Más allá del Temple CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

Rebuscó entre los talegos de la montura y sacó la pala que había guardado.

Fue directo hacia donde antaño se alzaba el cobertizo y se decidió por cavar en el centro.

Plantó una rodilla en tierra y clavó la herramienta con decisión.

Tras cavar un hoyo considerable, se desplazó un par de pasos y repitió el proceso.

Tan concentrado estaba en el trabajo, que no se percató de que Jimena le tocaba el hombro. Inmediatamente se detuvo.

—Mi madre lo enterró al fondo, en una de las esquinas.

La miró, las lágrimas le abotargaban los bellos ojos azules.

Endureció la mirada, aunque el corazón se le debilitó.

Se puso de pie y observó con atención. Acto seguido se encaminó hacia lo que consideró el fondo y se dirigió hacia una esquina.

Debía de serlo, pues, poco más allá, unas rocas impedían cualquier construcción.

Cavó y cavó, hasta que la punta metálica de la herramienta levantó un extraño bulto. Parecía un pequeño saco de sarga. Lo tomó entre las manos, le sacudió con delicadeza la tierra adherida y lo abrió.

Ahí, frente a él, se presentó un hermoso medallón finamente labrado y con un rubí en el centro. Debió de haber pertenecido a un cardenal o a un arzobispo. Lo dio vuelta y observó la parte trasera; una presilla aseguraba la tapa.

Miró a Jimena, que tenía una mano apoyada en el pecho, presa de una intensa emoción. Ella abrió la boca impresionada, tal vez por el blasón en sí, tal vez por los recuerdos. Alvar también recordó. Aquel fatídico día había poblado sus sueños en demasiadas ocasiones.

Se puso en pie frente a ella; el deseo por consolarla lo desgarró, pero la desconfianza lo detuvo.

La miró a los ojos y vio el dolor que la sacudía.

Le asió la muñeca y tiró de ella hasta alargar el brazo.

Le depositó el blasón en la palma de la mano.

Entonces, Jimena se derrumbó. Alvar la tomó en los brazos a tiempo.

Se la pegó al pecho y la acunó. Ella sollozaba para liberar cuanto sentía.

Se descubrió besándole el cabello, le limpió las lágrimas, la apretó contra sí como siempre había querido hacer.

Protegerla de todo y de todos, anidarla en su pecho, entregarle el alma y todo el amor que reventaba dentro de sí.

La condujo bajo un árbol cercano, se sentó, y a ella sobre el regazo.

—¿No me odias? —inquirió en apenas un susurro.

—Si pudiera, tal vez esto sería más fácil. Pero odiarte, sería odiarme a mí mismo, pues estás tan dentro de mi pecho que antepondría tu bienestar al mío, tu vida a la mía. Tu felicidad y tus deseos a los míos.

Ella lo abrazó con fuerza.

—Tuve que hacerlo, la vida de Mencia depende de este medallón.

Alvar abrió los ojos con asombro, aquello sí lo desconcertó.

—¡Cuéntamelo!

Jimena asintió, sin embargo se abrazó largamente a su cuello y profirió:

—Te amo, templario, con toda la fuerza de mi alma inmortal, con toda la pasión de este cuerpo mortal y vulnerable, y con toda la intensidad de un corazón indómito.

Alvar cerró los ojos para contener la emoción. El miedo a perderla brotaba ahora, la angustia, los celos, la desconfianza. Y supo que, pasara lo que pasara, sus destinos se habían sellado para siempre. Entonces, Jimena logró detallarle lo ocurrido.

* * *

Se cobijó en aquel cálido y amplio pecho, ese era su lugar, él era su destino.

Alvar le acariciaba la espalda con almibarada ternura, pero casi podía escuchar los resortes de sus pensamientos.

Cavilaba meditabundo, asimilaba la información y buscaba soluciones, pero también masticaba la decepción por su comportamiento.

—Es un hombre muy peligroso, siniestro e inteligente —comenzó con voz pausada—.

No se detendrá hasta alcanzar su menta, sea cual sea.

También es culto y de rango alto, lo que descarta a casi toda la población del castillo, la mayoría obreros y labriegos analfabetos.

Eso reduce considerablemente la lista de sospechosos, de manera que solo nos quedan los nobles, los caballeros y los clérigos.

—Entonces el culpable es una persona que frecuento o que veo a diario.

—Indudablemente —ratificó Alvar. Un escalofrío la recorrió.

—Puede que hasta compartas cama con él —añadió.

Jimena lo miró boquiabierta.

—No pensarás que…

—Siempre sospeché de él —afirmó—. Sabe demasiadas cosas que no están al alcance de cualquiera.

Es un hombre extremadamente inteligente e ilustrado, que se ha esforzado por pasar desapercibido; denota un carácter reservado y sombrío.

Sin embargo, en sus ojos brilla una chispa de inquina hacia el prójimo.

—Pero si siempre lo manejé a mi antojo… Alvar la censuró con la mirada.

—Porque él te lo permitió; dejó que todos pensaran que era un hombre pueril y sin carácter.

Yo mismo me sorprendí ante su flemática conducta.

Pero después fui descubriendo a otro hombre.

De lo que no tengo ninguna duda es de que esconde algo.

Además tengo en mi poder una nota incriminatoria que lo posiciona en el primer lugar de mi lista.

La noche del segundo crimen, él salió sin su compañero obligatorio.

—Eso no significa que haya matado a Isabel.

—No, pero tampoco hallo explicación para muchos de sus comportamientos y comentarios.

