Más allá del Temple CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Clavó los cerúleos ojos en él. La indignación la asaltaba y le arrebolaba las mejillas y le encendía la mirada.

Alvar mostró serenidad y frialdad. Jimena respiró hondo y citó:

—“Parte un madero, y allí estoy yo; levanta una piedra, y me encontrarás allí”. Evangelio según San Mateo.

Alvar cerró los ojos; aquella parte del evangelio había sido sabiamente oculta por la Iglesia.

—Otra mentira más —continuó ella beligerante—.

El pueblo no necesita asistir a misas para acomodar sus vidas al temor que les infunden los oficios, visitar los templos para hablar con Dios, llenar las arcas de sus dignatarios para obtener el perdón divino.

Todo es una falacia orquestada con inteligencia por un solo motivo: el poder.

Esa mísera ambición se ha cobrado miles de vidas, ha condenado a las mujeres a una vida de opresión, sometido a los hombres bajo sus preceptos con amenazas de fuego eterno y condenas varias.

La biblia es un libro manipulado que, bajo parábolas simbólicas, hablan de una única verdad.

Parábolas malinterpretadas intencionadamente para mantenernos en una conveniente ceguera.

Pero unos pocos hemos abierto los ojos a esa verdad, y es nuestro deber transmitirla.

Alvar cerró los ojos un instante. El corazón le atronaba en las sienes; lo que tanto temía cobraba forma.

—¿Y cuál es esa verdad?

—No hay más dios que el que mora en nuestro interior, y es un dios comprensivo y bondadoso.

Tragó saliva ante el impacto de aquellas palabras.

Nadie mejor que él conocía los secretos de la Iglesia, secretos que lo avergonzaban y que le zarandeaban la fe.

Secretos por los que había batallado encarnizadamente y, aunque la verdad que clamaba Jimena le había latido tímida en el pecho, no podía permitir que ella muriera por algo imposible de conseguir, a pesar del papiro que tenía en las manos.

Inclinó la cabeza y posó los ojos en el último párrafo.

Lo leyó en silencio. Aquella revelación lo dejó atónito.

Dobló con parsimonia el pergamino y contuvo las emociones que lo sacudían como un furioso viento del norte al ondear un estandarte que rasgaba con violencia el tejido con su ímpetu y convertía en jirones cuanto había sido su vida.

Si compartía con Jimena el contenido de ese último párrafo, nada la detendría. Admiró el coraje, arrojo, generosidad y capacidad de sacrificio de la muchacha. Vio en sus ojos que estaba dispuesta a todo, pero esa misma pasión que le iluminaba el semblante le impedía ser realista y objetiva.

—Una piedra no mueve un molino —musitó él en un intento por ser él ahora quien le abriera los ojos.

—Sin embargo, una piedra que rueda pone en movimiento a otras piedras en el camino.

Se abalanzó sobre él con una desgarradora súplica pintada en el rostro, le tomó las manos y lo miró con intensidad.

—¡Ayúdame, te necesitamos! Sé nuestro paladín. Durante años has peleado en el lado equivocado y defendido la mentira. En tus manos tienes la verdad, derrocaremos una institución dañina y corrupta; devolveremos el poder al pueblo.

Alvar se perdió en aquellos hermosos ojos, deseó ayudarla, pero lo que ella le proponía era tan solo una quimera.

—Dices poder librar a la gente de la ceguera, y yo te creo; podrías, sí, si ellos te lo permitieran.

Pero no lo harán. Podrás mostrar este evangelio, explicar el de Juan, el de Mateo y el de Marcos, pero no te escucharán.

La Iglesia te perseguirá, serás apresada por herejía y condenada a la horca.

Tu misión se perderá en la nada, tu sacrificio, como el de tus padres, sería vano.

No tienes ningún poder sobre mentes que han sido limpiadas desde el nacimiento, son ovejas sumisas que, temerosas, siguen al pastor.

