Más allá del Temple CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Incipientes halos dorados lamían la oscuridad con la pereza de un gato en su aseo diario.

De manera metódica pero lenta, la luz ganaba terreno y crecía en intensidad.

Jimena contemplaba aquel amanecer sumida en sus pensamientos.

El sol bostezaba somnoliento entre las colinas, derramaba su bruñida melena en las cimas, doraba la bruma y centelleaba el rocío.

La frescura de los campos acentuaba la fragancia de pinos y almendros, la madreselva extendía su perfumado manto y, los rosales, su embriagador aroma.

Todo volvía a la vida con renovado brío, todo menos su corazón marchito.

El sentido del deber se oponía flagrantemente a su corazón, que, en un asalto fortuito, había tomado las riendas y gobernaba a su capricho.

Sentimientos encontrados la desgarraban inexorablemente.

Sentía que fallaba a la memoria de sus padres, a sus principios, a los anteriores custodios de aquel evangelio y, por supuesto, a María de Betania.

Eran buenas causas, desde luego, una vida y un amor que se negaba a seguir ultrajando.

Su corazón había hablado, y, en favor de silenciar sus lamentos, sacrificaría todo por lo que hasta ese momento había vivido.

Pidió perdón a su madre y rezó para que la entendiera donde fuera que estuviese.

Su misión acababa en ese lugar. Su único propósito era liberar a Mencia y escapar lejos, purificar su alma con la esperanza de redimirse y vivir todo lo buenamente que le permitieran los remordimientos.

Yarmun dormía en el suelo frente al moribundo hogar.

Ella había terminado la noche tumbada en la cama con los ojos abiertos mientras contenía las ganas de bajar a las mazmorras para verlo, para gritarle cuánto lo amaba.

En cambio, liberó su agonía en un silencioso llanto.

Se acercó junto al hombre y lo sacudió con la punta del pie. Aturdido, se incorporó y la miró.

—No tienes muy buen aspecto —comentó con voz ronca.

—Si es el reflejo de cómo me siento, debo de estar horrible.

Se puso de pie y se desperezó largamente.

—No te aflijas más. Es absurdo sufrir por algo sin solución. Lávate el rostro con agua fría y regálate un buen desayuno; es cuanto puedes hacer; al menos, te sentirás mucho más animada.

—Buen consejo, sin duda. Mientras me reanimo —subrayó—, baja a los calabozos y ofrécele al templario la misma dispensa.

—Solo porque me lo pides tú; espero que tengas en cuenta este favor.

Le dedicó una media sonrisa seductora, le guiñó un ojo y salió de la alcoba.

* * *

Decir que le dolían los huesos dejaba bastante corta la descripción de su estado. Antes de ser encadenado había sido sometido a otra tanda de puñetazos y patadas que, esa vez, sí lo dejaron inconsciente.

Quiso moverse, y el solo intento le arrancó un gemido que se cortó de inmediato por el dolor lacerante que le surgió en los labios.

Sacó la lengua con cuidado y notó el sabor ferroso de la sangre reseca.

Tenía una considerable brecha en un lado de la boca.

Fue palpándose para descubrir más heridas y se guió por el grado de gemido que emitía ante cada presión.

Magullado, dolorido y posiblemente con una costilla rota, enumeró en su lista mental.

De todos los males que lo aquejaban, el insistente dolor de cabeza se alzaba con la corona.

La frente y un lado de la cara le tiraban por la sangre pegajosa y reseca.

Descubrió, maldiciendo entre dientes, otra brecha a un lado del cráneo, más concretamente sobre el oído izquierdo.

Tarde o temprano ajustaría cuentas con el maldito general.

Apenas había descansado sobre las frías losas del pavimento. Fue incapaz de encontrar una postura lo suficientemente aceptable como para rendirse a un sueño huidizo y traicionero.

En los breves momentos en que había logrado dormir, las pesadillas lo atormentaron.

Veía a Jimena y a Yarmun amancebados en el lecho mientras gozaban y se reían de él.

Veía el castillo devastado por las llamas, escuchaba el aullido de los hombres devorados por el fuego, y a aquel hombre siniestro devorar el corazón de un niño.

La remembranza de aquellas imágenes le erizaba la piel y le revolvía el estómago.

El eco de unas pisadas reverberó en los húmedos muros. Llegaron dos hombres: uno portaba un cuenco humeante, el otro lo examinó bastante perplejo.

—No sé si habrán amansado vuestro genio, pero indudablemente lo han intentado: parecéis un despojo.

Yarmun asintió al carcelero, que deslizó el cuenco por la reja. Parecían gachas, o quiso creer que lo eran. Después lo despidió y permaneció pensativo al tiempo que observaba cómo devoraba.

—Deberías ejecutar al cocinero —sugirió cuando tragó el último bocado con evidente desagrado.

Yarmun sonrió ante el comentario.

—Lo habría hecho si hubiera presentado semejante bazofia en el comedor.

Alvar sonrió con mordacidad.

