Más allá del Temple CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

Alvar sintió su amargura, su decepción y su desesperanza.

Fiel reflejo del hombre que camina al cadalso con el convencimiento de una muerte pronta y agónica.

Lo compadeció. Siempre pensó que cada hombre elegía su destino, no obstante ahora comprobaba que también el destino elegía a los hombres, otorgaba gracias y arrebataba bondades.

—No te apenes por mí —murmuró cuando leyó con acierto su rostro—. Un hombre no puede perder lo que nunca tuvo.

—Si descubro que eres inocente, te liberaré.

—Siempre temí este final para mí. ¿Qué otro destino puede aguardar a una vida llena de ocultismo y experimentación? Vivir al otro lado de la sociedad y la religión no es fácil, y conlleva un precio. Lo que resulta irónico es pagarlo por algo tan inesperado.

Alvar abandonó las mazmorras como si el corazón se le hubiera emplomado. Sentía su peso tirando de él ominosamente hacia un pozo inmundo y maloliente. La sensación de angustia se acrecentaba a cada paso. Nunca había estado tan perdido y necesitado de consejo.

Había un verdugo entre ellos, un nigromante depredador desesperado por completar un ritual maléfico.

Y no tenía la más mínima idea de quién podía ser.

Deseó poseer el don de la clarividencia, deseó ser iluminado por el Creador hacia una señal indicativa, una pista, algo que lo sacara de la negrura que lo invadía.

Jimena estaba en grave peligro, y solo se le ocurría una cosa.

Él tenía lo que ese hombre ambicionaba; entonces, sería ese el cebo para encontrarlo.

Maduró aquel pensamiento mientras caminaba meditabundo hacia la capilla.

Mucho antes de llegar, acudieron a sus oídos decenas de voces que susurraban al unísono con una cadencia rítmica y tono sombrío, como el arrullo lejano de una ola que avisa de su llegada inminente.

Por algún motivo sintió un escalofrío, apretó los puños y atravesó los portalones.

El arrullo creció y rompió en la arena bajo los pies.

Ver a casi toda la congregación en actitud oratoria, repetir salmo tras salmo, inclinar la cabeza en una siniestra sincronía, como una marea que se alza peligrosamente contra un abrupto acantilado, le puso los pelos de punta.

La marea creció en intensidad y violencia ante los vociferados rezos del infame acólito que los incitaba. Ambrosio de Nimes estaba en trance. Sus vacuos ojos, de un azul tan pálido que parecía desprovisto de color, parecían mirar dentro de sí, preso de un paroxismo febril.

Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, los brazos estirados hacia el techo, y de sus finos y arrugados labios emanaban siniestras y horripilantes frases que evocaban el infierno y a las almas que allí se retorcían presas de torturas escalofriantes.

Luego mencionaba una plegaria a Dios y de nuevo regresaba con perversidad a aquellas aterradoras descripciones del averno.

Alvar, completamente anonadado, indignado y asqueado, avanzó con decisión hacia el altar para enfrentarse con el clérigo.

—¡Deteneos! —gritó colérico—. Parad esta infamia, esta absurda locura.

Entonces el anciano recuperó la consciencia y lo taladró con la mirada. Le pareció percibir una débil y triunfal sonrisa en su semblante, lo que lo desconcertó. De pronto se sintió en peligro; su instinto no solía fallar. Se puso alerta y empuñó con cautela la espada.

—¿Locura decís? —comenzó el padre—. ¿Consideráis locura rezar al Creador, pedir por nuestros pecados, cobijarse en la casa de Dios en busca de consuelo?

—Desvió su airada mirada hacia la congregación y se dirigió a ellos—.

Pero ¿qué podemos esperar de un sacrílego inmoral, un monje profano que traiciona vilmente las vestiduras, incapaz de controlar la lujuria?

Alvar observó a la gente que asistía y fruncía los ceños con disgusto. Estaba consiguiendo su propósito: indisponerlos contra él.

—¿Estáis dispuestos a pagar los pecados de los señores que os gobiernan, o los detendréis en favor de la salvación de vuestras almas?

La muchedumbre comenzó a alzarse con cólera. Los susurros eran ya quejas y exabruptos agraviados. Varios hombres rudos, de dimensiones importantes, salieron al pasillo para interceptarle el paso.

—Hay que arrancar al mal de raíz, hijos míos, sin contemplaciones ni miramientos, sino enérgicamente y con decisión. Ellos son la mala hierba que ha emponzoñado una tierra pura y fértil, una tierra que tenemos que sanar, Dios os lo pide.

Alvar retrocedió hacia el altar, desenfundó la espada y la alzó a modo de protección.

—¡Callaos, Dios no pide la sangre de nadie! —gritó a pleno pulmón.

