Más allá del Temple CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Vislumbraron las murallas cuando el velo de la noche se deslizaba lánguido hacia su guarida. Jimena apenas se tenía en pie: se encontraba en un estado físico y anímico lamentable, en cambio, Alvar mostraba una fortaleza y tesón admirables, a pesar de que debía de encontrarse extenuado y dolorido.

Lograron alcanzar el peñasco de la muralla este, por donde había descendido con Yarmun. A esas horas era arriesgado alcanzar la cima, pero Alvar debía dejarse ver por la guardia de las almenas. Era la única manera de que les abrieran el portillo.

Cuando alcanzaron la cumbre, Alvar miró hacia el campamento almohade.

Abrió los ojos con asombro, se quitó la capa con premura y la agitó sobre la cabeza con una mano mientras silbaba con fuerza.

La urgencia hizo que Jimena mirara hacia atrás.

Contuvo el aliento cuando atisbó un nutrido grupo de jinetes musulmanes que se dirigía hacia ellos.

—¡Dios mío, nos han descubierto! —exclamó asustada.

—Por fortuna no son los únicos. —Alvar le tendió la mano para ayudarla a descender—. Sé que estás agotada, pero tendrás que correr como nunca lo has hecho.

Jimena asintió temblorosa.

El templario le pasó fugazmente la punta de los dedos por la mejilla y forzó una sonrisa.

—Eres mi igual, no lo olvides.

Y, como si un ejército de demonios hambrientos los persiguieran, corrieron veloces forzando sus cuerpos hasta lo indecible.

Sentía los pulmones como dos brasas candentes, los músculos restallaban en punzadas dolorosas con cada zancada, el corazón bombeaba a un ritmo alocado y les golpeteaba violentamente en el pecho.

Parecía que la muralla nunca acababa, como si el maldito portillo hubiera desaparecido como por arte de magia.

Los acelerados cascos de unos caballos se aproximaron peligrosamente. Apretó los dientes, pegó los codos a los costados e imprimió velocidad a las piernas. Alvar, que ganaba terreno, se volvía constantemente a mirarla con preocupación.

Silbidos cortantes surcaron el aire; supo que la guardia los cubría disparando flechas con las ballestas. De repente, Alvar frenó de golpe, la tomó de la mano y la impulsó hacia delante casi tirando de ella.

Por fin, llegaron al portillo. Martín, su hombre de confianza, abrió la puerta. Un último empujón, y entraron en tromba al castillo. Alvar se tiró al suelo, ahogado en jadeos; ella se agachó en cuclillas con la boca abierta para intentar llenar los pulmones de aire.

—Estás convirtiendo en una costumbre esto de entrar a la carrera —bromeó Martín divertido.

—Solo que, esta vez, tendrás que ayudarme a levantarme —repuso con la voz entrecortada.

Bañada en sudor, sofocada pero aliviada, Jimena se incorporó y exhaló profundas bocanadas de aire mientras cerraba los ojos y pensaba en Mencia.

Alzó la mirada; desde allí no veía la torre del homenaje.

A su mente acudieron las indicaciones del nigromante.

Debía atar un pañuelo a la ventana ese día al cernirse el ocaso.

—No lo harás sola.

Alvar, que parecía leerle los pensamientos, se incorporó con esfuerzo.

—Si te entrometes, todo puede malograrse.

Se acercó a ella con decisión; aquella mirada felina amenazaba tormenta.

—Pues le haremos creer que estoy al margen.

—Es demasiado peligroso —replicó ella.

—Lo peligroso es aceptar sus condiciones cuando sabemos que quiere tu vida. ¿O piensas ofrecérsela?

—Por supuesto que no.

—Entonces, ¿he de suponer que tienes un plan? Jimena se mordió el labio y desvió la mirada.

—Bien, veo que no. Me necesitas y lo sabes.

Martín carraspeó forzadamente. Ambos lo ignoraron.

—Pero él… —insistió ella.

—No hay peros, hemos de trazar un plan. ¿Cuáles fueron sus indicaciones?

Jimena respiró hondo.

—Solo mencionó que atara un pañuelo a mi ventana al ocaso y que lo aguardara en los sótanos.

Martín, que los miraba con extrañeza, alzó una mano para interrumpirlos.

—Creo que debo informaros de algo.

Ambos lo miraron con fijeza. Alvar alzó las cejas expectante.

—Hemos capturado al nigromante.

Jimena abrió la boca con incredulidad; Alvar exhaló un suspiro sorpresivo.

—¡Por Cristo Redentor! ¿Quién es? —inquirió el templario.

—No lo creerás.

—¡Habla! —urgió ella.

—Guillén de Montcada.

Jimena se llevó la mano al pecho.

—¿Cómo… qué… ha pasado?

—Hace dos noches hubo otro asesinato —respondió—. Lo descubrimos al salir de las bodegas con las manos ensangrentadas.

—¡Santo Dios! —murmuró Alvar boquiabierto.

Jimena, trémula, se acercó a Martín; estrujaba las faldas entre las manos.

—¿Qui… quién es la víctima? —tartamudeó con terror mientras trataba de contener la respiración.

—Petronila —contestó—; su esposo está destrozado.

