Capítulo 19
Apenas tres horas después, con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana, Ruth despertó con los ojos hinchados y una sensación de tristeza que le oprimía el pecho. Se incorporó despacio, se vistió rápido y bajó al salón.
David estaba dormido en el sillón junto a la ventana, con la cabeza apoyada contra el respaldo y un brazo caído a un lado.
No había sido capaz de subir a la cama después de la conversación de la noche anterior.
Aquella certeza le dolió casi tanto como las palabras que él había pronunciado de madrugada, y Ruth no se sentía con fuerza para hablar con él.
No cuando el dolor seguía tan vivo que cualquier frase podía convertirse en una herida nueva.
Sintió las lágrimas subirle otra vez a la garganta, cogió el abrigo y salió de la cabaña con cuidado, cerrando la puerta muy despacio para no despertarlo.
Necesitaba moverse, salir de allí, dejar de respirar el mismo aire que David durante un rato, porque, aunque no pudiera explicarlo, estar bajo el mismo techo que él le parecía una forma absoluta de asfixia.
Caminó sin rumbo por el sendero que salía de la cabaña y descendía hacia el pueblo. El frío de la mañana le golpeó la cara. Dejó que el aire le mordiera la piel y que las lágrimas le resbalaran por las mejillas sin apartarlas.
Lloró por un amor que quizá era un error.
Lloró por un hombre que quizá nunca dejaría que ella se acercara de verdad al lugar donde habitaban sus miedos.
Lloró por la impotencia de sentirse empujada fuera de una historia que también era suya.
Pero también lloró porque, por más que le doliera, lo que sentía por David seguía siendo real.
Tan real que no conseguía hacerlo encajar con aquel hombre que había llenado su mundo de excusas la noche anterior.
Llegó al pequeño mirador del final del sendero casi sin darse cuenta.
Era apenas una plataforma de madera al borde del camino, con un banco orientado hacia el valle y una barandilla baja desde la que se veía la comuna de Safiental extendida entre montañas, tejados oscuros de teja y losa, prados aun dormidos y una línea de niebla atrapada entre los árboles.
A esas horas no había nadie. Aún no eran las ocho de la mañana y los turistas que visitaban aquella región buscando silencio, belleza y naturaleza aún no habían llegado.
Todo estaba quieto, como si el valle entero estuviera conteniendo el aliento con ella.
Ruth se sentó en el banco y respiró hondo.
El aire frío le llenó los pulmones con una violencia que casi le dolió. Se abrazó a sí misma, miró el paisaje y después sacó el móvil del bolsillo.
No supo por qué abrió la galería. Tal vez porque necesitaba pruebas.
Tal vez porque una parte de ella buscaba confirmar que no se lo había inventado todo.
Que David no había sido solo aquel hombre de la noche anterior, el que le dijo que quería dejar su relación como si nada hubiera importado realmente, como si su historia pudiera cerrarse con la misma frialdad con la que alguien llega a la palabra fin de un libro en cuyas páginas nunca habitó de verdad.
Empezó a pasar fotografías.
La primera que apareció la habían tomado apenas unos días antes, en Tenna.
Ruth llevaba puesto el traje de esquí, tenía la cara roja del frío y su sonrisa de orgullo traspasaba la pantalla.
David estaba detrás de ella, riéndose mientras la sujetaba por la cintura porque, poco antes, ella había estado a punto de caerse al levantar los bastones intentando posar como una profesional.
En otra, David aparecía sentado en el borde de la cama del hotel de Amberes, despeinado, con una taza de café en la mano y un gesto de concentración absoluta mientras miraba sus notas de rodaje como si estuvieran escritas en un idioma imposible.
Ella le había robado la foto sin que se diera cuenta y, cuando él la descubrió riéndose de sus pintas, dejó la taza sobre la mesilla, se lanzó sobre ella y empezó a hacerle cosquillas hasta que los dos terminaron casi sin respiración sobre la cama, con la lluvia golpeando el cristal.
Ruth recordaba perfectamente cómo aquellas risas se habían ido apagando poco a poco, cómo David había dejado de hacerle cosquillas para mirarla con aquella intensidad que siempre conseguía encenderle algo por dentro, y cómo después hicieron el amor con la ciudad gris al otro lado de la ventana y el mundo reducido al calor de sus cuerpos entre las sábanas.
Después vino una de la cabaña donde David dormía en el sofá con Darcy en brazos, y el gato apoyaba una pata sobre su pecho con una confianza absoluta.
Mientras deslizaba las imágenes, Ruth revivía cada recuerdo con una nitidez dolorosa. No solo los veía; volvía a tocarlos. Volvía a sentir la risa, el calor, la calma breve de aquellas escenas en las que todo parecía sencillo.
Lloró y sonrió al mismo tiempo mientras seguía pasando imágenes hasta que se detuvo en una. La fotografía era una tontería, pero algo le hizo detenerse en ella.
David estaba en la cocina de la cabaña, con un paño sobre el hombro y una bandeja en las manos, presumiendo de que su bizcocho de limón había subido más que el de ella.
