Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 3 Ecos de Otro Mundo
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Capítulo 3 Ecos de Otro Mundo

La noche siguiente no trajo el descanso que el cuerpo exhausto de Isla demandaba, sino una invasión sistemática de su conciencia.

Los sueños ya no eran meros fragmentos desordenados de un pasado lejano; se habían estructurado en narrativas coherentes, violentas y aterradoramente vívidas.

Soñó con ciudades donde los edificios rascaban el cielo como agujas de plata, donde carruajes sin caballos rugían por avenidas de asfalto negro y donde las personas caminaban con la cabeza gacha, absortas en pequeños rectángulos luminosos que emitían una luz azulada, fantasmal.

En esos sueños, ella no era Isla, la sirvienta invisible de Dunvegan.

Era alguien más. Alguien con autoridad, con conocimientos, con un nombre que resonaba con fuerza: Dra. Elara Vance. Investigadora forense. Especialista en patrones criminales.

Despertó sobresaltada, con el sabor metálico del miedo en la boca y el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro atrapado.

La luz grisácea del amanecer se filtraba por las rendijas del establo, revelando partículas de polvo que danzaban en el aire inmóvil.

Se incorporó, frotándose las sienes con las palmas de las manos frías.

La distinción entre la realidad y la alucinación se volvía cada vez más difusa, una niebla mental que amenazaba con disolver su cordura.

¿Era locura? ¿O era memoria? La pregunta carecía de respuesta práctica, pero la angustia que generaba era tangible, física.

Se vistió con movimientos mecánicos, evitando mirar hacia la pared donde la noche anterior había borrado la amenaza garabateada con carbón.

«An Cu Dubh». El Perro Negro. Una leyenda local, decían los viejos en las tabernas, un espíritu maligno que presagiaba la muerte.

Pero para Isla, ese símbolo tenía una connotación diferente.

En sus recuerdos futuros, el perro negro no era un espíritu, sino un código.

Un apodo utilizado por una red de tráfico ilegal en el siglo XXI.

La coincidencia era demasiado precisa para ser casualidad.

Algo o alguien estaba conectando los hilos entre su pasado futuro y su presente histórico, tejiendo una red que ella apenas comenzaba a vislumbrar.

Salió al patio exterior, donde el aire helado le golpeó el rostro como una bofetada necesaria.

Necesitaba claridad. Necesitaba orden. Y la única forma de obtenerla era mediante la acción, mediante la aplicación de la lógica deductiva que su mente entrenada exigía.

No podía seguir siendo una víctima pasiva de circunstancias que no comprendía.

Tenía que investigar. Tenía que entender quién estaba detrás de los asesinatos recientes, quién movía los hilos desde las sombras de la aristocracia local.

Su primera pista real, además del engranaje y el dibujo de Duncan MacLeod, era el patrón de los crímenes.

Dos mujeres jóvenes, ambas de familias nobles menores, habían desaparecido en los últimos seis meses.

Sus cuerpos fueron encontrados días después en lugares remotos, con signos de violencia ritualística.

La policía local, compuesta por hombres brutales e ignorantes, había atribuido los hechos a lobos o a bandidos irlandeses.

Pero Isla sabía leer las heridas. Sabía interpretar la posición de los cuerpos, la ausencia de lucha en algunos casos, la presencia de nudos específicos en las ligaduras.

No era obra de animales ni de ladrones comunes. Era obra de alguien organizado, metódico, con conocimientos de anatomía y psicología. Alguien que disfrutaba del control absoluto sobre la vida y la muerte.

Mientras recogía leña para las cocinas, observó el movimiento del castillo con ojos nuevos.

Analizó las rutinas de los guardias, los horarios de las visitas, las relaciones entre los sirvientes.

Todo era un sistema, y todo sistema tenía fallos.

Su objetivo era encontrar la grieta por la que colarse.

Fue entonces cuando lo vio. Lachlan.

Estaba en el patio de armas, practicando esgrima con uno de los instructores.

Sus movimientos eran fluidos, elegantes, letales.

No luchaba con la furia ciega de los highlanders, sino con la precisión calculada de un cirujano.

Cada estocada era una pregunta; cada parada, una respuesta.

Isla se detuvo, escondida tras un barril de agua, observándolo con una fascinación que iba más allá de la atracción física.

Había una inteligencia peligrosa en la forma en que manejaba la espada, una capacidad para anticipar los movimientos del oponente que reflejaba su mente analítica.

Cuando terminó la sesión, Lachlan se secó el sudor de la frente con un pañuelo de lino y miró directamente hacia el barril donde ella se ocultaba.

No pudo haberla visto, la distancia y el ángulo lo hacían imposible, pero su mirada se clavó en su dirección con una certeza inquietante.

Luego, sonrió levemente, un gesto casi imperceptible, y se dirigió hacia la entrada principal del castillo.

Isla sintió cómo el calor subía por su cuello.

