CAPÍTULO 28 #3
—No tenéis potestad para acusar a nadie sin pruebas —increpó ultrajado.
—Y no es esa mi intención —anunció.
Guillén apareció seguido por Durán, que lo guiaba a punta de espada.
—Mi intención —continuó fijando la mirada con intensidad en cada uno de los presentes— es informar algo.
Cruzó la mirada con Guillén, que mostraba una aparente serenidad.
—La señora del castillo acaba de ser secuestrada por el nigromante —anunció alzando la voz.
La expresión de Guillén se descompuso, perdió el color y a los ojos le asomó una angustia reveladora. Alvar se descolgó el saco del hombro, lo alzó y lo sacudió ante los hombres.
—El asesino busca esto, y lo entregaré a cambio de la mujer y su doncella.
Aceptaré sus condiciones, cualesquiera que sean.
Aguardaré a que se ponga en contacto conmigo y ante vosotros prometo que realizaré el intercambio solo, nadie más intervendrá, pero ya advierto que quiero a las mujeres intactas.
Contempló con atención el rostro de los hombres, los escudriñaba con la intensidad de un lobo que acechaba en la oscuridad el casi imperceptible susurro de una presa oculta entre la maleza.
La emoción predominante era un desconcierto general.
A excepción de dos expresiones bastante llamativas: la mirada airada de Guillén se posó en Damián con evidente agravio y un ligero tinte acusador.
Por su parte, el displicente capitán mostraba una veta furiosa y contrariada tras aquel duelo tirante.
Ambos desviaron la mirada hacia él. ¿Le había parecido vislumbrar un atisbo de complicidad en aquel velado enfrentamiento visual?
Solo había una forma de averiguarlo. A grandes zancadas, atravesó el patio y se encaró a Guillén, que inmediatamente adoptó un gesto apenado.
—Creí que la protegeríais —lo increpó.
—Y yo creí en tus palabras —acusó.
Sabía bien cómo desenmascarar una verdad, y la mayoría de las veces tan solo era necesario forzarla a salir con una mentira. Guillén abrió con asombro los grandes y apáticos ojos verdes y frunció los labios con desagrado.
—Te conté la verdad —se defendió.
—No toda —aventuró Alvar con firmeza—. Damián te delató.
Y en realidad no mentía. Damián había filtrado la nota anónima bajo su puerta para acusarlo directamente.
El rostro de Guillén adquirió un alarmante tono verdusco, pareció descomponerse ante él.
Lo vio tragar saliva en su intento por recomponerse. Sin duda, ocultaba algo importante.
—Ese miserable —siseó entre dientes—. Jamás debí iniciarlo como ayudante.
Fue Alvar quien entonces luchó contra sus emociones. Mantuvo a raya la sorpresa bajo un pesado manto de indiferencia.
—Ya es tarde para lamentarse —murmuró—. Será mejor que lo desenmascares, pues él carga sus culpas sobre ti.
—Y, de hecho, me confieso culpable —admitió cogitabundo ante el creciente asombro del templario—. Una rata es una rata por mucho que le enseñes a ser otra cosa, pero poseía tan buena disposición…Y yo lo necesitaba.
—¿Para qué lo necesitabas?
—Lo inicié en las técnicas básicas —aclaró—, pero ante su talento y entusiasmo lo subí de nivel, le di a conocer los arcanos mayores. Lo necesitaba para descubrir la piedra filosofal.
Alvar había oído hablar de ella. Era la meta ansiada de cualquier alquimista.
Se decía que poseía el poder de transmutar metales vulgares en oro, de conseguir destilar un elixir de vida: una panacea universal que otorgaba la inmortalidad y además dotaba de omnisciencia, conocimiento absoluto del pasado y del futuro, del bien y del mal.
—Él me proveía de cuanto necesitaba: mercurio, azufre, minerales diversos, como la pirita de hierro y el plomo. Juntos elaboramos el ácido tartárico en un horno alquímico. Estábamos tan cerca…
La mirada vidriosa y perdida de Guillén mostró una desesperanza desgarradora. Se pasó la mano por el revuelto cabello trigueño con frustración y finalmente sacudió la cabeza bajando la mirada.
—Debí ver el mal en sus ojos, debí intuirlo al menos. Se embebió de mi sabiduría para volcar todos los conocimientos al servicio del mal. Él es el nigromante, estoy seguro.
Alvar giró raudo y buscó con la mirada al capitán. Algo en su expresión debió de alertar a los hombres, pues se pusieron en guardia a la espera de una señal suya. Señaló con la cabeza en dirección a Damián, que abandonaba el patio.
Antes siquiera de abrir la boca, Bernardo, Durán y Martín desenvainaron las espadas y corrieron hacia el grupo de soldados que rodeaba a su capitán. Alvar, que se hallaba más atrasado, aceleró la carrera.
La atronadora corrida hacia ellos los alertó. Damián profirió una orden, y sus hombres se apresuraron a defenderlo.
Como una gélida ráfaga de aire invernal que apaga una hoguera, los caballeros del Temple enfriaron, con habilidad guerrera, la veta de rebeldía de forma súbita.
Evitaban, en la medida de lo posible, causar más bajas entre la ya reducida sección militar del castillo. En la reyerta, entre estocadas sibilantes y gruñidos belicosos, un grito se alzó entre los demás para poner fin al caos.
