CAPÍTULO 28 #2
Volvió sobre sus pasos y, al introducirse en el pasillo que conducía a su celda, vislumbró una sombra escabullirse y doblar un recodo. Corrió como alma que lleva el diablo. Podía escuchar los acelerados pasos de la persona que perseguía envuelta en una capa con capucha.
Era rápido y no tan alto como él. Sus largas zancadas acortaban la distancia. Giró de nuevo y lo vio salir a toda carrera hacia el patio de armas. Imprimió velocidad a las piernas y se plantó en el patio justo cuando el hombre atravesaba la arcada que llevaba a la rampa del nivel superior.
En su alocada carrera, se interpuso un grupo de soldados que corrían hacia el cambio de guardia; Alvar los apartó furioso y maldijo entre dientes. Llegó a la arcada y comenzó el ascenso con el corazón en la boca. Ya no lo veía.
Asustado, continuó saltando los escalones de tres en tres. Jadeante se detuvo en la explanada y miró a su alrededor. Lo había perdido. Pateó con cólera el suelo y levantó una nube de polvo. Se apoyó en el muro pare recuperar el resuello y gritó a pleno pulmón, impotente y aterrado.
—¡Dios, castígame a mí! —exhaló con desesperación—. Aquí tienes mi vida, tómala, maldita sea, pero libérala a ella. Es cuanto te pido; te he servido bien, Señor, y prometo seguir haciéndolo si la salvas.
Fijó los ojos en las níveas nubes recortadas contra el cielo oscuro y triste.
Entre ellas emergía un tenue resplandor cobrizo que moría en los brazos de una noche incipiente.
Respiró hondo para aliviar la angustia que le oprimía el pecho.
Jamás en su vida había sentido un miedo tan primario y abrumador; si la perdía, enloquecería, moriría.
Tan solo ese pensamiento le helaba la sangre, como si afiladas dagas de hielo le apuñalaran el interior.
Le costaba respirar, los latidos desacompasados amenazaban con llevarlo a una crisis frenética. La furia lo sacudía; cerró los ojos y los puños y rezó. Debía sosegarse y pensar; alejar el miedo y utilizar su argucia para desenmascarar al asesino. La clave estaba sobre su hombro.
Tomó una decisión. Se encaminó hacia el centro del patio principal y llamó a gritos a sus hombres. Bernardo bajó raudo de las almenas; Martín y Durán aparecieron con las espadas en alto y semblante fiero.
—¿Qué ocurre?
Martín miró en derredor, después fijó su atención en él y abrió los ojos sorprendido ante lo que veía.
—Parece como si hubieras visto al mismísimo demonio.
—No lo he visto, pero lo he perseguido. Se ha llevado a Jimena.
Los hombres se miraron entre sí.
—¿Ella se resistió? —preguntó incrédulo Durán.
—Iba solo, salió de mi celda —respondió tirante.
—¿Y cómo sabes que se la ha llevado?
—¡Maldición, porque ella ha desaparecido! —gritó furioso.
Durán miró significativamente a Bernardo, Alvar captó el mensaje de desconfianza que mostraban.
—Verás —comenzó Bernardo con voz calma y actitud temerosa—. Esa mujer tiene… cierta tendencia a darse a la fuga. Creo que eso es indiscutible.
Alvar lo fulminó con la mirada. Se descolgó el saco del hombro y lo estampó contra el pecho de Bernardo con bastante brusquedad.
—Te aseguro que no se fugaría sin esto.
Martín se interpuso, reprobó a Bernardo con la mirada y musitó conciliador:
—No cuestiones a tu capitán, centrémonos en algo primordial. El asesino anda suelto por el castillo, lo que revela un dato esclarecedor.
Bernardo y Durán arquearon las cejas. Martín observó a Alvar, asintió y le devolvió la conversación con un tenue gesto de amonestación, que solo él captó.
—Ahora sabemos que ninguno de los hombres que están presos es el asesino —continuó ceñudo.
Los otros templarios asintieron con una extraña mezcla de alivio y confusión.
—Eso no exculpa a todo el personal militar del castillo, a los soldados de nuestra Orden y al padre Ambrosio —resaltó Durán.
—El hombre que perseguí era joven y ágil.
—Nuestra Orden está fuera de toda duda —añadió Martín con vehemencia.
—Bien, entonces, el asesino pertenece a la guardia de este castillo. Tendremos que poner en antecedentes al encopetado capitán —alegó Bernardo.
Alvar permaneció en silencio, inmerso en sus cavilaciones. Volvía a ser un soldado con una misión, la más importante de su vida.
—Durán, quiero que liberes a Guillén, lo necesito. Bernardo, quiero que toda la guardia del castillo se presente en formación en el patio de armas. Y quiero ambas cosas ya.
Los hombres desaparecieron prestos a cumplir sus cometidos.
—¿Qué piensas hacer con los habitantes? — inquirió Martín.
—Permanecerán donde están; en las celdas puede que no estén cómodos, pero sí seguros. No quiero que intervengan y compliquen las cosas más de lo que están.
—Piensas negociar un intercambio, ¿me equivoco?
Alvar asintió con la cabeza. Era precisamente lo que pensaba hacer en primera instancia; en segunda sería capturar y matar con sus propias manos al nigromante.
—¿Y después?
Supo a qué se refería. En su mirada vio incertidumbre, preocupación y tristeza.
