Capítulo 10 La Primera Muerte Errónea
La oscuridad de las cavernas no era un vacío, sino una presencia física, densa y húmeda que se adhería a la piel como una segunda capa de sudor frío.
Isla y Lachlan descendieron por la pendiente irregular de roca volcánica, guiados únicamente por el tacto y por la memoria visual fugaz de los mapas geológicos que Isla había consultado en su vida anterior.
El aire olía a azufre rancio y a tierra antigua, un olor primordial que parecía provenir de las entrañas mismas del planeta.
Cada paso era un cálculo de riesgo; una piedra suelta podía significar un tobillo roto, y en aquel lugar, sin luz ni ayuda, una fractura equivalía a una sentencia de muerte lenta y agonizante.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Lachlan, su voz resonando extrañamente en la bóveda natural, amortiguada por la piedra porosa. Su mano buscaba la de Isla en la negrura, un ancla táctil en medio del abismo.
—Hay una salida al norte —respondió ella, concentrándose en la orientación espacial que su mente entrenada mantenía activa a pesar del pánico latente—. Conecta con el sistema de alcantarillado antiguo del castillo. Si tenemos suerte, desembocaremos cerca de los muelles exteriores.
—Si tenemos suerte —repitió él, con un humor negro que revelaba su tensión.
Caminaron durante lo que parecieron horas, aunque el tiempo en las profundidades carecía de significado. La única constante era el sonido distante del agua goteando y el eco de sus propias respiraciones entrecortadas.
Isla sentía cómo la energía del engranaje perdido aún vibraba en su conciencia, un hilo invisible que la conectaba con la superficie, con Malcolm, con la amenaza inminente.
Había dejado la llave atrás deliberadamente, sí, pero sabía que ese objeto no era inerte.
Era un catalizador. Y ahora, en manos de alguien que entendía su poder superficial pero no su naturaleza verdadera, podría desencadenar consecuencias impredecibles.
Finalmente, vislumbraron una rendija de luz grisácea.
Una rejilla oxidada bloqueaba el paso, pero Lachlan, utilizando una palanca improvisada con una rama seca y su fuerza bruta, logró forzar los barrotes hasta crear una abertura suficiente para pasar.
Emergieron en un callejón estrecho y maloliente, detrás de las cocinas del castillo, donde los desechos orgánicos se acumulaban en montañas fermentadas.
La lluvia había cesado, dejando un silencio opresivo que pesaba más que el estruendo de la tormenta.
Estaban de vuelta. En la boca del lobo.
—No podemos quedarnos aquí —susurró Lachlan, limpiándose el barro de la chaqueta rota—. Debemos ir a mis aposentos. Necesitamos armas reales. Y ropa seca.
Isla asintió, pero una sensación de inquietud le erizó la nuca. El castillo estaba demasiado silencioso. No se oían los gritos habituales de los sirvientes, ni el traqueteo de los carros de suministro. Solo un murmullo bajo, nervioso, que parecía emanar de las piedras mismas.
Se deslizaron hacia la entrada de servicio, evitando las rutas principales.
Al cruzar el patio interior, vieron a grupos de sirvientes reunidos en pequeños círculos, hablando en voz baja, con expresiones de horror y confusión.
Algunos lloraban. Otros miraban hacia la torre principal con ojos desorbitados.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lachlan a uno de los lacayos, un joven llamado Ewan que parecía estar al borde del colapso nervioso.
Ewan levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas.
—Milord... es Morag. La han encontrado. En la capilla.
Isla sintió cómo el estómago se le encogía. Morag. La espía. La traidora. ¿Había sido eliminada por sus propios amos para silenciarla? ¿O había intentado huir y había fallado?
—¿Muerta? —preguntó Lachlan, con voz tensa.
—Asesinada —corrigió Ewan, con un temblor en la voz—. Degollada. Como un animal. Y.… hay algo escrito en la pared. Con su sangre.
Isla intercambió una mirada rápida con Lachlan. Escrito con sangre. Era la firma. El mensaje. Campbell y Malcolm no solo mataban; comunicaban. Aterrorizaban.
—Debemos verlo —dijo Isla, aunque cada instinto le gritaba que se alejara. Necesitaba ver la escena. Necesitaba entender el lenguaje de sus verdugos.
Lucharon contra la multitud de curiosos mórbidos hasta llegar a la entrada de la capilla. Dos guardias bloqueaban el paso, pero al reconocer a Lachlan, apartaron las lanzas con renuencia. El interior olía a incienso quemado y a cobre fresco. La sangre.
En el centro del altar, el cuerpo de Morag yacía en una postura antinatural, sus extremidades dispuestas con una precisión geométrica que helaba la sangre.
No había signos de lucha desesperada; parecía haber sido sorprendida mientras rezaba, o quizás, mientras esperaba instrucciones.
