CAPÍTULO 17 #2
Su única opción era alejarse de él: ya no lo necesitaba; en todo caso solo necesitaba a su medallón, y ahora que Guillén se había afirmado como su secuaz, dejarlo a un lado debía de resultar no solo sencillo, sino también aconsejable.
A pesar de eso, las imperiosas ganas de estar a su lado y de sumergirse en sus rasgados ojos de gato del color de la plata pulida se acentuaban a cada momento.
A sus pesares se unía otro más: el desasosiego por su vida.
Al estar inmerso en una batalla, la muerte era una opción aterradoramente cercana; la sola posibilidad de perderlo le abría un abismo oscuro, yermo y gélido bajo los pies.
Aquella noche, cuando él se fue, el sueño le rehuyó y quedó flotando en una nube reviviendo cada momento.
Pero, cuando consiguió dormirse, fueron las pesadillas las que la asaltaron.
Hacía tiempo que no las sufría, y ese resurgimiento le había instalado en la mente una desazón descorazonadora.
La pesadilla siempre era la misma: la tortura y la muerte de su madre, monjes riéndose ante su dolor, gritos espeluznantes y un cuerpo laxo que se balanceaba de una cuerda con una mueca grotesca en su desfigurado rostro.
¿Acaso serían aquellos sueños un aviso? ¿Se estaría desviando del verdadero camino?
¿Su interés en el templario supondría una traición a la memoria de su madre?
Si algo tenía claro, era que debía aprovechar aquel caos bélico para filtrarse de nuevo en las mazmorras; desafortunadamente su herida la confinaba a la cama, por lo que habría de esperar unos días más.
Y, durante ese tiempo, debía encontrar la manera de sustraer el medallón o, en última instancia, conseguir fabricar una réplica efectiva.
Guillén entró alterado a la alcoba y contempló a las tres mujeres. Luego, se acercó hasta la cama, se sentó y fijó sus verdes ojos en Jimena.
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Mejor, pero aún débil.
Guillén le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—Mencia se quedará a cuidarte; los demás tenemos que ayudar en la defensa.
La muchacha abrió los ojos asombrada.
—Acaban de dar la orden: van a formar grupos para abastecer a los soldados; necesitan todas las manos disponibles.
Aura se santiguó, cerró los ojos y musitó una plegaria. Petronila se llevó los dedos a la boca y comenzó a mordisquearse las uñas.
—¿Tan mal están las cosas? —inquirió Jimena. Su esposo asintió con semblante grave.
—Los sarracenos son numerosos y disponen de armamento avanzado. Y no cejarán hasta conquistar esta plaza. Deberíamos negociar la rendición antes de que nos aplasten.
—¿Dónde está Marcial, mi esposo? —preguntó Petronila.
—Están construyendo una especie de catapulta; Alvar dirige a los hombres, Marcial y Norberto están con él.
—Mi Norberto no es un soldado —espetó Aura—; no tiene ni idea de cómo empuñar una espada; es un simple carpintero.
—Pues tendrá que aprender y rápido —adujo Guillén.
—Deberíamos estar en la capilla —opinó Aura— rezando por el perdón de nuestros pecados. Las mujeres no entendemos de guerras, ni deberíais obligarnos a arriesgar nuestras vidas.
A Jimena le molestó escuchar aquello.
—Las mujeres entendemos cuanto nos propongamos, pues tenemos la capacidad suficiente para ello. Y, si se trata de nuestra vida o la de los que amamos, puedo asegurar que nos convertimos en expertas en cualquier arte.
—¡Que afortunados los sarracenos! —exclamó Guillén en tono mordaz—. Pues si mi bella esposa no se encontrara convaleciente en este lecho, bastaría el filo de su lengua para que huyeran despavoridos. ¡Ah, no!
Olvidaba que ella es partícipe de este asalto.
Jimena abrió los ojos desmesuradamente y se le secó la garganta; un nudo le atenazó el estómago ante aquel inesperado ataque.
—Al parecer, tu particular ofensiva comienza dentro de esta alcoba. No malgastes tu fiero ímpetu, esposo, con quien no lo merece; resérvalo a los centenares de enemigos que aguardan fuera de estos muros.
Guillén la fulminó con la mirada; no obstante, y para su asombro, le dedicó luego una sonrisa pacificadora e, inclinándose junto a ella, le depositó un beso en la frente.
—No te sulfuréis, querida, y disculpa mi arrebato como yo disculpo tantas otras cosas.
Le dedicó una mirada enigmática que no supo interpretar, pero que la llenó de desazón.
—Hemos de irnos; descansa y no te preocupes por mí.
El tono que utilizó había sido claramente burlón.
Jimena asintió embargada por una creciente inquietud.
El hombre salió de la estancia en compañía de las dos sirvientas.
En el exterior, los disparos contra la muralla continuaban incansables, los gritos se sucedían de torre a torre, y aquellos tambores persistentes ungían el ánimo con una oscura y opresiva pesadumbre.
Jimena, absorta en sus propias reflexiones, descubrió una mirada reprobadora sobre ella.
—La prudencia, niña, es la mayor de las virtudes —comenzó Mencia con severidad—, pues encubre defectos y previene insensateces. Además, es clara evidencia de inteligencia: una cualidad que parece haberte abandonado.
