Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 20
96%

Capítulo 20

Ruth observaba la entrada de la Opernhaus Zürich desde el interior del coche.

La fachada iluminada de la ópera se alzaba frente a ellos con elegancia mientras los coches se detenían junto a la alfombra roja, los flashes rompían la noche en ráfagas blancas y la lluvia fina dejaba sobre el asfalto un brillo plateado.

Durante años, Zúrich había sido para Ruth más un dato que una pertenencia, a pesar de haber nacido allí.

Un lugar escrito en documentos, en fotografías antiguas y en historias que su abuela le había contado tantas veces que habían terminado formando parte de su memoria, aunque no fueran recuerdos propios.

Su abuela le hablaba de aquella ciudad como del lugar al que su padre había llegado con apenas veinticinco años, lleno de sueños y de una seguridad joven que todavía no sabía que la vida podía romperse en cualquier curva.

Había viajado a Zúrich por trabajo, como ingeniero de telecomunicaciones, convencido de que aquella estancia sería una gran oportunidad profesional, unos meses entre planos, reuniones, proyectos y la posibilidad de aprender un idioma que le abriría puertas en su campo.

Pero nada de lo profesional pudo compararse para Álvaro Ramírez con encontrar al amor de su vida: Elisa Garzoli. La mujer que después sería su madre.

Su abuela le contaba que se conocieron en la empresa donde su madre también trabajaba como ingeniera junior, y que una tarde de lluvia, cerca del lago, cuando Álvaro se equivocó de tranvía por tercera vez en la misma semana, Elisa, divertida por aquel español que sostenía un plano empapado intentando evitar el desastre, decidió ayudarlo.

Después vinieron otros tranvías, ya no equivocados sino buscados, paseos junto al lago con las manos heladas y los dedos entrelazados, cafés demasiado largos para ser casuales y un amor que fue creciendo entre el frío en las mejillas, la torpeza de dos idiomas mezclándose y la certeza de que había algo mucho más grande que el proyecto de ingeniería que compartían.

Ruth solo había podido imaginar aquella historia a través de palabras prestadas.

A través de su abuela hablando de ellos como si todavía pudiera verlos caminar juntos, jóvenes, enamorados, ignorantes de todo lo que vendría después.

Quizá por eso Suiza y España siempre habían vivido dentro de ella de una forma extraña.

España era su abuela, su hogar, su lengua, sus amigos, el cine y la mujer en la que se había convertido.

Suiza era una raíz silenciosa. Un origen que no había sabido reclamar del todo, pero al que la vida la llevó de vuelta: a sus montañas, a Safien, a David.

Aquella noche, sin embargo, Zúrich la reclamaba de otra forma.

David estaba sentado a su lado, con los dedos entrelazados con los suyos, vestido con un traje negro que a Ruth siempre le había parecido absolutamente perfecto para él.

La tela oscura hacía que sus ojos verdes parecieran aún más claros, más vivos, el lugar exacto donde ella siempre quería perderse.

David, su marido.

Todavía había algo casi irreal en verlo allí junto a ella, camino de la gala del Zurich Film Festival, en sentir el peso discreto del anillo en su mano y recordar que apenas cinco días antes se habían dado el sí quiero en una ceremonia íntima en el registro civil.

Después, rodeados de amigos que eran familia, lo habían celebrado en el Schloss Schauenstein, entre salones de piedra, madera antigua, alta cocina y esa elegancia serena de los lugares donde el lujo no necesita imponerse.

Al otro lado de los ventanales, las montañas de los Grisones habían acompañado la noche como unas invitadas más.

Y es que Ruth, unos días después de aquella mañana en la cabaña en la que ambos cambiaron su forma de mirar a un futuro del que nadie era dueño, había viajado a Madrid.

Allí daría un seminario que formaba parte de un proyecto que había aceptado sin dudar: una nueva serie creada por estudiantes de fin de grado y que la devolvía a uno de los lugares que más habían marcado su vida, la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, donde ella también había estudiado, donde había recorrido pasillos con cuadernos, nervios, hambre de aprender y esa sensación extraña de estar entrando en un mundo enorme sin saber todavía si algún día encontraría su lugar dentro de él.

Recordaba cómo el arte podía cambiarte la vida, porque eso fue lo que le pasó a ella la primera vez que vio Tesis, siendo solo una cría adolescente, y la forma en que algo se le abrió por dentro al descubrir que una película así había nacido en aquellos pasillos, en aquellas aulas, en una universidad que ella podía pisar, tocar, reconocer.

Aquello le hizo querer formar parte de ese lenguaje.

Querer contar historias. Querer mirar desde detrás de una cámara y entender que el cine podía ser valiente, incómodo, oscuro, hermoso y profundamente propio.

Ruth era así. Quizá caótica, sí, pero si algo la movía por dentro, luchaba por alcanzarlo. Quería comerse un mundo que, aunque a veces se empeñara en arrebatárselo todo, seguía siendo suyo.

