CAPÍTULO 24 #2
—Antepusiste tu misión a todo lo demás y pasaste por encima mío; los tesoros que saqueaste así lo dicen.
Tu ambición fue más fuerte que tus sentimientos si es que los hubo.
En realidad creo que has vivido tanto tiempo inmersa en tus propias confabulaciones que ya no distingues cuando algo es real o, tal vez, no lo valoras lo suficiente.
Asintió con antipatía. Nada podía hacer ya, excepto soportar estoicamente el dolor.
—Cuando termine esta pesadilla, desapareceré para siempre —concluyó Jimena.
Alvar la contempló contenido, se esforzaba por controlar sus emociones. Finalmente, asintió y se dirigió hacia el prisionero. Ella solo deseaba caer de rodillas y sollozar hasta quedarse dormida; sin embargo, apeló a todo su arrojo y fue tras él.
El cofre maldito los aguardaba.
Cuando Alvar llegó junto a Yarmun, puso lo brazos en jarra y lo miró con suspicacia.
—Rendiré el castillo a cambio del cofre —prometió—, pero solo si juras por tu honor que dejarás libre a los que moran en él.
En el semblante de Yarmun el triunfo se dejó traslucir.
—Tienes mi palabra.
Si para alguien salían bien las cosas, desde luego era para él. Jimena se acomodó por enésima vez en la silla. La montura cabalgaba a buen ritmo, el traqueteo forzaba un constante contacto con el hombre que se envaraba molesto cada vez que ella le apoyaba la espalda contra él.
Alvar y ella compartían caballo, Yarmun galopaba delante, pues dirigía la comitiva.
Sentir tras ella la calidez de aquel pecho sin poder cobijarse en él; contemplar las grandes y fuertes manos que sujetaban las riendas pero que no rodeaban su cintura; aspirar aquella fragancia sin poder sumergir el rostro en su cuello resultó un suplicio difícilmente soportable.
Lo había perdido, y esa dura constancia le arrebataba cualquier posibilidad de ser feliz.
Tan solo aspiraba a evocar su recuerdo cuando estuviera lejos de él; cerrar los ojos y revivir los pocos momentos compartidos.
La aguardaba una vida anodina, oscura, cargada de culpa y aterradoramente vacía.
Y, a pesar de que su corazón sangraba, sus sentidos dolorosamente alertas grababan cada sensación, cada detalle de su compañía, como una hacendosa hormiga almacena alimento en su afán por sobrevivir a un largo y crudo invierno.
Se detuvieron para almorzar. Jimena no probó bocado; en mitad de un tenso silencio, se dedicó a acariciar el blasón que ahora le colgaba del cuello.
Y la duda que siempre había estado latente en su interior surgía ahora con renovado brío.
¿Merecía la pena? ¿La muerte de sus padres realmente había tenido algún sentido?
¿La humanidad agradecería conocer la verdad?
¿La aceptaría? Y la peor pregunta de todas flotó ante ella como un tétrico velo mortuorio: ¿esa verdad estaría a la altura de los sacrificios ofrecidos?
Alvar aguardó a que ella subiera al alazán.
Y acto seguido se encaramó con presteza a la grupa y se inclinó sobre ella para buscar las riendas.
Jimena las tomó y se las entregó, sus manos se rozaron, y sus miradas se cruzaron.
La agonía velaba los ojos del hombre; y el anhelo, los de ella.
Alvar tragó saliva, apartó la vista y recompuso el semblante con la fría máscara de indiferencia que había decidido adoptar.
Llegaron con el ocaso. Una bruma densa flotaba en lontananza.
Violetas, bermellones, rosas y oro se entretejían en el cielo y despedían con aquella sobrecogedora belleza a un sol perezoso que indolente se sumergía en el horizonte y cedía sus dorados páramos a la luna.
Convertían aquella impresionante transición en el momento más hermoso del día.
Ante ellos y recortado contra un atardecer moribundo, surgió altivo el castillo de Calatrava.
Se detuvieron en la falda de una colina y desmontaron.
—Tu turno —se limitó a decir Alvar al entregarle el plano a Yarmun.
Jimena se acercó al musulmán y se encaró al templario.
—Yo voy con él —informó con decisión—. Ese cofre lo enterró mi padre, yo debo ser la primera en abrirlo.
Alvar bufó con un dejo de desidia, apenas si dibujó una sonrisa displicente y asintió.
—Como deseéis, señora, aseguraos bien de que nadie esquilme vuestro anhelado secreto —dijo con un irónico respeto.
El rencor adornó aquellas palabras; sonrió sardónico y se tumbó en la loma—.
Deberíais sonreír —agregó con mordacidad—, vuestros sueños se cumplen por fin.
Que la devastación que dejáis a vuestras espaldas no ensombrezca vuestro ánimo — profirió cáustico.
—Eres tremendamente injusto, templario, precisamente entrego ese sueño en favor de alguien a quien amo.
—Sabiamente atesoras otras cosas para reemplazar las que perderás —mencionó despectivo, en referencia a los evangelios sustraídos. Ella deseó tenerlos encima para abofetearlo con ellos.
