Capítulo 7 La Red se Cierra
La oscuridad de la capilla no era simplemente una ausencia de luz; era una sustancia tangible, viscosa, que parecía adherirse a la piel y llenar los pulmones con un aire viciado y antiguo.
Isla corrió hacia la puerta entreabierta, guiada únicamente por el instinto y el eco de la voz de Lachlan, que resonaba en su mente como un faro en la tormenta.
Sus pies descalzos —había perdido sus zapatos en la huida anterior— golpearon las losas frías de piedra, enviando ondas de dolor ascendente por sus piernas, pero la adrenalina actuaba como un analgésico poderoso, bloqueando cualquier sensación que no fuera la urgencia vital de sobrevivir.
Al cruzar el umbral, la noche exterior la recibió con un abrazo gélido.
El aire olía a lluvia inminente y a tierra mojada.
No se detuvo. Sabía que Margaret no estaba sola.
Los guardias personales de la anciana, hombres leales no al Laird sino a la matriarca y sus rituales oscuros, estarían apostados en las sombras del claustro adyacente.
Isla se deslizó hacia la izquierda, pegándose a la pared exterior de la capilla, utilizando la arquitectura gótica como cobertura.
Las gárgolas de piedra, erosionadas por siglos de viento y lluvia, parecían observarla con burla silenciosa, testigos mudos de generaciones de secretos enterrados bajo aquellos cimientos.
Esperó. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Ningún grito. Ninguna alarma. Solo el silbido del viento entre las almenas.
Había funcionado. Lachlan había creado una distracción, o quizás Margaret había subestimado su capacidad de reacción.
Pero Isla sabía que la victoria era temporal.
La anciana no era una mujer que aceptara el fracaso con facilidad; era una estratega paciente, una araña que tejía redes durante décadas.
Este contratiempo solo significaría que ajustaría la trampa, haciéndola más letal, más inevitable.
Isla se dirigió hacia los aposentos de Lachlan, moviéndose como un fantasma por los pasillos secundarios que conocía gracias a sus meses de servicio invisible.
Necesitaba reunirse con él. Necesitaba saber qué había encontrado en los aposentos de Campbell.
La información era su única arma contra un enemigo que poseía poder político, económico y, aparentemente, sobrenatural.
Llegó a la torre oeste sin ser detectada. La ventana de Lachlan estaba cerrada, pero una pequeña luz parpadeaba detrás de las cortinas gruesas. Golpeó suavemente el cristal, tres veces rápidas, dos lentas. El código que habían acordado tácitamente en la bodega.
La ventana se abrió casi al instante. Lachlan la ayudó a entrar, cerrando rápidamente tras ella. Su rostro estaba pálido, tensado por una mezcla de agotamiento y excitación febril. En sus manos sostenía un fajo de documentos amarillentos, atados con una cinta de cuero negra.
—Lo encontré —susurró, entregándole los papeles—. Estaba escondido en un compartimento secreto bajo el escritorio. Campbell es meticuloso, pero su arrogancia lo hizo descuidado. Creía que nadie se atrevería a buscar allí.
Isla tomó los documentos, sintiendo el peso del papel viejo entre sus dedos.
Los desplegó sobre la mesa de trabajo de Lachlan, iluminándolos con la vela que ardía en el candelabro.
Eran registros financieros. Transacciones bancarias con instituciones de Edimburgo y Londres.
Pero no eran transacciones comerciales normales.
Eran pagos regulares, cuantiosos, dirigidos a cuentas ficticias vinculadas a nombres que Isla reconoció con horror: médicos forenses corruptos, jueces locales, e incluso miembros de la guardia real.
Pero luego vio la lista.
Una lista de nombres. Mujeres jóvenes. Fechas de nacimiento. Fechas de desaparición. Y al lado de cada nombre, una nota clínica fría y calculadora: «Compatibilidad etérica: Alta», «Resistencia dimensional: Baja», «Sacrificio completado».
Isla sintió cómo la náusea le subía por la garganta.
No eran asesinatos aleatorios. Eran experimentos.
Campbell y Margaret estaban seleccionando víctimas basándose en criterios metafísicos, buscando aquella combinación específica de sangre y espíritu que pudiera actuar como catalizador para abrir la puerta dimensional.
Y ella, con su origen futurista, era el sujeto perfecto.
La pieza final que estabilizaría la ecuación.
—Mira esto —señaló Isla, indicando una entrada reciente. «Sujeto 12: Elspeth Fraser. Estado: Fallido. Causa: Inestabilidad emocional. Requiere sustituto de mayor resiliencia mental.»
Lachlan leyó la línea, y su expresión se endureció hasta volverse pétrea.
—Elspeth... era mi prima. Desapareció hace seis meses. Dijeron que había huido con un amante irlandés.
—No huyó —dijo Isla, con voz temblorosa—. Fue sacrificada. Porque no era lo suficientemente "fuerte" para sus propósitos. Y ahora... ahora me tienen a mí.
