Capítulo 4 La Sombra en el Pasillo #2
Lachlan dudó un segundo, mirando alrededor para asegurarse de que no había guardias cerca. Luego, extendió la mano y la ayudó a subir por el alféizar, introduciéndola en la habitación con cuidado. Cerró la ventana y corrió las cortinas pesadas.
La habitación olía a libros, cera de velas y a él. Era un espacio ordenado, intelectual, lleno de mapas e instrumentos científicos. Isla se sintió inmediatamente más segura, aunque la situación seguía siendo crítica.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lachlan, acercándose a ella. Notó la suciedad en su ropa, la tensión en sus hombros.
—Hamish me atacó —dijo ella, sin rodeos—. En el pasillo lateral. Intentó... abusar de mí.
Lachlan palideció, sus puños cerrándose con fuerza.
—¿Dónde está?
—Inconsciente. Le rompí la rodilla y le dejé sin sentido. Pero despertará. Y cuando lo haga, dirá que yo le ataqué sin provocación. Dirá que soy una bruja violenta.
Lachlan pasó una mano por su rostro, exhalando profundamente.
—Es un hombre brutal, pero tiene influencia. Su hermano es capitán de la guardia. Esto es grave, Isla. Muy grave.
—Lo sé. Por eso he venido. Necesito que creas en mí. Necesito que sepas que no soy normal. Que tengo... conocimientos. Habilidades que no aprendí aquí.
Lachlan la miró fijamente, estudiando su rostro. Vio la sinceridad, el miedo, pero también la determinación férrea.
—Te creo —dijo finalmente, su voz suave pero firme—. Siempre te he creído. Desde el primer día. Hay algo en ti, Isla, algo que no encaja con este mundo. Y no me refiero solo a tu belleza o tu inteligencia. Me refiero a tu alma. Parece... antigua. Futura.
La palabra futura colgó en el aire, pesada, imposible. Isla contuvo la respiración. ¿Cómo lo sabía?
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con cautela.
Lachlan se acercó más, tomando sus manos entre las suyas.
—He leído los diarios de mi tío Duncan. Habla de viajeros del tiempo. De personas que caen a través de grietas en la realidad. Pensé que eran delirios de un hombre viejo. Pero al verte luchar, al ver cómo te mueves, cómo piensas... empiezo a creer que podría haber verdad en esas locuras.
Isla sintió cómo las lágrimas amenazaban con brotar, no de tristeza, sino de alivio. No estaba sola. Alguien más veía la verdad.
—No puedo explicártelo todo ahora —musitó ella—. Pero sí, vengo de otro lugar. De otro tiempo. Y hay personas aquí, personas poderosas, que lo saben. O lo sospechan. Y quieren usarme. O destruirme.
Lachlan apretó sus manos con fuerza.
—Entonces te protegeré. No importa lo que digan Hamish o Morag. No importa lo que diga mi padre. Te protegeré, Isla. Te lo juro.
En ese momento, un golpe fuerte en la puerta de la habitación los interrumpió.
—¡Abran! ¡Por orden del Laird!
Era la voz del capitán de la guardia, el hermano de Hamish.
Lachlan miró a Isla, sus ojos oscuros por la preocupación.
—Escóndete —masculló—. En el armario. Rápido.
Isla obedeció, deslizándose en el gran armario de roble justo cuando la puerta se abría de golpe. A través de las rendijas de la madera, vio entrar a tres guardias armados, liderados por un hombre alto y severo con el uniforme del clan.
—Lord Lachlan —dijo el capitán, sin mostrar respeto—. Tenemos informes de que una sirvienta ha atacado a uno de nuestros hombres. Hamish dice que fue ella. Que usó magia negra para dejarlo inconsciente.
Lachlan se interpuso entre ellos y el armario, su postura desafiante.
—Hamish es un borracho y un mentiroso —respondió Lachlan, su voz fría como el acero—. Si ha sufrido un accidente, será por su propia incompetencia. Ninguna sirvienta ha estado en mis aposentos esta noche. Estoy solo.
El capitán entrecerró los ojos, escaneando la habitación. Su mirada se detuvo en el armario.
—¿Está seguro, milord? Porque huelo perfume femenino. Y miedo.
Lachlan no se inmutó.
—Huele a lavanda. De la ropa limpia. Salgan de mi habitación. Ahora. Antes de que informe a mi padre de su insolencia.
El capitón dudó, pero la autoridad de Lachlan, combinada con su linaje, era difícil de ignorar. Finalmente, hizo una señal a sus hombres.
—Esto no ha terminado, milord. Vigilaremos a la sirvienta. De cerca.
Salieron, cerrando la puerta con fuerza.
Isla esperó unos minutos antes de salir del armario. Lachlan estaba apoyado contra la pared, respirando con dificultad.
—Ha sido demasiado cerca —murmuró él.
—Demasiado —convino Isla, saliendo de su escondite—. Tengo que irme. Antes de que decidan registrar el castillo entero.
Lachlan la acompañó a la ventana. Antes de que ella bajara, la tomó por los hombros.
—Ten cuidado, Isla. La red se está cerrando. Y creo que el arquitecto de esta trampa es alguien que conocemos bien.
—¿Quién? —preguntó ella.
Lachlan miró hacia la torre norte, hacia la oscuridad impenetrable.
—Mi tío Campbell. Y creo que Lady Margaret está detrás de todo. No son solo asesinos, Isla. Son buscadores. Buscan algo. Y tú eres la llave.
Isla asintió, comprendiendo la magnitud del peligro.
Bajó por la enredadera que cubría la pared, cayendo suavemente sobre la hierba húmeda.
Mientras corría hacia la seguridad relativa de los establos, una sensación de frío intenso la envolvió.
No era el frío de la noche. Era el frío de la presencia.
Al llegar a su catre, se detuvo en seco. La ventana del establo estaba abierta. Pero en el suelo, justo donde había dejado el primer engranaje, había algo nuevo.
Una pluma negra. Grande. De cuervo. Debajo, escrita con sangre fresca en la pared de madera, una sola palabra:
«Pronto».