Más allá del Temple CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El ocaso vistió los campos de bermellón y oro y oscureció relieves y rincones. Los destellos de un sol moribundo se perdían lánguidos en el horizonte, alargaban las sombras y cedían su reinado a la noche, que ya coronaba el cielo con una luna sonriente.

Alvar contemplaba absorto el atardecer, estaba sumido en sus pensamientos cuando un vigía lo requirió en la muralla sur.

Había avisado a sus hombres que vigilaran cualquier movimiento de las tropas enemigas en dirección a la derruida capilla exterior.

Cualquier acercamiento, por disimulado que fuera, pondría en funcionamiento su plan, y, en él, la rapidez era esencial para el éxito.

Cuando subió al adarve almenado supo que el momento crucial se acercaba. Un reducido grupo de hombres cobijados por incipientes sombras intentaban pasar desapercibidos avanzando entre pinos y encinas, se ocultaban en la frondosa retama rumbo a la capilla.

Dio instrucciones a los soldados y descendió la escalinata en busca de Jimena.

Cuando llegó a la puerta de su alcoba y posó su mano en el pomo, las imágenes de su cuerpo desnudo y mojado le acudieron inoportunas a la mente.

Rogó encontrarla visible, apretó los dientes y abrió.

Ella estaba frente a la ventana ojival, contemplaba el crepúsculo de espaldas a él.

Ni siquiera se volvió, como si estuviera a leguas de allí.

Fijó la vista en aquella esplendorosa melena negra y rizada que le rozaba la cintura, y el impulso de enredar las manos en ella lo asaltó.

Alvar carraspeó y la muchacha volvió sus enrojecidos ojos hacia él; había estado llorando.

—Debes acompañarme, Yarmun está en camino.

Extrañamente, no replicó; se limitó a asentir y se dirigió a la puerta.

Aquella actitud apática e indiferente lo acicateaba más que su rebeldía.

No soportaba verla en aquel estado. Llegaron a la cámara subterránea, la misma en la que la había sorprendido aquella mañana mientras intentaba descubrir el acceso a los túneles.

La miró con disimulo y sacó de su túnica un medallón con la cruz patada.

Lo encajó bajo el soporte para antorchas en la pared del fondo, lo que accionó un ruidoso mecanismo.

Ella abrió los ojos sorprendida y frunció el ceño.

—Debí de haberlo imaginado —musitó indignada.

En el centro del muro, un estridente chirrido abrió una puerta oculta camuflada con piedra para mimetizarla con la pared. Una escalinata de caracol, estrecha, húmeda y lóbrega se abrió ante ellos. Alvar fue delante, la miró apenas un segundo y espetó:

—Iré delante, apoya tus manos en mis hombros y baja a mi ritmo. La piedra rezuma humedad y podrías resbalar.

Ante su inmovilidad, giró la cabeza y la contempló extrañado. Tenía los ojos anegados en lágrimas y había palidecido visiblemente.

—¿Te encuentras bien?

Jimena se limitó a asentir y, a pesar de saber que mentía, no había tiempo que perder.

Las manos de la mujer se afianzaron en sus anchos hombros y le provocaron una reacción esperada y temida.

Alvar respiró hondo para alejar pensamientos y emociones turbadoras.

Llegaron a una amplia antesala circular que se abría en cuatro pasadizos, se adentró sin titubear en el segundo por la izquierda y recorrió a grandes zancadas un largo tramo recto.

Alvar escuchaba tras él los acelerados pasos de Jimena, que casi iba a la carrera.

Los túneles estaban precariamente iluminados, por lo que, al doblar un recodo, se sumían en la negrura hasta que otra antorcha los regaba con su titilante resplandor casi en mitad del pasadizo.

Podían oír el eco de sus pisadas viajar por los túneles, también se oía un rumor de agua por encima de ellos, proveniente de algún manantial subterráneo.

De pronto escucharon el apagado murmullo de unas voces.

Alvar no se detuvo. Sus hombres lo aguardaban.

Al final del trayecto, tres enormes templarios, armados con hachas, picas y espadas mostraban un semblante concentrado.

Él se adelantó hacia una endeble escala de madera que ascendía a bastante altura.

Sobre ella se divisaba una pesada compuerta reforzada con metal.

—Están a punto de llegar, acabamos de escuchar pasos. No tardarán en encontrar la entrada —susurró uno de ellos.

Alvar se volvió hacia Jimena, que permanecía inmersa en su mutismo.

—Habrás de subir la escala y abrir la cancela —la instruyó—.

Después los guiarás hacia la antesala de la que partimos.

Cuando empiece la refriega, ocúltate en el primer pasadizo de la derecha; al comienzo del primer recodo se abre una brecha oculta tras un puntal.

Escóndete allí, yo iré a buscarte cuando todo termine. ¿Alguna pregunta?

Los grandes ojos de la mujer lo observaron fijamente; pareció meditar apenas un instante y negó con la cabeza.

—Durán —continuó—, tú te esconderás tras este recodo; cuando sigan a Jimena, aguardarás hasta que escuches mi orden y derrumbarás a hachazos los puntales. Habrás de ser rápido y certero o acabarás sepultado.

