Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 2 Los Ojos del Laird
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Capítulo 2 Los Ojos del Laird

El amanecer en Dunvegan no trajo consuelo, sino una claridad cruda que exponía cada grieta de la piedra y cada cicatriz del alma.

Isla permaneció despierta durante las horas restantes de la noche, con el pequeño engranaje metálico apretado contra su pecho, bajo la tela áspera de su camisa, como un segundo corazón latiendo con un ritmo ajeno y prohibido.

El objeto estaba frío, pero quemaba. Su peso era insignificante, apenas unos gramos de aleación imposible, pero la gravedad de su presencia amenazaba con desplomar el precario equilibrio de su existencia.

Lo había escondido en un hueco entre las vigas del establo, envuelto en un trozo de lino robado, sabiendo que llevarlo encima era invitar a la hoguera o al manicomio.

La rutina matinal comenzó con la misma brutalidad mecánica de siempre, pero Isla ya no era la misma mujer que se había acostado la víspera.

Se movía entre las cubas de agua hirviendo y los sacos de harina con una vigilancia nueva, aguda.

Cada sombra en los pasillos podía ser la figura de la torre; cada mirada furtiva de los otros sirvientes, un indicio de complicidad o de traición.

La paranoia se había instalado en ella no como una enfermedad, sino como un instinto de supervivencia refinado por siglos de evolución futura que ahora despertaba en un cuerpo del pasado.

Las cocinas eran un microcosmos de la jerarquía feudal, un teatro de crueldades menores y sumisiones mayores.

Morag, fiel a su naturaleza, intentó hacerla tropezar mientras transportaba una bandeja de peltre cargada de jarras de cerveza para el desayuno de los señores.

Isla, anticipando el movimiento con una percepción casi premonitoria, ajustó su paso milimétricamente, esquivando el pie extendido sin derramar una sola gota.

La doncella soltó un bufido de frustración, murmurando insultos en gaélico que Isla entendió perfectamente, aunque fingió ignorarlos.

Esa comprensión lingüística era otro de sus secretos inconfesables; el idioma le resultaba tan natural como respirar, una herencia genética o cultural que desafiaba su supuesta orfandad.

—Torpe —siseó Morag al pasar junto a ella, rozándole el brazo con deliberada rudeza—. Un día caerás, y nadie te levantará.

Isla no respondió. Guardó la réplica afilada que acudió a su mente, una frase devastadora sobre la inseguridad que alimentaba la maldad de la otra mujer. En este siglo, la inteligencia en una sirvienta era tan peligrosa como la belleza; ambas debían ser administradas con la discreción de un veneno.

El gran salón, donde servían el desayuno a la familia MacLeod y a sus invitados, era una caverna de tapices descoloridos y trofeos de caza que exhalaban un olor rancio a gloria pasada.

El Laird, Alasdair MacLeod, presidía la mesa cabecera como un monarca decaído.

Era un hombre de constitución formidable, forjado en las guerras civiles y endurecido por la gestión de tierras ingratas.

Su rostro era un mapa de cicatrices y arrugas profundas, surcado por una barba gris que ocultaba una mandíbula tensa.

Sus ojos, pequeños y oscuros como cuentas de azabache, escrutaban el mundo con una desconfianza perpetua. No miraba a las personas; las evaluaba como activos o amenazas.

A su derecha se sentaba Lachlan. A la luz del día, el hijo del Laird parecía aún más fuera de lugar que la noche anterior.

Vestía con la elegancia sobria de quien ha absorbido las modas continentales sin perder su esencia escocesa: chaqueta de terciopelo azul oscuro, chaleco bordado con hilos discretos, cuello de encaje impecable. Pero era su postura lo que lo delataba.

Mientras los demás comían con avidez ruidosa, él jugaba con la comida, observando la sala con una mezcla de hastío y curiosidad antropológica. Había libros en su mirada, preguntas que nadie en aquella mesa podía responder.

Isla se acercó para rellenar su copa de vino aguado.

Mantuvo la vista baja, clavada en el mantel manchado, pero sus sentidos estaban desplegados como una red sísmica.

Percibió el aroma sándalo y tinta de Lachlan, tan distinto al hedor corporal y animal de los otros hombres.

Sintió cómo él contenía la respiración cuando ella se inclinó, un gesto involuntario de respeto o de reconocimiento sensorial.

—Gracias —murmuró él.

No fue una orden disfrazada de cortesía, como solían hacer los nobles.

Fue una palabra completa, dirigida a ella como individuo.

Isla alzó la vista brevemente, arriesgándose.

Sus miradas se cruzaron de nuevo, y esta vez la conexión fue eléctrica, tangible.

En los ojos de Lachlan vio reflejada su propia soledad, su propio desarraigo.

Él también era un extranjero en su propia casa, un viajero temporal atrapado en una época que le quedaba pequeña.

El Laird carraspeó, rompiendo el hechizo. Su voz retumbó como un trueno lejano.

