CAPÍTULO 13 #2
El gran salón estaba abarrotado. Decenas de ojos inquietos y expectantes contemplaban al capitán templario.
Jimena también era receptora de miradas rencorosas y desdeñosas.
Y, sentada en un rincón junto a su guardián, aceptaba displicente aquel trato, casi sorprendida de no recibir ni un solo escupitajo, ni un improperio, ni un tropezón intencionado.
Mencia la miraba con reproche, con una honda tristeza.
La decepción que le teñía el semblante era como un dardo en el pecho de Jimena que, incapaz de sostener el ceño, centró la atención en Alvar.
Él conversaba con uno de sus hombres y, aunque intentaba aparentar calma y seguridad, sus fascinantes ojos de gato deambulaban inquietos de un lado a otro y pretendían controlar todo.
Podía casi ver cómo su mente maquinaba incesante en busca de soluciones y forjaba planes.
Su inteligencia resultaba casi tan atrayente como su físico.
Tras considerar una línea de acción con sus soldados, Alvar pidió atención y se adelantó para enfrentarse a un público atemorizado y desconfiado.
Polonia, la mujer asesinada, había sido una joven viuda reservada y beata, que había dedicado su vida a ayudar a los demás, lo que sumaba al desconcierto la indignación.
—Creo que no es necesario recalcar lo peligroso que es salir solo —comenzó con voz grave y solemne—. Polonia lo hizo cuando su compañera asignada dormía y pagó demasiado cara su imprudencia.
El hombre enlazó las manos en su espalda y recorrió con la mirada a los allí reunidos con expresión severa.
—Exijo saber si alguno de los aquí presentes tiene constancia de la ausencia de su pareja, por breve que esta sea.
Los congregados se miraron recelosos entre sí. Surgieron algunos murmullos y negaciones. Él alzó la mano y agregó:
—No deseo que se haga en público. Soy consciente de la amistad que la mayoría tiene entre sí, no obstante, nos enfrentamos a un asesino inmisericorde, brutal, un ser perturbado que actuará de nuevo si no lo detenemos a tiempo. Me basta con una nota anónima: esa colaboración salvará vidas.
Una sombra surgió de un rincón. Un hombre ataviado con una ajada sotana parda avanzó hasta el centro de la sala. Su rostro enjuto, casi cadavérico, mostraba una expresión tétrica; su mirada vacua se centró en Alvar.
—El asesino es uno de nosotros —declaró reprobador el padre Ambrosio de Nimes—. Pero dejadme preguntaos una cosa: Polonia fue capturada fuera de estos muros, en los cuales vuestros hombres hacen guardia, y ninguno vio ni escuchó nada. Por lo tanto, ¿por qué los excluís de toda sospecha?
Se volvió hacia su rebaño, que ya asentía. Ungido por la firme aprobación que mostraban sus semblantes agregó:
—¡Dios nos castiga, mas no son nuestros pecados los que han provocado su ira! —exclamó alzando la voz con la misma pasión que ponía en sus sermones—. ¡Son los vuestros! —continuó mientras señalaba acusador a Alvar.
Jimena contuvo la respiración cuando el sacerdote se dirigió colérico hacia ella.
—No os permito tal acusación —se defendió el muchacho—. Mis hombres vigilan las tropas enemigas, y el guardián que vigila estas puertas fue golpeado desde atrás, por lo que estaba inconsciente.
—Desconozco la identidad del asesino —replicó Ambrosio con inquina—, pero sí la causa, el motivo por el cual el demonio campa libremente entre nosotros.
—Alzó el brazo hacia Jimena y profirió—: Ella es el cebo que el demonio ha puesto para vos, y habéis picado, habéis traicionado vuestros votos más sagrados.
El público ahogó una sonora exclamación que creció por toda la sala para convertirse en asombrados murmullos. Todos los ojos se posaron en Guillén de Montcada, que palidecía por momentos.
—Yo os vi —añadió el clérigo con voz atronadora y se dirigió a Alvar—.
Os vi arriba, en la torre este. —Frunció el ceño, sus ojos saltones parecían querer salírsele de las orbitas, sus labios finos y arrugados se tensaron en una línea blanquecina—.
Besabais a la perra traidora contra el muro, sumido en la lascivia, mancillabais a Dios y a los hombres. ¡Sois tan traidor como ella!
Las murmuraciones e imprecaciones contra Jimena se alzaron insidiosas y recorrieron el gran salón como una lengua de fuego devorando un trigal seco.
Su esposo la miró con una expresión indescifrable que acrecentó su nerviosismo.
Jimena cerró los ojos. Su corazón palpitaba violentamente, sintió la boca seca y un incómodo nudo en la garganta.
Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa y sopesaba la posibilidad de negar la acusación, de aceptar con dignidad su culpabilidad o de inventar alguna excusa que la eximiera, si aquello fuera posible. No tuvo tiempo de abrir la boca.
