CAPÍTULO 23
La noche se fragmentó en mil pedazos, nada en comparación con los millares de piezas rotas que conformaban su corazón.
Una maraña de zigzagueantes líneas azuladas, brotaban de las nubes, con violencia inusitada, aterrizaban en la tierra y devastaban con su furia los desafortunados troncos que encontraba en su camino. Jamás había presenciado una tormenta como aquella.
Caminaban a buen paso, empapados hasta los huesos y atemorizados por los elementos, que sin duda se habían confabulado contra ellos. Yarmun la ayudaba a descender aquellos endiablados montículos rocosos, a sortear los charcos más profundos y, a cada paso, la interrogaba con la mirada.
Jimena, cada tanto, contemplaba el paisaje ante ella, buscaba con desesperación algo que despertara sus recuerdos. Debía atravesar las líneas enemigas, algo fácil, pues la acompañaba uno de sus generales, pero arriesgado a la vez, pues en su fuero interno sospechaba que Yarmun, tenía otros planes.
Lo único que se le ocurrió fue encaminarse a la villa de Alarcos y, desde allí, prestar absoluta atención a su alrededor.
El cobertizo ya no existía, pero recordaba, un árbol en particular.
Una encina, de grandes dimensiones y tronco extrañamente retorcido, donde su madre y ella habían descansado bajo su sombra, el cobertizo quedaba a pocos pasos de allí.
Se acercaban al campamento almohade. Un revuelo inesperado surgió ante ellos. Los soldados corrían de un lado para otro, en busca de algo. Se gritaban entre ellos, y parecían nerviosos y alterados.
Yarmun frunció el ceño con preocupación.
—No podemos cruzar la línea como fugitivos, están demasiado alerta y, si nos descubren, ni tiempo tendré de revelarles mi identidad. Hemos de ser cautos y presentarnos ante ellos con las manos en alto en señal de rendición. Después, no habrá problema.
Jimena tragó saliva, no confiaba en él, se detuvo.
Yarmun sonrió, su blanca dentadura resaltó en la penumbra que la capucha confería a su rostro.
—Lo juré por el profeta —le recordó—. Aunque no me será fácil escabullirme del califa, habrás de ser paciente. Mientras tanto, me temo que tendrás que permanecer como mi invitada.
—¡No! —tronó Jimena con voz estrangulada—. Mencia corre peligro, he de regresar cuanto antes. Si algo le pasa yo…
No pudo continuar. El miedo la atenazaba con una cadena helada y pesada en torno a su pecho que la apretaba inmisericorde a cada instante.
Aquella nota hundió sus esperanzas, cambió radicalmente sus planes.
Al diablo con todo, el blasón, su promesa, su misión.
Nada le importaba. Tan solo recuperar a Mencia sana y salva, huir de allí tan lejos como pudiera y empezar una nueva vida.
Una meta lejana y llena de obstáculos, al parecer. Debía cumplir a rajatabla, lo dictado en aquella caligrafía alargada y escalofriante. Regresaría con el maldito cofre, lo entregaría y pelearía por su vida y la de su segunda madre. Y esta vez, no fallaría.
—Confía en mí. Ahora mismo he de presentarme ante mi califa, explicarle que me has ayudado y entregarle estos presentes.
Sacudió la bolsa que cargaba sobre su hombro y de nuevo sonrió, esta vez más abiertamente.
En la cámara de tesoro, ambos habían expoliado a la Iglesia.
Ella había sustraído sus ansiados evangelios secretos, que escondió sabiamente al fondo de la biblioteca de Guillén.
Yarmun, por su parte, había cargado con todo el oro que pudo reunir: en forma de cálices, cetros, hisopos enjoyados, medallones y sellos reales.
Los tesoros de mayor tamaño permanecían en su lugar.
—Explícaselo después —exigió furiosa.
—Preciosa, no pienso recorrer la comarca cargado con todo esto.
Su voz, melosa y confiada le puso los pelos de punta. Se le antojaba un gato confiado y travieso jugando con su presa.
—Además —continuó—, no es la noche ideal para buscar nada, excepto el calor de otro cuerpo. —Sus ojos brillaron taimados bajo la capucha—. Mañana, con las primeras luces del alba, partiremos bien equipados.
—No —insistió Jimena—. Concedo que hables con el califa, y le entregues el botín. Pero partiremos esta misma noche; no pienso descansar aquí.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza y chasqueó la lengua, la miró burlón y acarició sutilmente la mejilla de la mujer.
—Eres difícil de convencer —murmuró—. Tal vez cuando veas la comodidad de mi tienda…
Jimena retiró asqueada la cabeza y se alejó unos pasos de él.
—Preferiría dormir a la intemperie, seguro que estos relámpagos son menos peligrosos que tú.
Yarmun estalló en carcajadas.
—Eso, preciosa, ni lo dudes. Escucharon pasos acercarse.
—¡A mí la guardia! —gritó en árabe.
Al instante apareció un grupo reducido de soldados que los apuntaron con sus afiladas lanzas.
Ambos alzaron las manos y se pusieron de rodillas.
Yarmun se quitó la capa y habló con rapidez.
—Soy el general Yarmun ibn Riyah, general de los ejércitos del califa Muhammad al-Nasir. Me apresaron hace dos semanas, y hoy he logrado escapar. Exijo que me llevéis ante mi señor.
