Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 3 Ecos de Otro Mundo #2
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Capítulo 3 Ecos de Otro Mundo #2

Se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo, el aroma a sándalo y acero.

—Debes dejar esto —susurró, su voz ronca por la emoción contenida—. Si Campbell sospecha que sabes algo... si sabe que has estado escuchando... no habrá piedad. Te destruirán.

Isla levantó la vista, encontrando sus ojos. Vio el miedo genuino en ellos, no por él mismo, sino por ella. Ese miedo era más poderoso que cualquier advertencia. Pero también era insuficiente.

—No puedo dejarlo, Lachlan —respondió, con una firmeza que sorprendió a ambos—. Porque si no lo hago, seré la siguiente. Y porque... porque creo que la verdad está aquí. En este lugar. En nosotros.

Lachlan la miró durante un largo momento, evaluando su determinación. Luego, asintió lentamente.

—Entonces trabajaremos juntos. Pero con cautela. Extrema cautela.

En ese instante, un ruido proveniente del pasillo exterior los interrumpió. Pasos rápidos, ligeros. Alguien se acercaba.

Lachlan apagó rápidamente las velas del escritorio, sumiendo la habitación en la penumbra. Isla se pegó a la pared, conteniendo la respiración. La puerta se abrió de golpe.

Era Morag.

Pero no venía sola. Detrás de ella, con una expresión de curiosidad mórbida, estaba Lady Margaret, la hermana menor del Laird, una mujer anciana y encorvada conocida por su interés en la herbolaria y, según los rumores, en la brujería.

Morag señaló directamente hacia el rincón donde Isla y Lachlan estaban escondidos en las sombras.

—Aquí están, Milady —dijo, su voz aguda, triunfante—. Los vi entrar. Juntos. En secreto.

Lady Margaret avanzó lentamente, sus ojos lechosos escrutando la oscuridad. Sonrió, una sonrisa desdentada y cruel.

—Interesante —murmuró, su voz como el crujir de hojas secas—. Muy interesante. La sirvienta y el heredero. ¿Qué secretos compartís en la oscuridad, niños míos?

Lachlan salió de las sombras, interponiéndose entre Isla y la anciana.

—Tía Margaret. Esto es una violación de la privacidad. Salid de aquí.

Lady Margaret rio, un sonido seco y desagradable.

—Privacidad es un concepto moderno, querido. En este castillo, todo pertenece al Laird. Incluidas las almas. Y especialmente las almas perdidas.

Sus ojos se clavaron en Isla, y por un segundo, la joven sintió que la anciana veía a través de su piel, de sus huesos, hasta su esencia misma. Hasta su origen.

—Tú —susurró Margaret, señalando a Isla con un dedo huesudo—. Tú hueles a ozono. A tormenta. A tiempo roto. ¿Quién eres realmente, niña? ¿De dónde has caído?

Isla sintió cómo el suelo parecía abrirse bajo sus pies. La anciana sabía. O al menos, sospechaba la verdad metafísica de su existencia. Antes de que pudiera responder, antes de que Lachlan pudiera protegerla, Margaret se giró hacia Morag.

—Vigílala —ordenó—. De cerca. Muy de cerca. Quiero saber cada pensamiento que cruza su mente. Quiero saber cada sueño que la visita.

Luego, miró a Lachlan con una advertencia final.

—Y tú, sobrino. Ten cuidado con lo que despiertas. Algunas puertas, una vez abiertas, no pueden cerrarse. Y algunas sombras... tienen dientes.

Salió de la biblioteca, arrastrando los pies, seguida por Morag, quien lanzó a Isla una mirada de odio puro antes de cerrar la puerta.

El silencio que quedó tras su partida fue opresivo, cargado de una amenaza tangible. Lachlan se giró hacia Isla, su rostro pálido.

—Ella lo sabe —murmuró él, con voz temblorosa—. Margaret lo sabe.

Isla asintió, sintiendo cómo el frío se extendía por sus extremidades. No era solo una conspiración criminal. Era algo más antiguo, más oscuro. Algo que tocaba lo sobrenatural, lo prohibido.

—Tenemos que irnos —dijo Lachlan, tomando su mano—. Ahora. Antes de que vuelvan.

Pero Isla negó con la cabeza.

—No. Si huimos ahora, confirmaremos sus sospechas. Debemos quedarnos. Debemos luchar. Pero necesitamos ayuda. Necesitamos saber qué sabe Margaret realmente.

Lachlan la miró con incredulidad, pero también con respeto.

—Eres la persona más terca y valiente que he conocido, Isla.

—Y tú eres la única razón por la que sigo aquí, Lachlan —respondió ella, apretando su mano con fuerza—. Sin ti, estaría perdida.

Se separaron rápidamente, saliendo por puertas diferentes para evitar ser vistos juntos nuevamente.

Isla regresó a las cocinas, con el corazón acelerado y la mente trabajando a toda velocidad.

La amenaza de Margaret era real, inmediata.

Pero también era una oportunidad. Si la anciana sabía algo sobre el tiempo, sobre las puertas dimensionales, podría ser la clave para entender su propio origen. Y para detener a los asesinos.

Mientras pelaba patatas con manos automáticas, Isla sintió una punzada aguda en la nuca. La misma sensación de ser observada. Levantó la vista hacia la ventana alta de la cocina.

Allí, en el alféizar, posada como un buitre esperando la carroña, estaba una corneja negra. Grande, de plumaje brillante y ojos inteligentes, maliciosos.

La corneja la miró fijamente, inclinando la cabeza. Luego, abrió el pico y dejó caer algo pequeño y brillante sobre el alféizar.

Isla esperó a que nadie mirara, y se acercó a la ventana. Recogió el objeto. Era otra pieza de engranaje. Idéntica a la primera. Y atada a ella, con un hilo rojo fino, había una pequeña nota enrollada.

La desenrolló con dedos temblorosos. La caligrafía era elegante, antigua, inconfundible:

«La puerta se abre cuando la sangre se derrama. Prepárate, viajera. El cazador ya ha olido tu rastro.»

Isla miró hacia fuera, hacia la niebla que envolvía el castillo. Ya no tenía dudas. No era solo una víctima. Era el cebo. Y el juego acababa de cambiar de reglas.