Pero Ambrosio de Nimes continuaba en el púlpito con un único objetivo: él.

—Dios está colérico ante vuestra pasividad —gritó enardecido—.

Mirad a vuestro alrededor, os manda tragedia tras tragedia.

¿Qué más necesitáis para despertar? Tan solo hay dos caminos en la vida de un hombre: consentir la maldad o enfrentarla.

Satán reina en este castillo, ellos le abrieron las puertas, es hora de luchar y de expulsar el mal.

El primer hombre saltó sobre él seguido del resto.

Alvar lanzó una patada y lo golpeó en el pecho.

Del impulso hacia atrás derribó a sus compañeros, que cayeron uno tras otro sobre las losas del pasillo.

Las mujeres gritaron, los niños lloraron y la totalidad de los hombres allí reunidos saltó frenéticamente sobre él.

El lugar se convirtió en un pandemónium enloquecedor.

No quería derramar la sangre de nadie y, al ver que su espada no amedrentaba a ninguno de los presentes, la enfundó y comenzó a retroceder mientras golpeaba a diestra y siniestra para quitarse a los hombres de encima.

Caminaba hacia atrás de forma progresiva, esquivaba golpes y también los propinaba, pero, a pesar de su bravura y experiencia, fue rodeado y derribado.

Lo superaban en número de manera bastante desequilibrada a su parecer, casi una veintena de hombres enloquecidos lo golpearon y patearon con violencia, como poseídos por una ira aterradora que les enrojecía los rostros y les desfiguraba las facciones; si había algún demonio en el castillo, sin duda, se encontraba dentro de ellos.

Estallidos de dolor continuo le recorrieron el cuerpo, tensó cada uno de los músculos y apretó los dientes. Se enroscó de costado, se protegió la cabeza con los brazos cuando escuchó varios gritos que provenían de la entrada. Milagrosamente los golpes cesaron.

La maraña de cuerpos que había sobre él se diluyó, y Alvar logró mirar por debajo del codo izquierdo.

El pasillo se abrió ante él y vio a Martín espada en mano que avanzaba con paso decidido como Moisés con su vara abriendo las aguas del Mar Rojo para que pasara el pueblo de Israel.

Alvar suspiró aliviado y se puso de pie; a ese ritmo su cuerpo entero rivalizaría en tono con una ciruela madura.

—Entre extenuantes carreras y continuas palizas, vas a conseguir convertirte en el mártir de la Orden.

Martín le sonrió sin dejo de diversión en la mirada.

—En mártir, no sé; pero en víctima, te aseguro que lo intentan.

Tras él, un numeroso contingente de guerreros templarios apuntaron las espadas contra la muchedumbre amansada. Alvar miró en derredor para comprobar lo que suponía: Ambrosio había desaparecido.

—¿Bloqueasteis el portillo de su celda?

—Clavamos maderos a él. Nadie puede entrar ni salir de esos pasadizos.

—Tenemos que capturar a ese condenado clérigo.

Martín asintió y observó a la gente arremolinada en la entrada contra los muros. La enajenación se había tornado miedo.

—Será mejor encerrarlos por grupos en las celdas, también por su protección —propuso.

—De acuerdo —convino Alvar—, pero que sean atendidos decentemente, pon varios guardias a su cargo.

—Ahora busquemos a Ambrosio, entreguemos este castillo y larguémonos tan lejos como podamos de esta pesadilla.

Alvar negó con la cabeza con expresión circunspecta.

—Esto no ha acabado —susurró—, el nigromante sigue libre.

Martín abrió los ojos con asombro, tragó saliva e inclinó la cabeza hacia arriba. Contempló los arcos de medio punto que sujetaban las bóvedas sobre sus cabezas, cerró los ojos y resopló con hastío.

—De todos los infiernos que hemos compartido, este empieza a preocuparme.

Esta vez fue Alvar quien rio.

—¿A ti? Pero si este es mi infierno particular —replicó con mordacidad.

Martín le echó el brazo por encima del hombro y lo sacudió animoso.

—Allí donde tú estés, hermano mío, estaré yo. Y, ahora, cuéntame tu conversación con Don Guillén de Montcada. No te preocupes por ese viejo loco, sin rebaño que manejar, el pastor pierde su mando.

—Aun así, no subestimes una semilla seca; con tan solo una gota de lluvia, puede revitalizarse lo suficiente para convertirse en una planta monstruosa.

—La única gota que va a recibir será la de la extremaunción.

—Mencia no está entre ellos —comentó Alvar—. Debemos registrar hasta el último rincón del castillo y encontrarla. Maldita sea, no puede haber desaparecido.

—Puede que sí, ya todo es posible.