Lachlan golpeó la mesa con el puño cerrado, haciendo saltar la llama de la vela.
—Son monstruos. Mi propia sangre. Cómo pueden...
—El poder corrompe, Lachlan. Y el poder absoluto, el que promete controlar el tiempo mismo, corrompe absolutamente. Campbell no busca solo riqueza o influencia política. Busca inmortalidad. O quizás, la capacidad de reescribir la historia a su antojo.
Antes de que pudieran analizar más profundamente los documentos, un olor penetrante inundó la habitación.
Dulce, almizclado, con un trasfondo químico acre que Isla reconoció al instante.
¿Cianuro? No, algo más sutil. Belladona mezclada con opio.
Un veneno lento, diseñado para causar confusión, alucinaciones y, finalmente, la muerte por paro respiratorio mientras la víctima duerme.
Isla miró hacia la bandeja de plata situada junto a la cama de Lachlan. Una copa de vino y un pequeño pastel de frutas. La cena que le habían enviado desde las cocinas hacía apenas una hora.
—No comas eso —ordenó Isla, señalando la bandeja.
Lachlan la miró, confundido.
—¿Por qué? Es mi cena habitual.
—Huele a belladona. Y a algo más. Alguien ha intentado envenenarte. O quizás, intentaban envenenarme a mí, sabiendo que vendría aquí. Morag. Tiene acceso a las cocinas. Y tiene motivos suficientes para querer vernos muertos a ambos.
Lachlan examinó la comida con recelo, luego llamó a uno de sus sirvientes de confianza, un joven llamado Ian, que esperaba fuera de la puerta.
—Ian, lleva esto a los perros de caza. Los viejos, los que ya están enfermos. Quiero ver qué pasa.
Ian asintió, tomando la bandeja con precaución, y salió. Minutos después, oyeron un ladrido ahogado, seguido de un gemido lastimero que se extinguió rápidamente en la noche.
Lachlan palideció.
—Morag —murmuró, con odio contenido—. Siempre ha sido la sombra de Margaret. Pero esto... esto es guerra declarada.
—Tenemos que actuar rápido —comentó Isla, recogiendo los documentos y guardándolos en su vestido—.
Si saben que tenemos estas pruebas, intensificarán sus esfuerzos.
Necesitamos sacar esta información del castillo.
Necesitamos enviarla a alguien fuera de su influencia.
Al Sheriff de Inverness, quizás. O a un periodista de Edimburgo.
—No hay tiempo para eso —reconoció Lachlan—. Para cuando llegue cualquier ayuda externa, ya será demasiado tarde. Tenemos que confrontarlos. Directamente.
—¿Cómo? Somos dos contra un clan entero.
—No estamos solos —dijo Lachlan, con una determinación nueva en sus ojos—. Hay otros en el castillo que sospechan. Sirvientes, guardias honestos, incluso algunos primos menores de mi padre que temen a Campbell. Podemos movilizarlos. Pero necesitamos un líder. Alguien en quien confíen.
Isla lo miró, comprendiendo lo que implicaba.
—Tú. Tienes que asumir el liderazgo. Desafiar a tu padre públicamente. Exponer a Campbell.
—Mi padre está ciego por la lealtad familiar y el miedo al deshonor —replicó Lachlan, con amargura—. No me escuchará. A menos...
—A menos que le demos una prueba irrefutable —terminó Isla—. Algo que no pueda ignorar. Algo que vincule a Campbell directamente con la muerte de Elspeth.
Lachlan asintió lentamente.
—Hay un diario. El diario personal de Campbell. Lo guarda en su caja fuerte, en su estudio privado. Si podemos conseguirlo...
—Es suicida —dijo Isla—. Su estudio está vigilado las veinticuatro horas.
—Lo sé. Pero es nuestra única oportunidad. Esta noche. Mientras duermen.
Isla dudó. La fatiga la aplastaba, cada célula de su cuerpo gritaba por descanso. Pero sabía que Lachlan tenía razón. La red se estaba cerrando, apretando alrededor de sus cuellos como una soga. Si no actuaban esa noche, probablemente no tendrían otra oportunidad.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero vamos juntos. Y llevamos armas.
Prepararon sus equipos con eficiencia militar. Lachlan tomó su espada y dos dagas ocultas. Isla eligió un cuchillo de cocina afilado y un pequeño frasco de aceite de lámpara, que podría usar como arma incendiaria si era necesario. Se cubrieron con capas oscuras para fundirse con las sombras.
Salieron de la habitación de Lachlan, moviéndose sigilosamente por los pasillos vacíos.
El castillo dormía, pero era un sueño inquieto, lleno de murmullos y pesadillas.
Llegaron al ala este, donde estaban los aposentos de Campbell.
