Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 5 Sangre en la Alba
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Capítulo 5 Sangre en la Alba

La palabra «Pronto» parecía pulsar en la penumbra del establo, escrita con una caligrafía temblorosa pero deliberada.

La sangre aún no se había secado por completo; brillaba húmeda y oscura bajo la luz tenue de la luna que se filtraba por la ventana abierta.

Isla sintió cómo el aire se volvía espeso, cargado de una electricidad estática que erizaba cada vello de su cuerpo.

No era una amenaza vacía. Era un cronómetro.

No tocó la pluma. Sabía, por instinto y por entrenamiento forense, que alterar la escena del crimen —o en este caso, la escena de la advertencia— podía destruir pruebas vitales o dejar sus propias huellas dactilares, algo que, aunque imposible de rastrear científicamente en el siglo XVIII, podría ser interpretado como brujería o complicidad. En su lugar, observó. Analizó.

La sangre era humana. Reciente. El olor metálico era inconfundible, mezclado con el hedor a hierro oxidado de la pluma.

¿De quién era? ¿De Hamish? ¿O de otra víctima?

La idea de que alguien más hubiera sido marcado por esa misma mano siniestra mientras ella luchaba por su vida en los pasillos la llenó de una culpa fría y corrosiva.

Pasó el resto de la noche en vela, acurrucada en un rincón del establo, con una daga de cocina escondida bajo la almohada de paja. Cada crujido de la madera, cada relincho de los caballos, cada ráfaga de viento contra las tejas, sonaban como pasos acercándose.

La paranoia, esa compañera constante de su nueva existencia, se había convertido en su única aliada.

Mantuvo los ojos abiertos, escrutando la oscuridad, esperando ver la silueta de la sombra, la figura de Lady Margaret, o incluso la mirada traicionera de Morag.

Pero nadie vino. El silencio fue peor que cualquier ataque; fue una tregua tensa, un respiro antes de la tormenta.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol lograron perforar la bruma habitual, Isla se levantó.

Su cuerpo dolía por la falta de sueño y la tensión muscular, pero su mente estaba alerta, afilada como una navaja.

Tenía que actuar antes de que los guardias registraran el castillo o antes de que Hamish recuperara la conciencia plena y coordinara su venganza.

Necesitaba información externa. Necesitaba saber si había habido otro incidente durante la noche.

Salió al patio, fingiendo normalidad mientras recogía agua del pozo.

Los otros sirvientes la miraban con recelo, murmurando entre sí.

La noticia del ataque a Hamish ya se había extendido como la pólvora.

Era la «bruja violenta», la «maldita». Isla ignoró las miradas, concentrándose en su tarea.

Pero sus oídos estaban atentos a cada conversación fragmentada.

—Dicen que el capitán está furioso —susurraba una lavandera a otra, cerca de los barriles—. Que va a azotarla hasta que confiese.

—Confesar qué? —preguntó la otra, con voz temblorosa.

—Que vendió su alma al diablo. Que usó hechizos para romper los huesos de un hombre fuerte.

Isla apretó el asa del cubo hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La narrativa estaba siendo construida en su contra, ladrillo a ladrillo, mentira a mentira. Y ella no tenía defensa posible dentro de las leyes de aquel tiempo. La verdad era su mayor enemigo.

Decidió arriesgarse. Necesitaba salir del perímetro inmediato del castillo.

Había escuchado rumores de que el cuerpo encontrado cerca del molino viejo aún no había sido removido completamente, o que los aldeanos seguían hablando de los detalles macabros.

Si podía llegar allí, si podía ver la escena con sus propios ojos, quizás encontrara el patrón que conectaba todo.

Esperó a la hora del almuerzo, cuando la actividad en las cocinas disminuía ligeramente y los guardias cambiaban de turno.

Se deslizó hacia la puerta posterior de servicio, la que daba al sendero que conducía al bosque.

Estaba vigilada por un solo guardia, un joven inexperto llamado Ewan, que estaba más interesado en comer su pastel de carne que en vigilar el horizonte.

Isla se acercó a él, con una sonrisa tímida y sumisa.

—Ewan, el señor Campbell me ha pedido que recoja algunas bayas silvestres para el postre de esta noche. Dijo que eran urgentes. ¿Podrías dejarme pasar unos minutos? Volveré antes de que termine tu turno.

Ewan la miró con sospecha, recordando probablemente las advertencias sobre su comportamiento. Pero la mención del nombre de Campbell, un hombre temido por todos, actuó como un pase libre. Nadie cuestionaba las órdenes de Campbell.

—Rápido —gruñó él, apartándose ligeramente—. Si el capitán te ve, diré que no te he dejado salir.

—Gracias, Ewan —murmuró ella, pasando junto a él con rapidez.

Una vez fuera de la vista del castillo, Isla corrió.

No hacia los arbustos de bayas, sino hacia el camino que llevaba al molino viejo.

El terreno era irregular, lleno de raíces y piedras sueltas, pero ella lo navegaba con una agilidad que sorprendía a cualquiera que la hubiera visto trabajar en las cocinas.

Su respiración era controlada, rítmica. Su mente estaba enfocada en un solo objetivo: la verdad.

El molino viejo se alzaba como un esqueleto de madera podrida contra el cielo gris.

El arroyo que lo alimentaba fluía lento y turbio, arrastrando hojas muertas y restos de basura.

Alrededor, la tierra estaba removida, marcada por las botas de los investigadores locales y los curiosos morbosos.

Isla se detuvo en el límite del bosque, observando desde la seguridad de las sombras.

