Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 4 La Sombra en el Pasillo
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Capítulo 4 La Sombra en el Pasillo

La corneja desapareció en la bruma grisácea con un graznido estridente que resonó como una carcajada burlona, dejando a Isla sola con el peso aplastante de la nota y el segundo engranaje.

El objeto metálico, frío y perfecto en su manufactura industrial, parecía vibrar contra la palma de su mano, emitiendo una frecuencia silenciosa que hacía rechinar sus dientes.

No era casualidad. Dos piezas idénticas, entregadas con días de diferencia, por medios distintos pero con la misma firma implícita.

Alguien no solo sabía quién era ella; alguien estaba jugando con ella, tensando las cuerdas de una marioneta antes de comenzar el espectáculo.

Guardó ambas piezas en el mismo escondite del establo, bajo la viga podrida, cubriéndolas con más heno seco.

Sus manos temblaban, no por el frío, sino por la adrenalina concentrada que inundaba su sistema.

Tenía que mantener la compostura. Cualquier desviación de su comportamiento habitual sería interpretada como culpa o locura, y en Dunvegan, ambas conducían al mismo final: la celda o la hoguera.

El resto de la mañana transcurrió en una nebulosa de tareas mecánicas.

Fregó suelos hasta que sus rodillas quedaron amoratadas, pulió plata hasta que sus reflejos se distorsionaron en el metal, y sirvió comidas que le resultaban repulsivas por su grasa rancia.

Pero su mente estaba lejos, analizando la nota.

«La puerta se abre cuando la sangre se derrama».

¿Una advertencia profética o una amenaza literal?

En el contexto de los asesinatos recientes, probablemente ambas.

La sangre ya se había derramado. ¿Significaba eso que la «puerta», sea lo que fuese?

estaba a punto de activarse? ¿O que necesitaban más víctimas para abrirla completamente?

La tensión en el castillo era palpable, una electricidad estática que erizaba el vello de la nuca.

Los sirvientes murmuraban en los pasillos, lanzando miradas furtivas hacia las torres.

Lady Margaret había sido vista entrando y saliendo de la capilla privada a horas intempestivas, rezando o invocando, nadie lo sabía con certeza.

Y Morag... Morag estaba en todas partes.

Sus ojos pequeños y oscuros seguían cada movimiento de Isla, registrando cada pausa, cada suspiro.

Era una espía perfecta porque nadie sospechaba de la insignificancia.

Al caer la tarde, el Laird convocó a todos los habitantes del castillo en el gran salón para un anuncio importante.

La atmósfera era opresiva, cargada de humo de tabaco y expectación nerviosa.

Alasdair MacLeod se puso de pie, golpeando la mesa con su copa para exigir silencio.

Su rostro estaba más pálido de lo habitual, surcado por arrugas de preocupación.

—Hemos recibido noticias de Inverness —anunció, su voz grave resonando en las vigas—. El Sheriff ha encontrado otro cuerpo. Esta vez, cerca del molino viejo. Una joven del clan Fraser.

Un murmullo de horror recorrió la sala. Las mujeres se santiguaron; los hombres apretaron los puños. Isla sintió cómo Lachlan, sentado a la derecha de su padre, se tensaba. Sus nudillos estaban blancos alrededor del borde de la mesa.

—Las circunstancias son... perturbadoras —continuó el Laird, evitando mirar directamente a su hijo—.

Se habla de marcas extrañas. De rituales.

El Sheriff cree que podría tratarse de brujería organizada.

He ordenado aumentar la guardia en los perímetros.

Nadie sale del castillo después del anochecer sin permiso explícito.

Y cualquier persona sospechosa de prácticas ocultas será interrogada. Severamente.

Sus ojos barrieron la multitud de sirvientes, deteniéndose brevemente en Isla. Fue un instante fugaz, pero suficiente para enviar una descarga de hielo por su columna vertebral. ¿Sabía algo? ¿Había hablado Morag? ¿O era simplemente la paranoia generalizada la que convertía a todos en sospechosos?

Cuando la reunión se disolvió, Isla intentó escabullirse hacia las cocinas, pero una mano fuerte la agarró del brazo, deteniéndola en seco. Era uno de los guardias nuevos, un hombre llamado Hamish, conocido por su brutalidad y su afición al whisky barato. Olía a alcohol rancio y sudor agrio.

—Tú —gruñó, acercándose demasiado, invadiendo su espacio personal con una agresividad calculada—. El Laird quiere hablar contigo. Ahora.

Isla tiró de su brazo, pero el agarre era de hierro.

—Suéltame, Hamish. Si el Laird quisiera verme, me habría llamado por mi nombre, no te habría enviado a ti como un sabueso.

Hamish sonrió, mostrando dientes amarillentos y rotos.

—No seas lista conmigo, bruja. Sé lo que haces. Te he visto mirando a los mapas. Hablando con el joven amo. Jugando con cosas que no entiendes. Vamos.

