Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII
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Capítulo 1 El Despertar en la Bruma
El frío no era una sensación, sino una entidad viva que se adhería a la piel con la tenacidad de un parásito ancestral.
Penetraba a través de los harapos de lana basta, mordisqueaba los huesos y anidaba en la médula, recordándole a cada instante que su existencia pendía de un hilo tan fino como la escarcha que cubría las piedras del patio interior.
Isla abrió los ojos, pero la oscuridad permaneció intacta, densa y opresiva, como si el aire mismo hubiera decidido solidificarse para asfixiarla.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que el sueño la arrastrara hacia esas profundidades sin fondo, esos abismos donde las luces neón parpadeaban con ritmos cardíacos y los sonidos metálicos rasgaban el silencio con una violencia industrial que su mente actual se negaba a procesar.
Se incorporó con lentitud, cada músculo protestando con un crujido sordo.
El heno bajo sus manos estaba húmedo, podrido, exhalando un olor acre a fermentación y estiércol que le revolvía el estómago.
Estaba en los establos del castillo de Dunvegan, o al menos, eso era lo que los fragmentos de memoria reciente le susurraban.
Un lugar de piedra gris, erguido sobre acantilados que caían verticalmente hacia un mar embravecido, eterno testigo de la furia de los elementos.
Escocia. Siglo XVIII. Las palabras resonaban en su cabeza como ecos de una lengua extranjera, etiquetas colocadas sobre una realidad que se resistía a ser definida.
Isla pasó una mano temblorosa por su rostro.
Sus dedos, largos y delicados, contrastaban absurdamente con la suciedad que le cubría la mejilla.
Era hermosa, una belleza que resultaba casi obscena en aquel entorno de miseria y brutalidad.
Sus ojos, de un color cambiante entre el verde musgo y el gris tormenta, poseían una profundidad inquietante, como si miraran siempre hacia un horizonte invisible para los demás.
Su cabello, oscuro y enmarañado, caía sobre sus hombros como una cascada de noche, protegiéndola parcialmente del viento que se filtraba por las grietas de la madera vieja.
—Otra vez despierta antes del gallo —murmuró para sí misma, su voz ronca por el desuso.
No recordaba su nombre verdadero. O sí, pero ese nombre pertenecía a otra vida, a otro tiempo, a una identidad que se desvanecía como la niebla matutina bajo el sol implacable.
Aquí era Isla, la encontrada, la huérfana sin linaje, la criatura rescatada de la cuneta por un pastor viejo y taciturno que había muerto hacía tres años, dejándola a merced de la caridad obligada del Laird MacLeod.
Nadie sabía de dónde venía. Ni siquiera ella misma podía articular una respuesta coherente.
Solo tenía flashes, destellos cegadores de rascacielos de cristal, de carruajes que volaban sin caballos, de pantallas luminosas que mostraban mundos enteros comprimidos en rectángulos de vidrio.
Pesadillas, decían las otras sirvientas.
Locura, afirmaba el médico del clan. Brujería, susurraban las viejas en los mercados.
Pero Isla sabía que no era locura. Era memoria. Una memoria que no le pertenecía, o que le pertenecía demasiado bien.
Se puso de pie, sacudiéndose la paja de la falda desgastada.
El amanecer comenzaba a teñir el cielo de un violeta enfermizo, anunciando un día gris, típico de aquellas tierras altas donde la lluvia era la única constante verdadera.
Tenía que moverse. Si el mayordomo, el señor Campbell, la encontraba dormida a estas horas, el castigo sería severo.
Y los castigos en Dunvegan no eran meramente disciplinarios; eran lecciones de sumisión grabadas a fuego en la carne.
Salió del establo, cerrando la puerta de madera con cuidado para no hacer ruido.
El aire exterior era gélido, cortante. La bruma envolvía el castillo como un sudario, difuminando los contornos de las torres almenadas, haciendo que la fortaleza pareciera flotar en un mar de leche espesa.
Isla caminó hacia el pozo central, sus botas gastadas chapoteando en el barro congelado.
Necesitaba agua. Necesitaba lavar la sensación de aquella pesadilla recurrente que aún la atenazaba: la sensación de caer, de ser absorbida por un vórtice de luz blanca, mientras voces distantes gritaban su nombre con desesperación.
Mientras bombeaba el agua, observó sus reflejos distorsionados en la superficie negra del cubo.
¿Quién era esa mujer? Una sirvienta de veinte años, quizás veintidós, con las manos agrietadas por el trabajo duro y la mirada de alguien que ha visto el fin del mundo.