—Después, querido hermano, Dios guiará mis pasos.
Martín apretó la mandíbula y sacudió apenado la cabeza.
—Lamentablemente, hace ya un tiempo que guías tus pasos por un sendero pedregoso, un sendero opuesto al del Señor.
Alvar sostuvo su crítica mirada con semblante imperturbable.
—Te sorprendería lo afín que me siento con Dios.
—Lo que me sorprende es lo mucho que has cambiado.
El templario lamentó profundamente haber decepcionado a su hermano y, por primera vez, se preguntó si debía compartir con él su sorprendente descubrimiento.
—Lo extraño sería que no lo hubiese hecho; las circunstancias y avatares moldean a los hombres, y de ambas he ido bien servido.
—Para eso forjaste tu autocontrol: las flaquezas diluyen la fe y convierten la luz en sombras — reprendió.
Suspiró, se acercó a Martín y le puso una mano sobre el hombro.
—Si de repente la Iglesia decidiera abolir el voto de castidad, si pudieras desprenderte del celibate, ¿buscarías una esposa?
Martín lo miró asombrado, frunció el ceño. Su semblante adquirió gravedad, el desasosiego de su mirada se acentuó.
—Si quisiera una esposa, nunca habría entrado en la Orden.
Pero, aunque me permitieran tenerla, ¿qué mujer aguantaría las largas y constantes ausencias de un templario, el duro vasallaje a toda la jerarquía eclesiástica, las largas meditaciones, la interminable y estricta disciplina del salterio?
No, no creo que el amor de ninguna mujer soporte eso.
Diría que compartiría a su hombre con Dios, pero ni siquiera sería así, pues ella solo obtendría unas tristes migajas.
Alvar presionó brevemente el hombro de su amigo y asintió con firmeza.
—Llevas razón; al fin y al cabo, siempre fue así en la Orden o fuera de ella.
—Tengo la sensación de que he precipitado algo. Se obligó a sonreír.
—No has sido tú, te lo aseguro. A veces, aunque creemos poder escapar de un destino, la vida nos pone de nuevo en el lugar que nos corresponde. Por fin sé que quién soy y cuál es mi misión en este mundo.
A Martín le brillaron los ojos con desencanto.
—Consagrarte a ella —murmuró decaído.
—Sí, pero no del modo que imaginas.
De pronto, como si un rayo de luz emergiera de algún lugar de su interior, vio con claridad meridiana la respuesta oculta. Por fin, las piezas que conformaban la razón de su existencia encajaban, mostraban su destino.
—Soy su protector —agregó—, su guardián. Dios me eligió para ayudarla a cumplir su cometido. Ahora lo sé, pero el precio que tendré que pagar será muy alto, tendré que arrancarme el corazón para dejarla marchar.
Tal como había hecho Martín, la gente debía poder tener en su mano la elección de su destino en función de la verdad.
Ese evangelio arrastraría consigo mucha sangre y dolor, pero no podría ser destruido, pues, con él, desaparecería la verdad de una religión pura y simple, bondadosa, comprensiva y tolerante.
El mensaje había sido corrompido, y, aunque en ese momento era como enfrentar una hormiga a un elefante, supo que algún día la pelea sería en igualdad de condiciones.
Por ese motivo, debía ayudar a Jimena a entregar aquel evangelio a la sociedad de Trujillo, para que ellos preservaran la verdad. Solo esperaba que tuvieran el juicio suficiente en ocultarlo y cifrarlo para generaciones posteriores.
Pero antes debía rescatarla. Los soldados llegaban paulatinamente con semblantes hoscos y expresiones contrariadas. Alvar aguardó frente a ellos con las manos cruzadas sobre el pecho; los observaba con interés. El capitán de la guardia, Damián Hidalgo, se dirigió hacia él en actitud retadora.
—No somos siervos de vuestros caprichos, sino de este castillo al que acabas de dejar sin protección — refunfuñó airado.
—La protección es la misma —replicó Alvar con frialdad—, solo lo privo momentáneamente de vigilancia; en este breve período de tiempo, seguro que los muros siguen haciendo su trabajo tan bien como hasta ahora.
Damián arrugó el ceño y apretó los labios con evidente desagrado.
—¿Y puede saberse la razón?
—La habría dicho ya si hubierais sido capaz de contener tu insurgencia.
Se sostuvieron la mirada con fría hostilidad. Alvar finalmente lo ignoró y se dirigió a la formación de soldados que ocupaba el amplio patio central.
—Entre nosotros se oculta un asesino —comenzó—. Acabo de perseguir al culpable hace apenas un instante.
Escudriñó a los hombres e hizo una pausa intencionada. Se miraron entre sí claramente turbados. Damián de nuevo se enfrentó a él.
—Eso es una infamia —prorrumpió con altanería—. Yo respondo por todos y cada uno de mis hombres,
¿podéis decir lo mismo de los vuestros?
—Claro que puedo, son mis hermanos. Y, ahora, capitán, decidme, ¿respondéis también por vos?
—¿Osáis acusarme?
Abrió los ojos con asombrado enojo, cerró los puños y se aproximó ofendido.
—No lo haré si me decís dónde estabais hace un momento.
—Descansaba en mis aposentos.
—Qué conveniente —repuso mordiente.
Damián se encaró con él, los ojos le brillaban iracundos.