CAPÍTULO 26
Alvar, que conocía el castillo como la palma de su mano, había logrado filtrarse por pasadizos secretos que llevaban al exterior. Corrían a través de los páramos en busca de la protección de las arboledas o de los montículos rocosos.
Había tenido que apelar a sus últimas reservas de energía para poder avanzar por aquellos abruptos terrenos sin caer extenuado.
Su mente, largamente entrenada para soportar el dolor, se hallaba concentrada en regresar sanos y salvos a Salvatierra y obviar los quejidos físicos de su maltratado cuerpo.
Pero, a pesar de que llevaba una férrea concentración en salvar obstáculos e ignorar el cansancio, temió desfallecer antes de lograr el objetivo.
A menudo, tenía que detenerse a descansar para recuperar el resuello.
Jimena lo miraba con preocupación cuando él tropezaba, entonces se mordía el labio inferior y se estrujaba las manos para contener las ganas de ayudarlo.
Tampoco él la asistía cuando se esforzaba para ascender un peñasco o bajar una escarpada ladera.
Ambos evitaban el contacto en una lucha por mantener la frialdad y la distancia que los resguardaba de caer en la tentación.
La atracción era tan fuerte que, hasta en los breves momentos en que se miraban a los ojos, la urgente necesidad de tomarla en los brazos y besarla hasta perder el sentido lo abrumaba.
El deseo de ella hablaba con la misma claridad, un motivo más que lo tentaba a flaquear.
Fue el trayecto más largo que había recorrido, a pesar de las pocas leguas que los separaban del destino.
Además, suponía que los hombres de Yarmun debían de seguirlos, por eso había optado por recorrer sendas que no eran transitables para los caballos. A pesar de que el rodeo los retrasaría un día, era la única posibilidad que tenían.
Cuando el sol comenzó a descender, se cobijaron en la profunda oquedad de una colina rocosa.
Frente a ellos, un bosquecillo de chopos y abedules los reguardaba del viento y los ocultaba convenientemente.
Desde aquel refugio, las copas de los árboles mecían las hojas hacia ellos, como si hubieran querido atraparlos.
Algunas ya comenzaban a dorar el tono para recibir el otoño.
El verdor de los campos comenzaba a desvaírse con sutileza en favor de un cálido ocre tostado.
Aquella amplia gama de tonos hermoseaba el páramo, lo dotaba de una magia especial, atribuía credibilidad a las leyendas de ninfas y duendes y pintaba con minúsculos pinceles cada rincón.
Se sentaron uno frente al otro, ambos ensimismados en el paisaje, sumidos en sus propios pensamientos.
Alvar fue el primero en contemplar la única visión que anhelaba: el perfil de Jimena. Ella contemplaba el horizonte totalmente absorta, y él cedió al hambre para deleitarse con aquel rostro que tanto lo subyugaba.
Una nariz pequeña y ligeramente respingona le confería a Jimena un carácter juguetón y travieso; los altos pómulos le otorgaban un toque regio; los labios llenos de líneas perfectas y color intenso le aportaban sensualidad al semblante; la nívea piel de alabastro, tersa y perfecta, le resaltaba la lozanía y los ojos grandes, almendrados, de espesas y oscuras pestañas rizadas, de iris profundamente azul y mirada penetrante completaban el cuadro más bellamente pintado por Dios de cuantos había visto.
Con gesto cotidiano, todavía ensimismada, se retiró un mechón de la melena y se lo colocó tras la oreja.
Él envidió a aquella grácil mano y acució a la suya propia a perderse en aquel revuelto océano negro de ondas sedosas y fragantes.
Le delineó con la mirada la firme línea del mentón, la arrogante barbilla y la frescura de las mejillas, sonrosadas todavía por el esfuerzo.
Pero el deseo contenido amenazó con ahogarlo.
Debía distraer la mente, evaporar los tentadores impulsos que lo asaltaban. Rendirse de nuevo habría supuesto no solo una pérdida de tiempo, sino un incremento del dolor por algo que estaba destinado a no ser.
Comprender que ella no sería suya había resultado un duro golpe, pues era improbable que alguien como Jimena lograra cambiar y, por esa misma razón, supo que no entregaría la vida y el alma a alguien de naturaleza fría y manipuladora.
Si había sido capaz de entregarse apasionadamente a él entre juramentos de amor al tiempo que le robaba un medallón, el corazón y un castillo, ¿de qué no sería capaz?
Y era esa pregunta la que lo separaba de ella.
Decidir fugarse con la mujer que amaba, renunciar a cuanto había sido para, al momento siguiente, alejarse resultaba un arduo trabajo de concentración, contención y repetición, pero dolorosamente necesario. Solo se le ocurrió una cosa para controlar las emociones.
—Déjame ver el cofre —pidió.
Ella lo miró. La belleza de aquellos nostálgicos ojos lo golpeó. La mujer asintió con semblante inmutable y le entregó el saco. De repente, pensó en cómo demonios lograría reprimirse si ella se abalanzaba sobre él; por fortuna parecía distante y apática.