Aún podía ver la cara de su abuela María cuando le habló de estudiar cine.

A ella aquel mundo le resultaba desconocido, inestable, demasiado lleno de promesas que podían romperse.

Pero también recordaba la firmeza profunda con la que, aun sin entenderlo del todo, la apoyó.

Porque su abuela quizá no entendía de cámaras, de guiones ni de rodajes, pero entendía perfectamente cuándo algo le encendía la vida a Ruth.

Y ahora ella regresaba allí como directora invitada, como alguien capaz de aportar su experiencia a otros jóvenes talentos, de acompañar miradas nuevas y de devolver un poco de todo lo que ella había recibido cuando todavía era una chica sentada en un aula, soñando con contar historias que algún día importaran.

Lo que Ruth no supo mientras compartía aquellos días con alumnos, profesores y compañeros, entre cine, clases, pasillos e inspiración, fue que David habló con Lars.

Aún le parecía completamente increíble imaginarlo llamándolo, reuniéndose con él y diciéndole, sin rodeos, que la amaba.

Que sabía que lo que iba a pedirle quizá podía parecer otro acto de egoísmo, otra forma de intentar apropiarse de algo que no le pertenecía, pero que aun así quería arriesgarse por Ruth, por él y porque huir no quería que fuera ya una opción.

Le confesó que la cabaña había sido refugio, pausa y hogar antes incluso de que ninguno de los dos se atreviera a llamarla así. Allí habían aprendido a quererse más allá del ruido. Allí habían discutido, reído, llorado, trabajado, dormido, cocinado y se habían enamorado.

Y David quería comprarla para entregarle una llave a Ruth y preguntarle si quería convertir aquel lugar en algo suyo. De los dos.

Lars lo escuchó en silencio y, contra todo pronóstico, soltó una carcajada que David no supo cómo tomarse.

—Vaya, vaya, David. Así que al final ya no eres solo un chico enfadado y asustado, ¿eh? —dijo, todavía divertido. Después negó con la cabeza—. Tremenda Ruth.

David no respondió. No porque no quisiera, sino porque sabía que Lars tenía razón.

Entonces Lars se acercó, le tendió la mano y añadió:

—Cuenta con ello. Espero que seáis muy felices, David.

David estrechó aquella mano y, de algún modo, días después no solo firmaron un contrato de compraventa. También firmaron una tregua con el pasado y un intento nuevo de futuro, donde otra vez una mujer volvía a unir sus vidas, aunque esta vez de una forma distinta.

Después David habló también con Mara y le propuso comprar su cabaña.

Quería las dos. Una para vivir. La otra para seguir llenándola de inspiración mutua.

El mejor lugar para componer él y para crear ella.

Un lugar donde la música y el cine pudieran encontrarse y complementarse.

Su hermana, emocionada por volver a ver a su hermano lleno de ganas de vivir, le sonrió con lágrimas en los ojos y, por supuesto, le dijo que sí.

La noche que Ruth regresó de nuevo a Safien, sintió a David más nervioso de lo normal. Lo notó en la forma en que no terminaba de quedarse quieto y en cómo la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta.

—David, ¿todo bien?

—Sí —dijo él.

Su nerviosismo era tan evidente que Ruth alzó una ceja.

—¿David?

Él soltó una risa baja y se acercó al aparador del salón. Abrió uno de los cajones, sacó una caja cuadrada de terciopelo oscuro y volvió hacia ella.

Ruth abrió mucho los ojos al verla y contuvo la respiración. David se detuvo frente a ella y la abrió despacio. En el interior había un solitario sencillo, un brillante limpio engastado en oro amarillo, discreto y luminoso bajo la luz cálida del salón. A su lado, dos llaves.

Ruth miró primero el anillo, después las llaves y, por último, a David.

—¿Qué has hecho? —susurró.

Él tragó saliva.

—He hablado con Lars.

Ruth bajó de nuevo la mirada hacia las llaves y algo en su pecho empezó a moverse a toda velocidad antes incluso de que él terminara de explicarse.

David le habló de la compra de las cabañas, de Lars, de Mara. Pero a Ruth no le quedaron grabadas todas las palabras exactas. Le quedó grabada la forma en que la miraba mientras le decía que no quería una vida prestada con ella. Que no quería esconderse en Safien, sino pertenecer a ese lugar.

Y entonces, con la caja todavía abierta entre los dos, David respiró hondo y preguntó:

—¿Quieres casarte conmigo?

Ruth se abrazó a él con fuerza.

—Sí —dijo contra su boca antes de besarlo—. Sí, David.

Él la sostuvo como si por fin algo dentro de él hubiera dejado de correr.

Y Ruth lo besó con toda la intensidad de quien no estaba aceptando solo un anillo ni una llave, sino una vida compartida junto a la persona que ama.

