Capítulo 9 El Baile de las Máscaras
La luz del amanecer no trajo la claridad esperada, sino una neblina espesa y lechosa que se adhería a los árboles como telarañas gigantes, difuminando los contornos del mundo y convirtiendo el bosque en un laberinto etéreo.
Isla despertó con el sabor amargo de la tierra en la boca y el dolor punzante en el tobillo recordándole la realidad brutal de su huida.
Lachlan ya estaba despierto, observando la entrada de la cueva con una vigilancia tensa, su silueta recortada contra el gris plomizo del exterior.
—Han pasado —dijo él sin volverse, su voz baja—. Los perros perdieron nuestro rastro en el arroyo. Pero no tardarán en reorganizarse. Campbell es metódico.
Isla se incorporó con dificultad, apoyándose en la pared rocosa.
—Ian dijo Culloden. Al amanecer. Ya es casi mediodía.
Lachlan se giró, ofreciéndole una cantimplora con agua fresca. Sus ojos estaban oscurecidos por la falta de sueño y la preocupación.
—Culloden está a diez millas de aquí, a través de terreno pantanoso. Con tu pie... no llegaremos antes de la noche. Y si Ian decía "antes que ellos", significa que ellos también van hacia allí. O quizás, ya están allí.
Isla bebió el agua, sintiendo cómo el líquido frío revitalizaba sus sentidos adormecidos.
Analizó la situación con frialdad clínica.
Si Campbell y Margaret sabían que iban a Culloden, la reunión sería una emboscada.
Pero si no iban, perderían la oportunidad de descubrir la identidad del cómplice interno, la pieza faltante que mantenía la maquinaria criminal engrasada desde dentro del castillo.
Era un dilema clásico: riesgo inmediato versus ignorancia estratégica.
—Tenemos que ir —decidió Isla, poniéndose de pie y probando el peso sobre su pie lesionado. Una punzada aguda le recorrió la pierna, pero pudo soportarla—. Pero no directamente. Debemos rodear. Usar los caminos secundarios que solo los contrabandistas conocen.
Lachlan asintió, impresionado por su resistencia.
—Conozco una ruta. Por las colinas de Black Isle. Es más larga, pero menos vigilada.
Emprendieron la marcha bajo la lluvia fina que comenzaba a caer de nuevo, transformando el suelo en un barro resbaladizo.
El viaje fue una tortura silenciosa. Cada paso de Isla era una batalla contra el dolor, pero su mente viajaba lejos, repasando los nombres de la lista de víctimas, los rostros de los nobles en el baile anterior, las miradas furtivas de los sirvientes.
Buscaba patrones, conexiones ocultas. Y entonces, lo vio. Un detalle que había pasado por alto.
En el diario de Campbell, junto al nombre de Elspeth Fraser, había una inicial: M. No de Margaret. Margaret firmaba con una G (por su apellido de soltera, Gordon). M... ¿Morag? No, Morag era una herramienta, no una arquitecta. ¿Quién más empezaba por M?
MacLeod.
Pero todos los MacLeod llevaban ese apellido. Excepto uno. Uno que había estado ausente durante años, exiliado por deshonra, pero que recientemente había sido invitado de vuelta al castillo por "razones familiares".
Lord Malcolm MacLeod. El primo segundo de Lachlan.
Un hombre carismático, encantador, conocido por su amor al juego y a las mujeres jóvenes.
Había llegado al castillo justo una semana antes de la primera desaparición.
Y había mostrado un interés excesivo, casi paternal, hacia Isla en varias ocasiones.
—Lachlan —dijo ella, jadeando mientras escalaban una pendiente empinada—. Lord Malcolm. ¿Dónde estaba la noche que desapareció Elspeth?
Lachlan frunció el ceño, esforzándose por recordar.
—Malcolm... Estaba en el castillo. Jugando a las cartas con mi padre y Campbell. Pero... salió temprano. Dijo que tenía dolor de cabeza.
—¿Y la noche que desapareció la hija del clan Murray?
—También estaba allí. Salió temprano.
Isla sintió cómo las piezas encajaban con un clic satisfactorio y aterrador. Malcolm no era solo un jugador. Era el cazador. El que seleccionaba a las víctimas, las seducía, las aislaba. Y Campbell proporcionaba la cobertura, el dinero, la limpieza. Margaret, el ritual.
—Es Malcolm —musitó Isla—. Él es el M.
Lachlan se detuvo en seco, su rostro palideciendo bajo la lluvia.
—Malcolm... Mi amigo de la infancia. El que me enseñó a montar a caballo.
—El mismo que ahora te traiciona por poder y placer —dijo Isla con dureza, aunque sintió una punzada de tristeza por la pérdida de la inocencia de Lachlan—. Debemos tener cuidado. Si es él quien nos espera en Culloden, no vendrá solo.
Continuaron la marcha con renovada urgencia, impulsados por la revelación.
Llegaron a las ruinas de Culloden cuando el sol comenzaba a declinar, tiñendo el cielo de tonos sangrientos.
El campo de batalla histórico, donde décadas atrás los jacobitas habían sido masacrados, estaba ahora cubierto de brezos marchitos y piedras dispersas, un cementerio abierto al viento.
No había nadie. O al menos, eso parecía.
Isla y Lachlan se ocultaron tras los restos de un muro derruido, escaneando el horizonte. La niebla se había levantado ligeramente, revelando la vastedad desoladora del lugar.
—Quizás Ian nos mintió —murmuró Lachlan, con decepción.
