CAPÍTULO 24
La ubicación exacta del cofre resultó ser una sorpresa. Según las indicaciones, el ajado plano señalaba el cementerio de un convento. Uno que ella conocía bien, pues era el lugar donde todo había empezado.
El cofre se encontraba en alguna parte del camposanto del Sacro Convento de Calatrava bajo una lápida con un nombre bastante definitorio: Occulta veritas , es decir, verdad oculta.
Aquello complicaba las cosas, pues el castillo de Calatrava, al igual que el de Alarcos, estaba en poder de los almohades. Toda la zona, a excepción de Salvatierra, era de dominio musulmán. Alvar chasqueó contrariado la lengua y posó la mirada en Yarmun, que los observaba con curiosidad.
—¡Maldita sea, lo necesitamos! —murmuró furioso.
—No será fácil de convencer, a menos que le ofrezcas algo que quiera.
Alvar la miró con preocupación y reveló con la mirada el temor de que la eligiera a ella.
—Pero no es un necio, elegirá algo de lo que puedas desprenderte —se jactó con una sonrisa confiada.
—Eso te elimina, pequeña bribona.
Jimena le plantó un beso casto en los labios y fijó los ojos en el prisionero.
—Adelante, tendremos que negociar.
Se encaminaron hacia Yarmun, que entrecerraba los ojos con desconfianza, como si intentara desentrañar el propósito de la pareja.
—¿Qué pensáis hacer conmigo?
—Proponerte un trato —contestó Alvar.
—Parece que el destino no desea separarnos —murmuró al dirigirse a ella.
—No hasta que cumplas tu palabra —contestó. Yarmun le dedicó una media sonrisa artera.
—La palabra empeñada implicaba al blasón que ahora portas; si no cumplí mi cometido, fue por circunstancias ajenas a mí, las mismas circunstancias que impiden que tú cumplas el tuyo —explicó y fulminó a Alvar con la mirada.
Deseó zanjar el cariz de aquel comentario, entonces replicó:
—De sobra sabes que he de entregar el cofre para salvar a mi doncella.
—Ya tienes a un gran guerrero dispuesto a ayudarte.
—El cofre se encuentra en el castillo de Calatrava, en los dominios del convento.
Yarmun sonrió abiertamente, su expresión brilló triunfal.
—¿Y cómo pensáis convencerme?
—Yo lo haré —profirió Alvar amenazante.
—¿Vas a torturarme?
—Podría, de ti depende.
El templario probó astutamente con amenazas físicas antes de emprender un trato material.
—No conseguirás nada así, y un hombre herido te sería inútil. Así que pon tus cartas sobre la mesa. Hay algo que deseo de ti.
Y miró intencionadamente a Jimena. Alvar lo agarró por la pechera de la túnica y lo sacudió con vehemencia.
—Aparte de ella —agregó raudo.
—Deja tus juegos si quieras conservar la dentadura. Habla claro, ¿qué quieres por entregarnos el cofre?
—Anoche estuve rodeado de tesoros magníficos y, a pesar de haber sustraído unos pocos, el oro ha surtido en mí un efecto bastante comprensible: la adicción.
—¿De qué demonios estáis hablando? —tronó Alvar.
Jimena palideció, el sarraceno sonrió gatuno y se humedeció los labios mientras disfrutaba del momento.
—Tu querida señora me llevó anoche a la cámara de los tesoros y me dejó elegir entre ellos. Ella tampoco salió con las manos vacías, he de confesar.
Alvar giró hacia ella, estupefacto. La alarma le pintó las facciones, abrió la boca ligeramente, los ojos parecieron salírsele de las órbitas.
Ella instintivamente se llevó la mano al cuello para buscar el colgante que aún llevaba en el zurrón.
En ese instante, deseó que se la tragase la tierra.
La expresión dolida del hombre que amaba la taladró.
Se sintió traicionado, decepcionado y desilusionado y, a pesar del variopinto y funesto abanico de emociones que en ese momento le pasaba por el rostro, logró mantener la compostura y dirigirse al prisionero, ignorándola a ella.
—Si no entregué el castillo, fue precisamente por esa cámara.
—Entonces ríndelo y tendrás el cofre.
Alvar bajó la mirada, el viento le acarició los negros cabellos sin conseguir llevarse la honda tristeza que lo asaltaba.
—Sé razonable —continuó Yarmun—, no resistirás nuestro asedio mucho más tiempo.
Podríamos derribar el castillo si quisiéramos, pero lo deseamos intacto.
Salvatierra está llamada a ser nuestra. El rey no acudirá en vuestra ayuda: se halla inmerso en una batalla en el norte. Estás acorralado y lo sabes.
Alvar apretó los dientes, pero no dijo nada. Giró y se alejó de ellos. Jimena, llorosa, lo dejó alejarse; supo que él necesitaba meditar sobre aquello y liberar su angustia. Aquel hermoso hombre justo y bueno, leal y generoso, se tambaleaba por el golpe.
De nuevo debía justificarse; sin embargo, su temor empezaba a hacerse realidad a juzgar por la mirada que le había dirigido.
Sus acciones podrían tornar el amor en odio, y eso la destrozaba, pues aquello no era sino fruto del infortunio y del nigromante camuflado entre ellos.
Alvar apoyó las palmas en un árbol e inclinó la cabeza.