En la encimera aún se veían restos de harina esparcida y Darcy aparecía al fondo, dormido hecho un ovillo.
David sonreía a la cámara con esa sonrisa canalla que usaba cuando sabía que estaba siendo insoportable y, aun así, disfrutaba de saber que a ella le encantaba.
Ruth amplió la imagen con dos dedos. Amplió sus ojos, la curva de su boca, aquella felicidad casi infantil, tan distinta de la máscara que él se había puesto la noche anterior.
Y al verlo, algo le atravesó el pecho.
Ese David existía.
No era una fantasía suya. No era una construcción romántica nacida de su necesidad de amar. Ese David existía y la miraba como si no hubiera nada más importante que aquellos momentos compartidos.
Ese David existía y la quería.
Y ella lo quería a él. De repente no tuvo ninguna duda de eso.
Ruth se apartó las lágrimas con fuerza, como si aquel gesto pudiera devolverle algo de control.
Guardó el móvil, se levantó del banco y respiró hondo una última vez antes de empezar a caminar de vuelta hacia la cabaña.
Llevaba apenas unos metros recorridos cuando el móvil recuperó la cobertura que en aquella parte del valle se perdía al traspasar el sendero, y las notificaciones empezaron a acumularse.
David la había llamado cinco veces.
Cuando la cabaña apareció al final del camino, lo vio.
Él estaba fuera, junto al alero de madera de la entrada, con el móvil pegado al oído y la otra mano enredada en uno de esos mechones rubios que ella adoraba y que él tiraba con fuerza cada vez que estaba nervioso.
Caminaba de un lado a otro con una inquietud que no conseguía contener, como si su propio cuerpo no supiera quedarse quieto mientras su cabeza iba demasiado deprisa.
Ruth se detuvo antes de acercarse, y el aire limpio de la mañana llevó hasta ella algunas palabras sueltas.
—Matteo, no, joder, escúchame…
David se interrumpió al oírla.
Ruth siguió avanzando despacio, y él, al verla, se quedó quieto. Por un momento pareció no saber qué hacer con el teléfono, con sus manos ni con su propia respiración. Después apartó el móvil de la oreja.
—Matteo, ahora te llamo —dijo, colgando sin esperar respuesta.
Ruth llegó hasta él. Tenía los ojos hinchados, la piel marcada por el rastro de las lágrimas y una tristeza serena que a David le resultó insoportable nada más verla.
Se acercó a ella por instinto, pero se detuvo a unos pasos, sin saber si tenía derecho a acercarse más ni qué podía decirle sin volver a estropearlo todo.
—¿Todo bien? —preguntó ella al ver que él no era capaz de hablar.
Él soltó una risa breve, sin humor, y se pasó una mano por el pelo.
—Sí, bueno, era Matteo. Ayer discutimos y… da igual.
Siguió mirándola allí, de pie frente a él, demasiado pálida y demasiado entera a la vez, y se atrevió a preguntar:
—¿Y tú?
Ruth respiró hondo.
—No. No puedo estar bien, David.
El teléfono volvió a sonar en la mano de David. Él miró la pantalla y apretó la mandíbula.
—¿No contestas? —preguntó ella.
—Es Liam. Ahora no.
Cortó la llamada con un gesto brusco y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo. Ruth no dijo nada. Se sentó en el bordillo de piedra junto a la entrada y miró hacia el valle. David permaneció de pie unos segundos, hasta que señaló el sitio junto a ella.
—¿Puedo?
—Claro —contestó Ruth, con una sonrisa que a David le pareció cargada de tristeza.
Se sentó a su lado y, durante un rato, ninguno habló.
El silencio no era cómodo, pero tampoco tenía la dureza de la noche anterior. Era más frágil, más cansado, como si ambos hubieran gastado demasiada fuerza intentando no romperse.
Ruth fue la primera en hablar.
—Es por mí, ¿verdad, David?
Él giró la cabeza hacia ella, sorprendido.
—¿Qué?
—La gira. Esa gira imposible. Es por mí.
David apartó la mirada.
—No me mientas, David. Por favor.
David cerró los ojos, pero siguió sin responder.
Ruth miró hacia las montañas, aceptando su silencio, y empezó a hablar sin mirarlo.
—¿Sabes? Al día siguiente de morir mi abuela me desperté con un vacío tan grande dentro que sentí que no podía moverme de la cama.
No era solo su muerte. Era la soledad. La soledad, la pena y también la rabia.
Mis padres murieron en una carretera helada.
Una placa de hielo, un mal giro, un segundo.
El coche perdió el control y se salió de la calzada.
Eso fue todo. Pero ese único segundo me arrebató que me llevaran de la mano a clase, que estuvieran en mi graduación, que conocieran a mi primer novio, que me vieran grabando mi primer corto, que dijeran que se sentían orgullosos de mí y, sobre todo, me arrebató cada uno de los abrazos que me habrían dado si aquel segundo nunca hubiera existido.