Alvar, deseoso de despegar la mirada de aquel turbador rostro, se centró en abrir el saco y tomar el famoso baúl.
Lo examinó con detenimiento; en apariencia el exterior no lo databa en ninguna época en particular, ni en ningún rango social.
Lo abrió con cuidado y contuvo el asombro ante la reliquia que contenía.
Aquello no podía ser una garra, era físicamente imposible que un animal poseyera la misma disposición y longitud de huesos que una mano humana, y aquel resto lo parecía.
Se inclinó más en pensar que era una mano humana a la que incomprensiblemente habían limado los extremos hasta convertirlos en estremecedoras puntas afiladas.
Pero ¿por qué haría alguien algo así? La siguiente pregunta lo turbó más.
¿Había sido afilado en el esqueleto o en el cuerpo aún con vida?
Reprimió un escalofrío y la apartó con aprensiva inquietud.
Tomó el cilindro entre las manos y sintió la fría suavidad del metal entre los dedos.
Preso de un creciente desasosiego, lo abrió y extrajo el documento.
Era un papiro de excelente calidad, la caligrafía era cuidada y estaba escrito en copto, una lengua emparentada con el antiguo egipcio, pero que utilizaba el alfabeto griego más seis o siete caracteres de la escritura demótica.
La mayoría de los evangelios estaban escritos en esa lengua.
Aquel dato le confería veracidad. Le llamó la atención que la firma estuviera en latín; resultaba obvio que había sido añadida con posterioridad.
Pasó la punta de los dedos por cada línea y se sorprendió leyendo en voz alta:
—“Ellos, sin embargo, estaban entristecidos y lloraban amargamente diciendo: ‘¿Cómo iremos hacia los gentiles y predicaremos el evangelio del reino del hijo del hombre? Si no han tenido con él ninguna consideración, ¿cómo la tendrán con nosotros?’.
»Entonces María se levantó, los saludó a todos y dijo a sus hermanos: ‘No lloréis y no os entristezcáis; no vaciléis más, pues su gracia descenderá sobre todos vosotros y os protegerá. Antes bien, alabemos su grandeza, pues nos ha preparado y nos ha hecho hombres’.
Dicho esto, María convirtió sus corazones al bien y comenzaron a comentar las palabras del Salvador. ”
Antes de proseguir, miró a Jimena que, con los ojos extremadamente abiertos, trataba de asimilar aquellas palabras. Tomó aire y continuó:
—“Leví dice a Pedro: ‘Siempre tienes la cólera a tu lado, y, ahora mismo discutes con la mujer enfrentándote con ella. Si el Salvador la ha juzgado digna, ¿quién eres tú para despreciarla? De todas maneras, Él, al verla, la ha amado sin duda. Avergoncémonos más bien, y, revestidos del hombre perfecto, cumplamos aquello que nos fue mandado. Prediquemos el evangelio sin restringir ni legislar, sino como dijo el Salvador’. Terminado que hubo Leví estas palabras, se marchó y se puso a predicar el evangelio según María.”
Aquel párrafo anunciaba claramente que María Magdalena había sido una discípula de Jesús, la más importante. También resultaban obvias las discrepancias entre los apóstoles, seguramente por envidiar el lugar privilegiado de María.
—¿Sabes quién es María de Betania? Jimena asintió, los ojos le brillaban.
—Ella y María Magdalena son la misma mujer
—No —contradijo él—. Es la hermana de Lázaro, Lázaro de Betania.
—¿En qué basas semejante afirmación?
—En que leí con minuciosidad las escrituras, en particular, el evangelio según San Juan.
En la sociedad de Trujillo, cada noche leíamos versículos para desentrañar la verdad oculta.
Descubrimos que algunos evangelios se contradecían entre sí y que no coincidían en tiempo ni en las personas que parecían participar.
En uno, dicen que María de Betania ungió con sus cabellos los pies de Jesús y, en otro, que aquella que le ungió los pies lo lloraba bajo la cruz.
Pero, en ese momento en particular de la crucifixión, la que acompañaba a la Virgen María era María Magdalena.
—Pudo ser simplemente un error, una confusión; eso no demuestra nada —alegó.
Alvar mientras sostenía la apasionada mirada de la mujer.
—No lo es. Creemos, además, que la autoría del cuarto evangelio fue de María Magdalena. Ella era el apóstol principal, el más cercano a Jesús. Y le arrebataron su lugar en la historia, borraron cualquier vestigio de su importancia, y esa es la prueba.
—¿Y eso qué demuestra, en qué puede perjudicar a la Iglesia el beneficiar al pueblo?
Conocía la respuesta, pero debía tantearla, pues, si sus peores temores se confirmaban y ella abogaba por extender aquella herejía, su destino sería el mismo que el de sus padres.
—Demuestra que la Iglesia miente. Que la mujer es en todo igual al hombre, que tiene el mismo derecho a predicar la palabra de Jesús, que es una parte valiosa de la sociedad y no algo nocivo y pernicioso, un ser inferior, carente de moral y sentido común. Y esa no es la única mentira.