Su garganta había sido abierta con un corte limpio, profesional.
Demasiado limpio para ser obra de un asesino común.
Era la marca de un cirujano. O de un ritualista experto.
Pero lo que capturó la atención de Isla no fue el cuerpo, sino la pared detrás del altar. Allí, trazadas con la sangre aún húmeda de Morag, había tres palabras en gaélico antiguo:
«An t-Àite Ceart.»
El Lugar Correcto.
Debajo, dibujado con torpeza pero reconocible, el símbolo del engranaje. Pero esta vez, el engranaje estaba rodeado por un círculo de runas druídicas.
—Están preparando el ritual final —murmuró Isla, sintiendo cómo la realidad se inclinaba peligrosamente—. "El Lugar Correcto" no es Culloden. Es aquí. En el castillo. En la cripta familiar.
Lachlan palideció.
—La cripta está sellada desde hace siglos. Mi abuelo la cerró después de...
—Después de la última vez que intentaron abrir la puerta —terminó Isla. Recordó las palabras de Margaret en la capilla. «La que vino antes que tú. La que falló.»
Antes de que pudieran procesar la implicación, una voz resonó desde la entrada de la capilla. Era la voz del Laird, Alasdair MacLeod. Sonaba vieja, quebrada, derrotada.
—Lachlan. Isla. Venid conmigo. Ahora.
El tono no admitía discusión. Era la voz de un hombre que ha visto el fin de su mundo.
Lo siguieron hasta la biblioteca privada del Laird, una habitación que rara vez visitaba nadie. Alasdair estaba sentado detrás de su escritorio, con una copa de whisky vacía frente a él. Su rostro, normalmente impasible, estaba surcado por arrugas de dolor profundo.
—Morag era mi espía —dijo sin preámbulos, su voz ronca—. Me informaba de los movimientos de Campbell. De sus reuniones secretas. Sabía que tramaba algo contra el clan. Pero nunca imaginé... esto.
Miró a Isla con unos ojos que ya no mostraban desprecio, sino una curiosidad aterrada.
—Tú sabías quién era ella, ¿verdad? Sabías que trabajaba para ellos.
Isla dudó. Mentir ahora sería inútil.
—Sabía que era peligrosa, milord. Pero no sabía que era su víctima también.
Alasdair suspiró, pasando una mano por su barba gris.
—Campbell me ha enviado un mensaje. A través de un mensajero encapuchado. Dice que tiene a Fiona. La doncella que encontrasteis en Culloden. Dice que si no le entregamos a Isla antes del amanecer, la matará. Y luego, abrirá la Cripta.
Lachlan se puso de pie, furioso.
—¡Es un bluff! ¡Fiona escapó! Lo vi yo mismo.
—¿Estás seguro? —preguntó Alasdair, levantando la vista.
Lachlan dudó. Había visto a Fiona correr hacia el bosque. Pero en la confusión, en la oscuridad... ¿Podía estar equivocado? ¿Podía Malcolm haberla capturado después?
—No lo sé —admitió Lachlan, con frustración.
—Entonces debemos asumir que la tiene —dijo Isla, con frialdad lógica—. Campbell no arriesgaría el ritual por una mentira. Necesita a Fiona como testigo, o quizás, como cebo adicional. Pero el objetivo principal soy yo.
Alasdair miró a su hijo, luego a Isla.
—¿Qué propones?
—Que le demos lo que pide —apuntó Isla.
Lachlan la miró, horrorizado.
—¿Estás loca? Te matarán.
—No —negó Isla, con una calma que sorprendió a ambos hombres—. Iré. Pero no sola. Y no desarmada. Campbell cree que soy una víctima indefensa. Cree que tengo miedo. Usaremos esa arrogancia contra él.
—Es suicida —insistió Lachlan.
—Es la única forma de salvar a Fiona. Y de detener el ritual. Si no voy, abrirán la Cripta de todos modos, con o sin mí. Pero si estoy allí, dentro del círculo, puedo interferir. Puedo romper la resonancia.
Alasdair estudió a Isla durante un largo momento. Vio en ella una determinación que iba más allá de la valentía juvenil. Vio a alguien que conocía las reglas de un juego que él ni siquiera comprendía.
—De acuerdo —dijo finalmente, con voz grave—. Pero irás protegida. Lachlan te acompañará. Disfrazado. Y llevaréis esto.
Abrió un cajón del escritorio y sacó dos pistolas de chispa antiguas, cuidadosamente engrasadas, y un pequeño frasco de pólvora negra.
—Son reliquias de mi padre. Nunca las he usado. Pero hoy... hoy puede ser el día.
Lachlan tomó las armas, comprobando el mecanismo con manos expertas.
—Gracias, padre.
Alasdair no respondió. Solo asintió, cerrando los ojos como si rezara.
Salieron de la biblioteca con un propósito nuevo, mortal.
