Más allá del Temple CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Despertó sobresaltada y sudorosa. Había tenido una pesadilla abominable: había visto el cuerpo de Mencia ensangrentado y sin vida cubierto por una etérea mortaja que se le pegaba viscosa al cuerpo.

Había perdido por completo la noción del tiempo. La débil luz de la vela mantenía el reducido habitáculo en penumbras, y el ambiente se notaba cargado y espeso, asfixiante. Necesitaba aire fresco, luz natural y respuestas.

Se levantó del jergón y caminó inquieta de un lado a otro. Se acercó a la puerta y pegó la oreja a la áspera rugosidad de la madera.

Le pareció escuchar pasos, tal vez se tratara de algún soldado en el cambio de turno. La caminata se detuvo justo frente a la puerta. Jimena tragó saliva nerviosa, si hubiese sido Alvar, habría entrado sin dilación.

Aguardó a que los pasos retomaran el camino, sin embargo, y para su angustia, lo que escuchó fue una respiración agitada.

Permaneció inmóvil, sentía la sangre bullir acelerada por las venas.

Llevó la mano a la empuñadura de la espada corta que llevaba en el cinto sobre las caderas e instintivamente miró el saco que contenía el cofre al fondo del cuarto.

De repente, llamaron con timidez a la puerta. Ella casi dio un salto del susto. Retrocedió y desenfundó la espada con el corazón que se le salía por la boca.

—Abridme, señora, soy Damián, me envía Alvar.

Jimena no contestó. Ese hombre ya había intentado sobrepasarse con ella, y ni loca le abriría la puerta.

—No pienso abrir —contestó tajante.

—Solo vengo a informarle que ya no corre ningún peligro. Los amotinados están en las mazmorras, puede salir cuando guste. Alvar y sus hombres buscan al padre Ambrosio. Hizo una pausa y a continuación agregó con voz dolida:

—No imagináis cuánto lamento vuestra desconfianza.

Jimena escuchó que los pasos se alejaban.

Siguió sin moverse. No podía saber si decía la verdad.

Pensó que lo más sensato sería esperar a Alvar, así que se sentó en el camastro.

Sentía náuseas y hambre al mismo tiempo, además de un desasosiego persistente.

Para colmo de males, estaba sedienta y le dolía la cabeza.

Se recostó contra la pared y cerró los ojos, quizá lograba dormir un rato.

Pero ¿por qué diantres buscaban al padre Ambrosio? Comenzó a elucubrar sobre lo que habría sucedido, y la preocupación por Mencia se acentuó. Se puso en pie de nuevo y se pegó a la puerta, atenta a cualquier sonido.

Guillén estaba preso, pensar en él la aterraba. Saberlo culpable de todas aquellas atrocidades era más de lo que podía soportar. Había convivido con un demente asesino todo el tiempo. Eso era lo que hacía por la noches: malditos rituales.

Las náuseas se acrecentaron. Tenía que salir de allí. Abrió con lentitud y sigilo la puerta y atisbó temerosa por el resquicio. El pasillo estaba pobremente iluminado pero vacío. Volvió a cerrar, corrió hacia el saco y lo metió bajo la cama. Entonces salió.

Caminó pegada al pasillo, atenta a cualquier sonido, con el estómago en la boca y el pulso en las sienes. Antes de doblar el primer recodo se dio de bruces con un hombre. Damián la miró con asombro. Jimena retrocedió y lo apuntó con la espada.

—No os acerquéis —amenazó y controló las ganas de vomitarle encima.

Con semblante apenado, retrocedió y bajó la cabeza con humildad.

—Acaban de informarme de algo, y corría a daros la noticia —se disculpó—; pensé que os aliviaría.

Jimena entrecerró suspicaz los ojos y lo alentó a seguir hablando con un breve movimiento de cabeza.

—Han encontrado a Mencia.

Jimena soltó el aire contenido, los músculos se le aflojaron, la tensión se volatilizó. Damián miró nervioso tras de sí, parecía impaciente.

—Venid, os llevaré junto a ella.

—¿Dónde está Alvar?

El hombre reprimió tarde un mohín de disgusto y forzó una sonrisa tranquilizadora.

—Está con Mencia. La pobre mujer no para de llorar.

Jimena se dejó conducir por el caballero. No obstante, la llevó a la parte trasera del edificio, donde unas escaleras conducían a los sótanos. Se detuvo extrañada.

—La tenía presa en una de las cámaras secretas — musitó para contestar a su muda pregunta.

Los ojos pardos le brillaban con intensidad.

—Pero está bien, ¿verdad? No llegó a hacerle nada, ¿no?

—No —contestó mientras descendían.

El silencio la alertó. Debería haber soldados, bullicio, incluso el eco de aquellos siniestros túneles deberían haberle hecho llegar si acaso un leve murmullo. Se detuvo dispuesta a darse la vuelta cuando una mano le sujetó la muñeca.

—Todavía no —añadió con un cambio en la voz.

La mirada que encontró en el hombre fue muy distinta, los ojos se le oscurecieron, la sonrisa se le ensanchó con perversa complacencia.

—Pero eso pronto cambiará.

No vio llegar el golpe, tan solo sintió un dolor sordo acompañado de oscuridad.

