Más allá del Temple CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Fue tras las primeras luces del alba cuando la primera catapulta descargó su andanada.

Impactó en el muro este y derribó parte de la almena central.

Los soldados corrían por los adarves para ocupar sus posiciones.

Apoyaban las ballestas en las saeteras, troneras o arpilleras, apuntaban y disparaban las flechas a un ritmo constante.

El califa al-Nasir había engrosado su ejército con centenares de hombres y cuarenta máquinas de asedio, entre ellas, decenas de trabuquetes: las más potentes y grandes catapultas que existían, capaces de lanzar proyectiles de piedra a más de doscientos metros.

Contaban, además, con balistas —una especie de ballesta gigante sobre un trípode que lanzaba jabalinas—, arietes con extremos reforzados y torres de asedio con ruedas de madera que poseían una escalinata en el interior para que los atacantes pudieran ascender a los muros protegidos.

Los tambores almohades acompañaban el asalto con un ritmo frenético y atemorizante.

Martín vociferaba instrucciones a la guardia del castillo ante la indignación de su encopetado capitán, uno de los enamorados de Jimena que había compartido mesa con ella la noche de su llegada.

El hombre, de tez clara, cabellos castaños y rizados y ojos de color miel, fruncía el ceño en total desacuerdo con las órdenes. Alvar se acercó a ellos.

—¿Algún problema?

El capitán, de nombre Damián Hidalgo, asintió con el ceño malhumorado.

—He sugerido lanzar flechas incendiarias contra las torres de asedio cuando estén a tiro, y ese hombre ha anulado mi orden.

—Ese hombre —comenzó Alvar— es mi brazo derecho, uno de los generales que participó en el asalto a Constantinopla y sabe mejor que nadie cómo piensa el enemigo. Las flechas incendiarias no sirven de nada cuando sabemos perfectamente que las torres están protegidas con pieles húmedas.

Damián, ofendido, miró a Martín y negó con la cabeza.

—Yo soy el capitán de este castillo —rezongó con altanería.

—Pero este castillo está ahora bajo mi protección —rebatió Alvar— y, como tal, soy yo quien decide la estrategia a seguir.

Me enviaron para tal fin y pienso cumplir con mi obligación.

Si deseáis ser de ayuda, aceptad de buen grado las órdenes y conseguid que vuestros hombres las cumplan con eficiencia; de lo contrario, os convertiréis en el capitán muerto de un castillo devastado.

Damián le sostuvo la mirada con terquedad, no obstante, se mantuvo en silencio.

Alvar no perdió más tiempo y subió a la torre este para evaluar los daños.

Desde allí contempló con preocupación el extenso y preparado ejército almohade que regaba los campos con los colores de sus pendones y deslumbraba con el reflejo del metal de escudos y armas.

A su memoria acudieron tantas batallas similares; por su experiencia, supo que la victoria dependería de la astucia, pues en fuerza y equipamiento el enemigo los sobrepasaba con creces.

Oteó el horizonte y de inmediato supo que, si los cercaban con las torres de asedio, no dispondría de hombres suficientes para repeler la incursión, por no mencionar los temibles trabuquetes: la potencia de sus disparos harían añicos la fortaleza.

En cuanto a los arietes, no le preocupaban tanto; la fortaleza solo tenía dos puntos débiles: el portillo, que había mandado asegurar con planchas de acero, y la entrada principal con su barbacana y su rastrillo.

Lamentablemente, el castillo no contaba con foso; sin embargo, estaba convenientemente enclavado en un elevado peñón rocoso, y los diferentes niveles escalonados e independientes les aseguraban la retirada hasta el último bastión: la torre del homenaje.

Tal vez, para entonces, habrían llegado refuerzos.

Con un plan en mente, descendió y llamó a sus hombres.

—Hay que construir un mangonel en cada uno de los cinco niveles del castillo; con ellos podremos derribar las torres de asedio que se acerquen.

Es la catapulta más sencilla, y su fácil manejo nos permitirá que cualquier hombre sea capaz de manejarla.

Necesito a todos los soldados entrenados para defender las murallas.

—Acabo de revisar los almacenes —informó Durán—. Como mucho tendremos provisiones para una semana, a lo sumo dos y, por lo que he podido ver ahí fuera, si resistimos mientras tengamos alimento, será un milagro; no quiero imaginar qué pasará después.

—Tendremos que racionar —opinó Bernardo—. Hay un pequeño corral con animales, y podremos echar mano a los caballos si surge la necesidad, aunque nosotros no podamos beneficiarnos de esa reserva.

Una de las reglas de la Orden era que las monturas, al igual que ellos mismos, solo podían morir en la batalla. Alvar asintió y pensó en todos los reglamentos que tendría que transgredir hasta lograr salir de ese castillo. Si lo hacía.

