Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 6 El Interrogatorio Silencioso
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Capítulo 6 El Interrogatorio Silencioso

La huida a través del bosque no fue una carrera, sino una danza macabra con la muerte.

Las raíces de los árboles antiguos parecían cobrar vida para enredar sus tobillos, y las ramas bajas azotaban sus rostros como látigos invisibles.

Isla corría con la respiración entrecortada, el corazón martilleando contra sus costillas con una violencia que amenazaba con fracturarlas.

A su lado, Lachlan se movía con una gracia depredadora, abriéndose paso entre la maleza con una destreza que hablaba de años de caza en aquellas tierras hostiles.

No hablaban. Las palabras eran un lujo que no podían permitirse; el sonido de sus propias pisadas era ya un riesgo demasiado grande.

Detrás de ellos, los gritos de los guardias y el ladrido furioso de los perros de caza resonaban como un trueno lejano, acercándose inexorablemente.

El olor a humedad y tierra removida llenaba sus pulmones, mezclándose con el sabor metálico del miedo.

Isla sabía que no podían llegar al castillo por la puerta principal.

Sería una sentencia de muerte inmediata.

Necesitaban una entrada secreta, una brecha en la armadura de piedra que solo alguien nacido entre esos muros podría conocer.

—Por aquí —susurró Lachlan, señalando hacia una grieta apenas visible en la roca viva, oculta tras una cortina de hiedra espesa.

Isla lo siguió, deslizándose por el estrecho pasadizo natural que descendía en espiral hacia las entrañas de la tierra.

La oscuridad era absoluta, sofocante. El aire olía a moho y a tiempo estancado.

Caminaron durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos, guiados únicamente por el tacto de las paredes húmedas y la luz tenue que emanaba de la pequeña linterna de aceite que Lachlan había encendido antes de entrar.

Finalmente, el túnel desembocó en una cámara subterránea, una bodega olvidada llena de barriles de vino agrio y cajas de provisiones polvorientas. Estaban bajo el castillo. En sus entrañas.

Lachlan apagó la linterna, sumiéndolos en una oscuridad casi total, rota solo por algunas rendijas de luz que se filtraban desde las rejillas del suelo superior.

—Estamos en la bodega antigua —murmuró él, su voz apenas un hilo de sonido—. Nadie viene aquí desde hace décadas. Mi abuelo la selló después de... después de ciertos incidentes.

Isla apoyó la espalda contra la pared fría, intentando regular su respiración. Su cuerpo dolía, cada músculo protestaba por el esfuerzo, pero su mente trabajaba a toda velocidad, analizando la situación, buscando patrones, calculando probabilidades.

—Los incidentes —inquirió ella, recuperando el aliento—. ¿Qué incidentes?

Lachlan dudó. En la penumbra, su rostro era una máscara de sombras y luces danzantes.

—Desapariciones. Mujeres jóvenes. Al igual que ahora. Mi abuelo creía que era obra de espíritus malignos. Mandó exorcizar la capilla, bendecir los pozos. Pero las desapariciones continuaron hasta que... hasta que murió. Y luego, todo se detuvo. Hasta ahora.

Isla sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. La historia se repetía. Un ciclo. Una maldición generacional. O algo más sistemático, más calculado.

—Tu tío Campbell —dijo ella, conectando los puntos—. Él estaba aquí entonces. Era joven.

—Sí —confirmó Lachlan, con amargura—. Siempre ha estado cerca del poder. Cerca de los secretos oscuros de la familia.

Antes de que pudieran profundizar en la conversación, oyeron pasos arriba.

Pesados. Metálicos. Los guardias estaban registrando la zona.

Buscaban en cada rincón, en cada sombra.

Isla contuvo la respiración, pegándose a la pared.

Lachlan le tomó la mano, apretándola con fuerza, un gesto de solidaridad silenciosa en medio del caos.

Los pasos se detuvieron justo encima de ellos. Oyeron voces distorsionadas por la madera y la piedra.

