Más allá del Temple CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Empujó a Yarmun con todas sus fuerzas, logró separarlo lo justo para doblar ambas rodillas y apartarlo de una fuerte patada.

Él lanzó un quejido justo antes de alcanzar el suelo.

Jimena rebuscó en su cinto la daga que llevaba oculta y la esgrimió veloz al tiempo que saltaba de la cama y lo amenazaba.

—Ya te advertí, maldito canalla; sal de este cuarto si no quieres que te rebane el pescuezo.

La indecisión de Yarmun la llevó a acercarse con el puñal en alto.

—Tranquila; me iré, pero antes te diré algo. Yo nunca te juzgaría, ni te censuraría. Te aceptaría tal como eres, te idolatraría. Sería tu compañero, tu amigo, tu amante, tu secuaz; cuanto me pidieras lo pondría a tu alcance. Piénsalo.

Yarmun esperó alguna reacción.

—No tengo nada que pensar. Tal vez la antigua Jimena habría aceptado tu propuesta, pero la que tienes frente a ti nunca lo hará. Ahora me guía el corazón, pero no creas que no lo lamento, porque duele y mucho. No obstante, para desgracia de ambos, la mujer que un día conociste murió.

Desilusionado, se encogió de hombros; aquel gesto fútil no aligeró la gravedad de su semblante.

—Tu asesino duerme a la intemperie mientras lucha con sus propios demonios, ¿me equivoco?

—No te molestes en atormentarme, ahora déjame descansar un rato.

—Tenía que intentarlo —musitó con pesar.

—Hoy ya has conseguido un castillo; tu suerte acaba ahí, no abuses de ella —recriminó con desprecio.

* * *

A la hora convenida, Jimena se incorporó como un resorte y prácticamente saltó de la cama, luego salió del cuarto para unirse a Yarmun.

La luna llena era un enorme orbe nacarado que asomaba imponente sobre las nubes, su blanquecino resplandor plateaba lápidas, alargaba sombras y confería un toque siniestro al lugar.

Un búho ululaba en un árbol cercano, susurros extraños de hojas, ramas quebradizas y el silbido cortante del viento otorgaban al ya tétrico entorno un halo de ultratumba bastante acorde, que conseguía aumentarle los latidos; hasta le pareció escuchar los quejidos de algún alma condenada.

Gracias al plenilunio, se podían leer las inscripciones de las tumbas con bastante claridad. El lugar no era muy extenso, no obstante, estaba bastante abarrotado. Decidieron empezar cada uno por un extremo. Ya se encontraban casi en el centro cuando el sarraceno la llamó con urgencia.

—¡Aquí está!

Era una lápida pequeña, torcida y casi oculta por una hiedra. Occulta veritas . Pasó los dedos por la piedra y apartó el espeso arbusto.

—Casi no reparé en ella.

Jimena se agachó, sacó la daga y empezó a cavar. Yarmun la imitó. Al cabo, las puntas de sus cuchillos rasparon un duro objeto. El corazón de Jimena se aceleró.

Con delicadeza apartó la tierra con las manos hasta palpar un rectángulo de esquinas redondeadas.

Excavó hasta que logró liberarlo. Él se limitó a observarla y a vigilar la entrada del camposanto abandonado.

Obviamente, el convento había perdido su uso, tan solo el interior de la capilla era utilizado los viernes para la lectura del Corán.

Limpió meticulosamente la tapa abovedada del cofre. Parecía madera de nogal con adornos dorados. Era más grande de lo que había imaginado.

Yarmun empujó la tierra con el pie para rellenar el hueco y a continuación la pisó para allanarla.

—Vamos —urgió—. Este sitio me pone los pelos de punta, me ha parecido ver un monje bajo aquella galería.

—Eso es del todo imposible.

—No me refería a un cuerpo real —interpuso él.

Jimena lo miró incrédula. No esperaba que un general almohade creyera en esas cosas.

—Bajo nosotros, yacen cuerpos sin vida reducidos a ceniza, las almas, sobre todo las afligidas, moran inquietas sobre la tierra y recorren los lugares que frecuentaban. Hubo mucha aflicción en este lugar, puedo sentirlo.

