Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 2 Los Ojos del Laird #2
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Capítulo 2 Los Ojos del Laird #2

Isla cerró el cuaderno de golpe, el sonido resonando como un disparo en el silencio sagrado. Miró alrededor, buscando una salida, un escondite. Demasiado tarde. La puerta principal se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas.

En el umbral, recortado contra la luz del corredor, estaba Lachlan.

Se quedaron inmóviles, mirándose a través de la penumbra polvorienta.

Él llevaba un libro bajo el brazo, probablemente devolviendo alguna lectura clandestina.

Sus ojos recorrieron la escena: los cuadernos prohibidos en las manos de Isla, su postura defensiva, la culpa y el desafío mezclados en su expresión.

Cualquier otro noble habría gritado. Habría llamado a los guardias. Habría acusado de robo, de brujería, de sedición.

Lachlan no hizo nada de eso.

Entró, cerrando la puerta suavemente tras de sí. Caminó hacia ella con pasos medidos, deteniéndose a una distancia respetuosa, segura. Su mirada no juzgaba; interrogaba.

—Esos pertenecían a mi tío Duncan —dijo, su voz baja, tranquila, desprovista de acusación—. Nadie los ha tocado desde su muerte. Decían que estaba poseído.

Isla apretó los cuadernos contra su pecho, sintiendo el borde del engranaje oculto bajo la tela presionando contra su esternón.

Podía mentir. Podía decir que estaba limpiando, que los encontró por accidente.

Pero algo en la franqueza de Lachlan, en la vulnerabilidad compartida de aquel encuentro ilícito, desarmó sus defensas.

—No estaba poseído —respondió ella, su voz sorprendentemente firme, clara, con una dicción que ninguna sirvienta debería poseer—. Estaba escuchando.

Lachlan parpadeó, procesando la respuesta. Una sonrisa leve, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios. No era burla. Era admiración.

—¿Escuchando qué, Isla?

Ella sostuvo su mirada, decidiendo en una fracción de segundo apostar todo a la verdad parcial, la única moneda válida entre dos náufragos.

—Lo que nadie más quiere oír.

El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades.

Fuera, el viento aullaba contra los ventanales altos, pero dentro de la biblioteca, el tiempo pareció suspenderse.

Dos almas anacrónicas, separadas por clases sociales y siglos de historia, se reconocieron en la oscuridad compartida del conocimiento prohibido.

Lachlan dio un paso más, invadiendo su espacio personal con una delicadeza que contradecía su tamaño. Extendió la mano, no para quitarle los cuadernos, sino para señalar uno en particular, el que ella tenía abierto.

—Esa página —masculló, su aliento cálido rozando su mejilla, provocando un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío—. Mi tío dibujó algo allí. Algo que nunca pude entender. Pero creo... creo que tú sí puedes.

Isla bajó la vista hacia la página indicada. Y allí, trazado con tinta sepia temblorosa, estaba el dibujo.

No era un símbolo místico. No era un diagrama alquímico. Era un esquema técnico. Preciso, detallado, inequívoco. El mismo engranaje que ella llevaba escondido contra su piel.

El aire se escapó de sus pulmones. Levantó la vista hacia Lachlan, encontrando en sus ojos un reflejo exacto de su propio asombro y terror. Él lo sabía. O al menos, sospechaba lo suficiente como para haberla buscado allí, en ese momento, como si hubiera estado esperándola toda su vida.

Antes de que pudiera hablar, antes de que pudieran articular la magnitud de lo que acababan de descubrir, un sonido proveniente del exterior rompió la intimidad del instante. Un crujido de ramas. Un susurro ahogado. Alguien estaba escuchando al otro lado de la ventana alta de la biblioteca.

Lachlan reaccionó al instante, llevándose un dedo a los labios en señal de silencio absoluto. Se acercó a la ventana, pegando la oreja a la madera fría. Su rostro se endureció, transformándose de estudioso curioso a heredero alerta.

Se giró hacia Isla, susurrando con urgencia contenida:

—Morag. Nos ha seguido.

El nombre cayó como una sentencia. La enemistad de la doncella acababa de cruzar el umbral de la mera rivalidad femenina para convertirse en una amenaza existencial.

Si Morag había oído siquiera una palabra de su conversación, si había visto los cuadernos, la denuncia sería inmediata. Brujería. Traición. Robo.

Isla sintió cómo el pánico intentaba agarrotarle la garganta, pero lo sofocó con disciplina férrea. Miró a Lachlan, y en ese intercambio de miradas sellaron un pacto silencioso. Ya no eran señor y sirvienta. Eran cómplices.

Él asintió una vez, tomando los cuadernos de sus manos con suavidad y colocándolos de nuevo en su escondite tras el escritorio, pero no sin antes arrancar la página del dibujo con un movimiento rápido y preciso.

Se la entregó, doblada, rozando sus dedos con los suyos en un contacto que duró un segundo eterno.

—Guárdalo —masculló—. Yo me encargo de ella.

Salió de la biblioteca con paso decidido, adoptando la máscara de arrogancia nobiliaria que tan bien sabía usar como armadura.

Isla esperó unos segundos, con el papel quemándole en la mano, escuchando cómo la voz de Lachlan se elevaba en el pasillo, regañando a Morag con una autoridad fría y distante, acusándola de holgazanería y falta de respeto, desviando cualquier sospecha de conspiración intelectual hacia la mundanez de la disciplina doméstica.

Cuando el camino estuvo despejado, Isla salió por la puerta lateral, fundiéndose nuevamente con las sombras del castillo.

Pero mientras caminaba hacia la seguridad relativa de las cocinas, con el dibujo del engranaje presionado contra su corazón y la certeza de que Lachlan MacLeod era la llave de su misterio, supo que el verdadero peligro no había pasado. Solo acababa de comenzar.

Porque esa noche, al regresar a su catre en los establos, encontró algo nuevo esperándola.

No era la sombra. No era un objeto.

Era un mensaje. Escrito con carbón en la pared de madera, justo encima de donde apoyaba la cabeza al dormir.

Tres palabras en gaélico, trazadas con una caligrafía torpe pero legible, que helaron la sangre en sus venas y confirmaron que Morag no era simplemente una celosa vulgar, sino un instrumento de algo mucho más antiguo y maligno.

«An Cu Dubh».

El Perro Negro.

Debajo, un símbolo garabateado apresuradamente: el mismo engranaje del dibujo de Duncan MacLeod, pero atravesado por una línea vertical. Una advertencia. O una firma.

Isla borró el mensaje con la manga, el carbón tiñendo la lana de negro como la sangre seca. Se tumbó, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando los latidos de su propio corazón y el eco lejano de unos pasos que no pertenecían a ningún humano ni a ningún animal conocido.

La investigación había terminado. La cacería había comenzado.