* * *

Habían recorrido cada estancia, cada recoveco de aquella inmensa fortaleza.

Nivel por nivel habían registrado concienzudamente cada palmo de terreno en busca de puertas secretas, paredes falsas e incluso extraños resortes.

Nada. No aparecía Mencia, ni Ambrosio de Nimes.

Era como si se los hubiera tragado la tierra.

Abatido, pensó en Jimena; estaría preocupada y nerviosa. Decidió que debía informarle de lo ocurrido, aunque no fueran buenas noticias.

—¿Has pensado quién puede ser el nigromante? — Alvar miró a Martín y sacudió la cabeza.

—Tal vez, la mente perturbada de Ambrosio…

—No creas que no pensé en él —confesó pensativo—. Puede que su mente comulgue con la mayor de las locuras, pero su cuerpo carece de la fortaleza necesaria para ejecutarlas.

Martín chasqueó la lengua y se retiró el claro pelo de los ojos en un ademán impaciente.

—Tal vez por eso utilizaba la belladona, seguramente las drogaba para poder manejarlas.

—Aun así —replicó Alvar—. Arrastrar un peso muerto, colocarlo dentro del pentáculo y realizar la ceremonia.

Para torturar no solo se necesita destreza, estómago de hierro y ausencia de escrúpulos, sino también fuerza.

Ese hombre es un anciano que, además de un fanático religioso, es la antítesis de todo lo pagano.

—Tienes razón —repuso contrariado—. Y, ahora, ¿cómo demonios encontraremos al asesino?

—Solo se me ocurre una cosa y, por Dios, que es lo último que quiero.

Martín lo miró interrogante e interesado.

—Utilizar a Jimena de cebo con el cofre. Ese hombre lo necesita, debe de estar desesperado.

—Puede funcionar —apoyó Martín.

Alvar asintió sombrío. Se separó de su hermano y se dirigió a buen paso hacia la celda.

Fuera, los almohades parecían haberle dado una prórroga bastante oportuna.

Las murallas mostraban sus heridas, los hombres el cansancio, y el cielo comenzaba a revelar enfado.

La imaginaba todavía dormida, ya era avanzada la tarde; no obstante, los avatares sufridos la habían llevado hasta la extenuación.

Sin duda, él necesitaba dormir al menos dos días seguidos si fuera posible.

Ansiaba verla, embeberse de ella, dejarse envolver por su aroma y la calidez de su voz, adentrarse en sus ojos y acariciar la seda de aquel negro pelo.

Era consciente de cuánto se estaba acostumbrando a ella, de lo duro que sería alejarse, pero debía hacerlo, aclarar los sentimientos y poner en orden su vida.

Abrió la puerta, el corazón le palpitaba henchido de anhelo y se le detuvo en seco cuando no la encontró allí. Salió al pasillo con turbación, miró a ambos lados y recorrió casi a la carrera el camino de vuelta. Detuvo al soldado de la entrada y le preguntó por ella.

—No, señor, ninguna mujer ha salido por aquí. Regresó veloz a la celda y se adentró en ella.

Confundido y preocupado se sentó en el camastro, se pasó nervioso los dedos por el pelo e intentó pensar con coherencia. Tal vez había salido a buscar comida dentro del recinto o a aliviarse en algún rincón.

Esperó; sin embargo, a cada instante, la desazón le tendía sus largos y nudosos dedos en torno al cuello y le cerraban la garganta.

Tragó saliva y se incorporó. Al hacerlo, sus talones empujaron algo.

Se agachó y comprobó que Jimena le había metido el saco bajo el jergón.

Extrañado, se inclinó, lo arrastró y lo abrió. El cofre seguía dentro.

No entendió nada, pero supo que algo iba mal. Su intuición gritaba alarmada, cada nervio del cuerpo se le despuntó y le provocó un malestar intenso. Salió con el saco colgado del hombro, decidido a recorrer el edificio y sus aledaños.

Avisó a la guardia y corrió frenético por los pasillos. Inspeccionó cada una de las celdas. Salió a la parte trasera, descendió las escaleras que llevaban a los sótanos y, antorcha en mano, exploró todas y cada una de las cámaras. Nada.

Un terror descontrolado comenzó a hacer mella en él. Podía haber pensado que Jimena había decidido escapar nuevamente por una nueva amenaza o por cualquiera de sus temerarias insensateces. Pero jamás sin el cofre. Aquel dato solo conducía a un siniestro callejón, oscuro y lúgubre. Se detuvo.

La posibilidad de que aquel ser despiadado la tuviera en su poder le estrujaba vilmente el corazón.

Y, sin embargo, no hallaba otra explicación.

Casi podía escuchar los enrevesados resortes de su cerebro conformar un plan.

Resultaba indiscutible que bajo ellos existía una trama de túneles desconocidos que no figuraban en los mapas.

Podría pasar semanas hasta que descubrieran un acceso a ellos y, desde luego, no contaba con ese tiempo.

Habían desaparecido Mencia y Jimena. La primera, para manejar a la segunda; y la segunda, tal vez por sentirse acorralada e impaciente. Lo que no encajaba era la fuga del clérigo, ni por qué el asesino había secuestrado a Jimena y dejado lo que tanto ambicionaba poseer.