CAPÍTULO 27 #2
Alvar la devoraba, le exploraba la boca, le succionaba la lengua, le mordía los labios y ella otorgaba el mismo favor con la misma desesperación.
Parecían no saciarse nunca, por el contrario, el hambre crecía.
Jimena atrapó los largos y suaves cabellos del hombre entre las manos y los apretó con fuerza.
Alvar la abrazaba y manoseaba hoscamente.
Ella se apretaba sinuosa contra él, deseaba fundirse en su cuerpo, solo así encontraba solaz: al ser parte integrante de sí misma.
No solo era atracción física, no; era algo más vital, más primario, era como si su alma incompleta hubiera hallado un soporte, una razón, un final, todo.
La tormenta declinó, y lograron separarse.
Jadeantes se miraron arrebolados y casi asustados por lo que sentían.
—Me temo que es inútil luchar contra esto —comenzó él— mientras te tenga cerca.
—¿Crees que la distancia nos ayudará?
Pareció meditar un instante y, a continuación, musitó:
—No lo sé, rezaré para que así sea.
—Tus rezos serán vanos —vaticinó.
Alvar le dedicó una media sonrisa arrebatadora. El hoyuelo se le expandió, los gatunos ojos grises centellearon.
—Si lo son, te buscaré hasta en el más recóndito lugar de este mundo.
—No dejes que me vaya entonces.
—Tenerte cerca obnubila y abotarga mis sentidos, señora mía; apenas soy capaz de discernir si es de día o de noche.
Fue ella la que sonrió.
—No soy la única culpable de eso, templario; el cansancio que sientes te confunde, sin duda.
Alvar sacudió la cabeza con energía, le costaba tener los ojos abiertos.
—Duerme mientras yo me ocupo de todo, te mantendré al tanto.
Jimena le acarició la mejilla.
—Lo intentaré, mas eres tú quien debe entregarse a los brazos de Morfeo; apenas te mantienes en pie, mi ángel guardián.
—¿Sabes? Desde la primera vez que te vi, me inspiraste un fuerte instinto de protección. Mi destino, sin duda, es este.
—Y, el mío, amarte.
Alvar la miró largamente; la emoción lo embargó.
Se puso en pie y salió de la celda.
* * *
Tras dormitar algo, se puso en pie y se frotó la cara con energía.
Le dolía hasta el alma. Salió al patio y se lavó someramente con agua fría.
Algo más reanimado, fue a buscar un contundente almuerzo que silenciara las ruidosas exigencias de su estómago.
Comió con voracidad bajo la atenta mirada de sus hombres.
—A este paso, nos obligará a salir otra vez de excursión —murmuró Bernardo con sarcasmo.
—Ni hablar, prefiero comer piedras antes que salir ahí fuera.
Los hombres rieron jocosos.
—No quedan piedras, se las hemos lanzado a los almohades; tendrás que darle bocados a los muros —bromeó Durán.
—En ese caso, rendiré el castillo en favor de mi dentadura.
—Tendrás que rendirlo de todos modos — intervino Martín—, la situación es ya insostenible.
—Ya lo había pensado, y lo haré —admitió Alvar—, pero cuando todo esto se aclare. He de interrogar a Guillén y calmar las aguas.
—Ambas cosas te serán difíciles, hermano mío: ni Guillén quiere hablar, ni las aguas se calmarán; más bien, al contrario. Ese condenado clérigo se dedica a caldear los ánimos con infames letanías.
—¡Maldito Ambrosio! Ese hombre está trastornado; ha estado incordiando desde que llegamos, hay que poner en su sitio a ese fanático.
—Todo tuyo, yo solo tengo ganas de pegarle un puñetazo —confesó Martín.
—Bien. —Alvar se sacudió las migas y se puso en pie—. Primero interrogaré a Guillén, luego me ocuparé del padre Ambrosio.
—Tal vez, si lo entregamos al pueblo, se apacigüe el ánimo popular —aventuró Durán—. Lo que le hizo a esa pobre muchacha no tiene nombre.
—Imagino que fue similar a lo de Isabel —musitó Alvar.
—Fue peor, se cebaron con ella, tuvimos que enterrarla deprisa. No permitimos que nadie la viera, excepto su esposo, no pudimos detenerlo. El pobre Marcial perdió la cabeza. Nunca vi un hombre tan roto.
Alvar tragó saliva. A pesar de sospechar de Guillén, todavía le costaba aceptar que fuera capaz de semejante atrocidad.
—No hay tiempo que perder.
Salió rumbo a los calabozos. Lo encontró tumbado en el jergón, boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho como los antiguos faraones egipcios. Miraba al techo, imperturbable, ausente por completo de cuanto lo rodeaba, perdido en su propio mundo.
Alvar lo llamó, no obtuvo respuesta. Alcanzó la llave y abrió la reja. No le dejaba otra opción. Se inclinó sobre él, lo alzó de la pechera de la chaqueta y lo sacudió como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Maldita bestia inmunda!
Le propinó un tremendo puñetazo; se habría desplomado si lo hubiera soltado.
—Confiesa o te entregaré a la plebe. ¿Qué pretendías? ¿Para que querías el cofre? —amenazó.
