Capítulo 8 Confesiones a Medias
La huida hacia el bosque no fue una liberación, sino un descenso a un infierno húmedo y frío.
La lluvia comenzó a caer con una violencia repentina, convirtiendo el sendero en un barrizal traicionero que amenazaba con tragarse sus pies a cada paso.
Isla cojeaba, el tobillo torcido palpitando con un ritmo sordo y constante que marcaba el compás de su desesperación.
Lachlan la sostenía por la cintura, su brazo firme como una barra de hierro, compartiendo su peso y su calor en medio del diluvio gélido.
No hablaban. Las palabras eran inútiles contra el estruendo de la tormenta y el ladrido lejano de los perros de caza que ya habían sido soltados tras ellos.
Corrieron hasta que sus pulmones ardieron y sus piernas se negaron a obedecer.
Finalmente, Lachlan los tuteló hacia una cueva pequeña, oculta tras una cascada temporal creada por la crecida del arroyo.
El agua rugía como una bestia enfurecida, creando una cortina líquida que los aislaba del mundo exterior.
Dentro, la oscuridad era absoluta, pero el aire estaba seco y protegido del viento.
Lachlan encendió un pequeño fuego con yesca y pedernal que llevaba consigo, gestos prácticos y eficientes que revelaban su experiencia en la supervivencia al aire libre.
La llama danzó, proyectando sombras alargadas y distorsionadas sobre las paredes de roca húmeda.
Isla se dejó caer sobre el suelo de piedra, abrazándose las rodillas, temblando no solo por el frío, sino por la adrenalina residual que aún recorría su sistema nervioso.
Lachlan se sentó frente a ella, observándola con una intensidad que la hizo sentir desnuda, vulnerable. Sacó el diario de Campbell de su capa, ahora empapado pero intacto gracias a la protección de cuero encerado. Lo abrió, buscando la página que habían leído antes.
—Míralo —dijo, su voz ronca por el esfuerzo—. Lee lo que dice sobre ti. Sobre tu llegada.
Isla tomó el libro con manos temblorosas.
La caligrafía de Campbell era elegante, pulcra, contrastando horrorosamente con la monstruosidad de sus actos.
Leyó la entrada de nuevo, palabra por palabra, sintiendo cómo cada frase era un clavo en el ataúd de su inocencia.
«La traeremos al castillo. Será nuestra llave maestra. »
No era casualidad. No era destino. Era diseño.
Habían esperado su llegada. Habían manipulado las circunstancias para que el pastor la encontrara, para que fuera llevada a Dunvegan, para que creciera bajo su vigilancia silenciosa.
Ella no era una huérfana rescatada; era un cultivo cuidadosamente atendido, preparado para la cosecha.
Una lágrima caliente recorrió su mejilla, mezclándose con la lluvia seca de su rostro. Lachlan se acercó, limpiándola suavemente con el pulgar. Su tacto era gentil, reverente, como si temiera romperla.
—Lo siento —masculló él—. Lo siento tanto, Isla. Si hubiera sabido... si hubiera entendido antes...
—No podías saberlo —interrumpió ella, su voz quebrada—. Nadie podía. Es una maquinaria perfecta, Lachlan. Una máquina de carne y sangre que ha estado funcionando durante generaciones. Y yo... yo soy solo un engranaje más.
—No eres un engranaje —apuntó Lachlan con firmeza, tomando sus manos entre las suyas—. Eres una persona. Una mujer extraordinaria. Y no permitiré que te usen. No mientras yo tenga aliento en el cuerpo.
Isla levantó la vista, encontrando sus ojos.
En la penumbra de la cueva, iluminados por el fuego titilante, parecían pozos de profundidad infinita.
Vio en ellos no solo compasión, sino una admiración profunda, un respeto que trascendía las barreras de clase y tiempo.
Era la primera vez en su vida —en cualquiera de sus vidas— que alguien la veía realmente.
No como una sirvienta, no como una bruja, no como una herramienta, sino como Isla.
—Hay algo que debo decirte —comenzó ella, sintiendo cómo el secreto pesaba en su lengua como una piedra—. Algo que no puedo ocultar más. Porque si vamos a luchar juntos, si vamos a morir juntos, necesitas saber la verdad completa.
Lachlan asintió, sin soltar sus manos.
—Te escucho.
Isla respiró hondo, preparando las palabras que cambiarían todo.
—No soy de aquí, Lachlan. Ya lo sabes, o lo sospechas. Pero no es solo que venga de otro lugar. Vengo de otro tiempo. Del futuro. Doscientos años en el futuro.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el fuego parecía crujir. Lachlan la miró, esperando, procesando. No hubo burla. No hubo incredulidad inmediata. Solo una curiosidad intensa, analítica.
—El futuro —repitió él, lentamente—. ¿Cómo es posible?
—No lo sé exactamente —admitió Isla—. Hubo un accidente.
Una anomalía. Toqué algo, una puerta dimensional, y caí aquí.
Perdí mis recuerdos al principio, pero han vuelto poco a poco.
Recuerdo ciudades de cristal, máquinas que vuelan, enfermedades curadas, pero también guerras nuevas, soledad nueva.
Y recuerdo... recuerdo que en mi tiempo, estudiamos estos fenómenos.
Las grietas en el tiempo. Son raras, inestables. Y peligrosas.