Jimena soltó el aire a pesar de la devastadora noticia. Petronila era una mujer joven y dulce; lamentó aquella pérdida y compadeció al pobre Marcial. Alvar ya cruzaba la arcada que llevaba al patio de armas cuando la mano de Martín se le cerró en el brazo.

—Hay… algo más.

Ambos contuvieron nuevamente la respiración. Jimena sintió que el corazón le comenzaba a galopar en el pecho con tanta fuerza, que temió que se le escapase.

—Cuando se supo, el pueblo se sublevó, montó en cólera, y quisieron ajusticiar a Guillén.

Tuvimos un enfrentamiento bastante lamentable.

Desde entonces, todas las almas del castillo se han aglutinado en la capilla.

Creen que los señores del castillo han sido enviados por Satanás, que conspiran contra Dios mediante rituales de magia negra.

—Miró con preocupación a Jimena—. Te creen cómplice de tu esposo, están soliviantados y aterrados.

Deberías permanecer oculta para tu protección.

Jimena intentaba asimilar la información al tiempo que el estómago se le revolvía y amenazaba con contraerse en espasmos.

—Pero, ¿y Mencia? ¿Ha sido encontrada?

Martín la miró con asombro.

—¿Mencia?

Jimena se abalanzó sobre él y lo tomó por los hombros.

—Dime que está bien, dime que me espera. —Su voz adquirió un tono agudo alarmante, el pavor la sacudió y le secó la garganta.

—Yo… no sé… No la he visto. Imagino que estará en la capilla con los demás.

Alvar la tomó de la cintura y la volvió hacia él.

—Calma, estará bien.

—Ve a buscarla y dime que está bien.

—Lo haré si prometes esconderte.

Jimena asintió; temió perder el control y decidió calmarse; nada solucionaba al dejarse arrastrar por la histeria.

—El problema es: ¿dónde?

Alvar miró a Martín con el ceño fruncido, intentaba solventar el problema.

—En mi celda —anunció. Martín lo miró reprobatorio—. Yo dormiré en la contigua —agregó.

—Debéis aprovechar el cambio de la guardia para adentraros en las dependencias militares sin ser vistos —aconsejó Martín.

Alvar la tomó de la mano y la arrastró con velocidad, aunque furtivamente, por el patio hasta la escalinata del nivel superior.

Pasaron dos arcadas y giraron a la derecha.

Allí estaba el establo, pero en su lugar había un amasijo de maderos y paja.

De pronto, como un fugaz relámpago que abre los cielos, acudió a su memoria su hermosa yegua.

Miró inquisitiva a Alvar, y él negó con la cabeza.

Adoraba a ese caballo, lo había criado y lo había domado personalmente; sintió como si le hubieran arrebatado un ser querido; de hecho, lo era.

Subrepticiamente accedieron al edificio anexo, el de la guardia. Escuchó lamentos, toses y ronquidos, también oraciones susurradas, seguramente plegarias. Por fin, llegaron a la celda de Alvar.

Decir que era austera era decir mucho. Tan solo un camastro, un cofre y un crucifijo la adornaban. No había ventanas. Una temblorosa vela apenas los iluminaba.

Jimena se sentó en el camastro y, entonces, pareció como si el peso del mundo le hubiera caído sobre los hombros.

A sus pies se abría un abismo que amenazaba con tragarla sin piedad.

Cerró los ojos en un fútil intento por contener la congoja.

El llanto llegó, y lo dejó correr, deseó que con las lágrimas partiera algo de la pesadumbre que sentía.

Alvar se arrodilló frente a ella, le tomó el rostro entre sus grandes y callosas manos y la obligó a mirarlo.

—No permitiré que nada te ocurra —susurró con infinita ternura—. Saldremos de aquí, te lo prometo; te sacaré de este infierno si en algo estimo mi valía.

Se sumergió en la plateada y penetrante mirada del hombre que amaba y se vio correspondida en la misma medida. Su corazón se encogió más si cabía.

—Aquellos a quienes amo terminan por dejarme. La fatalidad los arranca de mi lado, como si me persiguiera una maldición. Temo amar como temo a la soledad y, sin embargo, no hay nada que pueda hacer excepto alejarlos de mi lado.

—En verdad —comenzó Alvar con expresión dulcificada y voz cálida y melodiosa—, tu destino ha sido ingrato, pero no cargues además con toda la culpa.

Le pasó los dedos por la mejilla con una delicadeza y dedicación estremecedoras.

—Como bien sabes, podría haber obrado de distinto modo.

Los ojos de Alvar se posaron en sus labios, que parecieron despertar en reclamo de alivio. Un hormigueo los recorrió, los humedeció casi sin darse cuenta, y la mirada del hombre brilló.

—Ciertamente —convino—, pero errar es humano, y en el arrepentimiento se halla el perdón. Además —hizo una pausa en la que se deslizó la mano tras la nuca para enredarse los dedos en la melena—, haber sido objeto de tu amor bien merece las penurias venideras.

—Alvar… —gimió ella, presa de un anhelo que la flagelaba.

—Shh… sé lo que quieres, es lo mismo que me desgarra a mí.

Y entonces le apresó con fuerza la nuca y la atrajo hacia su boca abierta. El beso fue brutal, como dos tormentas deseosas de descargar su furia. El hambre acumulada, el miedo a perderse, el dolor, la frustración por reprimir aquello que sentían los sepultó bajo la losa de una pasión huracanada.