Se dirigieron a los aposentos de Lachlan para prepararse.
Mientras Isla se cambiaba la ropa sucia por un vestido oscuro y sencillo que le permitió Lachlan, sintió una punzada de vulnerabilidad.
Estaba entrando en la guarida de la bestia, sabiendo que las probabilidades estaban en su contra.
Pero tenía un plan. Un plan basado en la física, en la psicología y en el amor desesperado que sentía por el hombre que esperaba fuera de la puerta.
Cuando estuvo lista, Lachlan entró. Llevaba una capa con capucha que ocultaba su identidad, y las pistolas escondidas bajo la tela. Sus ojos la buscaron en la penumbra.
—Si esto sale mal... —comenzó él.
—No saldrá mal —interrumpió Isla, acercándose a él. Lo tomó por las solapas de la chaqueta, atrayéndolo hacia sí. Lo besó. Fue un beso breve, intenso, cargado de toda la pasión reprimida, el miedo y la esperanza de meses de silencio. Un beso de despedida, o de promesa.
—Te esperaré —susurró ella contra sus labios—. Pase lo que pase.
Lachlan asintió, incapaz de hablar. La tomó de la mano y salieron hacia la noche.
Se dirigieron hacia la torre norte, hacia la entrada secreta de la cripta que Lachlan conocía.
El viento ululaba alrededor de las almenas, como lamentos de almas perdidas.
Al llegar a la puerta de hierro oxidado, Lachlan introdujo una llave antigua que había tomado del escritorio de su padre.
La cerradura cedió con un gemido metálico.
Bajaron las escaleras de caracol, descendiendo hacia las profundidades de la tierra. El aire se volvía más frío, más pesado. Olía a muerte antigua.
Al final de las escaleras, una puerta de madera maciza bloqueaba el paso. De detrás, se oían voces. Cantos. Rítmicos, monótonos, hipnóticos.
Lachlan empujó la puerta.
La cripta era una sala circular, iluminada por cientos de velas negras.
En el centro, sobre un pedestal de piedra, estaba Fiona, atada y amordazada, con los ojos muy abiertos de terror.
Alrededor de ella, formando un círculo, estaban Campbell, Malcolm y Lady Margaret.
Vestían túnicas negras bordadas con hilos plateados. Sostenían dagas curvas.
En el suelo, dibujado con sal y ceniza, estaba el símbolo del engranaje, gigante, perfecto.
Campbell levantó la vista al verlos entrar. Sonrió.
—Bienvenidos —dijo, su voz resonando en la bóveda—. La llave ha llegado. Y el guardián también. Perfecto. El sacrificio requiere dualidad. Vida y muerte. Pasado y futuro.
Malcolm avanzó hacia Fiona, levantando la daga.
—Empecemos.
Isla dio un paso adelante, interponiéndose entre ellos y la chica.
—¡Deteneos! —gritó.
Campbell rio.
—¿Por qué? ¿Vas a suplicar?
—No —dijo Isla, sacando el pequeño frasco de pólvora que Alasdair le había dado—. Voy a demostraros por qué el tiempo no os pertenece.
Lanzó el frasco al centro del círculo, justo sobre el símbolo del engranaje.
—¡Ahora, Lachlan! ¡Dispara!
Lachlan disparó su pistola al techo de la cripta, donde colgaban grandes candelabros de hierro. Las balas impactaron en las cadenas oxidadas. Los candelabros cayeron, aplastando las velas, creando una explosión de fuego y humo que llenó la sala de caos.
En la confusión, Isla corrió hacia Fiona, cortando sus ataduras con el cuchillo que llevaba oculto.
—¡Corre! —le gritó.
Pero antes de que pudieran escapar, una mano fría y fuerte la agarró del brazo. Era Lady Margaret.
—No tan rápido, niña —susurró la anciana, con una fuerza sorprendente—. El ritual ya ha comenzado. Y la sangre... la sangre ya fluye.
Isla se giró, luchando, pero vio algo que la paralizó. En la esquina de la cripta, escondido en las sombras, había otro cuerpo.
No era Fiona.
Era el joven lacayo, Ian. El que les había dado la información. El que les había dicho que fueran a Culloden. Estaba muerto. Degollado. Igual que Morag.
Pero a su lado, de pie, con una daga ensangrentada en la mano, no estaba Malcolm.
Era Lachlan. O al menos, alguien que se parecía exactamente a él.
Isla miró al Lachlan que estaba a su lado, el que había disparado al techo. Luego miró al otro Lachlan, el que sostenía la daga. Dos Lachlans. Uno real. Uno... ¿qué?
La realidad se fragmentó. El tiempo se dobló. Y en ese instante de horror absoluto, Isla comprendió la verdad terrible. El ritual no era para abrir una puerta al futuro. Era para traer algo desde el futuro. Y acababan de invocar a su propio demonio.