos temblaban, no por el frío, sino por la adrenalina residual y el miedo profundo que aún no se atrevía a nombrar.
—Descansa —le dijo suavemente—. Yo haré guardia.
Lachlan la miró, sus ojos nublados por el dolor y el agotamiento.
—No me dejes, Isla. Por favor. No me dejes solo con mis pensamientos.
Isla se sentó a su lado, apoyando la espalda contra la pared fría.
—No te dejaré —prometió—. Estoy aquí. Siempre.
Él cerró los ojos, y pronto, el sueño pesado de los heridos lo venció. Su respiración se volvió regular, profunda. Isla permaneció despierta, escuchando los goteos de agua, los crujidos de la piedra, los latidos de su propio corazón.
Pasaron las horas. La noche avanzó hacia la madrugada. Isla luchó contra el cansancio, manteniéndose alerta. Pero la fatiga era un enemigo implacable. Sus párpados pesaban como plomo. Su mente comenzaba a divagar, a mezclar recuerdos del futuro con la realidad del presente.
A la sazón, lo vio.
En la esquina más oscura de la celda, donde la luz de la luna apenas llegaba, una sombra se movió. No era una sombra normal. Era densa, negra, con bordes definidos. Se separó de la pared y comenzó a tomar forma.
Primero, unas piernas. Luego, un torso. Finalmente, una cabeza. Era la entidad. El otro Lachlan.
Había encontrado la manera de salir de la cripta. O quizás, nunca había estado realmente confinado allí. Quizás existía en todos los lugares donde la duda y el miedo habitaban.
La entidad se acercó al jergón donde dormía el Lachlan real. Sonrió esa sonrisa mecánica, terrible. Levantó una mano, formando una garra de sombras.
Isla quiso gritar, quiso moverse, pero estaba paralizada. No por magia, sino por terror puro. Observó impotente cómo la entidad se inclinaba sobre el hombre que amaba.
Pero no lo atacó.
En su lugar, se giró hacia Isla. La miró fijamente con esos ojos vacíos. Y luego, señaló hacia la ventana alta. Hacia el exterior. Hacia el bosque. Y desapareció, disolviéndose en la oscuridad como humo.
Isla quedó temblando, el corazón desbocado. ¿Qué significaba aquello? ¿Era una advertencia? ¿Una invitación?
Miró a Lachlan, que seguía dormido, ajeno al peligro mortal que acababa de rozarlo. Sabía que no podía quedarse allí. La entidad sabía dónde estaban. La cripta no era segura. Las mazmorras no eran seguras. Ningún lugar del castillo era seguro.
Tenían que irse. Tenían que huir.
Despertó a Lachlan suavemente.
—Lachlan. Despierta. Tenemos que irnos.
Él abrió los ojos, confundido.
—¿Qué pasa?
—Nos han encontrado. La entidad. Estuvo aquí.
Lachlan se incorporó de un salto, a pesar del dolor.
—¿Dónde?
—Se fue. Pero vendrá de nuevo. Y la próxima vez, no se limitará a observar.
Recogieron sus pocas pertenencias. Salieron de la celda, cerrando la puerta tras ellos. Subieron las escaleras de las mazmorras, emergiendo en las cocinas silenciosas.
El castillo dormía. Pero Isla sabía que era un sueño inquieto.
Se dirigieron hacia la puerta posterior, la misma por donde habían escapado antes. Pero esta vez, no iban al bosque. Iban hacia las ruinas. Hacia el lugar donde todo había comenzado. Hacia el lugar donde, según la entidad, estaba la verdad.
Mientras caminaban por el patio interior, Isla sintió una presencia. Alzó la vista hacia la torre norte.
Allí, en la ventana, estaba Lady Margaret. Los observaba. Y a su lado, la silueta oscura de la entidad.
Margaret levantó una mano. No en señal de amenaza. En señal de despedida. O quizás, de bienvenida.
Isla apretó la mano de Lachlan.
—Corramos —susurró.
Corrieron hacia la noche, hacia lo desconocido, dejando atrás el hogar que nunca había sido suyo, persiguiendo una verdad que podría destruirlos a ambos.