Los levantaron bruscamente y los escoltaron como prisioneros.
La tienda del califa, era amplia, escarlata y ostentosa.
Jimena, maniatada, permaneció en la entrada, bajo la atenta mirada de los guardias, que recorrían su cuerpo con evidente interés.
Nerviosa, pero agradecida de hallarse bajo cubierta, observó con atención la opulencia que la rodeaba.
Hermosos candiles dorados iluminaban la estancia.
Sobre el suelo alfombrado, decenas de cojines forrados en sedas se amontonaban en torno a una hermosa mesa baja, ricamente labrada.
Más allá, velos de colores intensos dejaban translucir una grandiosa cama.
Al fondo otra mesa baja, pero más larga, también rodeada de mullidos y elegantes cojines.
Allí, el califa que atendía a Yarmun ojeaba en dirección a Jimena, al tiempo que escuchaba en silencio el relato de su general. Ella no podía oír la conversación, pero la mirada inquisidora y curiosa del gran califa al-Nasir puso en su pecho un mal presentimiento.
Empezaba a tiritar, sus ropas empapadas resultaban demasiado pesadas, y la impaciencia comenzó a aguijonearla. Poco después, Yarmun se acercó a ella y la sacó agarrada del brazo.
—Todo va bien, está contento, el oro suele ejercer ese efecto en los hombres.
—Pues no lo parecía —opinó ella, incrédula.
—Es un hombre reservado. —Salieron de nuevo a la lluvia—. Quiere conocerte y hacerte algunas preguntas.
Llamó a uno de los guardias y le susurró algo al oído.
—¿Y por qué no me has presentado?
Yarmun contempló sus ropas con una media sonrisa sardónica.
—Estás empapada, encanto. Y, aunque a mis ojos sigues pareciendo una diosa, comprenderás que no estás presentable para conocer a un califa. Habrás de secarte y cambiarte. Las mujeres te prepararán adecuadamente, no creo que te opongas a eso, ¿no? Te estoy salvando de una pulmonía.
Confundida, se dejó arrastrar por él.
—De acuerdo —aceptó—, pero cuando conteste sus preguntas nos marcharemos.
Yarmun no respondió, solo le regaló una sonrisa turbia que le erizó la piel.
Cuando salió de la tienda de las mujeres, se sintió extraña, envuelta en una hermosa túnica de suave seda azul añil, con bordados en hilo de plata en el escote en “v” y en ambas mangas. Y sobre ella, una capa a juego con una gran capucha.
Fue llevada de nuevo a la tienda principal.
Yarmun, que conversaba con varios hombres, se volvió con una sonrisa que se congeló en su rostro. Sus ojos brillaron, su expresión se tornó en asombrada admiración.
—Sublime —musitó ensimismado.
Avanzó hacia ella y la tomó de la mano. Jimena guardó silencio, su incomodidad creció cuando el califa posó sus ojos en ella.
Muhammad al-Nasir, cuarto califa de la dinastía almohade, era joven y parecía tímido. Sus rasgos físicos resultaban exóticos en un hombre musulmán, pues poseía unos brillantes ojos azules, tez clara y cabellos y barba rubios, claramente heredados de su madre, una esclava cristiana llamada Zaida.
—Un ejemplar soberbio, sin duda —coincidió al- Nasir.
—Si desea preguntarme algo, apresúrese; no tengo tiempo que perder —intervino ella, impaciente.
El califa abrió los ojos como si le hubieran golpeado en el estómago y permaneció así hasta que las comisuras de los labios comenzaron a ensanchársele para formar lo que pareció una sonrisa contenida. Finalmente, y para el asombro de todos, estalló en una abrupta y larga carcajada.
—Conque no tenéis tiempo para mí… —dijo entre risas—. Jamás me habían dicho algo así.
Jimena se cruzó de brazos y aguardó visiblemente malhumorada.
—Poseéis coraje además de belleza.
—Lo que no poseo es tiempo —objetó de nuevo.
El califa de rostro cetrino, huesos finos, nariz aguileña y barba acabada en punta sacudía la cabeza de un lado a otro y reía a mandíbula batiente.
—Por el profeta, sois única en vuestro género, os lo aseguro. Un descubrimiento de tal calibre no puede evaporarse ante mis ojos.
—Vuestro general juró por ese mismo profeta ayudarme en mi cometido. Y, dadas las circunstancias, no querréis contrariarlo.
—Deslenguada y atrevida, me sorprende que hayáis gozado entre cristianos de la libertad necesaria para forjar el carácter que mostráis.
—Todavía no me habéis formulado ninguna pregunta.
—Sin embargo, ya he conseguido uno de mis deseos: conoceros. En cuanto a las preguntas, me bastará con una sola.
—Adelante.
—¿Por qué renegáis de vuestra religión?
—Porque nunca lo fue, jamás anidó en mi corazón, y es a él al que debo serle fiel.
—Un corazón indómito, a mi parecer.
—Es el único que tengo.
El califa rio nuevamente, se atusó la barba y la miró claramente complacido.
—¡Formidable! Si la mitad de mis hombres poseyera vuestro talante, esta península hace tiempo que estaría en nuestro poder.
—Solicito permiso para retirarme —adujo hastiada.
—Retiraos, debéis de estar agotada —concedió e inclinó cortésmente la cabeza.