—Me temo que la bazofia es la que ocupa las sillas de la sala; en este momento hay una vacante.

El hombre rio divertido.

—Tu agudeza me divierte, templario, pero no he venido a entretenerme.

—Si te metieras conmigo en la celda, te procuraría una verdadera diversión.

El sarraceno, todavía risueño, paseó una mirada compasiva por aquel magullado cuerpo.

—No creo que estés en las mejores condiciones para ofrecerme el disfrute que mencionas: se te ve bastante deteriorado.

—¿Deseas comprobarlo?

—No suelo abusar de prisioneros heridos —replicó.

—Podría destrozarte con las manos atadas a la espalda —se jactó.

—He venido a cumplir un trato y a proponerte otro.

Alvar resopló despectivo, negó con la cabeza y le dio un puntapié al cuenco para deslizarlo hasta los pies del musulmán.

—No quiero nada que venga de ti.

—Voy a liberarte; sin embargo, no puedo hacer lo mismo con Jimena, a menos que obtenga tu colaboración.

El templario se envaró, se removió con incomodidad y se puso dolorosamente de pie. Agarró los barrotes con furia contenida, los nudillos perdieron el color.

—Si osas tenderle una trampa, te juro que te arrancaré el corazón con mis propias manos —farfulló colérico.

—No soy yo quien da la orden, sino el califa. El don de Jimena para atrapar a los hombres la condena a la esclavitud.

—¡Maldito, juraste ayudarla!

—Juré ayudarla a encontrar el cofre y lo he hecho; respecto a dejarla marchar con el califa…

Alvar sacudió con fuerza la reja, preso de una furia convulsa.

—Cálmate, yo tampoco deseo que forme parte del harén del califa; para eso, necesito ofrecerle algo que logre suplir su capricho.

—¡Vas a entregarle un castillo repleto de tesoros!

—Voy a ahorrarle mucho tiempo —aclaró con impaciencia—, y eso supondrá reconocimiento, oro y propiedades para mí.

Pero, como ya te dije, la conquista de Salvatierra era un hecho, y él lo sabe.

Sin embargo, canjear a Jimena por una información tan valiosa como la que ahora contiene el cofre puede dar resultado.

Alvar decidió calmarse; derrochar su escasa energía no lo ayudaba en nada. Debía recuperar la calma y meditar sobre aquello para jugar sabiamente las cartas.

—¿Qué contiene el cofre?

Yarmun sonrió ante el cambio de actitud.

—Empezamos a entendernos. El cofre guarda un extraña garra y, al parecer, el evangelio secreto de una tal María de Betania, pero necesitamos que alguien lo traduzca.

Contuvo la respiración. Aquel era el evangelio buscado por todo el mundo, el que tanto temía la Iglesia, los textos gnósticos calificados de apócrifos por la Santa Sede.

—¡Tráemelo! —pidió turbado.

El musulmán lo escudriñó con atención.

—Si osas destruirlo, la mataré —amenazó con desconfianza.

—No lo haré —prometió.

Y no lo haría: aquel cofre y su contenido debían antes servir de cebo para el asesino ritual que tenía presa a Mencia.

Tenía que atraparlo, poner a salvo a las mujeres, rendir el castillo y entonces, sí, ese evangelio sería destruido.

No sabía cómo lograría esa dificultosa lista de hazañas, pero lo haría.

Una exclamación ahogada le desvió la vista. Tras Yarmun, surgió una figura cuyo rostro horrorizado lo contemplaba compasivo. Jimena se acercó a él.

—¡Te han torturado! —exclamó indignada.

Clavó los azules ojos en Yarmun con expresión acusadora.

—Dijiste que estaba bien —reprochó y se encaró a él.

Yarmun pareció incómodo y algo nervioso ante su presencia.

—Y lo estoy —contestó Alvar huraño.

La mujer paseó la mirada por el rostro magullado del hombre, por la sangre reseca en su piel y en sus ropas, en la mirada sufrida de aquellos ojos. Y el rostro se le congestionó ante el esfuerzo por contener el llanto.

Alvar contuvo sus emociones y plasmó un solo pensamiento en la mente: ella era la única culpable de su propia desgracia.

En el afán por conseguir su objetivo había arrasado cuanto encontraba a su paso.

Ahora comprobaba con pesar la devastación que ella había creado: la ruina que era ahora su corazón, unas ruinas seguramente difíciles de reconstruir y con las que tendría que aprender a vivir.

—Ciertamente, no lo parece —repuso ella apesadumbrada.

Yarmun apresó el brazo de Jimena en ademán posesivo, los ojos de Alvar chispearon con resentimiento.

—Mandaré a mis hombres para que te liberen, partiremos de inmediato.

—Hemos hecho un trato —recordó Alvar, su ojos se entrecerraron suspicaces—. Nos liberarás a ambos cuando lleguemos al campamento.

El sarraceno asintió tenso, parecía desear salir de allí. Antes de que pudiera agregar nada más, giró y se llevó a Jimena con él.