Un pastor que lidera hace siglos el mismo rebaño, con miedo, sí, pero también con promesas de vida eterna.

Un pastor poderoso contra una mujer que ha descubierto un papiro.

Te arrebatarán este documento y dirán que eres sierva del demonio que tienta el corazón de los hombres para desviarlos del verdadero camino.

No tienes ninguna posibilidad y, aunque no lo creas, lo lamento de veras.

Una verdad incómoda es fácilmente convertida en mentira.

Jimena, compungida y desilusionada, se apartó de él.

—Una mentira, por el solo hecho de prevalecer largamente en el tiempo, no se convierte en verdad —murmuró derrotada.

—No —convino—. Las escrituras dicen que la luz prevalecerá sobre las tinieblas. Tu corazón ha visto la luz y se guía por ella, vive con esa dicha en lugar de morir por intentar alejar las tinieblas de los demás. Nadie te dará las gracias, créeme.

La tristeza invadió a Jimena, la desesperanza y la decepción la sumieron en una apatía que lo conmovió. De nuevo se recostó en la roca y observó, imperturbable, cómo la noche caía sobre ellos.

Alvar deseó tomarla en sus brazos, acunarla, llenarla de besos y arrumacos; en lugar de eso, apretó con fuerza los puños y desvió la mirada. Tenía que pensar; ese descubrimiento lo abotargaba.

Las dudas surgidas en las interminables horas de lectura de los evangelios, dudas impelidas por el extenso conocimiento en la religión y las costumbres judías, se veían ahora confirmadas. Jesús era un rabí, un maestro. Y todo rabí en Jerusalén tenía una obligación, la de casarse.

En su mente empezaban a encajar las piezas que habían flotado en una laguna mental durante años. Ahora comprendía la indisposición de los apóstoles contra el discípulo amado, y la cercanía de Lázaro con Jesús.

Cerró los ojos. Los caracteres coptos le acudieron a la mente, suspendidos en una niebla luminosa. El último párrafo flotó ante él y lo rodeó implacable; sobre todo, la última línea.

“Yo, María, amada esposa de Jesús.”

Más de mil años para borrar a una persona de las escrituras, arrebatarle valor a la figura femenina y transfigurar el mensaje de que Jesús estaba en todas partes para reconducir a millones de personas a templos bajo el poder de unos pocos.

Y, a pesar de eso, supo que la verdad solo traería más guerras y caos.

Todavía no era el momento, y deseó con todas las fuerzas que algún día lo fuera.

Se haría justicia, se restituiría a María Magdalena su lugar en la historia, de eso no tuvo ninguna duda, pues por mucho que la verdad se ocultara, emergería una y otra vez.

Aquella verdad, sería la estocada definitiva, pero solo cuando la Iglesia flaqueara ante sus fieles, no antes.

—¿Qué querrá ese hombre? —murmuró Jimena, en apenas un hilo de voz—. ¿La garra o el evangelio?

—Me temo que los evangelios no interesan a un nigromante.

Entonces Jimena lo miró con el ceño fruncido.

—Entonces, ¿por qué están juntos objetos tan dispares?

—Solo encuentro una explicación: que hayan confundido la garra con la reliquia de algún santo. Seguramente fueron encontrados en el mismo lugar, o por los menos muy cerca; puede que en el norte de Egipto.

—Y, ¿por qué te importa mi vida cuando has decidido alejarte de mí?

Alvar la miró, ella le sostuvo la mirada, expectante.

—Que haya tomado esa decisión no implica que haya logrado matar mis sentimientos; ni siquiera sé si seré capaz algún día.

El deseo por echarse en sus brazos la abrumó, lo vio con tanta claridad como si el deseo le hubiera salido de los labios. Inmediatamente, Alvar bajó la cabeza para romper de ese modo el peligroso vínculo que los unía; ese deseo latente por fundirse uno en el otro.

—Duerme un rato —aconsejó—. Antes de que amanezca estaremos en Salvatierra.