Lachlan asimiló la información, su mente trabajando a toda velocidad.
—Por eso tus conocimientos. Por tu forma de luchar. Por tu manera de ver el mundo.
—Sí. Y por eso me quieren. Campbell y Margaret creen que mi conexión con el futuro puede estabilizar la puerta que intentan abrir.
Creen que puedo controlar el flujo del tiempo.
Pero están equivocados. La puerta no se controla.
Se desata. Y si la abren completamente, no solo cambiará el pasado.
Destruirá la realidad tal como la conocemos. El tejido del tiempo se desgarrará.
Lachlan palideció.
—Entonces no solo nos matarán a nosotros. Matarán a todos. A Escocia. Al mundo entero.
—Exacto. Por eso debemos detenerlos. No por venganza. Por supervivencia.
Lachlan apretó sus manos con fuerza, sus nudillos blancos.
—Te creo, Isla. Te creo porque... porque siempre he sentido que no pertenecías a este tiempo. Que eras demasiado grande, demasiado brillante para esta jaula de piedra y superstición. Y ahora sé por qué.
Se acercó más, reduciendo la distancia hasta que sus frentes casi se tocaban. El aire entre ellos vibraba con una tensión eléctrica, cargada de emociones no dichas, de deseos reprimidos, de un amor que nacía en el terreno fértil del peligro compartido.
—Isla —susurró él, su voz apenas audible sobre el rugido de la lluvia—. No importa de dónde vengas. Importa quién eres. Y quien eres tú... es la única razón por la que quiero seguir viviendo.
Isla sintió cómo su corazón se detenía, luego aceleraba con una fuerza violenta. Quería responder, quería decirle que él era su ancla, su único punto fijo en un universo caótico. Pero antes de que pudiera hablar, un sonido externo los interrumpió.
Un crujido de ramas. Fuera de la cueva. Cerca.
Lachlan se tensó, apagando rápidamente el fuego con tierra húmeda.
La oscuridad los envolvió de nuevo, total y asfixiante.
Isla contuvo la respiración, escuchando.
Pasos. Ligeros, cautelosos. No eran los pasos pesados de los guardias.
Eran pasos de alguien que conocía el terreno.
De alguien que los buscaba específicamente.
Una voz susurró desde la entrada de la cueva.
—¿Lord Lachlan? ¿Isla?
Era Ian, el joven sirviente de confianza de Lachlan.
Lachlan salió de las sombras, con la mano en la empuñadura de su espada.
—Ian? ¿Qué haces aquí?
El joven entró en la cueva, empapado, temblando de frío y miedo.
—Me enviaron a buscaros, milord. Pero no para capturaros. Para advertiros.
—¿Advertirnos de qué?
Ian miró a Isla, luego a Lachlan, con ojos desorbitados.
—Morag no actuaba sola. Hay alguien más. Alguien dentro de la familia. Alguien que ha estado financiando los rituales desde hace años. Y esa persona... esa persona sabe que tenéis el diario. Y sabe dónde estáis.
Isla sintió un escalofrío helado.
—¿Quién?
Ian dudó, mordiéndose el labio.
—No puedo decirlo aquí. Es demasiado peligroso. Pero debéis ir a las ruinas de Culloden. Mañana al amanecer. Allí encontraréis la verdad. Y allí encontraréis ayuda. Pero debéis llegar antes que ellos. Porque ellos ya saben que vais.
Antes de que pudieran hacer más preguntas, Ian se dio la vuelta y desapareció en la lluvia, dejando tras de sí un misterio aún más profundo y aterrador.
Lachlan miró a Isla, su expresión grave.
—Culloden —murmuró—. Es terreno neutral. Pero también es una trampa perfecta.
—Es nuestra única opción —respondió Isla, poniéndose de pie a pesar del dolor en su tobillo—. Si hay alguien más involucrado, necesitamos saber quién es. Necesitamos aliados.
—De acuerdo —dijo Lachlan, ayudándola a levantarse—. Descansa un poco. Yo haré guardia. Mañana será un día largo.
Isla se recostó contra la pared fría de la cueva, cerrando los ojos. El cansancio la arrastraba hacia el sueño, pero su mente permanecía alerta, girando en torno a las nuevas piezas del rompecabezas. ¿Quién era el cómplice interno? ¿Podían confiar en Ian? ¿Y qué les esperaba en Culloden?
Mientras la consciencia se desvanecía, tuvo una visión breve, vívida.
Vio a Lady Margaret, de pie en la cima de una colina, sosteniendo el engranaje brillante.
Y a su lado, una figura encapuchada, alta, imponente.
La figura se giró hacia ella, y aunque no podía ver su rostro, Isla supo, con una certeza absoluta, quién era.
Era alguien que amaba. Alguien en quien confiaba. Y esa traición dolía más que cualquier herida física.
Despertó horas después, con el sabor de la ceniza en la boca y el corazón lleno de presagios oscuros. La lluvia había cesado, dejando un silencio sepulcral en el bosque. Lachlan dormitaba junto a la entrada, su espada aún en la mano.
Isla se acercó a él, observando su rostro relajado, inocente en el sueño. Sabía que debía protegerlo. Sabía que debía salvarlo. Pero también sabía que el enemigo estaba más cerca de lo que imaginaban.
Porque la verdadera batalla aún no había comenzado.