Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

David sintió que el dolor de Ruth se le metía dentro sin pedir permiso, como una punzada profunda al comprender que ella también llevaba años sobreviviendo a pérdidas que no había elegido y que, aun así, nunca las había usado como excusa ni escudo contra nadie.

Se giró hacia ella sin interrumpirla.

—Y no sé por qué, hasta el día que murió mi abuela no me había enfadado tanto —continuó Ruth—.

No sé si porque cuando murieron mis padres era demasiado pequeña, o porque los niños tienen esa fuerza única que les hace seguir adelante por mucho que la vida duela.

Pero ese día yo ya no era una niña. Tenía veintiséis años y no tenía a nadie.

Mis padres llevaban muertos tanto tiempo que, aunque lo quisiera con todas mis fuerzas, ya no era capaz de recordarlos, y mi abuela, la persona que me había sostenido, criado y cuidado, la persona a la que más quería en el mundo, había muerto la noche anterior mientras yo dormía tranquila en la habitación de al lado.

Y yo no había sentido nada, David —dijo, con una desesperación que, aún años después, seguía viva en su voz—.

Nada. No tuve una señal. No me desperté.

No me despedí de ella. No pensé en llevarla al médico.

No pensé nada. Me acosté como cada noche y me dormí mientras su corazón, simplemente, dejaba de latir.

—Ruth… —dijo él, con la voz rota.

Ella negó despacio.

—Déjame terminar.

David asintió. Se sentó un poco más cerca y buscó su mano con cuidado, como si temiera que ella pudiera apartarla.

Ruth no lo hizo. Al contrario, dejó que sus dedos se cerraran alrededor de los suyos, y David los sostuvo con fuerza, agradecido por aquel contacto que, en ese momento, le pareció más de lo que merecía.

Ruth apretó sus dedos e intentó tranquilizarlo con una sonrisa triste que ninguno de los dos sintió del todo real.

—Tranquilo, David. Es solo que hoy me he acordado de que ese día, al final, me levanté.

Me levanté y decidí seguir viviendo. Me enterré en trabajo, eso sí, porque necesitaba que mi cabeza estuviera ocupada en cualquier cosa antes de recordarme todo lo que había perdido.

Entre rodajes, aeropuertos, guiones y compañeros volví a querer levantarme.

Me enamoré. Me enamoré muchísimo de Diego y, aunque ahora piense que es el mayor gilipollas del planeta, formó parte de una etapa importante de mi vida.

David se tensó al escucharla hablar de Diego, pero no la soltó. No tenía derecho a ponerse celoso de un pasado que ella le estaba entregando con tanta honestidad.

—Y no estuvo mal, ¿sabes? De esa etapa también nació Luz.

Cuando Diego me propuso usar un nombre más comercial como directora, elegí ese en honor a mi abuela y a mis padres, porque siempre he sentido que, aunque ya no estén conmigo, siguen siendo mi luz.

Durante un tiempo enterré la pena y la oscuridad que a Ruth no la dejaban respirar y saqué a Luz adelante.

Y aquí estoy hoy, intentando no apagarme, David.

Así que supongo que a nosotros nos pasará lo mismo.

Un día, no sé cuándo, nos sentaremos en algún sitio y sabremos que fuimos importantes y durante un tiempo brillamos juntos.

A David le dolió de una forma insoportable oírse colocado en pasado.

—Ruth, mírame, por favor.

Ella giró la cabeza hacia él. Tenía lágrimas en las mejillas, y David levantó la mano libre para secárselas con suavidad mientras sus dedos temblaban sobre su piel. Ruth cerró los ojos, dejando que la tocara, y luego volvió a mirarlo sin apartarse.

—Mi abuela decía que la vida era como cocinar —dijo ella—.

Que a veces no eliges lo que tienes en la despensa, pero sí decides qué haces con eso.

Puedes enfadarte porque no tienes los ingredientes que querías, puedes no probar recetas nuevas por miedo a que te salgan mal o puedes subir tanto el fuego por prisa que termines quemándolo todo.

David continuó acariciándola, perdido en la dulzura de su voz.

—Ella decía que casi todo podía arreglarse añadiendo algo que compensara lo amargo, teniendo paciencia, probando otra vez y cocinando despacio, bajando el fuego.

Pero también decía que había que saber cuándo un plato no tenía arreglo y era mejor empezar de nuevo antes de obligarte a tragar algo que solo iba a hacerte daño.

Ruth respiró hondo mientras David seguía rozando su piel con una cadencia que la animaba a seguir hablando.

—Cuando era pequeña me parecía una tontería, pero ahora creo que fue la mayor lección que me dejó. Cocinar mi propia vida. Decidir qué pongo dentro. Qué dejo fuera. Qué cuido. Qué no permito que se queme.

Ruth bajó la mirada y entrelazó sus manos con las de David, apretando sus dedos con fuerza, como si necesitara que él entendiera lo que intentaba decirle.

—Y no voy a quemarla, David. No por miedo, ni por dolor, ni por rabia. Y quiero hacerlo contigo, aunque nos fallen algunos ingredientes.

David la abrazó entonces con una intensidad que no pudo reprimir.

Enterró la cara en su cuello y lloró, vencido por todo aquello que llevaba semanas intentando contener.

—Ruth, no puedo —dijo contra su piel—. No puedo. No puedo condenarte a no tener hijos. Y si algún día los tenemos, no puedo vivir pensando que pueden estar condenados por mí.

Ella sintió su miedo. Su dolor. La forma en que aquella idea lo estaba destruyendo por dentro. Siguió aferrada a él, dejándolo soltar todo aquello que lo estaba ahogando, sin interrumpirlo, sin intentar corregirlo ni convertir su miedo en algo pequeño solo porque a ella también le doliera.

Cuando la respiración de David se suavizó, Ruth aflojó despacio el abrazo y lo miró a los ojos.

—Yo tampoco sé si puedo, David. Pero sí sé que no saberlo no me impide querer intentarlo. Y quiero intentarlo contigo.

—Te quiero tanto, Ruth —le dijo él contra los labios.

—Yo también, mi amor —susurró ella—. Yo también.

David cerró los ojos y la abrazó más fuerte. Se quedaron así mientras sus lágrimas caían. Él dejó salir la angustia que llevaba semanas tragándose, y Ruth dejó de fingir que podía sostenerlo todo sin romperse también.

—Perdóname, Ruth —dijo contra su cuello, con la voz deshecha.

Ella le acarició la nuca despacio sin soltarlo.

—Creo que hoy solo debemos bajar el fuego, David.