Más allá del Temple CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Por fin, su boca se abrió; sus cuerdas vocales se timbraron para dejar escapar toda la angustia vivida.

Libre del yugo de aquella parálisis aterradora, comenzó a convulsionarse, presa de espasmos violentos que la sacudían como una muñeca de trapo zarandeada por una niña caprichosa.

Sintió que unas fuertes manos intentaban sujetarle el cuerpo.

Reconoció el angustiado rostro de Mencia sobre ella, pero el pánico más absoluto todavía la sacudía y la aprisionaba en una catarsis de emociones extremas.

Irónicamente, ahora no podía controlar los movimientos espasmódicos de sus músculos, como antes no había logrado moverlos.

Y esa carencia total de control sobre sí misma acrecentaba el terror y le aceleraba el pulso.

Los latidos eran tan violentos que pensó que el corazón acabaría por reventarle en el pecho.

Mencia movía los labios, pero ella no lograba escucharla; el desgarrador alarido que provenía de su garganta silenciaba todo lo demás.

Un rostro se alzó entre los demás. Sintió que la incorporaban de la cama y la abrazaban con fuerza, en un intento por inmovilizarla. Y, por alguna extraña razón, se sintió reconfortada. Su cuerpo comenzó a languidecer entre los brazos de Alvar y la extraña mirada de su esposo. Gritó, gritó y gritó.

—Estás a salvo; shh… todo pasó. No temas, no permitiré que te hagan daño… Descansa, estás a salvo.

Su voz grave, cálida y preocupada la acarició. La arrulló como a un gatito, le mesó el cabello, le susurró al oído palabras tranquilizadoras. Hasta que un molesto carraspeo envaró a Alvar, y la alejó de su pecho en el acto.

—Agradecemos su intervención, capitán — comenzó Guillén en tono seco—; no obstante, creo que su presencia será más útil fuera de esta alcoba.

—No me dejes —suplicó Jimena y se cobijó de nuevo en su pecho.

Sin embargo y, aunque parecía reticente, Alvar la separó de nuevo.

Sus ojos de gato brillaban con una emoción que ella ya conocía.

Y, en medio del pavor sufrido, de la escalofriante voz del hombre que la había asaltado y de la misión encomendada, las palabras de Alvar, cuando pensaba que dormía, habían sido el único bálsamo que había aligerado su corazón.

—He de regresar con mis hombres; vuestro esposo cuidará de vos debidamente.

—No me separaré de tu lado, querida. —Guillén intentó imprimir en sus palabras calidez sin conseguirlo, su tono se pareció más a una amenaza—. En realidad, vas a trasladarte a mi dormitorio.

Jimena fijó los ojos en Alvar, que permaneció impasible, ocultando sabiamente sus emociones.

—De todas formas, voy a ordenar que tapien esa puerta —anunció el templario, que ya se ponía en pie.

Jimena giró la cabeza para seguir la mirada de Alvar.

Descubrir la puerta junto a la cabecera de su cama la paralizó.

Instantáneamente, el horror sufrido regresó a ella con renovado vigor.

Imaginar las veces que habría sido observada, lo expuesta que había estado ante la maldad de aquel hombre la superó.

Comenzó a temblar, las lágrimas brotaron sin control.

La máscara de Alvar no logró esconder lo que sentía. Vio con claridad que ardía en deseos de consolarla de nuevo, que luchaba contra aquel impulso que parecía desgarrarlo.

Jimena bajó la mirada para controlar el deseo de arrojarse en sus brazos. Sin embargo, fue otro pecho el que cobijó esa angustia, otras manos las que le acariciaron el cabello, otra voz la que susurraba consuelo.

—Estarás bien, amor mío —murmur Guillén mientras le besaba las mejillas.

Entre lágrimas, vio cómo Alvar se alejaba y cerraba la puerta tras de sí.

* * *

Habían transcurrido dos días y Jimena ya había forjado un plan.

El sol anunció el mediodía; caía perpendicular sobre el patio, barría cualquier atisbo de sombra y sumaba agotamiento a los combatientes que, sudorosos, subían y bajaban de las almenas, trasladaban órdenes, disparaban flechas y enarbolaban escudos.

Se deslizó subrepticiamente a las mazmorras, en un momento en el que pudo aprovechar el incesante y extenuante ataque al que los sometían los almohades, con la intención de liberar al único hombre capaz de ayudarla.

Conseguir tal favor no iba a ser fácil, pero estaba dispuesta a todo. Tenía que encontrar el blasón y huir de allí con Mencia.

No pensaba entregarlo, pues en lo más recóndito de su ser sabía que aquel hombre no la dejaría con vida.

Su fuero interno también le habló de lo terrible que sería entregar algo tan valioso al poder del mal. Sus padres murieron por proteger esa reliquia, y ni loca permitiría que sus muertes resultaran vanas.

Huir era la única salida, acompañada de su amada Mencia, la única persona imprescindible para ella.

Alejarse de Guillén, además de protegerlo, la liberaba de una unión hipócrita y ya sin sentido.

En cuanto a Alvar, su corazón se encogía ante la idea de no volver a verlo; sin embargo, ese mismo sentimiento le daba fuerzas para huir.

No era que huyera de algo que comenzaba a crecer peligrosamente, no, pues lo que sentía era ya tan grande, tan intenso, que ni se planteaba la absurda posibilidad de contenerlo.

