CAPÍTULO 23 #2
Jimena prefirió no replicar, bajó la mirada a modo de despedida, giró y encontró los ojos enigmáticos de Yarmun.
El califa alzó la mano, y Yarmun acudió raudo. Conversaron en susurros y, tras asentir con gravedad, el sarraceno hizo una reverencia y la sacó de allí.
—Lo has impresionado gratamente —musitó con semblante adusto.
A Jimena le extrañó el desagrado de Yarmun.
—¿Y eso es malo?
—Me temo que sí.
La condujo entre tiendas hasta llegar a la suya. Un soldado se cuadró ante él y se retiró para permitirle el paso. Jimena se detuvo y lo miró acusadora.
—Solo voy a buscar algunas cosas que necesitaré —se defendió.
—Bien, te esperaré aquí —objetó ella.
—¿Prefieres estar expuesta a la lascivia de mis hombres? No todos controlan sus necesidades tanto como yo.
Jimena lo fulminó con la mirada y lo siguió al interior.
Observó cómo el hombre llenaba un saco con algo de comida y tomaba una especie de mapa y algunos enseres. Después se dirigió a un cofre, lo abrió y sacó un odre de piel. De un rincón aparecieron dos copas de metal, que él llenó con un líquido morado y denso.
—El mejor vino de todo el al-Andalus; hemos de entrar en calor.
—Yo ya estoy caliente —replicó ella.
El hombre le dedicó una sonrisa seductora y le ofreció una copa.
—No lo suficiente todavía. Jamás pude borrar de mi memoria tu ardor, mi señora.
Jimena enrojeció, aquello estaba tomando un cariz peligroso. Le arrebató la copa con brusquedad y se la bebió apresurada. Sintió el líquido descenderle por la garganta, terso y delicioso. Comenzó a caldearle el interior y soliviantó parcialmente el desasosiego que le pendía en el pecho.
—¿Satisfecho?
Yarmun apuró la copa de un solo trago y la miró con intensidad.
—Francamente, no.
Y, de improviso, se abalanzó sobre ella, la estrechó entre sus brazos y la besó con pasión.
Jimena se debatió con furia; el sorpresivo ataque logró que la lengua del hombre penetrara en su boca en busca de pasión.
Ella gruñó y empujó sin resultado alguno.
Logró retroceder con él pegado a su cuerpo hasta que tropezó con algo.
Ambos cayeron sobre la alfombra. Con él convenientemente encima, ella se vio atrapada.
Decidió simular su rendición y dejó de pelear.
—Ahora, mi pequeña fiera indomable, reanudaremos lo que nunca debió terminar.
—¿A pesar de saber a quién pertenece mi corazón?
—A pesar de eso, sí. Soy un hombre paciente; además, me debes un gran favor.
Jimena arqueó las cejas, inquisitiva.
—El gran califa ha sucumbido a tu ingenio, ya barruntaba la idea de quedarse con vos. Un robo por otro, dijo. Yo lo convencí de que una rebelde en el harén solo traería sinsabores a su vida.
—¿Un robo por otro?
—Esta noche, nuestro querido templario y tres de sus hombres entraron en mis dominios, robaron parte de mis víveres, mataron a dos de mis guardias e incendiaron el almacén. Si no hubiera sido por la lluvia, nos habríamos quedado sin provisiones. Por eso estaban tan alterados cuando nos encontraron.
Jimena cerró los ojos. El dolor del pecho se le agudizó al instante; pensar en él la desgarraba.
—Ese monje tiene el valor de un demonio. He de confesar que siento admiración por él. —La mirada de ónix del apuesto musulmán la sobrecogió—. Y envidia —agregó con voz ronca.
De nuevo se cernió sobre ella. Jimena, veloz, apartó el rostro.
—Seré tuya —aceptó—. Pero cuando Mencia este junto a mí. Comprenderás que mi ardor se apague ante tal preocupación.
Yarmun la contempló largamente. Finalmente, asintió.
—¿Acabas de empeñar vuestra palabra como yo empeñé la mía? —inquirió con astucia.
No tuvo otro remedio que asentir. Habría usado las tretas y los artificios que fueran necesarios para reconducir aquella situación nuevamente a su favor.
Estaba en su campo, bajo su autoridad, completamente a expensas de él.
Tan solo podía esgrimir el juramento de Yarmun apelando a su honor y a sus propias mentiras.
—De acuerdo, partamos entonces.
Y, así, salieron del campamento a caballo. Ella en la misma montura que Yarmun, abrazada a su cintura para afianzar su posición ante el acelerado galope del corcel. Un solo pensamiento flotaba funesto ante ella: el bienestar de Mencia.
* * *
Alvar había seguido las huellas hasta el campamento enemigo.
Su primer escollo había sido atravesarlo y, para eso, tuvo que dar un gran rodeo hacia la parte sur, donde la montaña en la cual se alzaba el castillo se fraccionaba en un estrecho desfiladero.
Cabalgó durante toda la noche. Sabía a dónde se dirigían.
El condenado blasón, esa endemoniada obsesión por encontrarlo la llevaba a cometer una locura tras otra.
Ya era hora de detenerla, de entregárselo para que pusiera fin a aquel despropósito.
Y solo él podría ayudarla, pues no tenía ninguna duda de que Yarmun se lo arrebataría para su señor.
