Capítulo 13 Celos y Veneno
El bosque se tragó a los fugitivos con una indiferencia glacial, ocultando sus rastros bajo un manto de hojas muertas y sombra perpetua.
Isla y Lachlan no se detuvieron hasta que el sonido de los gritos en la aldea se desvaneció, reemplazado por el zumbido monótono de los insectos y el crujir de ramas bajo sus propios pies.
El aire era denso, cargado de la humedad propia de las Tierras Altas, pero para Isla, la atmósfera pesaba más por la revelación contenida en el diario de Elara que por la presión barométrica. «Sacrificar lo que más amas».
La frase resonaba en su mente como una sentencia judicial, fría e inapelable.
Miró de reojo a Lachlan, quien avanzaba con la cabeza gacha, protegiendo el diario contra su pecho como si fuera un escudo físico contra el mundo exterior.
Su rostro estaba pálido, surcado por líneas de tensión que la luz filtrada de los árboles acentuaba dramáticamente.
—Debemos descansar —dijo ella finalmente, rompiendo el silencio opresivo—. No podemos seguir así. Tu herida necesita limpieza, y necesitamos leer ese diario con calma.
Lachlan asintió sin levantar la vista. Encontraron un refugio natural bajo las raíces retorcidas de un roble centenario, donde la tierra formaba una oquedad seca protegida del viento.
Mientras Isla preparaba un pequeño fuego con yesca y pedernal, observando cada movimiento con la precisión de quien teme atraer atención innecesaria, Lachlan sacó el diario.
Las páginas crujieron, liberando un olor a vainilla rancia y tiempo estancado.
Comenzaron a leer juntos, sus cabezas inclinadas sobre el texto manuscrito en una caligrafía fluida, femenina pero firme.
Elara, la predecesora de Isla, no escribía como una víctima, sino como una científica atrapada en una era primitiva.
Detallaba sus observaciones sobre la anomalía dimensional, describiendo el engranaje no como un objeto mágico, sino como un «estabilizador de flujo temporal».
Explicaba que Campbell y Margaret no buscaban abrir una puerta hacia el futuro para viajar, sino para extraer energía pura del vacío intersticial, una fuente de poder ilimitada que corrompería la realidad misma.
Pero la parte más crucial, la que hizo que la sangre de Isla se helara, era la descripción del ritual final.
«La puerta requiere dos polos opuestos: uno anclado en el pasado, otro proyectado desde el futuro. La sangre del ancla debe ser derramada voluntariamente. Sin sacrificio consciente, la puerta colapsará, arrastrando consigo todo lo que toca.»
Voluntariamente. La palabra clave. Campbell no podía forzar el sacrificio; tenía que ser ofrecido.
Por eso la manipulación, por eso el juego psicológico.
Necesitaban que Isla, o quien ocupara su lugar, aceptara su destino.
Y necesitaban que Lachlan, el ancla emocional, estuviera presente para presenciarlo, amplificando la carga energética del dolor.
—No permitiré que te sacrifiques —dijo Lachlan, cerrando el libro con fuerza. Sus ojos brillaban con una determinación feroz, casi violenta—. Hay otra manera. Siempre hay otra manera.
Isla lo miró, sintiendo cómo el amor que sentía por él se mezclaba con un terror profundo. Él estaba dispuesto a morir por ella, pero el ritual exigía algo más sutil: la traición emocional. La ruptura del vínculo.
—Quizás no sea mi muerte la que piden —murmuró ella, una idea germinal comenzando a tomar forma en su mente—. Quizás sea la muerte de nuestro amor. La destrucción de la conexión.
Antes de que pudieran profundizar en esa teoría perturbadora, un ruido ligero entre los arbustos cercanos los alertó. No eran pasos pesados de guardias, sino el roce suave de tela contra vegetación. Lachlan desenvainó su espada instantáneamente, interponiéndose entre Isla y la fuente del sonido.
—¿Quién está ahí? —exigió, su voz baja pero amenazante.
De entre los helechos emerged una figura femenina.
Alta, elegante, vestida con ropas de montar de terciopelo verde oscuro, claramente inadecuadas para una caminata por el bosque salvaje.