No obstante, y a pesar de saberse correspondida, aquella flor que le reventaba en el pecho estaba condenada a morir.

No había futuro para ellos, sus destinos simplemente se habían cruzado para sembrar en sus corazones lo que sería un hermoso recuerdo al que acudir.

Sus caminos seguirían por sendas contrapuestas, lamentablemente.

Alvar la amaba, aún sin confiar en ella. Aceptaba sus defectos y la veía como una mujer promiscua y sin escrúpulos, pero, como él bien había dicho, habría muerto por ella, sufrido por ella, luchado por ella.

Y esa certeza impuso en ella el deber de salvarlo de todo eso. Se lo debía, como debía tantas cosas por las que ahora pagaría.

Como imaginó, nadie custodiaba al único prisionero. Dejó en una esquina el hatillo en el que había metido tres capas con capucha y algunas de sus pertenencias. Se acercó a la única celda iluminada y respiró hondo.

—Yarmun —musitó con decisión.

Escuchó el restallar de las cadenas, seguido de unos pasos.

De entre las sombras emergió la esbelta figura del hombre. Sus pequeños y hundidos ojos, negros como el ónix, la taladraron.

—La traidora —pronunció con dureza.

—Me obligaron —se defendió.

El hombre la contempló con detenimiento.

—Nadie movió vuestra mano hacia mi puñal.

Jimena bajó la mirada y tragó saliva. La única arma que ahora podía esgrimir era la verdad.

—Mi corazón la movió —confesó.

El sarraceno resopló y movió la cabeza; sus ojos la miraron con un dejo de nostalgia. Esbozó una ligera sonrisa que pretendía quitar gravedad a su semblante sin conseguirlo; la amargura ya había hecho presa en él.

—Resulta irónico —comenzó—. La enemiga de la Iglesia enamorada de uno de sus guardianes. Si vienes en busca de mi perdón, no lo obtendrás y, aunque ya lo sospechaba, tu franqueza vuelve a apuñalarme.

Yarmun ya se alejaba cuando la muchacha se precipitó hacia los barrotes, filtró los brazos por ellos y lo agarró por los hombros para acercarlo.

—Lo amo a él, pero te necesito a ti.

El hombre, tan cerca, fijó los ojos en sus labios con un hambre que lo delataba.

—¿No te complace lo suficiente tu templario?

—Escucha, ambos nos necesitamos.

El hombre indagó en sus ojos y mostró un anhelo que comenzaba a emerger y desempolvaba excitantes recuerdos.

—De eso nunca tengas la más mínima duda. Soy demasiado susceptible a tus encantos.

Y sin previo aviso, acompañado del tintineo de cadenas, el hombre alzó un brazo, pasó la mano a través de los barrotes, sujetó el cuello de Jimena y atrapó su boca con ferocidad. El beso fue corto, pero intenso.

Ante el asombro de la muchacha, Yarmun sonrió gatuno.

—Dime ahora lo que buscas de mí.

Jimena se alejó unos pasos para evitar otro acercamiento. Recompuso el semblante y lo miró con gravedad.

—Te ofrezco lo que más necesitas.

La sensual sonrisa del hombre le dijo con claridad lo que necesitaba.

—Me temo que tendrás que ser más explícita o me obligarás a arrancar esta reja y a arrastrarte a mi jergón.

—Voy a liberarte. Y tú a mí.

—Suena bien, solo hay un problema, preciosa. ¿Qué vas a hacer para que te crea?

—He bajado aquí tan solo acompañada de la verdad y de la urgente necesidad de escapar de estos muros.

—Obviamente, el templario no te complace —adujo burlón—. O eres tan voluble y caprichosa como el viento del desierto.

—Mis razones son asunto mío. Céntrate en lo que mi decisión te aporta. Te ofrezco la libertad y los tesoros que seas capaz de cargar sobre tu espalda.

—¿No te incluyes? Se supone que huiremos juntos.

—Huiremos juntos, sí, pero, cuando estemos a salvo, seguiremos rumbos muy diferentes.

—De nuevo me partes el corazón.

—Seguro que las reliquias que te entregaré ayudarán a sanarlo.

Yarmun sonrió ladino; sus ojos brillaban con expectación.

—Bien, déjame evaluar la situación. Me liberas, me conduces a la cámara secreta de las reliquias y, a cambio, yo te llevo conmigo, pero solo un trecho. No sé por qué, pero deduzco que hay algo más, ¿me equivoco?

Jimena le sostuvo la escrutadora mirada, negó con la cabeza y asumió su conclusión. Su plan solo tenía un escollo, y era encontrar la manera de acceder a los túneles. Y para eso necesitaba acercarse a Alvar.

—Mi doncella vendrá con nosotros, además… —Hizo una pausa, respiró hondo y agregó—: Debes ayudarme a encontrar el blasón.

El hombre pareció evaluar el plan durante un instante; su mirada de ébano recorrió el rostro de Jimena, seguramente en busca de cualquier gesto o señal que pudiera alertarlo.

—Podría fácilmente mostrarme conforme y cuando saliera de este castillo olvidarme de ti y de tu condenado blasón. ¿Qué te hace pensar que cumpliré con esa parte del trato?

—Tendré que arriesgarme; mis opciones son limitadas.

Yarmun soltó una carcajada jactanciosa.

—Curiosa manera de decir que soy tu única salvación.

—Lo eres —admitió ella y alzó la cabeza.