No había guardias. Solo un grupo de aldeanos reunidos a cierta distancia, señalando y murmurando con horror. Isla esperó a que se dispersaran, aprovechando la distracción de un carro que pasaba por el camino principal. Luego, se adentró en la zona acordonada.

El olor la golpeó primero.

Dulce, nauseabundo, inconfundible. Descomposición.

Se acercó al lugar donde habían encontrado el cuerpo. La hierba estaba aplastada, manchada de oscuro. Isla se arrodilló, ignorando el asco que le revolvía el estómago. Sus ojos escaneaban el suelo con la precisión de un radar. Buscaba anomalías. Patrones.

En aquel momento, lo vio.

Entre la maleza, parcialmente oculto por una piedra, había un trozo de tela.

Rojo. Seda fina, bordada con hilos dorados.

No pertenecía a una campesina. Pertenecía a la nobleza.

Isla lo recogió con cuidado, usando un pañuelo para no contaminarlo.

Lo examinó. El bordado era complejo, un diseño heráldico que reconoció al instante: el clan Fraser.

Pero no era cualquier miembro del clan. Era el distintivo personal de la hija menor del jefe del clan, una joven llamada Elspeth, desaparecida hacía tres días.

Pero no fue la tela lo que heló la sangre de Isla. Fue lo que había debajo.

Enterrada superficialmente en el barro, casi invisible, había una pequeña caja de metal. Oxidada, antigua. Isla la desenterró con las uñas, limpiando la tierra con cuidado. Al abrirla, encontró un papel enrollado. Lo desplegó.

Era un mapa. Un mapa de las Highlands, pero con marcas extrañas. Líneas que conectaban puntos específicos: Dunvegan, el molino viejo, las ruinas de Culloden, y un punto remoto en las montañas. Y en el centro de todas esas líneas, convergiendo como los radios de una rueda, estaba Dunvegan.

Pero lo más aterrador no era el mapa. Era la nota adjunta, escrita con la misma caligrafía nerviosa que la del diario de Duncan MacLeod.

«El sacrificio requiere pureza. La sangre de las vírgenes abre el velo. La próxima será la que lleva la marca del tiempo.»

Isla sintió cómo el mundo giraba a su alrededor.

«La que lleva la marca del tiempo». Ella.

Era ella la siguiente. Los asesinatos anteriores no habían sido aleatorios.

Habían sido preparativos. Rituales para acumular energía, para debilitar la barrera dimensional.

Y ella, con su origen futurista, era la llave maestra. La pieza final del rompecabezas.

Un ruido detrás de ella la hizo girarse bruscamente.

Era Lachlan.

Estaba pálido, con el pecho agitado, como si hubiera corrido toda la distancia desde el castillo. Sus ojos estaban desorbitados por el miedo y la ira.

—Isla —jadeó, acercándose a ella—. ¿Qué haces aquí? Te he buscado por todas partes. Hamish ha despertado. Ha acusado formalmente de brujería. Mi padre ha emitido una orden de arresto.

Isla le mostró el mapa y la nota, sin palabras. Lachlan los tomó, leyéndolos con rapidez. Su expresión cambió de preocupación a horror puro.

—Dios santo —farfulló—. Esto es... esto es locura. Ritualismo oscuro. Mi tío Campbell... siempre ha estado obsesionado con las leyendas antiguas. Con el poder de los druidas. Pero pensé que era solo superstición.

—No es superstición, Lachlan —dijo Isla, su voz firme a pesar del temblor de sus manos—. Es ciencia. O algo parecido. Están usando la energía de la muerte para abrir una puerta. Y yo soy la llave.

Lachlan la miró, comprendiendo finalmente la magnitud de la conspiración.

—Tenemos que irnos. Ahora. Antes de que lleguen los guardias.

—No podemos huir —confesó Isla—. Si huimos, confirmamos su narrativa. Nos cazarán como animales. Tenemos que enfrentarlo. Pero necesitamos pruebas. Pruebas que vinculen a Campbell directamente con estos rituales.

—¿Dónde las encontramos?

Isla señaló el mapa.

—En el punto central. Dunvegan. Hay algo en el castillo. Algo que conecta todo. Y creo que sé dónde está.

Antes de que pudieran planificar su siguiente movimiento, un sonido de cascos de caballo resonó en el camino cercano. Guardias. Muchos.

Lachlan tomó la mano de Isla.

—Corre —ordenó.

Pero no hacia el bosque. Hacia el castillo.

—¿Estás loco? —preguntó Isla, resistiéndose.

—No. Es el único lugar donde están seguros de que no iremos. Y es el único lugar donde podemos encontrar la verdad antes de que sea demasiado tarde. Confía en mí.

Isla dudó un segundo, mirando los ojos desesperados pero determinados de Lachlan.

Luego, asintió. Juntos, se adentraron en la espesura del bosque, tomando un atajo peligroso que conocía Lachlan desde su infancia, mientras los gritos de los guardias se acercaban cada vez más, prometiendo justicia, o muerte.

Mientras corrían, Isla sintió una punzada familiar en la nuca. La sensación de ser observada. Levantó la vista hacia las copas de los árboles.

Allí, posada en una rama alta, estaba la corneja negra. Los observaba. Y esta vez, no estaba sola. Había docenas de ellas, formando un círculo oscuro contra el cielo gris, como espectadores de una tragedia anunciada.

En el centro del círculo, volando lentamente, había una figura. No un pájaro. Una sombra. Alta, humana, con alas de humo. La sombra señaló hacia el castillo. Hacia la torre norte.

Isla supo, con una certeza absoluta, que allí era donde todo terminaría. O donde todo comenzaría de nuevo.