Él sabía que ella estaba allí. O quizás, simplemente, sentía su presencia, esa conexión extraña que parecía unirlos a través del espacio y el tiempo.

Decidió seguirlo. No era prudente, era arriesgado, casi suicida.

Pero la necesidad de respuestas superaba al instinto de conservación.

Esperó a que entrara en la biblioteca, el mismo lugar de su encuentro anterior, y luego se deslizó por los pasillos laterales, utilizando las rutas de servicio que conocía a la perfección. Llegó a la puerta secreta, aplicó la presión correcta y entró silenciosamente.

Lachlan no estaba solo.

Sentado en el escritorio de roble, con varios mapas extendidos ante él, estaba discutiendo acaloradamente con otro hombre.

Isla reconoció al instante a Lord Campbell, un primo lejano del Laird, conocido por su riqueza ostentosa y su crueldad silenciosa.

Campbell era un hombre de mediana edad, corpulento, con ojos pequeños y brillantes como cuentas de vidrio.

Su presencia en la biblioteca era inusual; normalmente delegaba la gestión de sus tierras en administradores corruptos mientras él se dedicaba a la caza y a la bebida.

—No puedes ignorar las señales, Lachlan —decía Campbell, su voz untuosa, cargada de una amenaza velada—. La región está inquieta. Las chicas desaparecen. La gente habla. Si no tomamos medidas drásticas, el Rey enviará tropas. Y tú sabes lo que significan las tropas para nuestros privilegios.

Lachlan permanecía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, su expresión impasible.

—Las medidas drásticas que sugieres, tío, implican culpar a inocentes. Implican crear chivos expiatorios. Eso no es justicia, es cobardía.

Campbell soltó una risa seca, desagradable.

—La justicia es un lujo de los tiempos de paz, sobrino. En tiempos de guerra, la supervivencia es la única ley. Y si sacrificar a unas pocas campesinas o doncellas problemáticas asegura la estabilidad del clan, entonces así sea. Es un precio pequeño.

Isla contuvo la respiración, sintiendo cómo la ira hervía en su interior.

Doncellas problemáticas. La frase resonó en su mente con ecos siniestros.

¿Se referían a ella? ¿A Morag? ¿A las víctimas anteriores?

La conversación confirmaba sus sospechas: había una conspiración activa dentro del propio círculo familiar de los MacLeod. Y Campbell era una pieza clave.

Pero antes de que pudiera procesar la información completa, Lachlan dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de su tío.

—Si vuelves a mencionar el sacrificio de inocentes en mi presencia, Campbell, te aseguro que olvidarás tu linaje y recordarás solo el dolor. No soy mi padre. No toleraré la barbarie disfrazada de política.

Campbell palideció ligeramente, pero recuperó rápidamente su compostura arrogante.

—Cuidado, muchacho. La lealtad tiene límites. Y la curiosidad también. Hay cosas en este castillo que es mejor no ver. Personas que es mejor no conocer.

Sus ojos se desplazaron hacia la puerta secreta, hacia el rincón oscuro donde Isla estaba escondida. Por un segundo, Isla temió que la hubiera detectado. Pero Campbell solo sonrió, una sonrisa fría, depredadora, y se levantó.

—Piénsalo bien, Lachlan. El tiempo se acaba. Para todos.

Salió de la biblioteca con pasos pesados, dejando tras de sí un rastro de perfume rancio y maldad. Lachlan permaneció inmóvil durante unos instantes, con la mirada fija en la puerta cerrada. Luego, suspiró profundamente, pasando una mano por su cabello desordenado.

Isla supo que era el momento. Salió de su escondite, haciendo ruido deliberado con los pies para anunciar su presencia. Lachlan se giró bruscamente, llevándose la mano a la daga que llevaba en la cintura, pero al reconocerla, relajó la postura.

—Deberías tener más cuidado, Isla —dijo, su voz baja, tensa—. Campbell tiene oídos en todas partes. Incluso en las paredes.

—Y tú tienes enemigos en tu propia sangre —respondió ella, acercándose al escritorio. Señaló los mapas—. ¿Qué estás buscando?

Lachlan la miró con una mezcla de admiración y preocupación.

—Patrones. Igual que tú, supongo. Campbell cree que los asesinatos son obra de rebeldes jacobitas. Yo creo que son algo más... personal. Algo relacionado con el poder. Con el control.

Isla tomó uno de los mapas, estudiando las marcas rojas que señalaban los lugares donde habían aparecido los cuerpos.

—No son aleatorios —murmuró, trazando una línea imaginaria entre los puntos—. Forman un triángulo. Y el vértice central... es aquí. Dunvegan.

Lachlan asintió, grave.

—Exacto. Alguien está usando el castillo como centro de operaciones. Alguien con acceso, con autoridad, con recursos.

—Campbell —dijo Isla, sin dudarlo.

—Quizás. O quizás alguien que trabaja para él. O alguien que lo manipula a él. La red es compleja, Isla. Y peligrosa. Muy peligrosa.