Una vez más, confiaba en la persona equivocada.
Si hubiera esperado, no estarían arriesgando la vida por un motivo tan vacuo y estúpido.
Atravesó una zona boscosa, un rodal de altos cipreses y añejos nogales que se abrían a una hermosa ladera. No estaba lejos del antiguo cobertizo. Cuando el sarraceno lo mencionó, supo al instante dónde se encontraba.
Se trataba de una decrépita cabaña donde se guardaban los aperos de labranza. Al trasladarse al interior del castillo de Alarcos, dejó de usarse y fue desmontada en su totalidad.
Espoleó al caballo para aumentar el ritmo, el rodeo lo había retrasado inevitablemente, y podría correr el riesgo de perderlos.
Saberla junto al ladino Yarmun lo enfurecía.
Habían sido amantes. Él de seguro querría reconquistarla y para lograr su propósito utilizaría cualquier infame artimaña.
Los celos, la ira y una honda decepción lo corroían.
Ella le había confesado que lo amaba, parecía genuinamente sincera.
Pudo sentirlo, lo vio en su mirada y, sin embargo, lo engañaba y huía de él.
Ahora comprendía sus confusas palabras, el mensaje soterrado tras ellas.
Le habían sonado a despedida, y en realidad lo eran.
No entendía nada; después de abrir su corazón, ella cerraba el suyo, ¿por qué?
Si de algo estaba seguro, era de que lo averiguaría.
De repente, la montura se inquietó. Resopló y olfateó el aire.
Tiró de las riendas y detuvo la marcha. Después de la tormenta, la tierra se había convertido en barro, y persistía el olor a humedad y a pino fresco.
Aquello amortiguaba los cascos del caballo.
Avanzó con precaución y oteó entre los árboles antes de aventurarse a campo abierto. Y entonces los vio.
Habían atado la montura a la gran encina y caminaban con la mirada al suelo.
Observó complacido que la dirección que tomaban no era la correcta.
Le habría gustado haberse adelantado, pero, puesto que era completamente imposible comenzar a cavar a ciegas sin que ellos lo vieran, decidió galopar hacia donde se encontraban.
Al principio no repararon en él, pero, cuando Yarmun levantó la vista y lo descubrió, desenfundó la espada y se puso en posición de ataque. Alvar imitó el gesto, pues se encontraba a pocos pasos. Se fijó en Jimena, que lo contemplaba horrorizada.
Entonces, detuvo al caballo y se apeó de un salto. Un hombre que montaba estaba en superioridad de condiciones, y aquella tenía que ser una lucha justa.
Enarboló la espada frente al pecho, hacia arriba en línea recta, y caminó con paso decidido sin apartar la vista de su oponente. Ya se había enfrentado a él; era un buen espadachín, pero, en terreno abierto, las cosas cambiarían.
Las últimas zancadas fueron casi a la carrera. Yarmun lo recibió con el acero en alto. Alvar frenó la acometida con dureza. Las espadas entrechocaron, rechinaron de dolor, ambos sopesaron sus fuerzas y se miraron a los ojos. Finalmente, el templario giró la muñeca con habilidad y liberó el arma.
Yarmun atacó de nuevo. Embestidas rápidas y precisas, que Alvar detuvo una y otra vez, mientras observaba la técnica de su rival. Su mente fría le permitía estudiar cada movimiento y anticiparse con bastante rapidez, mientras se defendía con holgura.
Tras otra feroz arremetida del general, Alvar logró apartarse y el sarraceno se desestabilizó. Le fue fácil lanzarle una patada y derribarlo.
En la caída perdió la espada, así que el templario lanzó la suya y se cernió sobre él, que ya se levantaba cuando recibió un tremendo puñetazo que lo hundió en el fango.
Yarmun no tuvo ninguna posibilidad en el cuerpo a cuerpo.
A Alvar le habría sido fácil destrozarlo a golpes, sin embargo, lo tomó por el pelo, le alzó la cabeza y siseó:
—Puedo partirte el cuello ahora mismo o puedo dejarte vivir si contestas algunas preguntas. ¿Qué decides?
—Hoy me encuentras con ganas de hablar. Alvar contuvo una sonrisa.
—Lo imaginaba, eres un hombre sensato.
—No en lo que a mujeres se refiere, aunque me temo que compartimos esa particularidad.
Ambos repararon en la presencia de Jimena a unos pasos de allí, temblorosa y asustada. Alvar posó los ojos en la hermosa túnica árabe que llevaba y que le realzaba las voluptuosas curvas, una prenda sin duda regalada por Yarmun. Los celos lo corroyeron.
Lo levantó del suelo con brusquedad y lo llevó a empujones a la enorme encina en la que habían amarrado el caballo. Tomó una soga de las alforjas y le ató las muñecas a la espalda.
Silbó y su imponente caballo negro, investido con el manto templario, sacudió las crines, relinchó y acudió a su encuentro. Después miró gravemente a Jimena.
Ella apenas si pudo aguantar la dureza de aquella mirada; bajó la cabeza durante un instante, respiró hondo y de nuevo se atrevió a enfrentarlo.
Alvar sintió deseos de correr hacia ella y estrecharla entre los brazos, pero también de ponérsela sobre las rodillas y azotarla.
No hizo ninguna de las dos cosas, ni siquiera le dirigió la palabra.