* * *

Una molesta sensación le aleteaba inquieta en la mente.

Las últimas palabras de Alvar flotaban ante ella en una nube oscura y desconcertante.

Un trato. Yarmun tramaba algo; su nerviosa actitud cuando ella había interrumpido así lo decía.

Escondía sus propios intereses, utilizaba sus mañas, como él había dicho.

Había conversado con Alvar, le había propuesto algo que ella tenía que descubrir antes de que fuera demasiado tarde.

No podía arriesgarse a permitir que los apresara en el campamento sin tener ninguna constancia de que cumpliría con su palabra.

Era como meterse en la boca del lobo completamente desarmada.

Yarmun la había dejado de nuevo sola en la habitación para reunirse con sus hombres. Deambulaba agitada de lado a lado mientras se frotaba las manos.

Luego, fijó la vista en el saco que contenía el cofre y presa de un impulso se lo colgó del hombro.

Aguardó a tener el camino despejado y se deslizó subrepticiamente por los corredores hasta alcanzar las escaleras de servicio que habían utilizado la noche anterior.

De nuevo en los calabozos, casi corrió a la celda en la que se hallaba Alvar.

Él apenas si alzó el rostro cuando la vio.

—Escucha, templario, aparta tu rencor por el momento, ambos nos necesitamos.

Siguió sin mirarla, estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada al muro, las piernas flexionadas y abrazado a sus rodillas.

—No, tú me necesitas a mí —apostilló—, y yo consiento en eso, hasta que decida lo contrario.

Jimena se acuclilló ante él y se agarró a la reja.

—Creo que Yarmun nos está utilizando. El hombre profirió una risita desdeñosa.

—Lo hace, sí, como tú.

Tragó saliva y reprimió una punzada de culpabilidad.

—Necesito saber a qué acuerdo habéis llegado; te lo ruego, no tenemos mucho tiempo.

Por fin la miró; las sombras le ocultaban parcialmente el rostro, pero pudo atisbar la tensión en la línea de la mandíbula.

—Me ha dicho que el califa te quiere en su harén; otra víctima de tus encantos —resopló despectivo—, empiezo a compadecer a ese hombre. Y quiere que traduzca tu bendito evangelio para ofrecérselo al califa como moneda de cambio por ti.

—¡Ese traicionero perro infiel! ¡Qué los cuervos le vacíen las cuencas de los ojos y le arranquen la lengua!

—Seré yo quien lo haga —apuntó Alvar—. Ahora dime qué está pasando.

—A mí me dijo que le entregaría el cofre, pero solo porque deseaba inspeccionarlo por si había algo importante; dijo que luego me liberaría, que cambiaríamos el contenido por algo banal para que perdiera el interés.

Alvar bufó con exasperación.

—Es obvio que ofrecerá tres cosas antes de que acabe el día: el evangelio a su señor por quedarse contigo, el castillo para su gloria y mi vida para su descanso. Un tipo ambicioso, sin duda.

—¿Y por qué quiere que se lo traduzcas tú? Podría buscar tranquilamente a otra persona para que lo hiciera.

—Necesita cerciorarse de que el documento es tan importante como parece antes de negociar con él. El califa lo despellejaría vivo si sospechara que intenta engañarlo, y me temo que el único monje a mano en este momento soy yo.

Jimena, abatida, se sentó de lado en el suelo y maldijo entre dientes.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Impedírselo, por supuesto —respondió con apabullante decisión.

Ella sonrió asombrada ante la confianza que demostraba.

—Tu confianza me reconforta.

—Es cuanto me queda.

Sus miradas se enlazaron. La de ella, arrepentida.

La de él, entristecida.

—Alvar… yo…

—No —la interrumpió con voz seca—. Ahora, como tú bien has dicho, nos necesitamos. Ambos tenemos una misión que cumplir y, para ello, hemos de colaborar, pero, cuando todo acabe, sé cuál será mi camino.

—Y no me interpondré en él, te lo aseguro; solo desearé que algún día tu alma encuentre el perdón para mí.

—Es difícil perdonar, pero no imposible; y sé que lo lograré, pues comparto parte de esa culpa. En cuanto a olvidar, ya te digo que jamás conseguiré hacerlo, sobre todo porque no permitiré que eso ocurra.

Jimena inclinó abatida la cabeza, le quemaban los ojos.

—Para bien o para mal, Jimena de Castro, eres una persona importante en mi vida. Siempre fue así y moriré con tu recuerdo, imaginaré que tus labios me despiden de este mundo.

Las lágrimas escaparon sin control.

Entonces Alvar se acercó a la reja y pasó una mano por ella para acariciarle el rostro.

—No llores por el pasado; por muy reciente y doloroso que sea, mira al futuro y pelea por el presente.

—Lloro por el futuro que perdí.

Alvar hizo una mueca y, trémulo, se alejó de ella.

—Ahora toma las llaves que penden de ese gancho.

Y, por segunda vez en su vida, Jimena huyó con un prisionero.