CAPÍTULO 14 #2
Y giró para contemplarla. El pánico la invadió y negó con la cabeza en una muda súplica.
—No lo hará. Aquella voz grave…
Yarmun la soltó para enfrentarse a Alvar, que surgía misteriosamente de entre los muros como un ángel salvador, hermoso y radiante.
Jimena retrocedió y observó cómo los hombres se calibraban ceñudos.
Ambos alzaron las espadas y entrecruzaron los filos.
La corpulencia del templario ocupaba toda la extensión del túnel, lo que le dificultaba los movimientos.
El sarraceno, más menudo, vio claramente su ventaja y descargó un rápido mandoble que el monje detuvo en el acto.
Restalló el acero, una y otra vez arrancaba chispas y gruñidos.
Yarmun ganaba terreno y obligaba al templario a detener sus embestidas sin darle tiempo a contraatacar.
En un escenario más abierto, el sarraceno no habría tenido la más mínima oportunidad, por lo que la única posibilidad de Alvar era llevarlo a un tramo más abierto, y era precisamente lo que estaba consiguiendo.
Jimena los seguía, al tiempo que miraba atrás y suplicaba la aparición de Durán.
Ella observaba, detrás de Yarmun, el enfrentamiento, indecisa y angustiada.
El alfanje del capitán sarraceno rozó el hombro del monje y le cortó la túnica.
La cota de malla impidió un mal mayor. Jimena contuvo la respiración; tenía que hacer algo.
El templario detenía los rápidos ataques de su oponente sin apenas movilidad.
Su largo espadón chocaba contra el muro de piedra, lo que enlentecía sus estocadas.
Durante ese breve instante, su cuerpo permaneció peligrosamente expuesto al sable de Yarmun.
Ella se percató de la daga que el sarraceno portaba enfundada en el fajín escarlata tras la espalda, y supo al instante lo que debía hacer.
Comenzó a acercarse sigilosamente, pegada al muro.
Alvar retrocedió de un salto cuando su espada de nuevo se atascó entre las irregulares piedras de la pared y evitó el mandoble de su adversario.
Fue entonces cuando el monje reparó en ella.
Pareció adivinar sus intenciones y la fulminó con la mirada.
Jimena lo ignoró, aunque sentía la furia que lo dominaba.
Casi tenía la daga al alcance su mano; debía ser rápida, pues los constantes movimientos de Yarmun podrían ponerla en peligro.
Alvar redobló sus ataques con denodado vigor, lo que obligaba al sarraceno a detenerlos.
Ella aprovechó ese momento para alargar la mano y apresar la empuñadura de la daga.
Veloz como un rayo, la descargó en la espalda del hombre.
Yarmun dejó escapar un gemido, giró y, con él, su alfanje.
Jimena no pudo escapar de la estocada. Sintió un dolor lacerante en el costado izquierdo y cayó de rodillas.
Boquiabierta, bajó la mirada hacia la herida que ya sangraba profusamente.
El sarraceno, petrificado, dejó caer la espada y se arrodilló frente a ella, horrorizado y derrotado.
—Yo… no quise… —balbuceó—. No puedes dejarme… otra vez.
Y la abrazó tembloroso.
—¡Suéltala, maldito! —rugió Alvar, que ya se cernía sobre ellos.
En ese momento, sus hombres aparecieron y se detuvieron atónitos ante la escena.
—¡Lleváoslo! —ordenó Alvar—. Y buscad a Durán, algo ha debido de pasarle.
Inmediatamente se abalanzó sobre ella y la tomó en sus brazos.
La muchacha vio el miedo en su rostro; la alarma le desfiguraba sus hermosas facciones, y deseó borrarla con sus besos.
Él corrió por los pasadizos con ella pegada al pecho, quien incluso podía escuchar los atronadores latidos de su corazón.
Jimena sintió los párpados pesados, un frío intenso y las extremidades adormecidas.
—¡Lucha contra el sueño! ¿Me oyes? —gritó Alvar y la hizo sobresaltar—. ¡Resiste, maldita seas!
El pánico teñía su voz y su mirada. Ella lo intentó.
Pero, una y otra vez, aquella agradable somnolencia la envolvía con promesas placenteras, lejos del dolor y del frío. Solo unos ojos suplicantes la animaban a resistir. Él sorteó los cadáveres de la sala circular y se dirigió a la escalinata de caracol.
—Abrázame fuerte —pidió Alvar.
Jimena recurrió a las pocas fuerzas que le quedaban, le enlazó los brazos al cuello y cobijó el rostro en el hombro del templario. El traqueteo del ascenso avivó las punzadas que torturaban su herida, apretó los dientes con fuerza y contuvo el llanto.
—No puedo más —confesó jadeante.
Alvar en su apresurada carrera, la miró con furia.
—Entonces no eres la Jimena de Castro que conocí en Alarcos, la niña que peleaba como un demonio sin importar cuán grande fuera el peligro. ¡Aguanta, demuestra que heredaste el coraje de tu madre!
La muchacha resistió otra lacerante punzada y dejó escapar un grito, mezcla de dolor y de cólera. Cerró el puño y lo estampó en el pecho del hombre.
—¡Lo soy, maldito monje!