—Otro tesoro oculto —bromeó el aludido.

—Que no me molestaré en custodiar —replicó Bernardo.

Martín y Alvar sonrieron divertidos.

—Bien, hermanos, nada puede salir mal, Dios está con nosotros.

En ese instante, escucharon con toda claridad cómo golpeaban la compuerta desde el exterior.

Alvar clavó los ojos en Jimena y asintió.

Ella, con semblante sorprendentemente imperturbable, imitó su gesto y se dirigió a la escala.

Con una innata agilidad, a pesar de su larga saya de lana y la túnica, se encaramó a la escala y comenzó la ascensión.

—¡Rápido! —exclamó Alvar y corrió detrás de Martín y Bernardo.

En su mente, una duda inquietante tomaba peso a cada zancada.

La extraña actitud de la mujer había despertado en su instinto una alerta de aviso.

¿Y si Jimena tenía otros planes? ¿Y si le había mentido y su gente no significaba nada para ella?

¿Podía fiarse de una traidora? Se detuvo en el primer recodo y alentó a sus hombres a continuar.

Allí, en las oquedades de la pared, también podía camuflarse.

Fuera lo que fuera, debía anticiparse o todo estaría perdido.

Se escondió en el tramo más oscuro y aguardó. No tardó en escuchar pisadas.

* * *

Jimena abrió el postigo y bajó unos peldaños antes de gritar:

—¡Tirad con fuerza, acabo de abrirlo!

No supo si la habían escuchado hasta que se abrió quejumbroso un pequeño quicio iluminado por una antorcha. Un tirón más y la compuerta se abrió totalmente. Un rostro conocido asomó por ella.

—¡Por Alá misericordioso! —exclamó Yarmun—. Temí por ti.

Jimena se obligó a sonreír a pesar de la angustia que la embargaba.

Se repetía incesantemente que aquello era lo correcto, en un patético intento por aplacar los remordimientos.

Descendió y aguardó a que una veintena de hombres alcanzaran el túnel.

En fila avanzaron sigilosos. Ella encabezaba la comitiva con Yarmun pegado a su espalda.

El apuesto capitán sarraceno, de acanelada piel y ojos brunos, le había dedicado una mirada llena de anhelo.

—Sabes que te he echado de menos —susurró en su pelo.

La seductora cadencia de la lengua árabe trajo a su memoria momentos entrañables, románticos y dulces. Las manos de él le ciñeron la cintura. Jimena contuvo la respiración, mas no se detuvo.

—Y sabré recompensarte debidamente —prometió sugerente—.

Cuando me asciendan, te regalaré un palacete en Córdoba o una almunia en el campo, lo que prefieras.

Allí podré visitarte tan frecuentemente como pueda.

Y, créeme, preciosa, que, si de mí dependiera, no me alejaría de ti ni un instante.

Mi cama está tan fría desde que decidiste abandonarla…

Jimena cerró los ojos y tragó saliva. Sentía los nervios de punta, sus jugos gástricos se removieron convulsos.

—No solo pienso llevarme los tesoros del Castillo —continuó—. Tú, mi dulce paloma, vendrás conmigo. Partiremos de inmediato hacia Córdoba, no pienso exponerte más.

Dobló el primer recodo y aceleró el paso.

Escucharlo sumaba agonía a su encargo.

—Hemos de darnos prisa —aconsejó ella—. Ahora están rezando, pero no tardarán en reanudar la guardia.

Un recodo y otro más. El eco, una vez más, anunció la presencia del grupo que dirigía.

Un último tramo recto y llegarían a la gran sala circular.

Dejó de escuchar el murmullo constante de Yarmun, el eco y el incesante rumor del agua; tan solo sus latidos le resonaban en los oídos, atronadores e irregulares.

Respiró hondo y se preparó para la emboscada. Habían llegado.

Los hombres se acomodaron en el recinto circular, y Yarmun observó los pasadizos.

Se volvió interrogante hacia ella y la observó con atención.

Algo en su expresión debió de alertarlo, porque frunció el ceño alarmado y desenfundó la espada, aunque no tuvo tiempo de abrir la boca.

Justo en ese instante, aparecieron templarios de la nada, gritaban desaforados al tiempo que enarbolaban sus armas contra ellos.

La lucha fue rápida y letal. El factor sorpresa se cobró sus víctimas.

Jimena solo vio sangre y confusión. Se dispuso a huir cuando una mano la detuvo.

La colérica expresión de Yarmun le secó la garganta.

Él se zafó de un contendiente y corrió por el túnel de regreso a la capilla tirando de ella.

Jimena se revolvió con la esperanza de soltarse, pero el almohade, furibundo, la atrajo hacia él, apuntó el filo de su espada contra la base de su cuello y susurró:

—Vas a pagarlo caro, perra infiel.

Llegaban al último recodo cuando un estruendo los sobresaltó. Durán acababa de derribar los puntales.

—Estás atrapado, Yarmun —espetó ella—. Ríndete si quieres conservar tu vida. Te lo ruego.

Una nube de polvo se cernió sobre ellos.

—Morirás conmigo —musitó él.