—Lo has herido de muerte, jamás confiará en ti.
Jimena deseó lanzarse al cuello de Yarmun; la furia y el miedo la sacudían. Sus actos, atinados o no, eran cuanto podía hacer en un momento de desesperación.
—De hecho, me asombraría que alguien lograra hacerlo; recoges los frutos de tu carácter manipulador e interesado. Usas a los hombres a tu capricho y por eso perderás al único que realmente te importa.
—¡Cállate, maldito!
La impaciencia la carcomía. Prefería mil veces la ira y los reproches a aquel silencio desgarrador y sufriente. Decidida a recibir su merecido, se acercó a Alvar, que continuaba cogitabundo y pensativo.
—Tuve que hacerlo.
No contestó, ni siquiera la miró. El miedo creció en ella como la madreselva que ascendía por el tronco de un árbol, que, con sus ramificaciones, lo ocupaba todo y cegaba la esperanza. Tragó saliva, luchaba por contener el llanto.
—No aspiro a tu perdón, pero sí a tu comprensión.
Entonces el hombre se giró hacia ella y le dejó ver las ruinas de su corazón. Su mirada oscura, húmeda y apagada le anticipó sus palabras.
—No obtendrás ninguna.
Jimena no pudo soportar mirarlo, la piedra en su pecho tiró de ella hacia un abismo negro y frío.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
Ella negó con la cabeza sin levantar la vista.
—Que, si me hubieras pedido el colgante, te lo habría dado.
Ahogó un sollozo, apretó los puños y finalmente lo miró.
—Yo… —No pudo continuar.
—¡Basta! —rugió él—. Basta de excusas, de cargar tus culpas al destino, a cualquiera menos a ti. Las situaciones más difíciles nos oprimen para obligarnos a actuar con rapidez, pero la decisión final de nuestros actos es solo nuestra. Y siempre hay más de un camino a elegir.
Se le rompió la voz, sacudió la cabeza con vehemencia. Los ojos le destellaron furibundos.
—Y el camino que has elegido es el que tendrás que seguir.
—Vas a marcharte, ¿verdad? —logró pronunciar. Alvar la contempló con una mirada fría y decidida.
El mentón se le tensó; los labios se le apretaron, envaró el cuerpo.
—Renuncié a mi fe por ti, a mis hermanos, incluso a mi vida.
Cerré mis ojos para abrir mi corazón, pero ahora de nuevo los abro y ante mí veo a una mujer en la que no puedo confiar.
Ni siquiera estoy seguro de si el amor que dices profesarme está teñido de dobles intenciones.
En este momento, solo creo en dos cosas que has dicho: que no eres la mujer que merezco, si acaso merezco alguna, y que el destino nos separa, un destino que también manejas tú.
—Aceptaré lo que dispongas —asumió con las escasas fuerzas que le quedaban. Solo le restaba algo de dignidad para evitar echarse a llorar a sus pies.
—Mi ceguera, como ves, asumo mi culpa, me lleva a donde estoy ahora.
Y, aun así, se abren ante mí dos opciones: dejarte aquí con él y regresar a mi lugar, e intentar salvar el castillo, mis votos, y mi honor.
O ayudarte. Y elijo la segunda opción, pero no por ti, no, ya no.
Sino por Mencia y por atrapar a un asesino.
—Por ella haría esto y mucho más —replicó y Alvar retrocedió como si lo hubieran golpeado.
—¿Seducirme? ¿Utilizarme? ¿Engañarme? ¿Ella y tus reveladores evangelios lo valen todo?
—Mis sentimientos son verdaderos.
—Ahora no importan. Ahora sé que no vales mi renuncia.
—¡Maldita sea! —gritó exasperada—. Puede que no haya tomado el camino correcto, debí haberte confesado la amenaza que pendía sobre mí, pero, aunque lo hubiera hecho, ¿en qué habrían cambiado las cosas?
Alvar, colérico, la sujetó por los brazos y la sacudió para descargar su ofuscación.
—Lo había cambiado todo. Habríamos podido tenderle una trampa, ahora he de entregar el castillo. Un alto precio por mi necedad. Un precio que pagaré por el resto de mi vida.
La soltó y miró al prisionero, sus pensamientos parecieron perderse en el horizonte.
—Mi maestre me previno, y yo lo ignoré. Creí poder reconducirte, pretenciosamente me erigí como tu guardián y conversor; ahora, mi vanidad se estrella en mi cara.
Jimena abrió la boca, Alvar alzó una mano para detenerla.
—Es inútil seguir hablando, no requisaré lo que robaste. Adelante, ábrele los ojos al mundo, tu vanidad también te cobrará su precio.
Jimena liberó su dolor, las lágrimas brotaron incontenibles.
—Cuando creíste que te amaba, perdonaste mi desconfianza —musitó ella con amargura—, ahora decides valorar mis actos y no mi corazón.
¿Y sabes qué es lo peor de todo? —Utilizó sus propias palabras como golpe de efecto—.
Que probablemente volvería a hacer lo mismo.
Ese hombre amenazó con matarte si te interponías nuevamente en su camino y, francamente, prefiero perder tu corazón a tu vida.
Alvar permanecía envarado y distante. Nada de lo que ella pudiera decir lo haría cambiar de opinión. Todo había acabado entre ellos. En su fuero interno, siempre supo que sus destinos, aunque paralelos, continuarían separados.