Dos guardias patrullaban el corredor principal, pero Isla y Lachlan utilizaron un conducto de ventilación antiguo, estrecho y polvoriento, que Lachlan recordaba de sus juegos de infancia.
Se arrastraron por el túnel, el polvo irritando sus gargantas, hasta llegar a una rejilla que daba directamente al estudio de Campbell. Lachlan forzó la rejilla con su daga, y cayeron suavemente sobre la alfombra persa del suelo.
El estudio era lujoso, lleno de libros encuadernados en piel, mapas antiguos y objetos exóticos traídos de viajes lejanos. En el centro, detrás de un escritorio monumental de caoba, estaba la caja fuerte.
Lachlan se acercó a ella, examinando el mecanismo. Era complejo, de fabricación alemana, con una combinación de ruedas numéricas.
—No conozco la combinación —murmuró, frustrado.
Isla se acercó, observando la caja con atención.
Sus conocimientos de física y mecánica, aunque rudimentarios en este contexto, le permitieron identificar los desgastes en las ruedas.
Probó varias combinaciones basadas en fechas significativas para Campbell: el nacimiento de su hijo, la muerte de su esposa, la fecha de su ascenso al consejo del clan.
Nada.
Entonces, recordó algo. En los documentos financieros, había visto una referencia recurrente a un número: 1745. El año del levantamiento jacobita. El año en que Campbell había traicionado a su propio clan para salvar su piel.
Giró las ruedas: 1-7-4-5.
Un clic suave. La puerta de la caja fuerte se abrió.
Dentro, además de joyas y oro, había un libro pequeño, encuadernado en cuero negro. El diario.
Lachlan lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió al azar. Leyó una entrada fechada hacía cinco años.
«Hoy enterramos a la tercera. La resistencia fue mayor de lo esperado.
Margaret dice que necesitamos un recipiente más fuerte.
Alguien con una conexión previa al otro lado.
He oído rumores de una niña encontrada en el bosque.
Dicen que habla en sueños. La traeremos al castillo. Será nuestra llave maestra.»
Isla sintió cómo el mundo se detenía. Había sido planeado desde el principio. Su llegada al castillo, su rescate por el pastor, todo había sido manipulado. Ella no era una víctima casual. Era una cosecha.
Antes de que pudieran procesar la magnitud de la traición, la puerta del estudio se abrió de golpe.
Campbell estaba allí. No solo él. Detrás de él, media docena de guardias armados con mosquetes y espadas. Y al lado de Campbell, sonriendo con satisfacción malévola, estaba Morag.
—Sabía que vendríais —dijo Campbell, su voz tranquila, casi aburrida—. La curiosidad es un defecto fatal, sobrino. Y tú, querida Isla... siempre has sido demasiado predecible.
Lachlan desenvainó su espada, interponiéndose entre ellos y la salida.
—Terminó, tío. Tengo las pruebas. Todo el clan sabrá lo que has hecho.
Campbell rio, una risa seca y cruel.
—¿Pruebas? ¿Un diario antiguo? Nadie creerá a un traidor jacobita y a una sirvienta loca.
Morag ya ha preparado la narrativa. Dirán que intentasteis robar el tesoro familiar.
Que matasteis a los guardias en el proceso.
Seréis héroes caídos en defensa del honor del clan.
O mejor aún, brujos ejecutados por justicia divina.
Los guardias avanzaron, rodeándolos. Isla buscó una salida, una ventana, cualquier opción. Pero estaban acorralados.
Entonces, recordó el frasco de aceite en su bolsillo.
—Lachlan —suspiró—. Cuando yo diga, corre hacia la ventana.
—¿Estás loca? Está a tres metros de altura.
—Confía en mí.
Isla lanzó el frasco de aceite contra la chimenea encendida. El vidrio se rompió, el aceite se inflamó instantáneamente, creando una bola de fuego que explotó hacia el techo, llenando la habitación de humo denso y negro.
En la confusión, los guardias tosieron, cegados por el humo. Isla y Lachlan corrieron hacia la ventana. Lachlan la rompió con el hombro, y saltaron al vacío, cayendo sobre los arbustos del jardín inferior.
El impacto fue brutal. Isla sintió cómo algo se torcía en su tobillo, pero el dolor fue secundario frente a la necesidad de huir. Corrieron hacia el bosque, escuchando los gritos de furia de Campbell detrás de ellos.
Habían escapado. Tenían el diario. Pero ahora, no había vuelta atrás. La guerra estaba declarada. Y Campbell no se detendría hasta verlos muertos.
Mientras se adentraban en la oscuridad del bosque, cojeando y jadeantes, Isla miró hacia atrás. Las luces del castillo brillaban como ojos demoníacos en la noche.
Pero en la torre más alta, vio una figura. Lady Margaret. Observándolos. Sonriendo. Sostenía algo en su mano. Algo que brillaba bajo la luz de la luna.
Otro engranaje.