—Está anocheciendo, hemos de apresurarnos o no podré presentarme antes de que bajen el rastrillo — apremió Yarmun—. Podéis continuar vuestra agradable disertación a la vuelta —se mofó.
Ambos lo fulminaron con la mirada. Jimena se envolvió en la capa y permitió que la ayudara a montar. No miró atrás, por lo que no pudo ver la preocupación en los ojos de Alvar.
* * *
Yarmun ingenió una visita para solicitar refuerzos y abastecimiento. Y la presentó como una aliada poderosa. Cenaron en la gran sala, rodeados de la opulencia y vistosidad que los musulmanes sabían dar a sus estancias, nada que ver con la parca sobriedad de los cristianos.
A pesar de las modificaciones y mejoras realizadas en el castillo, ella todavía recordaba aquella sala por la que solía corretear de pequeña cuando nadie la vigilaba.
A su memoria acudió la imagen de su madre de rodillas restregando las duras losas del solado junto a un cubo de agua sucia.
También recordó cuando arrancaba hierbajos del huerto y cantaba canciones mientras lavaba los hábitos de los monjes del convento.
Su presencia la rodeó e instaló en ella una nostalgia desgarradora.
Se obligó a comer. Afortunadamente, los manjares eran suculentos, ricos en especias y texturas.
La diversidad de platos sobre la mesa le agudizó el apetito.
Algo que le encantaba de los almohades era la caprichosa mezcla de sabores.
Lo mismo endulzaban el cordero con salsas de miel y pasas, como sazonaban guisos de dátiles y cereales con frutos secos.
O especiaban el vino con canela, pimienta y piel de naranja y lo servían caliente.
Comió, encontró solaz en los alimentos, disfrutó de ellos como si de su última comida se tratara, ahogó la pena en el delicioso vino que tanto la reconfortaba. Vio por el rabillo del ojo cómo Yarmun la contemplaba pensativo. No se fiaba de él y, sin embargo, debía hacerlo.
Los hombres conversaban animadamente. La suave cadencia de sus voces, de timbres cálidos y melódicos, la envolvieron en un halo hipnótico y relajante. El sopor la invadió. Hacía dos noches que no dormía, y el cansancio la sepultó bajo su yugo.
Se dormitó sobre la mesa con el rostro entre las manos mientras fingía escuchar la conversación.
Eso sí, con los ojos cerrados. Tan solo era capaz de abrirlos cuando alguno de los soldados reía estentóreamente, entonces se sobresaltaba, daba un respingo, miraba alrededor y de nuevo sus pesados párpados ganaban la batalla.
Una mano le sacudió el hombro. Se sobresaltó y abrió los ojos desmesuradamente.
—Nos han preparado una habitación. Será major que descansemos un poco. Estás exhausta; en mitad de la noche te despertaré y nos filtraremos en el convento.
Jimena asintió aturdida, dejó que el hombre la tomara por la cintura y la condujera por largos y fríos pasillos. Ascendieron una escalinata curva, de suave y desgastada piedra gris, bastante desigual, y siguieron otro corredor iluminado por hermosas lucernas.
La alcoba era amplia y suntuosa, los ojos se le posaron admirados en la gran cama de la que pendían velos de color azafrán intenso. Aquel mullido colchón ejerció alguna especie de influjo sobre ella, pues se encontró avanzando hacia allí, atraída por promesas de sueños placenteros.
Se tumbó en la gran cama y descubrió que la comodidad aun superaba la apariencia. Entonces, cerró los ojos. Apenas notó cómo la cama se hundía bajo el peso de otro cuerpo, y cómo una mano le retiraba el cabello del rostro. Tampoco fue plenamente consciente del aliento de otra boca junto a la suya.
—Eres tan embriagadora, tan sensual… Aquella voz…
Sintió unos labios rozando los suyos, apenas una ligera caricia.
En su mente vio a Alvar sobre ella, y se estremeció.
Recordó cómo esa mañana los había encontrado; cómo se había bajado con fiereza del caballo, tan terriblemente apuesto que cortaba el aliento; cómo se había enfrentado a Yarmun con esa subyugante aura de poder que desprendía una masculinidad apabullante que le asaltaba los sentidos y despuntaba sus más íntimos deseos.
Se vio asaltada por la intensidad de aquellos rasgados ojos grises, deseó devorarle la boca amplia y generosa, pasearle la lengua por el travieso hoyuelo de la barbilla.
Casi gritaba la necesidad de poseerlo, de enredar los dedos en su largo cabello oscuro, de morderle el cuello y perderse en sus caricias.
Encontró unos suaves labios, y su hambre se desató. La violenta incursión de una lengua la sobrecogió; dejó que le explorara la boca y respondió a cada ataque. El hombre gimió enardecido, unas manos le recorrían el cuerpo con pasión desatada.
—Te he echado tanto de menos, ninguna mujer pudo igualarte. Te deseo tanto…
Aquella voz…
Una boca le lamió el cuello, le mordisqueó la oreja, sin embargo, sintió algo parecido a un desasosiego incómodo.
—Volverás a ser mía…
Alarmada abrió los ojos, el rostro que vio frente a ella le alejó el aturdimiento de un plumazo.
—¡Aléjate de mí! —gritó furiosa.