—Nada aquí, capitán. Solo polvo y ratas.

—Revisad la puerta trasera. La bruja no puede haber volado. Tiene que estar en algún lado.

Esperaron. Minutos que se extendieron como siglos. Finalmente, los pasos se alejaron, desvaneciéndose en la distancia. El silencio volvió a caer, más pesado que antes.

—Tenemos que salir —masculló Lachlan—. Pero no podemos volver a la superficie todavía. Esperaremos a la noche.

Isla asintió. Sabía que tenían tiempo, pero también sabía que el tiempo era un enemigo traicionero. Cada segundo que pasaba, la red se cerraba más. Campbell y Margaret sabían que ella tenía el mapa. Sabían que ella conocía la verdad. Y no descansarían hasta silenciarla.

Se sentaron en el suelo frío, compartiendo el poco espacio disponible. La intimidad forzada de la situación creó una burbuja de realidad alternativa, un mundo donde solo existían ellos dos, aislados del resto del universo.

—Cuéntame más sobre tu mundo, Isla —pidió Lachlan, rompiendo el silencio. Su voz era suave, curiosa, desprovista de juicio.

Isla lo miró, sorprendida por la pregunta. En medio del peligro, de la caza, él quería saber de dónde venía. Quería entenderla.

—Es un lugar... ruidoso —comenzó ella, eligiendo sus palabras con cuidado—.

Donde la noche nunca es completamente oscura porque las ciudades brillan con luces artificiales.

Donde las personas viajan en máquinas que vuelan más rápido que el viento.

Donde la información fluye como el agua, instantánea, global.

Lachlan la escuchaba con fascinación, sus ojos brillando en la oscuridad.

—Suena como un sueño. O una pesadilla.

—Ambas cosas —manifestó Isla—. Es un mundo de comodidades, sí. Pero también de soledad. De desconexión. Aquí... aquí la vida es dura, brutal. Pero es real. Las emociones son intensas, crudas. No hay filtros. No hay pantallas que nos separen de la verdad.

Lachlan sonrió levemente.

—Quizás por eso te sientes atraída por este tiempo. Porque buscas autenticidad.

Isla no respondió. No podía explicar que no había elegido venir aquí.

Que había sido arrastrada, expulsada de su realidad por una fuerza que aún no comprendía.

Pero en ese momento, sentada en la oscuridad con Lachlan, sintió una conexión profunda, visceral, que trascendía las épocas.

Era una conexión de almas gemelas, de dos extraños que se reconocían en el exilio.

De repente, un ruido leve proveniente de la esquina más oscura de la bodega los alertó. Isla tensó los músculos, preparándose para luchar. Lachlan se puso de pie, desenvainando su espada con un movimiento fluido.

—¿Quién está ahí? —exigió, su voz firme.

Una figura pequeña se deslizó desde las sombras. Era un gato negro, delgado, con ojos verdes brillantes. Maulló suavemente, frotándose contra la pierna de Lachlan.

Isla soltó el aire que contenía, relajándose ligeramente. Pero entonces, notó algo atado al collar del gato. Un pequeño cilindro de metal.

Lachlan se agachó, recogiendo el objeto. Lo abrió. Dentro había un mensaje enrollado.

Lo leyó en silencio, y su rostro palideció.

—¿Qué dice? —preguntó Isla, acercándose.

Lachlan le entregó el papel. La caligrafía era elegante, refinada. Inconfundiblemente la de Lady Margaret.

«El juego ha cambiado, querida Isla. Ya no eres la cazada. Eres la cazadora. Pero ten cuidado: en este bosque, incluso los cazadores pueden convertirse en presa. Ven a la capilla a medianoche. Sola. Si traes a alguien más, morirán todos.»

Isla sintió cómo la sangre se helaba en sus venas. Era una trampa. Obviamente. Pero también era una oportunidad. Margaret quería hablar. Quería revelar algo. O quizás, quería tenderle una emboscada final.