—¡Parlamento! —vociferó uno de los guardias desde una de las almenas.
“¡Maldición!”, pensó Alvar. Apretó furioso los dientes y miró a sus hombres. En el momento más inoportuno, los almohades solicitaban parlamento. Yarmun reclamaba lo que le pertenecía. Y supo que no se marcharía sin obtenerlo.
—Parece que tu infierno por momentos se agranda. Miró a Martín y resopló fatigado.
—Como bien dijiste, en este infierno ya estamos todos.
Apartó con el hombro a varios hombres en busca de Damián.
Durán lo sujetaba con brutal hosquedad en su peculiar y opresivo abrazo de oso en torno al cuello.
—Ya está suficientemente azul —señaló Alvar con cierto regocijo—. Ahora me toca a mí ponerlo rojo.
El hombretón sonrió cómplice y soltó a Damián, que se desplomó de rodillas e inhale violentas bocanadas de aire.
—Solo voy a haceros una pregunta y solo me detendré cuando la respuesta me satisfaga —siseó.
Lo aferró por la pechera de la túnica, lo sacudió con violencia y clavó en él una mirada amenazante.
—¿Dónde está Jimena?
—No lo sé.
Descargó en su rostro un brutal puñetazo que le giró violentamente la cabeza; un escupitajo de saliva ensangrentada salió proyectada de su congestionada boca.
—¿Dónde está Jimena?
Damián entonces clavó su fiera mirada en él con desprecio.
—¡Vete al infierno!
Esa vez no fue solo un golpe. Alvar, enajenado, lanzó una serie de golpes cortos, rápidos y certeros que le bambolearon la cabeza como si fuera de trapo.
El capitán, claramente aturdido, bajó la cabeza casi al borde del desmayo.
Alvar, jadeante, le aferró el cabello y lo obligó a mirarlo.
Damián, de nuevo, le sostuvo la mirada con semblante imperturbable a pesar del fuego que debía de sentir en el magullado rostro.
—¿Dónde está Jimena?
No respondió, tan solo se limitó a negar con la cabeza.
Alvar resopló con frustración. Miró a Martín, él asintió y, con decisión, agarró a Damián por la espalda y lo arrastró por el patio hasta una gran roca.
Allí le colocó la mano sobre la rugosa superficie, dobló la rodilla y le pisó la muñeca para apresarla con fuerza. Desenfundó el espadón y lo alzó.
—¿Dónde está Jimena?
Vio el pánico que le contorsionaba las facciones. Sin inmutarse aguardó una respuesta que no llegaba. Resopló, frunció el ceño y apretó los dientes.
Ya descargaba el mandoble cuando un grito lo frenó en seco.
—¡Deteneos!
Alzó contrariado la mirada y, atónito, contempló al padre Ambrosio de Nimes, que avanzaba furioso hacia él.
—¡Atacáis a vuestros propios hombres! ¡El demonio ha entrado en vuestro corazón!
Ante un leve gesto de Alvar, Durán corrió hacia el anciano y lo capturó. Le apresó las manos tras la espalda.
—¿Dónde está Jimena? —gritó furioso.
Alzó la espada por segunda vez y arrugó el ceño, estaba decidido a amputarle la mano derecha si no respondía.
Respiró hondo cuando comprendió que el hombre no colaboraría; el dolor obraba milagros, y él necesitaba uno con urgencia.
Su espada comenzó a trazar el fatal arco hacia su destino cuando otro grito lo detuvo.
—Yo lo sé —anunció Ambrosio.
Boquiabierto miró al clérigo; luego a Damián, que ya alzaba la cabeza sorprendido. Durán arrastró al hombre hacia donde estaban Alvar y Martín.
—¡Hablad!
—Prometed que no le haréis ningún daño —rogó el anciano.
Aquel inesperado ruego lo confundió. ¿Desde cuándo un hombre despiadado como él se compadecía de un soldado?
Aquello parecía no tener sentido. Sin embargo, Alvar había aprendido algo muy valioso, y era que todo en la vida tenía una razón de ser y que normalmente esa razón solía ser la más elemental.
Casi siempre el camino más corto y directo solía ser el verdadero, y aquella sorprendente preocupación por el capitán hablaba de un lazo que, aunque extraño, unía a ambos hombres.
La acuosa mirada azulada de Ambrosio mostró desesperación, preocupación, pero también una furia contenida.
—Escondido en los subterráneos, vi a este hombre llevar en brazos a la señora; curioso, decidí seguirlo hasta una cámara oculta en un recodo.
—Hizo una pausa, se frotó inquieto el tonsurado cráneo y echó una furtiva mirada a Damián, que lo contemplaba con semblante indescifrable—.
Os llevaré hasta ella si cumplís esa promesa.
Alvar asintió circunspecto. Levantó el pie, y Damián, dolorido, cobijó la mano en su pecho y se irguió. Había prometido no hacerle daño, pero no soltarlo, así que le ató las manos a la espalda y se lo entregó a Durán para su custodia.
—Adelante —apremió impaciente.
Ambrosio dirigió la comitiva con paso cansado. Tras él, Alvar, Martín, Bernardo y tres hermanos de la Orden, todos espada en mano y con semblante hosco, se adentraron en las galerías que descendían a los túneles.