Los labios del hombre se estiraron en una sonrisa satisfecha. Tras atravesar corredores y más escaleras, llegaron asu alcoba seguidos de ojos curiosos y alarmados.
—Llamad al sanador si acaso hay alguno —exclamó Alvar a su espalda, al tiempo que abría de una patada la puerta de la alcoba.
La depositó con cuidado sobre el lecho, sacó un pequeño puñal y rasgó la túnica y la sobreveste. Después arrancó un trozo de la colcha y presionó la herida con ella para detener la hemorragia. Jimena ahogó un gemido.
—Solo hay un boticario, y prefiero curarme yo misma a que ese hombre me toque.
Alvar la contempló por un instante y asintió. Acto seguido examinó la herida.
—Yo te curaré si me das tu permiso. Te aseguro que no es la primera herida que coso.
Jimena asintió y cerró los ojos, presa del dolor cada vez más atroz e incansable que contraía cada fibra de su ser.
—Llama a Mencia —rogó ella—. Dile que prepare un brebaje de belladona.
Alvar se dirigió a la mujer más próxima.
—Ya has escuchado; y necesitaré aguja, hilo, aguardiente y tiras de lino limpias para un vendaje.
La mujer casi se volatilizó, impaciente por cumplir las indicaciones.
—Con esa hosca actitud atemorizas a las mujeres.
Alvar le regaló aquella traviesa media sonrisa que tanto la aturdía.
—Tú no me temes —replicó.
—Es más bien al contrario, ¿verdad?
Y logró forzar una sonrisa que se apagó súbitamente ante otra punzada. El hombre la contempló con el ceño fruncido y una expresión indescifrable en el rostro.
—¿Me das permiso para cerrar los ojos, monje?
Alvar de nuevo sonrió. Inclinó la cabeza, sus afilados ojos de gato se centraron en la herida.
Un mechón de su oscuro cabello le ocultó parcialmente el rostro.
Jimena, presa de un impulso, alzó la mano y se lo retiró delicadamente mientras aprovechaba para acariciarle la mejilla.
El hombre no se apartó, pero sus facciones mostraron la tensión que lo dominaba.
—Gracias —musitó ella en apenas un susurro.
Entonces él la miró de nuevo, mostraba asombro y extrañeza.
—Creo que soy yo quien debe darlas, a pesar de no necesitar tu ayuda. Fuiste insensata y temeraria, una vez más, y te pudo haber costado la vida; debería…
—¿Azotarme? —adivinó. Alvar asintió divertido.
—Confórmate con coserme, aunque lo cambiaría gustosa por unos azotes; sí, muy gustosa.
Aquello encendió las mejillas del hombre.
—Hablas así porque no has probado los míos —advirtió él.
—Algo me dice que los probaré.
—Sin duda, nadie ha acumulado tantos motivos como tú para recibirlos.
Jimena cerró los ojos y acompasó la respiración. Cada latido era un latigazo lacerante; si se relajaba, pensó, los latidos se espaciarían. Tener la mente ocupada ayudaba. Abrió los ojos de nuevo y lo vio observarla con preocupación.
—¿Sabes, monje?
Alvar se encogió de hombros.
—El clero debería prohibir a los hombres guapos; no es justo para las mujeres. Como a Dios la apariencia le da igual, debería quedarse con los adefesios.
Alvar soltó una carcajada abrupta e inesperada hasta para él.
—Deliras —respondió todavía sonriente.
—Tal vez, tal vez —contestó ella.
Y cerró los ojos. En ese instante sintió la negrura tirar de ella con insistencia y, entonces, supo que no necesitaría la infusión de belladona.
* * *
Alvar la contempló pensativo. Inconscientemente, su expresión se había dulcificado, casi parecía un ángel.
El deseo de inclinarse y besarla lo atormentaba.
Sus hermosos labios entreabiertos lo tentaban, pero se contuvo.
Todavía sentía los estragos que el pánico había causado en su interior.
Pero, ¿por qué? Aquella hermosa mujer lo desconcertaba, lo atraía, lo desquiciaba, lo sorprendía y lo confundía.
Su valor, su entereza, su ingenio, su descaro eran absolutamente extraordinarios.
¿Acaso alguien sería capaz de resistirse a sus encantos?
“Dulce paloma”, aquel apelativo tan inapropiado para ella todavía le fruncía el ceño.
Oculto en la oquedad del muro, había escuchado cómo el sarraceno, su amante, le hablaba, lo que le provocó un sentimiento extraño, amargo y molesto.
Un pequeño aguijón clavado en el pecho al que, muy a su pesar, tuvo que ponerle nombre: celos, en toda la extensión de la palabra.
Ver cómo las sucias manos del hereje abarcaban la cintura de Jimena había provocado en él una oleada de ira tan intensa, que a punto había estado de salir de su escondrijo para apartarlo de ella.
La sensación de propiedad que ella despertaba en él lo enfurecía más que cualquier otra cosa.
Ella no era suya, pero sentía como si lo fuera.
Maldijo para sus adentros; si la situación fuese otra, si no estuvieran atrapados en un inoportuno asedio, ya se habría marchado de allí, lejos de ella y del peligro que suponía.