—Lachlan, deja de mirar a la servidumbre como si fueran especímenes de museo. Tu atención debería estar en los asuntos de la hacienda, no en fantasías ociosas.

El tono era despectivo, cargado de una decepción paternal que dolía más que cualquier golpe. Lachlan bajó la vista, pero no hubo sumisión en el gesto, sino una resignación estratégica.

—Solo observaba, padre. Hay mucho que aprender de quienes sostienen esta casa.

—Sostener no es gobernar —replicó Alasdair, cortando un trozo de carne con violencia innecesaria—. Y tú has olvidado la diferencia entre ambos. París te ha llenado la cabeza de humo y palabras bonitas. Aquí, la realidad tiene peso. Sangre. Hambre. No teorías.

Isla retrocedió hacia las sombras de la pared, fundiéndose con la madera oscura.

La tensión entre padre e hijo era palpable, una grieta tectónica que amenazaba con engullirlos a todos.

Comprendió entonces que Lachlan no solo era su posible aliado; era también un prisionero, igual que ella.

Su rebeldía era intelectual, silenciosa; la de ella, existencial, desesperada.

Ambos navegaban aguas traicioneras, buscando un puerto que quizás no existía.

Terminado el servicio, Isla fue enviada al jardín trasero a recoger hierbas aromáticas para la despensa.

El aire exterior era húmedo y olía a tierra mojada y a rosas marchitas.

El jardín de Dunvegan era un laberinto de setos descuidados y senderos de grava invadidos por la maleza, un reflejo de la decadencia noble que se resistía a admitir su fin.

Mientras arrancaba romero y tomillo con manos expertas, su mente volvió al engranaje.

¿Qué significaba? ¿Era una pieza de la máquina que la había traído aquí?

¿O algo más siniestro, un marcador dejado por quienquiera que fuese la sombra de la torre?

Decidió buscar respuestas donde nadie miraba. La biblioteca.

Era un lugar prohibido para los sirvientes, custodiado por cerraduras oxidadas y el miedo supersticioso al conocimiento.

Pero Isla conocía los patrones de comportamiento de la casa mejor que nadie.

Sabía que a esa hora, el bibliotecario, un anciano medio ciego y sordo llamado Ewan, dormitaba en su silla junto a la chimenea, y que la puerta lateral del ala este, usada antiguamente por los contrabandistas de libros católicos durante las persecuciones, tenía un pestillo defectuoso que cedía con la presión exacta en el punto correcto.

Se deslizó por los pasillos vacíos como un fantasma, aprovechando los ángulos muertos de la arquitectura. Llegó a la puerta lateral, aplicó presión con la palma de la mano en el tercer tablón desde abajo, y sintió el clic suave del mecanismo cediendo. Entró.

La biblioteca olía a polvo, cuero viejo y papel ácido.

Las estanterías se alzaban hasta el techo abovedado, repletas de volúmenes encuadernados en piel que guardaban siglos de sabiduría y locura.

La luz entraba tamizada por ventanas altas y sucias, creando columnas de partículas doradas que danzaban en el silencio.

Isla se movió entre ellas con reverencia, tocando los lomos con la punta de los dedos, sintiendo la vibración residual de las mentes que los habían escrito.

No buscaba nada específico. Buscaba anomalías.

Algo que no encajara en la narrativa histórica oficial.

Recorrió las secciones de historia local, genealogía y filosofía natural.

Sus ojos escaneaban títulos y fechas con una velocidad de procesamiento que habría asombrado a cualquier erudito de la época.

Nada. Todo era convencional, predecible, seguro.

Hasta que llegó a un rincón apartado, detrás de un escritorio de roble macizo. Allí, apilados sin orden aparente, había varios cuadernos de notas manuscritas, sin encuadernar, atados con cintas de cuero desgastadas. Los tomó con cuidado, abriendo el primero al azar.

La caligrafía era nerviosa, apresurada, fechada cincuenta años atrás.

Pertenecía a un tal Duncan MacLeod, un tío abuelo de Lachlan, según recordaba vagamente de las conversaciones oídas en la cocina.

El texto hablaba de fenómenos atmosféricos extraños, de luces en el cielo, de sonidos que no provenían de ninguna bestia conocida.

«El metal que canta», decía una entrada.

«La mujer que cayó de las estrellas y habló en lenguas muertas antes de desvanecerse en la niebla».

El corazón de Isla dio un vuelco. No era la única. Había habido otros. O al menos, alguien más había presenciado lo imposible y había intentado registrarlo antes de ser silenciado por la ortodoxia o la locura.

Siguió leyendo, absorta, perdiendo la noción del tiempo.

Las páginas describían experimentos fallidos, mapas de lugares que no aparecían en ningún atlas, teorías sobre la naturaleza del tiempo que rozaban la física cuántica con un lenguaje poético y desesperado.

Duncan MacLeod no era un loco; era un visionario atrapado en la era equivocada, igual que ella.

Un ruido la sobresaltó. Pasos. Pesados, deliberados, acercándose por el pasillo principal.