—No —dijo Isla, señalando hacia el centro de las ruinas—. Mira.
Allí, en medio de un círculo de piedras antiguas, había una figura sentada. No era Malcolm. Era una mujer joven, vestida con harapos, temblando de frío. Tenía el cabello largo y enmarañado, y sujetaba algo contra su pecho.
Isla reconoció el instinto de protección que surgió en ella. Era una víctima potencial. O una trampa viviente.
—Espera aquí —ordenó a Lachlan—. Voy a acercarme.
—Es peligroso.
—Lo sé. Pero si es una trampa, quiero ver quién tira de los hilos.
Isla salió de su escondite, caminando lentamente hacia la mujer, con las manos visibles para mostrar que no estaba armada. La joven levantó la vista al escuchar sus pasos. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de terror puro.
—Ayúdame —susurró, su voz apenas audible—. Por favor.
Isla se acercó más.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Me llamo Fiona —dijo la chica—. Soy doncella en la casa de Lord Malcolm. Me obligó a venir aquí. Dijo que quería mostrarme algo hermoso. Pero luego... luego vinieron otros hombres. Me ataron. Me dijeron que esperara. Que el "Maestro" llegaría pronto.
Isla sintió un escalofrío. El Maestro. Campbell.
—¿Dónde están ellos ahora?
—Se fueron hace una hora. Dijeron que volverían con la "llave".
Antes de que Isla pudiera preguntar más, un sonido de cascos de caballo resonó en la distancia. Varios jinetes. Acercándose rápidamente.
—Corre —gritó Isla a Fiona, tomándola del brazo—. ¡Vete hacia el bosque! ¡No mires atrás!
Fiona obedeció, escapando entre las piedras con una agilidad desesperada. Isla se dio la vuelta para reunirse con Lachlan, pero era demasiado tarde.
Los jinetes emergieron de la niebla. Eran seis. Liderados por Lord Malcolm, quien sonreía con una arrogancia gélida. A su lado, cabalgaba Campbell. Y detrás de ellos, en un carruaje negro tirado por cuatro caballos negros, iba Lady Margaret.
Estaban rodeados.
Malcolm descendió de su caballo con elegancia teatral, ajustándose los guantes de cuero.
—Querido Lachlan —dijo, su voz melosa, cargada de falsa camaradería—. Y la pequeña Isla. Qué sorpresa encontraros aquí. En el lugar donde tantos sueños murieron. Poético, ¿no crees?
Lachlan desenvainó su espada, interponiéndose entre ellos e Isla.
—Malcolm. Sabía que eras tú. La traición huele a podrido, primo. Incluso cuando la cubres con perfume caro.
Malcolm rio, un sonido seco y cruel.
—La traición es solo una cuestión de perspectiva, Lachlan. Yo veo oportunidad. Progreso. Mientras tú te aferras a un código moral obsoleto, yo abrazo el futuro. Un futuro donde nosotros controlamos el tiempo, la vida, la muerte.
Campbell bajó de su caballo, sosteniendo un pergamino enrollado.
—Entregad el diario, sobrino. Y entregad a la chica. Y quizás os permitamos morir rápido.
Isla miró a Lachlan. Sabían que no podían ganar en un combate directo. Seis contra dos. Pero Isla tenía un as bajo la manga. Un conocimiento que ellos no poseían.
Observó el terreno. Las ruinas de Culloden no eran solo piedras. Eran restos de una estructura antigua, prehistórica. Y debajo de ellas, según los mapas geológicos que había estudiado en su vida futura, había cavernas de lava solidificada. Inestables. Vulnerables a ciertas frecuencias vibratorias.
Recordó el engranaje. Su vibración.
—Lachlan —susurró ella, sin apartar la vista de Malcolm—. Cuando yo diga, golpea el suelo con la empuñadura de tu espada. Fuerte. Justo aquí.
Lachlan la miró, confundido, pero confió en ella. Asintió levemente.
Isla sacó el engranaje de su bolsillo. Lo sostuvo en alto, dejándolo captar la última luz del sol. Brilló con un destello azul intenso, imposible.
Malcolm entrecerró los ojos, fascinado.
—¿Qué es eso?
—La llave —dijo Isla, con voz firme—. Pero no funciona como vosotros creéis.
Dejó caer el engranaje al suelo. Justo en el centro del círculo de piedras.
Y gritó:
—¡Ahora, Lachlan!
Lachlan golpeó el suelo con toda su fuerza. El impacto, combinado con la resonancia metafísica del engranaje, provocó una reacción en cadena. El suelo comenzó a temblar. Las piedras vibraron. Y de repente, una grieta se abrió bajo los pies de los caballos de Malcolm.
El caos estalló. Los animales relincharon, aterrorizados, lanzando a sus jinetes al suelo. El carruaje de Margaret se inclinó peligrosamente.
—¡Corred! —gritó Isla.
Ella y Lachlan aprovecharon la confusión para huir hacia una grieta lateral en las ruinas, una entrada a las cavernas subterráneas que Isla había identificado en los mapas antiguos. Se deslizaron por la oscuridad justo cuando los gritos de furia de Malcolm resonaban arriba.
Habían escapado de nuevo. Pero esta vez, habían dejado algo atrás. Algo que cambiaría las reglas del juego.
El engranaje.
Pero mientras caían por la oscuridad de la caverna, Isla supo que Malcolm no descansaría hasta recuperarlo. Porque ahora, él sabía que la llave era real. Y que ella la tenía.
La cacería había entrado en una nueva fase. Una fase mortal.