Una contradicción ambulante. Sabía leer, aunque estaba prohibido para su clase.
Conocía conceptos de anatomía que hubieran hecho palidecer a cualquier cirujano de Edimburgo.
Hablaba con una precisión léxica que desconcertaba a los nobles cuando, por error, se cruzaba con ellos en los pasillos.
—Te estás quedando atrás, muchacha —expresó una voz áspera a su espalda.
Isla se giró bruscamente, dejando caer el cubo.
El agua se derramó sobre sus pies, helada como el hielo.
Era Morag, una doncella de rostro anguloso y ojos pequeños y maliciosos, que la observaba con una mezcla de envidia y desprecio.
Morag representaba todo lo que Isla odiaba de aquel tiempo: la ignorancia voluntaria, la crueldad nacida del miedo, la sumisión ciega a la jerarquía.
—Lo siento, Morag —manifestó Isla, manteniendo la voz baja, neutral. No debía darles munición. No debía mostrar debilidad, ni tampoco superioridad. Ambas eran fatales.
—Siempre con la cabeza en las nubes —escupió Morag, acercándose con pasos pesados—. El señor Campbell dice que hoy hay que fregar los suelos del gran salón. Los lords llegan de Inverness. Si hay una sola mancha de polvo, te hará lamerla.
Isla asintió, recogiendo el cubo vacío.
—Estará limpio. Lo prometo.
Morag la miró con sospecha, como si esperara un truco, una insolencia.
Pero Isla ya se alejaba, moviéndose con una gracia felina que parecía fuera de lugar en su cuerpo cubierto de harapos.
Mientras caminaba hacia las cocinas, sintió esa punzada familiar en la nuca.
La sensación de ser observada. No era la mirada lasciva de los guardias borrachos, ni el odio abierto de Morag.
Era algo más antiguo, más frío. Algo que la esperaba en las sombras, acechando desde los rincones de su propia mente.
Las cocinas eran un infierno de humo, gritos y olores intensos.
Gallinas degolladas colgando de las vigas, ollas hirviendo con caldos espesos, el chisporroteo de la grasa en las sartenes.
Isla se integró en la maquinaria humana sin emitir sonido, lavando, cortando, transportando.
Sus manos se movían con eficiencia automática, liberando su mente para vagar por esos territorios prohibidos.
¿Por qué estoy aquí? La pregunta resonaba como un tamborileo constante. ¿Qué puerta crucé?
Recordaba el dolor. Un dolor agudo, eléctrico, cuando tocó aquel artefacto extraño en las ruinas del bosque, años atrás, poco después de que el pastor la encontrara.
Había sido una niña entonces, perdida, aterrada.
El objeto pulsaba bajo sus dedos, caliente, vivo.
Y luego, la oscuridad. Y al despertar, estaba en este siglo, en este cuerpo, con recuerdos de dos vidas superpuestas como transparencias mal alineadas.
El día transcurrió con la lentitud agonizante de las horas esclavas.
El gran salón fue fregado hasta que la piedra brilló con un fulgor húmedo y triste.
Los lords llegaron, hombres robustos con kilt de tartán y rostros endurecidos por el viento y la guerra.
Bebían whisky a chorros, reían con estruendo y hablaban de cosechas, de impuestos y de la rebelión jacobita como si fueran juegos de niños.
Isla servía la mesa, inclinada, invisible, un mueble más con ojos.
Fue entonces cuando lo vio.
Lachlan MacLeod.
El hijo del Laird. Había regresado hacía pocas semanas de sus estudios en el continente.
Dicen que París lo había cambiado, que Edimburgo lo había refinado.
Era alto, de cabello castaño claro que caía sobre una frente amplia e inteligente.
Sus ojos no tenían la dureza vacía de los otros nobles; había una curiosidad inquieta en ellos, una tristeza profunda que parecía resonar con la propia alma de Isla.
Cuando entró en el salón, el aire cambió.
Las risas se amortiguaron ligeramente. Él saludó a su padre con una reverencia formal, distante, y luego sus ojos barrieron la habitación.
Pasaron por encima de los invitados, de los sirvientes, de las velas parpadeantes, y se detuvieron en ella.
No fue una mirada de lujuria. No fue una evaluación posesiva.
Fue un reconocimiento. Como si él también sintiera esa discordancia, esa nota falsa en la sinfonía de la realidad.