—Ahora el principal de nuestros problemas son los malditos trabuquetes. Ordenad a los mejores arqueros que disparen a las eslingas. Si logran dañarlas, tendrán que cambiarlas y ganaremos tiempo para construir los mangoneles.

Sus hombres asintieron; Alvar miró en derredor; solo los soldados defendían el castillo.

—Quiero que todos los habitantes, hombres, mujeres, niños y ancianos, formen grupos de avituallamiento.

Cada grupo servirá a una facción defensiva.

Tendrán que fabricar lanzas y flechas y amontonar todas las piedras que encuentren.

Además, transportarán los calderos de aceite hirviendo y proveerán de agua y alimento a la guardia.

Disponed turnos de cuatro horas para que los hombres descansen por la noche.

No bien terminó de hablar, sus hombres marcharon raudos a ocupar sus puestos.

Un estruendo sacudió la muralla este de nuevo.

Maldita sea, pensó Alvar y corrió a comprobar la repercusión del impacto.

En el adarve yacían inmóviles varios soldados atravesados por jabalinas; la sangre ya teñía las almenas.

El inmenso pedrusco había desplazado varios bloques de la parte superior, pero el muro resistía.

Gritó a los hombres que despejaran el pasillo y amontonaran los cadáveres en un rincón. Alvar bajó con la intención de organizar a la plebe cuando el clérigo lo asaltó bajo la arcada que descendía al patio de armas.

—Vengo a pediros que cobije en la capilla a las mujeres y a los niños; rezaremos por la salvación de nuestras almas y de este castillo maldito. He preparado una misa de redención y…

—No; necesito a todas las personas que sean capaces de mantenerse en pie.

Ambrosio de Nimes lo miró desdeñoso, arrugó los labios y se frotó la frente, visiblemente indignado.

—Serían más útiles pidiendo a Dios otra oportunidad para lavar sus pecados y los vuestros.

Alvar sintió el impulso de apartarlo sin más de su camino.

—Padre, las oraciones no derrotarán a nuestros enemigos.

—Sois un sacrílego —escupió el sacerdote, ofendido—; menospreciáis el poder divino. Sin duda, el demonio ha mancillado vuestra fe.

—Apartaos de mi camino; no tengo tiempo que perder.

Y esquivó impaciente al anciano, que se persignaba entre funestos murmullos. Un gritó en forma de amenaza resonó en sus oídos.

—¡Estáis maldito! ¡Pagaréis caro vuestra debilidad! Y estas gentes serán vuestras víctimas.

Alvar no se volvió; el molesto clérigo sin duda no estaba en sus cabales.

Ya se alejaba cuando escuchó un extraño cascabeleo.

Aquel sonido despertó en él una sensación inquietante.

Ambrosio sacudía su báculo al cielo, como clamando una petición.

Su rostro ajado y cadavérico reflejó una furia pasmosa.

En su mente, pensamientos desordenados pugnaban por encontrar su lugar.

Lamentó no tener tiempo para meditar sobre aquello.

Otro proyectil retumbó en la muralla, lo que provocó una nube de polvo y arenisca que se extendió por las almenas.

Estaban ajustando la puntería a diferentes distancias.

Los siguientes disparos caerían sobre el patio de armas y las cabañas del primer nivel.

Alvar decidió colaborar en la construcción del primer mangonel; era primordial comenzar el contraataque.

* * *

Jimena escuchaba aterrada los estruendosos impactos contra la muralla, los escalofriantes silbidos de las flechas, los gritos de alarma y los tambores que acompañaban toda aquella barahúnda belicosa.

Acompañada por Mencia y otras dos doncellas —Petronila, una muchacha joven, bonita y bulliciosa, y Aura, una mujer adusta y reservada—, aguardaba noticias del asalto.

Petronila se frotaba las manos sin cesar, nerviosa y asustada; sus grandes ojos negros bailaban inquietos de un lado a otro.

Aura permanecía impávida y absorta en sus pensamientos.

En cambio, Mencia aligeraba su expresión con una sonrisa serena y, sin soltarle la mano, murmuraba palabras de aliento que Jimena escuchaba agradecida.

Sin embargo, la única persona que la habría hecho sentirse segura era la que estaba al frente de la defensa.

Todavía permanecía en su piel el recuerdo de sus besos, de sus ardientes caricias; en su boca perduraba el sabor del hombre.

Remembrar aquellas sensaciones incrementaba las ganas de repetirlas.

Tener a aquel hermoso hombre sobre ella, entregado a la pasión; poder acariciar aquel vigoroso cuerpo, ser besada como si fuera devorada, sentirse deseada con la fuerza de un vendaval era cuanto requería.

Le había hecho sentir una extraña y desconocida sensación de ingravidez, un aleteo delicioso que le había erizado cada terminación nerviosa, un palpitar acelerado y cambiante que la había dejado sin aliento.

Sabía lo que significaba aquello, y dedicarle más de un pensamiento era aceptar su fracaso.