CAPÍTULO 20 #2
—Empezamos a entendernos. Ahora toma las llaves que penden de ese gancho y sácame de aquí.
—No pienso mover un dedo hasta obtener tu palabra.
Yarmun chasqueó la lengua, la miró divertido y sacudió la cabeza con simulada ofuscación.
—Me ofendes, señora; si consiento en un trato, se sobreentiende mi lealtad.
—Júralo —insistió ella con el ceño fruncido.
—Juro por la palabra del profeta que te ayudaré a encontrar el blasón, ¿satisfecha? Ahora, libérame; pueden sorprendernos.
Jimena asintió y obedeció. Se arriesgaba demasiado, pero lo necesitaba desesperadamente. No solo no tenía garantía alguna de su colaboración para encontrar el blasón, a pesar de su palabra, sino que la posibilidad de que se lo arrebatara era muy alta.
Cuando el poder y la riqueza se cruzaban en el camino de un hombre, la lealtad, los principios y hasta la fe, solían perder la batalla. Debía estar preparada para todo. Y, con ese pensamiento, abrió la puerta enrejada y liberó sus muñecas de las pesadas argollas que las apresaban.
Una vez libre, y a pesar del sucio vendaje que le rodeaba el pecho, la apresó con fuerza entre los brazos y de nuevo le impuso un beso exigente y hambriento.
Jimena lo empujó con todas sus fuerzas sin lograr separarlo ni un ápice. Finalmente, le dio un pisotón que surtió el efecto esperado.
—Si vuelves a tocarme, juro que te mataré —amenazó furiosa.
El sarraceno le dedicó una sonrisa inquietante.
—Preciosa, ya te aviso algo. Si de veras deseas tener ese blasón en tus manos, exigiré mucho más de ti.
Sabedor de tenerla en su poder, el hombre se mostró triunfal. En ese instante supo que había marcado su destino: ella estaba en sus manos. Esa noche saldrían de ese castillo infernal. Sorprendida se descubrió elevando una plegaria.
* * *
Alvar comenzaba a impacientarse.
El ánimo de sus combatientes decaía con el paso de los días y el encopetado capitán le había declarado su particular guerra al cuestionarle todas y cada una de sus órdenes.
Las bajas se sucedían, y los heridos se amontonaban en el gran salón. Reparaba los mangoneles a cada instante, y supervisaba las distintas facciones defensivas; lo último que necesitaba era recibir la noticia de la escasez de alimentos y materia prima.
El frente almohade se abastecía sin problemas y disfrutaba de grandes manjares, música y algarabía.
Su mejor posición le permitía ser pacientes.
El tiempo, sin duda, jugaba a su favor. Tenía que conseguir alimento; eso ensalzaría el ánimo de sus soldados.
Y el único alimento que veía en ese momento eran los sacos repletos de carne, verduras y cereal que el enemigo almacenaba en una de las tiendas de aprovisionamiento.
Se alzó en su posición desde el torreón sur y observó que tan solo dos guardias flanqueaban la entrada.
Un plan comenzó a tomar forma en su mente. Llamó a sus hombres, que acudieron prestos. Alvar les observó los semblantes: habían perdido peso, la sombra de la preocupación les oscurecía las ojeras y les restaba brillo a los ojos.
—Esta noche iremos de excursión —anunció.
Demudados por el asombro, lo contemplaron como si hubiera perdido el juicio.
—Sí, papi, ¿podremos recoger flores y cantar canciones? —bromeó Bernardo.
Durán soltó una risotada y palmeó la espalda de Martín, que contemplaba con gravedad la expresión decidida de Alvar.
—Recogeremos algo más que flores —contestó.
—¿Qué nueva locura se te ha ocurrido?
Martín puso los brazos en jarra y esperó con temor sus próximas palabras.
—Haremos una incursión al campamento enemigo y les robaremos la comida.
Los hombres se miraron entre sí, pero Alvar solo mantenía su atención en la expresión de Martín.
—Sin duda, es una locura —arguyó mientras le sostuvo la mirada.
—Lo más sensato es esperar a los refuerzos — repuso Bernardo pensativo.
—Unos refuerzos que puede que no lleguen nunca —subrayó Alvar—. De lo que sí podemos estar seguros es de que no resistiremos mucho más.
—Una locura —repitió Martín—, pero una locura necesaria. No será la primera vez que nos escapemos de una fortaleza.
Alvar le regaló una sonrisa agradecida. Durán frunció el ceño, claramente reprobador.
—Cierto, pero no para adentrarnos en un campamento enemigo —objetó con preocupación.
—El hambre empieza a diezmarnos —expuso Alvar—, los soldados ceden sus raciones a las mujeres; y ellas, a los niños.
El esfuerzo físico los debilita y apenas pueden mantenerse en pie cuando cae la noche.
Cada día es peor que el anterior; el agotamiento se hace permanente.
O los alimentamos, o tendré que rendir el castillo.
—¡Eso nunca! —prorrumpió Bernardo.
—Creedme, es la única opción —concluyó Alvar.
Los cuatro fijaron la atención en la alargada tienda almohade. Por fortuna, el almacén se encontraba en un extremo del campamento. Un pinar cercano cobijaría la fechoría.
—De acuerdo —convino Durán—, pero ¿cómo transportaremos el botín?
—Nos convertiremos en bueyes —contestó y aguardó divertido la reacción de sus hombres, que, boquiabiertos, lo fulminaron con la mirada.
—Primero me comparas con una cabra, y ahora piensas convertirme en buey; creo que equivocaste tu vocación, deberías ser granjero —bromeó Bernardo.
Los hombres estallaron en carcajadas; los soldados más próximos los miraron extrañados.
—Cumplirás a la perfección cualquiera de esos dos encargos —aseguró Alvar.
—Espero que te refieras a mi empuje y no a mi tozudez —replicó el aludido.
—A ambas… —rio—, pero es a tu fuerza a lo que apelo.
—Entonces me equipararé a dos bueyes —intervino Durán con una amplia sonrisa orgullosa.
El gigante estampó un puño contra su poderoso pecho y gruñó con petulancia.
—Quieres que arrastremos una especie de camilla, ¿me equivoco?
Martín, tan sagaz como siempre, adivinó sus intenciones.
—Sí —confirmó—. Cuando caiga la noche, saldremos por el portillo envueltos en mantos negros. Confeccionaremos unas camillas a las que coseremos los sacos más grandes que encontremos y nos deslizaremos con sigilo pegados a la muralla hasta llegar a aquel pinar; a partir de ahí, improvisaremos.
—Saldrá bien —animó Martín.
Alvar asintió, confiaba en su suerte, a pesar de que parecía haberlo abandonado.
—Tiene que salir bien.
Y con esa esperanza, bajaron al cobertizo y se pusieron manos a la obra.