Era Morag. O mejor dicho, alguien que se parecía extraordinariamente a Morag, pero con una postura más erguida, una mirada menos servil y más calculadora.
Isla frunció el ceño. La Morag que conocía había muerto en la cripta, degollada. ¿Era un error? ¿Una alucinación?
La mujer sonrió, una sonrisa lenta y venenosa.
—Veo que la muerte no es tan definitiva como creéis, querida Isla —dijo, su voz suave, melosa, carente del acento gutural de la doncella fallecida—. O quizás, simplemente subestimasteis la lealtad de mi hermana gemela.
Isla sintió un escalofrío. Gemela. Morag tenía una hermana, Brigid, que trabajaba en las cocinas pero rara vez era vista. Una sombra dentro de la sombra.
—Brigid —dijo Lachlan, reconociéndola con horror—. Tú también estás involucrada.
—Siempre he estado involucrada, milord —respondió Brigid, acercándose con una confianza inquietante—. Morag era la cara visible, la herramienta bruta. Yo soy la mente. La que planea. La que observa. Y he venido a ofreceros una salida.
Isla no bajó la guardia.
—¿Una salida? ¿A cambio de qué?
—Información —dijo Brigid—. Sé dónde está Malcolm ahora mismo. Sé dónde esconden el segundo engranaje. Y sé cómo destruir la entidad sin tener que sacrificar nada... excepto, quizás, vuestra reputación.
Lachlan dudó. La oferta era tentadora, demasiado conveniente.
—¿Por qué nos ayudarías? Si trabajas para ellos, tu lealtad debería estar con Campbell.
Brigid rio, un sonido frío que no llegó a sus ojos.
—Campbell me usa. Malcolm me desprecia. Y Margaret...
Margaret me tiene miedo. Porque yo sé la verdad sobre el origen de la familia MacLeod.
Sobre la maldición que corre por vuestra sangre.
No os ayudo por lealtad, Lord Lachlan. Os ayudo porque quiero verlos caer.
Quiero ver el castillo arder. Y vosotros sois la chispa.
Isla estudió a la mujer. Detectaba la mentira en sus palabras, pero también una verdad parcial. Brigid era una oportunista, una superviviente nata que cambiaba de bando según convenía. Podía ser útil, pero era peligrosa. Como una serpiente en la hierba.
—Habla —ordenó Isla—. Pero si intentas traicionarnos, te aseguro que mi cuchillo será más rápido que tu lengua.
Brigid asintió, aparentemente impasible ante la amenaza.
—Malcolm está en la Cabaña del Cazador, en el valle norte.
Está preparando el siguiente paso del ritual.
Cree que tiene el control, pero está equivocado.
La entidad... el Eco... está creciendo. Se está volviendo independiente.
Campbell pierde el control. Y Margaret...
Margaret está esperando el momento adecuado para tomar el mando total.
—¿Y el segundo engranaje? —preguntó Lachlan.
—Lo lleva Malcolm consigo. Lo usa para estabilizar a la entidad. Sin él, el Eco se desintegraría, o peor, se volvería completamente incontrolable.
Isla intercambió una mirada con Lachlan. Si podían conseguir el segundo engranaje, podrían debilitar a la entidad. Podrían ganar tiempo.
—¿Por qué nos dices esto ahora? —preguntó Isla, sospechando la trampa.
—Porque Malcolm va a recibir una visita esta noche —dijo Brigid, bajando la voz—. Una visita importante. Alguien que puede cambiar el equilibrio de poder. Si queréis actuar, hacedlo ahora. Antes de que llegue.
Dicho esto, Brigid se dio la vuelta y desapareció entre los arbustos tan silenciosamente como había llegado, dejando tras de sí un rastro de incertidumbre y peligro.
Lachlan miró a Isla.
—Es una trampa. Tiene que serlo.
—Probablemente —concedió Isla—. Pero es la única pista que tenemos. Y si Malcolm tiene el segundo engranaje, es un riesgo que debemos correr.