Guillén pareció despertar del letargo, lo miró con extrañeza y se pasó la lengua por la ensangrentada comisura de la boca.
—¿Dónde está mi esposa?
—Lejos de aquí, a salvo de tu locura.
—Gracias a Dios.
Alvar lo sacudió de nuevo.
—¡Habla, miserable!
—No fui yo, me tendieron una trampa.
El templario pegó la frente a la del hombre y lo fulminó con la mirada.
—Tenías las manos ensangrentadas, te sorprendieron cuando escapabas.
Guillén negó frenético con la cabeza, su rubio y lacio cabello le cayó descuidado sobre los asustados ojos.
—¿Has preguntado a tus hombres qué hacían allí?
—inquirió trémulo—. Estoy seguro de que fueron alertados por la misma persona que me citó en la bodega.
Alvar lo soltó, Guillén se derrumbó sobre el camastro; estaba pálido y temblaba.
—¿Conservas la nota?
—Yo… creo que la dejé en mi biblioteca. Dios…
—Hundió el rostro entre las manos, sus hombros se agitaban—.
Aquella mujer… —Hizo una pausa, parecía realmente afectado—.
Le arrancaron los párpados… Yo solo quería cubrirle la cara, tropecé y ¡Dios mío!
Caí sobre ella. —Ahogó un sollozo, se pasó las manos por la alborotada melena y cerró los ojos para recomponerse—. Toda esa sangre, yo nunca imaginé…
—¡Basta! —exclamó Alvar—. No hay pruebas que puedan salvarte el pellejo, incluso, si hallamos la nota, no será suficiente para exculparte. Siempre sospeché de ti.
Guillén abrió los ojos sin poder salir del asombro.
—De lo único que soy culpable es de estar casado con la mujer que deseas.
Alvar le sostuvo la acusadora mirada, los vidriosos ojos verdes de Guillén chispearon con furia.
—Sí, qué conveniente quitarme de en medio, ¿verdad?
—escupió con el rostro desfigurado en una mueca de amargura—.
Y, mientras tanto, un peligroso asesino campa a sus anchas por el castillo.
Fuisteis vosotros quienes saqueasteis tumbas en Tierra Santa más allá de los grandes desiertos de Oriente.
Vosotros trajisteis ese libro de Antioquía y la garra de Jerusalén, despertasteis el mal que ocultaba.
El Grimorio de San Cipriano está repleto de invocaciones para despertar al mal: solo necesita la garra para completar el hechizo.
Alvar sintió como si lo hubieran golpeado.
—¿La garra?
Guillén volvió a hundir el rostro en sus manos ahuecadas.Los hombros hundidos mostraban su aflicción, su terrible abatimiento.
—¿Cómo demonios sabéis todo eso?
—Colecciono viejos manuscritos, tratados y libros de todo el mundo.
Hace unos años, durante uno de mis viajes a Wessex, adquirí los tratados médicos de Galeno e Hipócrates.
El mercader me ofreció un ajado diario que había pertenecido a un templario prófugo.
En él, narraba el descubrimiento de aquel libro y contaba cuanto sabía de él, parecía muy versado en magia negra.
También mencionaba el vínculo con una garra que había sido propiedad del rey Saúl, convertido en una bestia, y que ambos elementos eran necesarios para la invocación de Adonay.
Por eso, supe interpretar el pentáculo, pero el inverso.
Solo soy culpable de mi sed de conocimiento y de mi hambrienta curiosidad. Acabo de aclarar todas tus sospechas.
Aquello explicaba prácticamente todas sus suspicacias, excepto una.
—¿Por qué permanecías despierto todas las noches hasta altas horas?
Guillén lo miró con dolor. La implicación de aquella pregunta mostraba con claridad el grado de complicidad que tenía con Jimena. Los labios le dibujaron una sonrisa cínica en el rostro.
—Nunca bebí esos brebajes. Conozco a la perfección las propiedades de las plantas.
Mi dulce esposa creía engañarme, y yo la dejaba pensar que era más inteligente que yo.
—Hizo una pausa en la que se contempló los largos dedos de la mano mientras los abría y cerraba—.
Pude haberla matado innumerables veces y no lo hice.
Aunque he de confesar que, en ocasiones, ganas no me faltaron.
Sin embargo, el corazón se impuso a pesar de conocer sus defectos, su fría manipulación, aquella estúpida misión.
La dejé hacer, pues no me molestaba en mis coqueteos con la alquimia.
—Entornó los pequeños y tristes ojos apagados y de nuevo sonrió con acritud—.
Practico la alquimia, eso hacía por las noches.
Alvar creyó escuchar los resortes de su cerebro colocar las piezas en los lugares correctos. Escudriñó el rostro del hombre y, de algún modo, supo que no mentía.
—Creo que tienes un serio problema, monje, aunque sin duda menos grave que el mío.
Ya se marchaba, cuando Guillén lo detuvo en seco con una pregunta inesperada:
—¿La amas?
Alvar se volvió a mirarlo, pero no contestó.
—¿La amas lo suficiente como para dejar la Orden, abandonar tus creencias, entregar incluso la vida por ella?
Guillén clavó sus acuosos ojos en él como intentando indagar en su alma.
—Vaya, veo que tenemos algo en común, con una salvedad a tu favor; que te corresponden.