—Sobre todo la de mi madre —murmuró contrita.

Imaginó los abusos que había sufrido a manos del hermano Osorio, rememoró el horror de aquella noche, y un gélido escalofrío la sacudió. Se envaró y miró a su alrededor.

—Yo maté al hermano Osorio porque maltrataba a mi madre —confesó.

Yarmun la contempló petrificado.

—Era una niña, puede que su alma recorra estos pasillos, incluso puede que ahora me esté mirando.

El hombre, aterrado, miró en derredor con ojos desorbitados.

—Y, si lo hace —continuó—, le diré que me gustaría verlo, tenerlo frente a mí para poder matarlo de nuevo.

Yarmun la tomó del brazo y la arrastró entre matojos y tumbas olvidadas.

—¡Calla, insensata! Se ha de respetar a los muertos si quieres recibir el mismo trato.

—Dudo de que los muertos tengan ya algún poder.

—Acabas de hacer una invocación, y en un camposanto para colmo de males. Salgamos de aquí, y reza a tu dios para que te guarde de ese tal Osorio.

Jimena se dejó arrastrar fuera del convento mientras lo miraba ceñuda.

—Puede que lo haga, pero para que me guarde de los vivos.

—Hay un versículo en el Corán en el que el profeta Muhammad dice: “El valor de este mundo comparado con el del más allá es como lo que vuestro dedo saca del mar cuando lo introducís en él y cuando lo sacáis”.

La vida terrenal es apenas una gota comparada con el océano que nos aguarda en la otra vida.

No subestimes lo que pasa allí, ni a los que moran allí.

Yarmun le entregó un saco, y ella introdujo el cofre a pesar de que las puntas de los dedos le picaban por las ganas de abrirlo.

Se deslizaron entre las tumbas, caminaron bajo la penumbrosa arcada de la galería que conducía a la salida y, ya fuera del convento, entraron al patio de armas cuando un inesperado revuelo los sorprendió.

El rastrillo descendió quejumbroso tras dejar pasar una veintena de jinetes; el último arrastraba un prisionero que caminaba dando traspiés. Ahí estaba el quejido que antes había escuchado. Se escondieron presurosos tras una columna y atisbaron subrepticiamente la comitiva.

El grupo se detuvo, los jinetes desmontaron; el de mayor rango se acercó al capitán del castillo. Hablaron mientras miraban al prisionero, que se había desplomado.

Cuando Jimena posó los ojos en aquel desdichado, el corazón se le detuvo. La capa blanca con la inconfundible cruz roja en el centro: era su templario.

Yarmun la sujetó temeroso de que cometiera alguna imprudencia.

—Hemos de filtrarnos en el castillo antes de que descubran nuestra ausencia; de seguro querrán interrogarlo y requerirán mi presencia.

Jimena asintió, un miedo primario la invadió. El hombre pareció notar su angustia. La tomó por la barbilla y la miró a los ojos.

—No temas por él —la tranquilizó—. Lo sacaré de aquí.

Corrieron pegados a los muros, sumergidos en las sombras. Entraron por las cocinas y, aunque el hogar permanecía encendido, nadie parecía vigilarlo. Ascendieron la escalera de servicio y recorrieron los laberínticos pasillos hasta la alcoba justo cuando unos acelerados pasos resonaron tras ellos.

Entraron en el dormitorio con el corazón en la boca. Yarmun comenzó a desvestirse con premura.

—¡Rápido, ocúltate!

Jimena se metió en la cama y se tapó hasta el cuello. El musulmán, en camisa, se despeinó y la miró inquieto. En ese instante, golpearon sucintamente la puerta. Dejó pasar un tiempo prudencial y la abrió simulando un bostezo.

—¡General, el capitán lo necesita en el salón principal!

Yarmun se volvió hacia ella intencionadamente para permitir que el soldado, algo ruborizado, la contemplara en la cama.

—Debes disculparme, querida, pero he de marcharme; prometo regresar antes de que se enfríen las sabanas.

Recogió sus ropas y salió.