La arrastró hacia un pasillo lateral, alejándose de las áreas principales del castillo. Isla luchó, clavando las uñas en su antebrazo, pero él apenas pareció notarlo. El pánico comenzó a ascender por su garganta, pero lo sofocó con una disciplina fría. Analiza, se ordenó a sí misma. Evalúa. Actúa.

El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por antorchas parpadeantes que proyectaban sombras danzantes y deformes en las paredes de piedra.

Hamish la empujó hacia una alcoba pequeña, utilizada antiguamente para almacenar ropa de cama, pero ahora vacía y polvorienta.

Cerró la puerta tras ellos, bloqueando la salida con su cuerpo corpulento.

—Aquí no hay testigos —señaló, su voz bajando a un susurro lascivo—. Aquí podemos aclarar algunas cosas. Sin la protección de tu amigo el lordito.

Isla retrocedió hasta chocar con la pared fría.

Su corazón latía con fuerza, pero su mente estaba cristalina.

Conocía este escenario. Lo había estudiado en cientos de casos policiales en su vida anterior.

El depredador aislaba a la presa. Buscaba dominación, no solo placer.

Y la clave para sobrevivir no era la fuerza bruta, sino la sorpresa y la precisión.

—Si me tocas —dijo ella, su voz sorprendentemente estable, baja y peligrosa—, perderás algo más que tu honor. Perderás tu capacidad de caminar.

Hamish guaso, una risa gutural y obscena.

—Me gustan las que luchan. Hace que sea más divertido romperlas.

Se abalanzó sobre ella.

Isla no esperó. No gritó. Actuó.

Mientras él extendía los brazos para inmovilizarla, ella se dejó caer ligeramente, esquivando su agarre inicial, y lanzó un golpe rápido y preciso con el borde de la mano hacia su tráquea.

No fue un golpe de furia, sino de técnica.

Un golpe karateka, ejecutado con la memoria muscular de un cuerpo que había aprendido defensa personal en un gimnasio de Seattle dos siglos después.

Hamish boqueó, llevándose las manos al cuello, los ojos desorbitados por la sorpresa y la falta de aire.

Antes de que pudiera recuperarse, Isla aprovechó el momento de vulnerabilidad.

Giró sobre su propio eje, utilizando el impulso para lanzar una patada lateral directa a su rodilla.

Se oyó un crujido seco, horrible, seguido de un grito ahogado.

El guardia cayó de rodillas, gimiendo de dolor, incapaz de sostenerse.

Isla no se detuvo. Sabía que la ventaja era temporal.

Si él lograba levantarse, o si gritaba, estaría perdida.

Lo agarró del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su nuca, y presionó su pulgar contra un punto de presión específico en la base del cráneo.

Hamish se quedó rígido, sus ojos rollando hacia atrás, antes de desplomarse inconsciente sobre el suelo de piedra.

Isla retrocedió, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando rápidamente.

Miró sus manos, manchadas de polvo y tierra.

Temblaban, pero no de miedo. De rabia. De reconocimiento.

Había utilizado habilidades que no debería poseer.

Habilidades que la delataban tan claramente como el engranaje en su bolsillo.

Limpió rápidamente la zona, asegurándose de que no hubiera signos evidentes de lucha más allá del cuerpo inconsciente del guardia.

Luego, salió al pasillo, caminando con paso firme hacia las cocinas, como si nada hubiera ocurrido.

Pero sabía que el tiempo se agotaba. Hamish despertaría.

Y cuando lo hiciera, su relato sería devastador.

Llegó a las cocinas justo cuando terminaban de servir la cena. Morag la observó desde el otro lado de la habitación, con una sonrisa triunfal en los labios. Algo en esa sonrisa le dijo a Isla que Morag ya sabía algo. ¿Había visto entrar a Hamish con ella? ¿Había escuchado los gritos ahogados?

Isla ignoró la mirada y se dedicó a lavar los platos, sumergiendo las manos en el agua jabonosa e hirviendo. Necesitaba pensar. Necesitaba un aliado. Y solo había una persona en todo el castillo en quien podía confiar, aunque esa confianza fuera un riesgo mortal.

Esperó a que la actividad en las cocinas disminuyera, y luego se deslizó hacia los jardines.

La noche era cerrada, sin luna, ideal para moverse sin ser vista.

Se dirigió hacia la torre oeste, donde Lachlan tenía sus aposentos privados.

Sabía que era una locura. Sabía que si la descubrían, sería el fin.

Pero la necesidad de advertirle, de compartir la carga de la verdad, era más fuerte que el miedo.

Llegó a la ventana de su habitación, situada en el primer piso. Golpeó suavemente el cristal con una piedra pequeña.

Nada. Volvió a golpear, un poco más fuerte.

La ventana se abrió lentamente. Lachlan apareció en el marco, vestido solo con una camisa blanca de lino, el cabello despeinado. Al verla, sus ojos se abrieron con alarma.

—Isla? ¿Qué haces aquí? Estás loca. Si te ven...

—Tenemos que hablar —interrumpió ella, su voz urgente—. Ahora.