—No entiendo a qué viene tanta reprimenda —se quejó la muchacha.
Mencia sacudió la cabeza, furiosa; resopló y cerró los puños para contener el impulso de abofetearla.
—Si la actitud de tu esposo no te ha puesto alerta, resulta evidente el grado de necedad que sufres desde que ese hombre entró en este castillo.
Jimena le sostuvo la mirada a pesar de notar un rubor revelador en sus mejillas. El calor se le extendió por todo el rostro y le instaló una culpabilidad que había conseguido adormecer engañosamente.
—Niña, has cometido el grave error de subestimar a Guillén, y ese craso error puede tener consecuencias fatales.
—Pero yo no…
Mencia arrugó el ceño con cólera, las aletas de la nariz se le dilataron como los de un buey a punto de embestir un vallado.
—¡No! —gritó—. ¡No insultes mi inteligencia! Sé lo que ocurrió anoche en esta alcoba.
Jimena bajó la mirada entre confundida y avergonzada.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Vi tu camisola rasgada y, si eso no hubiera sido suficiente, la marca de dientes que luces tan insensatamente en tu hombro izquierdo no deja lugar a dudas sobre lo ocurrido. Lamentablemente, no soy la única que lo ha notado.
—Guillén no puede haber visto esa marca —adujo Jimena señalando su nuevo y cerrado camisón—. En cuanto a la camisola de anoche… ordené a Petronila que la convirtiera en trapos.
—Un hombre que presencia cómo su esposa coquetea descaradamente con otro y que es vista por el sacerdote de la comunidad en brazos de ese mismo hombre no es lo más apropiado.
Convendrás conmigo en que lo más razonable para cualquier esposo receloso es vigilar de cerca a su mujer.
Si no es él en persona quien lo hace, cabe suponer que tendrá a alguien que espíe subrepticiamente.
De cualquier forma, si algo ha quedado claro, al menos para mí, es que Guillén sabe que anoche Alvar estuvo en este cuarto y no precisamente para curaros.
La alarma que había intentado mitigar ante la cruda actitud de Guillén resonaba ahora y le ensordecía los oídos. Si Mencia estaba en lo cierto, se acababa de ganar un enemigo temible.
—¿En qué estabas pensando? ¡Por el amor de Dios! —la increpó Mencia mientras se llevaba, airada, una mano a la frente.
Jimena fue incapaz de contestar. Simplemente, no había pensado; ese había sido realmente el problema en cuanto a Alvar.
Cuando estaba junto a él, los impulsos tomaban el timón, las emociones soplaban sus velas y la pasión levaba el ancla de su cordura para dejarla a la deriva en un mar confuso y agitado pero incitante.
—Ay, Mencia, ¿qué voy a hacer? —se lamentó.
La mujer la contempló pensativa, chasqueó la lengua resignada y se sentó a su lado.
—Salir del pozo —respondió con rotundidad—.
Sé lo que Alvar te hace sentir; solo hay que verte la cara cuando lo tienes delante: te subyuga irremisiblemente.
Y esa sensación, esa falta de control sobre la situación, tan desconocida para ti, te resulta atractiva y estimulante; mas el peligro que entraña no merece el placer que aporta.
Mencia hizo una pausa, respiró hondo y le tomó una mano entre las suyas. La furia se le desvaneció en una mueca apesadumbrada y piadosa.
—Debes alejarte de la tentación; evita estar a solas con él, céntrate en lo que viniste a hacer, por mucho que lo desapruebe, y gana de nuevo la confianza de vuestro esposo.
Jimena asintió.
La preocupación se extendió sobre ella como las negras alas de un cuervo que aleteaban funestos presagios, sumían su optimismo en pesadas y desalentadoras sombras.
—Lo primero es apaciguar a Guillén —continuó Mencia—: Un esposo ultrajado, que además reprime su ofuscación, es como un volcán latente e imprevisible, presto a arrojar su inmundicia sin ninguna piedad.
Cuanto antes descargue su enojo, antes podrás aliviar su angustia para evitar, de ese modo, que acumule más saña.
—Es fácil decirlo —musitó Jimena con abatimiento.
—Hace un momento creí oírte decir que las mujeres son capaces de todo, ¿no es así? Piensa en tu madre, en lo que sufrió por no revelar el secreto que heredaste. Hazlo en su memoria.
—Anoche soñé con ella —confesó.
—Es un aviso, una señal —confirmó Mencia.
—Eso pensé.
—Pues hazme caso; Guillén no lo merece, pero Alvar tampoco; y, de todos los hombres con los que puedes jugar, él sería la última opción. Estás en deuda con él.
Jimena lamentó que él único hombre que había logrado interesarle fuera un hombre vedado.
—Ya no.
Mencia arqueó las cejas interrogante.
—Me hirieron por intentar salvar su vida.
—Pues si la deuda está saldada, tan solo te resta retirarte del camino de un hombre de Dios. Vuestros senderos son opuestos, y lo sabes sobradamente.
—Llevas razón en cuanto dices, solo espero que a partir de hoy el buen juicio me guíe. Sé cuál es el camino a seguir, ahora solo hay que rezar para que mis pasos lo sigan.
Mencia se frotó la mano con vigor y sonrió complacida.