Isla sostuvo la mirada un segundo más de lo permitido, un segundo peligroso, antes de bajar la vista rápidamente, sintiendo cómo el calor subía por su cuello.
—¿Quién es esa? —oyó que preguntaba Lachlan a su padre, su voz clara, culta, cortando el murmullo general.
A la sazón el Laird, un hombre enorme con barba gris y manos como mazos, siguió la dirección de la mirada de su hijo. Sus ojos se posaron en Isla con desagrado.
—La huérfana. La que encontró Angus. Útil para tareas menores. No le prestes atención, Lachlan. Es... extraña.
—Extraña —repitió Lachlan, y en esa palabra hubo un matiz de interés, no de repulsión.
Isla sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas. Esa interacción, breve e insignificante para los demás, había marcado un punto de no retorno. Algo se había desplazado en el equilibrio frágil de su existencia.
La noche cayó sobre Dunvegan como una losa de plomo.
Las velas se apagaron, uno a uno, dejando solo el resplandor moribundo de las brasas en las chimeneas.
Isla terminó sus tareas y se retiró a los establos, su refugio provisional.
El cansancio físico era abrumador, pero su mente permanecía alerta, vibrante.
Se tumbó sobre la paja, cerrando los ojos, intentando bloquear el ruido del viento que ululaba alrededor de las torres.
Pero el sueño no llegó fácilmente. Y cuando llegó, no fue un descanso, sino una invasión.
Soñó con pasillos infinitos de metal pulido. Soñó con voces que hablaban en códigos binarios. Soñó con una mujer idéntica a ella, pero vestida con ropas ajustadas y brillantes, corriendo hacia una luz cegadora, gritando: «¡No cruces! ¡El tiempo no perdona!».
Isla despertó sobresaltada, jadeando, el sudor frío pegando la camisa a su piel. El establo estaba en silencio, salvo por el resoplido ocasional de los caballos. Pero algo estaba mal. El aire era más denso, más pesado.
Se incorporó, abrazándose las rodillas. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Y entonces, lo vio.
En la ventana alta del establo, la que daba a la torre norte, había una figura.
No era humana. O al menos, no parecía completamente humana en la oscuridad.
Era una silueta recortada contra la luz pálida de la luna, alta, inmóvil.
No tenía rasgos definidos, solo una presencia masiva, amenazante.
Isla contuvo la respiración, el terror paralizándole la garganta.
Quería gritar, pero ningún sonido salía de sus labios.
Quería moverse, pero sus miembros estaban clavados al suelo por un miedo primordial.
La figura no se movía. Solo observaba.
Después, lentamente, levantó una mano. No era una mano de carne y hueso. Parecía hecha de sombras líquidas, de humo condensado. Señaló hacia ella. Hacia Isla.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de la joven, más frío que el invierno escocés. Porque en ese gesto, en esa señalización silenciosa, hubo un reconocimiento absoluto. La sombra sabía quién era. La sombra sabía de dónde venía.
Peor aún: la sombra sabía que ella no debería estar allí.
Isla cerró los ojos con fuerza, contando hasta diez, hasta cien, hasta que el latido de su corazón dejó de ser un trueno ensordecedor. Cuando volvió a abrirlos, la ventana estaba vacía. Solo la luna, indiferente y brillante, iluminaba el marco de madera podrida.
Pero en el alféizar, donde momentos antes había estado la mano de sombra, había algo nuevo. Algo que no estaba allí antes.
Isla se arrastró hacia la ventana, sus piernas temblando. Extendió la mano y tocó el objeto. Era pequeño, frío, metálico. Lo tomó entre sus dedos y lo acercó a la luz lunar.
Era un engranaje. Pequeño, preciso, fabricado con una aleación que no existía en el siglo XVIII. Brillaba con un lustre azulado, imposible, alienígena.
Isla apretó el engranaje en su puño, sintiendo cómo los bordes afilados se clavaban en su palma, despertándola de la parálisis. El dolor era real. El objeto era real.
La sombra no había sido un sueño.
Pero ahora, tenía una prueba.
Miró hacia la torre norte, hacia la oscuridad impenetrable que la observaba desde las alturas.
Sabía que la habían visto. Sabía que el juego había comenzado.
Y mientras el viento gemía alrededor del castillo, Isla comprendió con una certeza heladora que su pasado no la había abandonado.
Su pasado la había seguido a través del tiempo, y ahora, estaba cazándola.
Apagó la vela imaginaria de su esperanza de pasar desapercibida. Ya era demasiado tarde para eso.