CAPÍTULO 17 #3
—No temas, muchacha, estaré detrás tuyo para empujarte cuando flaquees.
* * *
Un gigantesco proyectil cayó sobre las caballerizas del patio de armas y derrumbó la estructura.
La madera de los pilares se astilló y voló en afiladísimas y letales púas.
Una de ellas se le clavó a Alvar en el hombro y se lo atravesó.
Otros soldados no tuvieron su suerte. Por fortuna, el mangonel en construcción quedó intacto.
Alvar apretó los dientes, mientras Bernardo extraía el afilado fragmento de su hombro con la delicadeza de un asno pateando un fardo de heno.
—Habría sentido menos dolor si me hubieras clavado otra astilla en el mismo sitio —masculló.
—Al menos la he sacado en dirección a la veta de la madera —se defendió Bernardo.
—Todo un detalle —se mofó.
—¿Puedes mover el brazo con facilidad?
Alvar lo extendió con una mueca de dolor, abrió y cerró el puño varias veces y giró el codo en distintas direcciones.
—Sí, parece que no ha afectado mi movilidad.
Creo que nunca he necesitado tanto los dos brazos.
Bernardo se rascó la hirsuta barba castaña y sonrió jactancioso.
—¿Necesitas las dos manos para pelear? Yo con una soy invencible.
Alvar sacudió la cabeza mientras rasgaba un trozo de su túnica, se lo pasaba bajo el sobaco y lo anudaba toscamente sobre la herida.
—A ti te bastaría con la cabeza —convino Alvar—. Serías capaz de embestir y derrotar una cabra montesa sin inmutarte. Hasta berreas como ellas.
Bernardo soltó una abrupta carcajada y le palmeó la espalda con vehemencia. A Alvar le rechinaron los dientes por la violenta sacudida.
—Solo me faltan los cuernos —bromeó.
—Tal vez porque no te has casado.
Las carcajadas del hombretón contrastaron con los lamentos de los heridos, que ya estaban siendo trasladados al gran salón.
—Puede que se los pida prestados a nuestro noble anfitrión —sugirió con sarcasmo.
La alusión a Jimena lo ofendió. Incómodo y contrariado, no replicó y se concentró en ajustar el nudo del precario vendaje.
—Pero, claro —continuó Bernardo—, una hembra así necesita ser satisfecha debidamente, y el bueno de Guillén parece no dar la talla, por eso ella busca un buen macho que la colme.
—¡Cierra la boca! —exclamó Alvar airado.
Bernardo lo miró extrañado y, como era habitual en él, no siguió su consejo.
—Vamos, ambos sabemos qué clase de mujer es. Y puedo asegurarte que si no fuera por mis votos le daría una buena ración de…
No terminó la frase. Alvar le descargó un tremendo puñetazo en la mandíbula, que le giró la cabeza como una peonza y lo derribó sobre el polvoriento pavimento.
—¿Qué demonios…? —rugió Bernardo mientras se frotaba el mentón.
—Estaba probando mi potencia —alegó Alvar y lo taladró con la mirada.
—Pero si me has golpeado con la derecha —replicó Bernardo aturdido.
—Es cierto, me habré confundido. Levántate y lo repetiré con la izquierda.
Bernardo se incorporó y abrió la boca varias veces para comprobar el estado de su mandíbula, después se la frotó y lo miró furibundo.
—Puedo asegurarte que no pondré la otra mejilla.
—¿Qué está pasando aquí?
Martín se acercó a ellos con semblante preocupado.
—Alvar ha perdido el juicio.
—¡Estás herido! —exclamó alarmado Martín con los ojos fijos en el ensangrentado vendaje.
—Solo es un rasguño —respondió Alvar con indiferencia.
—Doy fe de ello —confirmó Bernardo, que continuaba moviendo la mandíbula en círculos.
Alvar escuchó el agudo relincho de dos caballos moribundos.
Varios hombres intentaban rescatarlos del amasijo de maderos y cañizo en que se había convertido la caballeriza.
Se acercó justo cuando lograban arrastrar a uno de ellos.
Sangraba por las orejas y los ollares, sacudía desesperado la cabeza y esparcía una saliva blancuzca y espumosa.
No podía ponerse en pie por mucho que lo intentaba; su lastimoso estado dejaba claro el único remedio a seguir.
Era el blanco corcel de Jimena, una yegua soberbia, regia y altiva, como su dueña.
Los hombres la contemplaron con pena: tenía las patas rotas, en sus agónicos relinchos se percibía el sufrimiento del animal que, testarudo, se agitaba convulso en su desesperación por escapar.