—Tal vez vuestra apreciación sea errónea, padre Ambrosio —intervino Guillén con voz pausada y aparente calma—. A pesar de vuestra lucidez, sois hombre añoso, y no sería la primera vez que vuestra vista os jugara malas pasadas. ¿Dónde os encontrabais cuando los sorprendisteis?
Jimena no daba crédito a lo que oía. Ambrosio, atónito por la actitud del agraviado, recompuso su semblante en una máscara feroz.
—Estaba en el campanario de la capilla, mi señor.
Y tristemente compruebo que mi vista es más aguda que la vuestra.
“De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis”, evangelio según San Mateo, capítulo 13, versículo 14.
Sonrió sibilino y se dirigió satisfecho hacia los congregados.
—“Porque de cierto os digo —apostilló sagazmente Alvar—, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”, también evangelio según San Mateo, capítulo 13, versículo 17.
El sacerdote se dirigió furibundo hacia él con el puño en alto.
—¿Osáis poner en entredicho mi testimonio?
Alvar se adelantó con semblante grave. Sus ojos grises refulgían indignados.
—Sea lo que sea que creáis haber visto —objetó hábilmente—, no os incumbe, padre, pues mis faltas serán respondidas ante Dios y ante el maestre de mi Orden.
Y, las de la mujer, ante su esposo y, por supuesto, ante el Creador, como cada uno de nosotros.
A menos, claro está, que estéis limpio de pecado.
Paseó su mirada severa por los confundidos rostros de los espectadores y añadió:
—Las huestes almohades rodean nuestros muros, entre nosotros se oculta un sangriento asesino, y vos, padre, recrimináis una supuesta inmoralidad y desvías la atención de los verdaderos peligros. Ni Dios ni el demonio tienen que ver en esto, son los hombres los únicos culpables de nuestro destino.
Guillén, con expresión enigmática, asintió y se dirigió hacia Alvar.
—Decís bien, templario, y, como hombres que somos, vuestros soldados seguirán las mismas normas que nosotros, solo así conseguiréis la confianza de mis siervos.
Alvar aceptó a regañadientes, maldijo la perspicacia de Guillén: una agudeza que lo asombró y que desmontó la teoría que se había forjado sobre su persona.
—Así sea. Aguardo impaciente la colaboración de vuestros siervos, yo responderé por mis hermanos. Ahora, si me disculpáis, tengo una fortaleza que defender.
Guillén miró significativamente a Jimena y luego a él.
—Ambos tenemos intereses que proteger —replicó—. Le aseguro, capitán, que esta vez no descuidaré mis deberes.
Ante aquella velada amenaza, ambos hombres se sostuvieron la mirada y dejaron que sus ojos siguieran derramando sutiles advertencias.
Jimena sintió las mejillas arreboladas; deseó correr a su alcoba, lejos de todo: de la vergüenza, de la pasión que Alvar despertaba en ella, del temor ante un asalto y del horror ante el depredador que anidaba bajo su techo.
Mencia se acercó a ella, no era enfado lo que mostraba su rostro, era algo mucho peor: decepción.
—Te avisé, niña —susurró compungida—, y caíste al pozo.
Jimena fue incapaz de sostenerle la mirada. Todo el coraje que mostraba en situaciones difíciles la abandonaba frente al reproche de alguien querido. Desolada y abatida, inclinó la cabeza para contener las lágrimas. Una mano regordeta y callosa se posó firme sobre la suya.
—Muchacha —agregó, esta vez en tono cariñoso—, sabed que, cada vez que caigas, estaré allí para lanzarte una soga.
Alzó la cabeza con los ojos arrasados en lágrimas, deseó poder abrazarla y, movida por ese impulso, se levantó.
Inmediatamente, los guardias la detuvieron y la retuvieron en la silla.
Sus ojos se encontraron con los de Alvar y descubrió en ellos un brillo extraño.
Él asintió a sus soldados e inmediatamente se retiraron unos pasos.
Jimena se incorporó y se lanzó a los brazos de su doncella, su madre suplente, su gran amiga.
Necesitaba tanto sentirse arropada, mimada y consolada.
Mencia la acogió entre sus brazos, la reconfortó y le susurró palabras cálidas al tiempo que le frotaba la espalda y le acariciaba el cabello.
Aquello no hizo más que aumentar su congoja.
—No es momento de flaquezas, pequeña. Muéstrales de qué estás hecha, aviva tu ingenio y encauza tu vida. Dios siempre nos ofrece otra oportunidad.
—Me temo, mi buena Mencia, que mi vida discurre por un sendero cercado, no tengo más remedio que seguirlo.
Buscó con la mirada a Alvar, pero ya no estaba en el salón. Fueron otros ojos los que encontró, verdes y pensativos, casi ausentes. Sin embargo, en su interior se despertó un desasosiego inquietante.