CAPÍTULO 19 #2
Y sin soltarla fue hasta la puerta, la abrió y llamó a Mencia con un grito.
De nuevo volvió a la cama y la depositó con cuidado.
Resultaba obvio que la habían drogado. Y aquella certeza le puso una piedra en el corazón, pero una piedra de la que salía un fuego letal.
Escuchó pasos recorrer el pasillo. Mencia, seguida de la joven Petronila y la adusta Aura irrumpieron en la alcoba.
—¡Dios Misericordioso, mi señora!
La mujer se abalanzó sobre él y cayó de rodillas ante Jimena, que permanecía terroríficamente inmóvil. La doncella, con lágrimas en los ojos, lo miró inquisitiva.
—Está viva —musitó; de momento, pensó, y ese funesto pensamiento le robó el aire de los pulmones.
—¡Trae agua fría! —exigió; Mencia ya se levantaba cuando él recordó algo—. ¿Conoces el espíritu de cuerno de ciervo?
Eran unos polvos que se obtenían de calcinar pezuñas y cuernos de bueyes; su penetrante olor era capaz de combatir el letargo más opresivo. Mencia lo miró claramente asombrada, pero asintió.
—Tráelo, puede que ayude a evaporar el sopor.
La sirvienta marchó presta, mientras las otras mujeres observaban atónitas la escena. Alvar, disgustado y preocupado, vociferó:
—¿Qué demonios hacéis ahí paradas? Traed una tina y comenzad a llenarla.
Aura arrugó la boca en señal de desagrado y, con semblante avinagrado, se dirigió hacia él.
—No pienso dejar a mi señora sola en la misma estancia que vos.
Está inconsciente y medio desnuda y, por muy clérigo que seáis, ante todo sois hombre.
Tomó la colcha y la cubrió con ademán reprobador—.
Puede que estéis a cargo de este castillo, monje, pero en esta habitación carecéis de rango.
Salid antes de que don Guillén os encuentre aquí.
Alvar le sostuvo la mirada con inquebrantable determinación. No pensaba dejarla sola, y menos con aquella arisca mujer.
—Como bien dices, estoy a cargo de este castillo y de los que en él moran, la señora entre ellos.
Y creo que sobra recordar que campa un voraz depredador entre nosotros y resulta obvio que ha intentado lanzar su zarpa contra vuestra señora.
La moral y la virtud quedan relegadas a un segundo plano; a mi parecer, el asesino puede ser cualquiera, incluso tú misma.
La mujer, con los ojos desorbitados, se llevó la mano al pecho; de sus mejillas comenzó a emerger un rubor furibundo.
—¿Osáis insinuar…?
—¡Basta! —bramó Alvar—. Obedece de inmediato.
Petronila, que contemplaba, pálida, la escena, dejó escapar un sonoro aliento asustadizo, se volvió hacia la puerta y desapareció rauda.
Aura la imitó, pero con el ceño fruncido y un mohín colérico que le fruncía los delgados labios.
En sus ojos brilló una amenaza velada; Alvar conocía de sobra aquella mirada, y casi siempre encerraba promesas cumplidas.
Depositó cuidadosamente a Jimena en el lecho y se acercó al tapiz.
Contempló con minuciosidad cada línea, cada filigrana.
Y, de pronto, una ligerísima, apenas perceptible ondulación dio vida a la incipiente luna que asomaba pálida entre aquellas tétricas nubes; el ojo enmarcado en el triángulo vibró y en su mente resurgió algo, un conocimiento que emergió súbito.
Aquel signo no era otro que el del demonio, el signo de la bestia, de la oscuridad, del mal. ¿Cómo pudo haberlo pasado por alto?
El significado de aquella siniestra alegoría se mostró ante él clara y terrorífica, como el destello de un relámpago que iluminaba una noche sin luna.
Era una invocación al caído, un mensaje cifrado que mostraba los pasos previos a un ritual.
Preso de un convencimiento angustioso, se acercó decidido al tapiz, desenfundó la espada con una mano y con la otra tiró con fuerza de él.
Cayó pesadamente y dejó al descubierto un muro de piedra y lo que tan hábilmente ocultaba: una puerta estrecha y abovedada.
El corazón le atronó con fuerza en el pecho.
De un rápido movimiento tomó la manilla de la puerta y la abrió.
Ante él se abrió el principio de unas escaleras que descendían hacia una negrura absoluta.
Sin duda, el culpable había escapado por allí.
En ese instante irrumpió Mencia con un recipiente en las manos, seguida de Guillén, que corrió junto a su esposa con una expresión alarmada en el rostro.
—¿Qué demonios está pasando?
—¡Rápido, una antorcha! —exigió Alvar.
Guillén, que contemplaba impávido la puerta oculta, cambió su semblante por una expresión furibunda y salió al pasillo raudo.
Enseguida, entró con una antorcha prendida entre las manos y en dos zancadas se plantó junto al templario, dispuesto a sumergirse en el oscuro pasadizo.
No obstante, Alvar lo detuvo en seco y le arrebató la tea.
—Iré primero —repuso—, a menos que conozcas este pasadizo.