El chófer abrió la puerta y el sonido de la gente que se agolpaba en los alrededores esperando ver a sus actores favoritos, las luces de las cámaras y las preguntas de los periodistas entraron de golpe, devolviéndolos al presente.

Ruth salió primero y David lo hizo tras ella.

Se colocó a su lado, apoyando con suavidad una mano en su cintura, justo donde el vestido Loewe color vino tinto dejaba al descubierto parte de su espalda.

Ruth sintió el contacto de sus dedos sobre la piel y apenas tuvo tiempo de respirar antes de que él se inclinara hacia su oído.

—Estás preciosa, mi vida.

Ella sonrió buscando sus ojos y juntos avanzaron por la alfombra hasta encontrarse con el equipo de Eternity, que los esperaba cerca de la entrada.

La gala transcurrió entre luces, discursos y aplausos llenos de energía. Se proyectaron fragmentos de las películas nominadas, se sucedieron nombres, agradecimientos y traducciones simultáneas, hasta que llegó el reconocimiento a la música.

David se quedó inmóvil. Ruth lo notó antes incluso de que su nombre apareciera en la pantalla.

El fragmento de Eternity llenó la sala con una escena en penumbra, una respiración contenida y aquella melodía suya entrando despacio.

Ruth había escuchado esa pieza decenas de veces en salas de montaje y en estudios de sonido.

Pero allí, rodeada de gente, sonó distinta.

Como si por fin perteneciera al mundo.

Cuando pronunciaron su nombre, David tardó en reaccionar. Ruth le apretó la mano, le dio un beso suave en los labios y, mirándolo con los ojos llenos de amor, le dijo:

—Es tuyo, David. Ve.

Él subió al escenario junto al editor musical y la jefa de sonido.

Recibió el Golden Eye a la mejor música internacional de cine con serenidad y agradecimiento, consciente de que aquel reconocimiento no premiaba solo una banda sonora, sino una creación que había nacido de una parte absolutamente íntima de sí mismo.

—Gracias —dijo al llegar al micrófono—. Esta música no habría llegado hasta aquí sin el equipo que la cuidó durante todo el proceso. Ellos supieron darle forma, espacio y vida.

Hizo una pausa sin apartar la mirada de Ruth, que lo observaba desde su asiento con una sonrisa que no podía contener.

—Y gracias a Luz Ragar, como directora, por confiar en mí antes incluso de que yo pudiera hacerlo.

Acompañar esta película con mi música ha sido uno de los regalos creativos más importantes de mi vida.

Pero hoy permítanme dirigirme también a mi mujer, porque más allá de la directora que ha hecho posible que yo esté aquí, Ruth es mi vida. Te quiero.

Ruth aplaudió con los ojos brillantes y un orgullo absoluto, sintiéndose profundamente feliz por todo lo que estaban consiguiendo juntos.

Apenas media hora después, el premio más importante de la noche se anunció sobre el escenario y Eternity se alzó con el preciado Golden Eye a mejor película.

Ruth escuchó el título de la película y no se movió.

Lars fue el primero en ponerse de pie. Lena la abrazó por detrás.

El equipo estalló alrededor de ella en una mezcla de risa, sorpresa y lágrimas.

David, a su lado, la besó con un orgullo imposible de disimular, y Ruth se dejó envolver por sus brazos mientras recuperaba el aire y la fuerza para subir al escenario.

El Golden Eye, dorado y negro, con la forma del ojo que daba nombre al premio, brillaba bajo las luces de la sala y pesaba entre sus manos.

Ruth respiró hondo frente al micrófono.

—Gracias —dijo, intentando que su voz dejara de temblar—.

Gracias a todos los que habéis sostenido esta historia conmigo.

A mis compañeros, a mis amigos, a mi abuela y a mis padres, que un día, bajo este cielo de Zúrich, se enamoraron y me dieron el privilegio de vivir.

Gracias al cine y a todas las artes por ser belleza, por ser dolor, por ser alegría y por recordarnos que, al final, sentir es lo que nos hace sencilla y eternamente humanos.

Y gracias a ti, David Vogel, por formar parte de mi vida.

Que fueras mi vecino enfadado es una de las cosas más bonitas que me han pasado jamás. Te quiero.

Hubo una risa cálida en la sala. David bajó la mirada, sonriendo, emocionado de una forma que apenas pudo esconder, y los aplausos estallaron.

Aquella noche hubo fotografías, entrevistas, felicitaciones y muchos abrazos.

Pero cuando por fin cerraron la puerta de su habitación, David la besó con toda la necesidad que había contenido durante horas, y Ruth respondió a él dejando que el vestido cayera al suelo y que el mundo desapareciera bajo sus manos.

Se amaron con ternura y con esa forma feroz de reconocerse en la piel del otro después del ruido, y más tarde, cuando ya no quedó nada salvo sus cuerpos entrelazados y la respiración lenta en la oscuridad, una noche más se durmieron abrazados.