Decidieron moverse hacia el valle norte. El camino fue largo y agotador. La luz del día comenzó a declinar, tiñendo el cielo de tonos violetas y naranjas. Cuando llegaron a la Cabaña del Cazador, una estructura de madera aislada en un claro del bosque, encontraron la puerta entreabierta.
Entraron con cautela. El interior estaba vacío, pero olía a tabaco fresco y a perfume caro.
En la mesa central, había un mapa extendido, similar al que Isla había encontrado en el molino.
Pero este tenía nuevas marcas. Marcas que señalaban no solo Dunvegan, sino otros castillos de la región. Inverness. Edinburgh.
—Está expandiendo el ritual —murmuró Isla, comprendiendo la magnitud del plan—. No quiere solo abrir una puerta aquí. Quiere crear una red. Una red de portales.
De repente, oyeron voces fuera. Pasos. Risas.
Se escondieron detrás de unas cortinas pesadas justo cuando la puerta se abría. Entraron dos hombres. Uno era Malcolm, con su habitual aire de arrogancia. El otro... era el Laird, Alasdair MacLeod.
Isla contuvo la respiración. ¿Su padre? ¿El hombre que los había condenado?
—Todo está listo, hermano —dijo Malcolm, sirviéndose una copa de whisky—. La chica estará aquí pronto. Brigid la atraerá con la promesa de seguridad. Y cuando llegue... el ritual comenzará.
Alasdair asintió, su rostro inexpresivo.
—Hazlo rápido, Malcolm. No quiero más sangre innecesaria. Solo lo necesario para estabilizar la puerta.
—Como ordenes —manifestó Malcolm, sonriendo—. Pero recuerda, hermano. Una vez que la puerta esté abierta, no habrá vuelta atrás. Para ninguno de nosotros.
Isla sintió cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor. Alasdair. El padre de Lachlan. No era una víctima ignorante. Era un cómplice activo. Había enviado a sus hijos a la muerte, o peor, a la esclavitud eterna, por poder.
Lachlan, a su lado, temblaba de rabia contenida. Sus puños estaban apretados tan fuerte que los nudillos se habían puesto blancos. Quería salir, confrontar a su padre, exigir explicaciones. Pero Isla le puso una mano en el brazo, deteniéndolo.
—Ahora no —suspiró ella—. Si salimos ahora, moriremos. Necesitamos el engranaje. Espera.
Esperaron hasta que los hombres terminaron su conversación y salieron de la cabaña, riendo suavemente. Cuando estuvieron seguros de que se habían alejado, Isla y Lachlan salieron de su escondite.
En la mesa, junto al mapa, había una pequeña caja de metal. Idéntica a la que contenía el primer engranaje.
Lachlan la abrió. Dentro, brillando con una luz azulada, estaba el segundo engranaje.
Lo tomó, sintiendo su vibración fría.
—Lo tenemos —dijo, con voz tensa—. Ahora, ¿qué hacemos?
Isla miró hacia la puerta abierta, hacia la oscuridad creciente del bosque.
—Ahora —dijo ella, con una frialdad que la sorprendió incluso a sí misma—, vamos a usar esto contra ellos. Vamos a convertir su propia arma en su perdición.
Pero mientras hablaba, sintió una punzada familiar en la nuca. La sensación de ser observada. Giró la cabeza hacia la ventana.
Allí, reflejada en el cristal oscuro, vio una figura. No era Brigid. No era Malcolm.
Era Lady Margaret. De pie en la linde del bosque, a cien metros de distancia. Sonriendo. Pero en su mano, sostenía algo que brillaba bajo la luna.
Un tercer engranaje.
Isla comprendió entonces la verdadera naturaleza de la trampa. No había dos engranajes. Había tres. Y el tercero... el tercero era la llave maestra. La que controlaba a los otros dos.
Margaret acababa de mostrarles que siempre había tenido el control.
—Corre —susurró Isla, tirando del brazo de Lachlan—. ¡Corre!
Salieron de la cabaña justo cuando los árboles a su alrededor comenzaban a moverse, no por el viento, sino por la presencia de decenas de figuras encapuchadas que emergían de las sombras.
La cacería había terminado. La guerra había comenzado.