Guillén negó con la cabeza. Alvar observó su expresión para calibrar su respuesta.
No dijo nada más, empuñó la espada y comenzó el descenso.
La estrecha escalinata de caracol descendía hasta una especie de pasadizo húmedo y siniestro que parecía orientado al este.
El templario tuvo que caminar encogido, pues su cabeza rozaba la piedra y sus anchos hombros friccionaban contra los muros, lo que le transmitía una sensación ominosa y fría.
Tras él, Guillén lo seguía en completo silencio, libre de su incomodidad gracias a su cuerpo menudo y delgado.
El túnel se convirtió en una rampa progresiva en continuo descenso. Estuvo tentado de sentarse y deslizarse para acelerar aquel lóbrego recorrido. Conforme avanzaban, un extraño olor lo asaltó. No supo identificarlo, pero arrugó la nariz ante la fetidez acre que comenzaba a invadirlo.
Una línea anaranjada y parpadeante delataba el contorno de una puerta: el final del túnel.
Alvar cerró instintivamente los puños: uno en torno a la empuñadura de su espada, otro alrededor de la moribunda antorcha que sucumbía agonizante ante las goteras que rezumaban del techo.
Aceleró el paso, apretó los dientes e irrumpió con ferocidad.
La puerta se estrelló con gran estrépito en el muro de piedra.
La putrefacción, en forma de pueril neblina anaranjada, le emponzoñó las fosas nasales con un dejo ferroso y algo dulzón, lo que despertó en la memoria del templario un recuerdo.
A su mente acudió uno de sus muchos viajes por Oriente, en el que había atravesado una región volcánica y pantanosa, donde el lodo burbujeaba y liberaba un vapor rojizo y pestilente que lo había obligado a desviarse a través de una escarpada cadena montañosa que lo había retrasado semanas.
Con los ojos lacrimosos, miró en derredor y contuvo a duras penas la respiración.
Era una sala circular rodeada por una línea de polvo gris.
Ceniza, sospechó. En el centro, una mesa de madera; y, sobre ella, una extraña colección de vasijas de cristal de diferentes tamaños y formas que contenían un líquido viscoso de un color marrón rojizo.
Un pequeño fuego que provenía de un cuenco de piedra alimentado por ramitas calentaba la vasija de mayor tamaño, que se comunicaba con las demás a través de un entramado de tuberías de vidrio.
En un extremo, un mortero repleto de semillas; junto a él, piedras negruzcas, seguramente minerales; y, casi en el borde, un libro de extraña apariencia.
—¡Que Dios nos guarde! —exclamó Guillén con la mano sobre la nariz—. ¡Es el refugio de un alquimista!
Alvar negó con la cabeza, depositó la antorcha en la sujeción anclada en el muro y se acercó a la mesa.
El libro ejerció sobre él una especie de atracción que lo llevó a tomarlo entre las manos.
Al instante, un escalofrío lo recorrió. La cubierta era de piel oscura y envejecida por el tiempo; una correa con refuerzos en metal protegía su interior.
Sin dudarlo, y a pesar de la aprensión con la que tuvo que lidiar, abrió la solapa. La ilustración de la primera página lo sobrecogió, pero fue el primer párrafo lo que le secó la garganta y le heló la sangre. Estaba escrito en hebreo. Tradujo en voz alta:
cita textual larga
“¡Oh, admirable Adonay, que reinas y moras en todo lo creado, que eres a la vez árbitro y soberano de todo el universo! Humildemente imploro tu protección en esta hora suprema para que adornes a estos instrumentos de que me voy a servir y de todas las virtudes necesarias a fin de lograr el resultado que deseo en el experimento mágico que voy a ejecutar. Accede a mi ruego. ¡Oh, poderoso Adonay!, ya que te imploro con la verdadera fe que requieres de quienes solicitan tu ayuda. Te ofrezco a cambio de tu servicio todo cuanto soy y valgo, hasta la sangre de mis venas, si de ella quieres disponer, y la pongo como sello en nuestro pacto y mi eterna devoción.”
Tragó saliva y contempló horrorizado aquel fragmento.
—No se trata de alquimia —murmuró—, sino de algo mucho peor. Nigromancia.
Guillén se santiguó al tiempo que lo observaba con el miedo reflejado en el rostro.
—Adonay… Mis señores… —musitó en un hilo de voz.
Alvar asintió y apuntó mentalmente el curioso dato del conocimiento de lengua hebrea de Guillén.
—Es el Grimorio de San Cipriano de Aquitania, un tratado sobre nigromancia lleno de sortilegios, conjuros e invocaciones —aclaró Alvar—.
Lo que acabo de leer es un pacto sagrado entre el príncipe del Averno y el nigromante.
Este libro fue traído de Tierra Santa por uno de nuestros cruzados.
Fue encadenado en los sótanos de la catedral de Santiago de Compostela; no entiendo qué hace aquí.
Guillén tragó saliva, sus ojos desmesuradamente abiertos se posaron en el libro.
—Fuisteis vosotros, trajisteis al demonio desde tierras herejes —acusó de repente.