—No puedes ir —dijo Lachlan, con firmeza—. Es una trampa. Te matará.

—Y si no voy, matará a otros —respondió Isla, pensando en los sirvientes inocentes, en Lachlan mismo—. Además, necesito saber qué sabe. Necesito entender el ritual.

—Te acompañaré —insistió Lachlan.

—No. Dijo sola. Si te ve, nos matará a ambos. Y a cualquiera que esté cerca. Tengo que ir sola. Pero tú... tú tienes que hacer algo mientras tanto.

—¿Qué?

—Investiga a Campbell. Busca en sus aposentos. En su escritorio privado. Hay algo allí que conecta todo. Algo físico. Pruebas.

Lachlan dudó, luchando entre su instinto protector y la lógica de la situación. Finalmente, asintió.

—De acuerdo. Pero si no has vuelto a la una, iré a buscarte. Pase lo que pase.

Isla asintió. Sabía que era un riesgo enorme. Pero no tenía otra opción.

Esperaron hasta que la noche cayó completamente sobre el castillo. Luego, salieron de la bodega por una salida diferente, una trampilla que daba al jardín trasero. Se separaron en la oscuridad, dos sombras fundiéndose con la noche, cada uno siguiendo su propio camino hacia el peligro.

Isla se dirigió hacia la capilla. El edificio se alzaba imponente contra el cielo estrellado, sus vidrieras rotas proyectando formas monstruosas en el suelo de piedra. La puerta estaba entreabierta, invitándola a entrar.

Empujó la puerta. El interior estaba oscuro, iluminado solo por velas negras dispuestas en círculo alrededor del altar. El aire olía a incienso rancio y a algo más... algo dulce y putrefacto.

En el centro del círculo, sentada en un sillón de terciopelo rojo, estaba Lady Margaret.

Sonrió al ver a Isla. Una sonrisa amplia, desdentada, terrible.

—Bienvenida, hija del tiempo —indicó, su voz resonando en la bóveda vacía—. Te he estado esperando.

Isla entró, manteniendo la distancia de seguridad.

—¿Qué quieres, Margaret?

—Quiero ofrecerte un trato —confesó la anciana, jugando con un rosario de huesos—. Únete a nosotros. Ayúdanos a completar el ritual. Y te daremos lo que más deseas: un hogar. Un propósito. Poder.

Isla rio, una risa fría, carente de humor.

—Poder basado en la muerte de inocentes? No, gracias. Prefiero mi libertad. Incluso si significa morir.

Margaret frunció el ceño, su expresión endureciéndose.

—Eres terca. Como tu antepasada. La que vino antes que tú. La que falló.

Isla se tensó.

—¿Antepasada? ¿De qué hablas?

Margaret se levantó lentamente, acercándose a ella.

—Hace cien años, otra mujer cayó del cielo. Tenía tus mismos ojos. Tu misma confusión. Intentamos usarla también. Pero era débil. Murió antes de que pudiéramos abrir la puerta completa. Tú... tú eres más fuerte. Más resistente. Eres la clave perfecta.

Isla sintió cómo el mundo giraba. No era la primera. Había habido otras. Víctimas de este mismo juego macabro.

—No soy una clave —dijo Isla, con firmeza—. Soy una persona. Y voy a deteneros.

Margaret rio, una risa aguda, histérica.

—Oh, querida niña. No puedes detener el destino. La puerta se abrirá. Sangre o no. Y cuando lo haga... el mundo cambiará para siempre.

Antes de que Isla pudiera responder, las velas negras se apagaron simultáneamente, sumiendo la capilla en la oscuridad total.

Pero entonces, oyó un sonido. Un murmullo. Justo detrás de su oreja.

«Corre.»

Era la voz de Lachlan.

Isla no dudó. Se lanzó hacia la puerta, corriendo hacia la libertad, mientras detrás de ella, la risa de Lady Margaret se convertía en un grito de furia frustrada.

Había sobrevivido a la trampa. Pero ahora, la guerra había comenzado realmente.