Alvar no lo dudó. Desenvainó la espada y, de un limpio y rápido movimiento, hundió la hoja en la nuca de la yegua.
El animal cayó laxo, libre de dolor y de vida.
El otro caballo apenas jadeaba; sus resoplidos eran débiles y permanecía inmóvil, aunque sus ojos medio cerrados todavía brillaban en mudo reconocimiento.
Lo liberó con celeridad. Sin más dilación, llamó a sus hombres y se encaminó hacia el mangonel que estaba casi terminado.
Trabajó sin descanso entre órdenes continuas, exigencias y requerimientos en las murallas atacadas.
Por fin, al atardecer, el artefacto estaba acabado.
Marcial, Norberto y Tomás, el palafrenero, engancharon el eje principal a la gruesa barra trasera del artilugio.
Alvar tomó la cuerda que colgaba del eje y, en el cestillo, ayudado por Durán y Marcial, colocó piedras de diversos tamaños.
A continuación, Bernardo y Durán giraron las manivelas de ambos lados para retorcer la gruesa maroma que rodeaba la base del eje.
Por fin, Alvar, retiró el seguro: una barra de hierro que retenía el eje con la carga.
El eje impactó con violencia contra el freno –un fardo de heno sujeto a la parte delantera– y la carga fue impulsada con velocidad, rasgando el aire, seguida por un silbido alertador.
Guiados por Martín, y tras una decena de lanzamientos, por fin, afinaron la puntería.
Los hombres aullaron con euforia: habían derrumbado una torre de asedio.
Exaltados por la victoria, continuaron maniobrando la catapulta de torsión hasta adquirir destreza y celeridad.
Alvar, satisfecho, aunque dolorido y agotado, subió a la torre del frente este y observó a las tropas enemigas mientras se reagrupaban y despejaban el terreno de cadáveres y heridos.
—Deberías descansar; el sol se pone, y mañana será un duro día de nuevo —aconsejó Martín.
—Estoy bien —musitó pensativo.
—No, no lo estás; deberías verte la cara.
Alvar forzó una sonrisa, sacudió la cabeza y contempló el horizonte.
El sol, convertido en un lejano orbe ambarino, descendía lánguido y somnoliento sobre el páramo.
Extendía sobre los campos un manto bronce y bermejo que se deslizaba con pereza y dejaba tras de sí sombras pesadas que trocaban los brillantes colores de los estandartes almohades en dos únicas tonalidades: claro y oscuro.
El orbe dorado, por fin, se sumergió y dejó como único vestigio de su existencia una mortecina línea anaranjada que perdía intensidad en favor del plateado dominio de la noche.
Alvar suspiró. Su estómago rugió quejumbroso; sintió cómo sus músculos palpitaban temblorosos en reclamo de un respiro; los párpados le pesaban como dos planchas de acero.
—Asigna a la guardia; seguiré tu consejo, apenas me tengo en pie.
Martín asintió contemplativo y lo despidió con una sonrisa.
—Saldremos de esta —murmuró.
—Siempre lo hacemos —afirmó Alvar.
Giró y abandonó el torreón. Cuando llegó a su celda, apenas tuvo fuerzas para quitarse la túnica, la pesada cota de malla y las botas, y se tiró derrumbado sobre el camastro.
Invadido por el sopor, giró la cabeza, bostezó y parpadeó rendido por un cansancio implacable.
Una pequeña mancha amarillenta le llamó la atención.
Confundido, y con gesto abotargado, se inclinó, alargó el brazo y tomó el pliego de papel que descansaba sobre las losas del suelo.
Alguien lo había deslizado por debajo de la puerta.
Lo desplegó y leyó la inclinada y grácil caligrafía: “Guillén de Montcada”.
Abrió los ojos con asombro. La nota anónima que había solicitado.
A pesar de que los miembros le pesaban como si llevara sobre los hombros el peso del mundo, se obligó a levantarse impulsado por una curiosidad acuciante y rebuscó en su arcón la lista de las parejas.
Deslizó el dedo índice por el pergamino hasta hallar la pareja que había sido asignada a Guillén.
El nombre que leyó lo desconcertó. “Damián Hidalgo”, el petulante capitán de la guardia.
De nuevo, se dejó caer en el jergón y cerró los ojos.
No obstante, el sueño le rehuyó. En los ocultos resortes de su mente, piezas dispares se deslizaban en busca de un lugar en el que encajar.
Una pieza con nombre de mujer rebotaba de un sitio a otro.
En algún momento de la madrugada logró evaporar su imagen y se rindió al sueño.