Alvar se aseguró el libro en torno al cinturón e hizo caso omiso de Guillén. Buscó con la mirada una salida, que encontró tras una cortina de color indescifrable. El túnel continuaba, esta vez en ascenso.
—Sigamos, no hay tiempo que perder —urgió.
Sintió la mirada reprobadora de Guillén en él.
Sabía lo que estaba pensando, y de ese conocimiento surgían preguntas que por el momento no podía formular. Un asesino maléfico andaba suelto, y la preocupación por Jimena lo abrumaba y angustiaba al mismo tiempo.
Por fortuna, aquel nuevo pasadizo era algo más ancho, con lo que pudo casi correr por él hasta llegar a otra abertura en la que se abrían de nuevo escaleras hacia la superficie.
Ascendieron deseosos de respirar aire puro.
Alvar se topó con un portillo que abrió con facilidad, y se adentraron en un habitáculo con un camastro y un gran crucifijo.
Esta vez, fue el aroma a incienso lo que aligeró su maltratado sentido olfativo.
Salieron de aquel mísero cubículo y descubrieron con estupor que se encontraban en el interior de la capilla del castillo.
Deambularon estupefactos a través de las filas de bancos, donde los nobles presenciaban las misas en su honor, y el espacio vacío en el que el resto de la plebe acompañaba el oficio de pie.
Giró y observó la gran cruz en la que la imagen crucificada de Jesús mostraba su piedad a la concurrencia tras la mesa ceremonial.
A ambos lados, grandes candelabros de pie desplegaban un halo dorado a su alrededor y, aunque, ahuyentaban parcialmente las sombras, dejaban la penumbra reinando en rincones y oquedades.
Alvar inclinó la cabeza, se santiguó y desenfundó la espada, mientras rogaba dispensa por tal sacrilegio. Luego, escudriñó cada rincón de la capilla, seguido de cerca por Guillén. Hasta que una voz ajada e indignada los detuvo en seco.
—¿Qué justifica esta apostasía en el templo de Dios por alguien que, además, presume de estar entre sus filas?
Ambrosio de Nimes, ataviado con su habitual hábito parduzco y raído, avanzó amenazante hacia ellos con la tormenta en el rostro y relámpagos en la mirada.
—¿Cómo osáis profanar un lugar sagrado al enarbolar una espada y rebuscar en sus rincones como un vulgar ladrón?
—siseó furibundo—. Vuestros desmanes tendrán su justo pago.
Ultrajáis vuestra Orden y vuestros votos y, desde aquí, os digo que daré conocimiento de vuestro comportamiento y exigiré la excomunión y la expulsión de nuestra comunidad.
Alvar frunció el ceño y sostuvo la mirada del anciano sin amilanarse.
—Esta espada —comenzó y la alzó frente al clérigo— juró proteger y defender los mandatos de la Iglesia en nombre del Señor.
Y eso hago en este momento. Persigo al peor enemigo de Dios, a un ser infecto, corrompido por poderes oscuros, que se esconde entre estos muros y, tal vez, predique entre ellos.
El asombro moldeó los huesudos rasgos del sacerdote: la boca se le abrió incrédula, sus ojillos oscuros se entrecerraron y tronó colérico:
—¡Lavad vuestra lengua y vuestra alma antes de verter injurias sobre mí! Mi conducta, corazón y pensamientos son leales. ¿Podéis vos decir lo mismo?
—¿Podéis vos explicar por qué en el suelo de vuestra cámara hay una compuerta que conduce por pasadizos a la alcoba de la señora de este castillo?
Omitió la sala circular a propósito, por precaución. Inspeccionó con atención el rostro del hombre, que parecía claramente horrorizado.
—Esa compuerta no puede abrirse. Yo mismo lo comprobé cuando me instalé aquí. Deduje que conduciría a los subterráneos y que estos conducirían al exterior, en caso de asalto.
—Os creo, padre Ambrosio, disculpad nuestra intromisión —se disculpó Guillén—. Comprenderéis nuestras suspicacias: han intentado envenenar a mi esposa, y el culpable huyó por el túnel que acaba en vuestro cuarto.
—Aun así, no hay disculpa posible —sentenció el anciano.
—¿Dónde ha estado todo el día? —inquirió Alvar.
Ambrosio frunció los labios con desagrado y se cruzó de brazos. La tensión lo envaró.
—Estuve frente al altar mayor, pues rezaba por nuestra salvación —rezongó con altanería.
—¿Y no vio a nadie, no escuchó nada? —continuó con recelo.
—Inmerso en mi fervor, me alejo de lo mundano, recito mis letanías sin prestar oídos al exterior. Fuera, el sonido de la guerra y la desolación me obliga a usar la meditación para evadirme y concentrarme en mi súplica al Altísimo. Comprendo que no entendáis de lo que hablo.
Alvar supo que nada sacaría de ese hombre; se encogió de hombros, enfundó de nuevo la espada y recorrió con la mirada el altar.
—Tenéis razón, padre, no entiendo de lo que habláis, como no creo lo que decís —concluyó—. Pero os aseguro que vigilaré de cerca la supuesta lealtad de vuestro corazón, conducta y pensamiento.
Y se encaminó a la salida, ansioso por regresar con Jimena.