—Creo que sabe lo nuestro. Él me avisó al respecto y…

Como un relámpago fugaz, el recuerdo de aquella conversación la llenó de desazón.

Guillén le había dicho que como enemigo no tenía rival.

Esa amenaza ahora cobraba sentido. Pero no, no podía ser.

Guillén, el abnegado esposo, paciente y complaciente, se volvía contra ella.

Su extraño comportamiento podía haberse debido solo a los celos, nada más.

—Intuye lo que siento por ti, está celoso y resentido, eso es todo.

—¿Y su conocimiento sobre pentáculos, nigromancia, sobre lenguas muertas, sobre la historia de mi Orden, sobre plantas tóxicas?

—¿Plantas tóxicas? —repitió ella—. Guillén no tiene idea de eso. Las pócimas se las prepara el boticario, que tampoco tiene ni idea de nada, ¡si hasta desconoce las propiedades de la adormidera!

—¿Qué te hace suponer eso?

—Guillén sufre de insomnio, lo escuchaba caminar por los corredores hasta altas horas de la madrugada.

Una vez le pidió al boticario que le preparara un brebaje, y ni aun así…

—Se detuvo algo incómoda por lo que iba a decir, pero se decidió a continuar—.

En muchas ocasiones, cuando acudía a mi lecho, le cambiaba el brebaje por uno de adormidera que sí surtía efecto.

Los plateados ojos del hombre se posaron en ella con inquietud.

—El hecho de que dejara de acudir a tu cama no significa que durmiera en la suya.

—¿Y qué crees que hacía por las noches?

—Invocar a Adonay —contestó.

Alvar le confesó el descubrimiento de la sala circular y del libro que allí había descubierto.

—¿Qué has hecho con él?

—Esa misma noche, me escurrí hasta la biblioteca de Guillén con el libro en la mano.

Quería saber si entre aquellas filas de ordenados tomos había un hueco de su tamaño.

Pero no; habría sido demasiado fácil. No obstante, revisé el contenido de otros libros.

Para mi asombro, descubrí algunos volúmenes de hechicería y de plantas dañinas.

—Posee ejemplares de géneros muy diversos; eso no lo convierte en…

—No fueron los libros lo que me alertó — interrumpió él—, sino una flor.

Jimena frunció el ceño.

—Una pequeña y morada, con frutos negruzcos y olor nauseabundo.

—Belladona —adivinó ella.

Él asintió.

—Cuando saqué el volumen de hechicería y magia negra, descubrí al fondo del estante una bolsa repleta de estas flores. Encontré una en la cámara donde asesinaron a Isabel.

—Aun así, me cuesta tanto creer eso —musitó contrita.

—Desde luego, no son pruebas concluyentes. A veces, indicios que parecen claramente condenatorios encuentran una explicación lógica que los exime.

Jimena asintió y observó largamente el blasón que todavía apretaba en la mano. Los recuerdos de su madre la masacraron implacables. Respiró hondo e intentó alejar aquel dolor. Ahora no podía lidiar con él, ni lamentarse; ahora había que enfrentarse al mal y derrotarlo.

—Encontremos ese cofre y liberemos a Mencia.

Alvar asintió, ella hizo ademán de levantarse, pero él la detuvo. Su semblante adquirió gravedad.

—¿Por qué no confiaste en mí?

—Porque pensé que me encerrarías en una habitación.

Alvar entonces sonrió, lo que aligeró su ceño.

—Lo habría hecho —admitió—. Pero me habría encargado yo del problema.

—Entonces todo se habría ido al traste; ese hombre me vigilaba de cerca, por eso supo mis planes de huir, y Mencia habría pagado las consecuencias.

El ceño volvió a surgir, esta vez más pronunciado.

—Si no hubiera capturado a Mencia, habrías huido lejos de aquí y de mí.

Permaneció en silencio. Aquella decisión había sido la más dura de su vida.

—Pensé que sería lo mejor para ti. Para ambos. Todo nos separaba: tú tienes una misión, yo otra. Me asusté, me rendí, eso es todo. Pero habría huido con la esperanza de que tal vez, algún día, me siguieras.

Alvar le tomó el rostro entre las manos y le clavó una mirada airada.

—Si ahora estamos juntos, es porque yo sí creí en ti. Cuando supe que te habías ido con tu examante, no pensé que huías por él, sino por ese condenado blasón.

Jimena tragó saliva, se perdió en la plata bruñida de aquellos ojos y se sintió incomprendida y frustrada.

—Me vi acorralada —se defendió con indignación—. Mencia es mi segunda madre; si algo le pasara por mi culpa, nunca me lo perdonaría. Creo que mi decisión fue la más sensata que pude tomar teniendo en cuenta las consecuencias. Ese hombre quiere mi vida, lo sé. Suelo ser imprudente, pero no estúpida.

Alvar relajó la expresión, desplazó distraído un pulgar por la superficie de sus labios. Un cosquilleo la recorrió. Se sorprendió deseando un beso.

—He de confesar que, aunque realmente hubiera dudado de ti, te habría seguido, atrapado y encerrado en una habitación conmigo dentro.

Jimena tomó la iniciativa, enredó las manos en la nuca del hombre y lo atrajo hacia su boca. Alvar apenas tuvo tiempo de dejar escapar un gemido sorprendido, pero enseguida permitió que ella lo explorara.

El beso fue largo e intenso, una sensual demostración que afianzaba sus sentimientos y alejaba cualquier atisbo de duda. Luego, se separó y dejó a Alvar todavía obnubilado por la pasión. Le sonrió con vanidad y se puso en pie.

—¡Vamos, templario, tenemos un mapa que leer!