Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 18
85%

Capítulo 18

Ruth se despertó con una sensación de frío al no sentir el contacto del cuerpo de David junto al suyo.

Permaneció quieta, todavía medio dormida, con la mano extendida sobre el espacio vacío que él había dejado en la cama. Miró la hora en el móvil, que estaba sobre la mesilla de noche. Las cuatro de la madrugada.

Se incorporó despacio, apartándose el pelo de la cara, y se quedó sentada en el borde de la cama.

La cabaña estaba en silencio, pero desde abajo subía una línea tenue de luz que se colaba por el hueco de la escalera.

Se levantó medio dormida, cogió la primera chaqueta que encontró y bajó las escaleras con cuidado.

Al llegar al salón, Ruth se detuvo antes de acercarse.

David estaba sentado a la mesa, rodeado de papeles.

Él no la había oído o, si lo había hecho, no se había movido.

Permanecía inclinado sobre la mesa, con los codos apoyados en la madera y una mano hundida en el pelo.

Tenía el portátil abierto, el móvil a un lado, una taza de café y varios folios extendidos delante de él, llenos de fechas, ciudades, anotaciones y tachones.

—¿David? —dijo ella en voz baja, acercándose por la espalda y apoyando una mano en su hombro.

David se tensó de golpe al sentir su contacto. Giró la cabeza y la miró, todavía con el cuerpo rígido.

—Joder, Ruth —dijo, llevándose una mano al pecho, sorprendido por su presencia—. ¿Qué haces despierta?

—Me desperté y vi que no estabas.

—No podía dormir —contestó él, apartando la mirada.

—Ya veo —dijo ella, bajando los ojos hacia los papeles que él observaba.

A primera vista, nombres de ciudades, vuelos, hoteles y fechas marcadas en rojo aparecían ante ella. Londres, Buenos Aires, São Paulo, Ciudad de México, Nueva York, Chicago, Toronto, Los Ángeles. Fechas, tramos, meses.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, sentándose a su lado.

David no respondió de inmediato. Se quedó mirando los documentos con una expresión seria y los ojos fijos en el calendario que su mánager le había entregado esa misma mañana.

El propio Liam había cuestionado que aceptara una gira como aquella, con esa prudencia profesional de quien llevaba demasiados años trabajando dentro del mundo de la música como para saber cuándo una decisión era ambición y cuándo podía ser una absoluta condena.

Y aquello era una condena. Todos lo habían visto.

Matteo Frei, el guitarrista principal, había sido el primero en negarse. Se había cruzado de brazos en mitad de la reunión, con una mezcla de incredulidad y enfado que a David le había molestado incluso antes de que abriera la boca.

—No voy a pasar más de cuatro meses sin ver a mi hija porque a ti se te haya metido en la cabeza aceptar todos los conciertos que te pongan delante —le había dicho.

Aquella frase le sentó a David como una patada en el estómago.

Matteo tenía una hija de apenas ocho meses.

Una niña preciosa, de ojos azules enormes y manitas regordetas de bebé, de la que hablaba con una felicidad que a David empezaba a irritarle más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Antes le habría hecho gracia verlo llegar tarde a un ensayo con ojeras y una sonrisa idiota mientras enseñaba fotos o hablaba de su pequeña.

Ahora no. Ahora cada comentario sobre pañales, primeras veces y noches sin dormir le molestaba como un ruido de fondo que no sabía apagar.

Y eso también lo irritaba. Le jodía la facilidad con la que otros parecían tener una vida que podía tocarse con las manos. Una hija. Una casa. Una mujer que esperaba. Un motivo legítimo para decir no.

—Matteo, no dramatices —había contestado David, con frialdad.

—No estoy dramatizando. Estoy diciéndote que no. Y no soy el único que piensa lo mismo, David. Joder, es que es increíble. Llevamos más de dos años esperándote, respetando tus tiempos, y ahora tú nos obligas a esto, que ninguno queremos.

Y eso había sido lo peor. Porque, en cuanto Matteo lo dijo, los demás se miraron entre sí con esa cautela incómoda de quienes llevaban un rato pensando lo mismo y no sabían quién iba a atreverse a ponerlo sobre la mesa.

David saltó como si aquellas palabras lo hubieran quemado.

—Oh, vaya, perdonad por tener un puto cáncer que me haya obligado a parar.

Liam intervino antes de que aquello se convirtiera en una discusión abierta.

Insistió en que todos lo entendían y lo apoyaban.

Pero también insistió en que podían reestructurar la gira, espaciar fechas, hacer dos bloques, dejar descansos reales entre países, respetar la vida de cada uno. Intentó ofrecer una solución razonable.

Pero David no quería una solución razonable.

David necesitaba una maldita excusa. Necesitaba algo grande, algo incompatible con quedarse y que lo sacara de Suiza, de Safien, de aquella cabaña, de Ruth, de la consulta de Andrología, de la imagen de ella con Anna en brazos y de la frase de Lars clavada en la cabeza como una deuda que no sabía pagar.

Ahora te toca saber quererla.

—No hay nada que reestructurar —cortó, firme—. La gira se hace como está planteada.

—David, piénsalo —le había advertido Liam.

—He dicho que se hace.

Matteo soltó una carcajada seca, sin humor.

—Claro. Porque tú lo digas.

David lo miró entonces. Despacio. Con esa calma peligrosa en la que todos reconocieron al David antiguo, a ese capaz de quemarlo todo antes de ceder.

—Porque sigo siendo el vocalista de este grupo. Porque soy David Vogel. Y porque, os guste o no, la mitad de esos contratos existen porque mi nombre está escrito en ellos.

El silencio que siguió a aquella frase fue más desagradable que cualquier grito.

David lo supo en cuanto terminó de decirlo.

Vio la decepción en la cara de Matteo y la incomodidad en la de los demás. El gesto cansado de Liam, que bajó la mirada a los papeles como si ya no estuviera hablando con un artista difícil, sino con un hombre dispuesto a convertir su propio desastre en un castigo para todos.

Pero nadie respondió.

Y eso también lo cabreó.

Porque una parte absurda de él habría querido que lo mandaran a la mierda.

Que le dijeran que no. Que le quitaran de las manos aquella posibilidad de huida para poder enfadarse con ellos, culparlos, odiarlos un rato y volver a casa con Ruth sin tener que reconocer que había sido él quien había buscado salir corriendo.

Pero no lo hicieron.

Porque todos tenían claro que necesitaban a David. Y David sabía que Liam era plenamente consciente de ello.

Por eso, dos semanas antes, cuando terminó la grabación de la banda sonora y no pudo quitarse de la cabeza la imagen de Ruth en aquella comida con todo el equipo de la película, feliz, con una niña en brazos, llamó a Liam y le exigió que moviera todo lo que hiciera falta para sacarlo de Suiza sin hacer preguntas.

Liam no preguntó. Se limitó a llamar a promotores, recuperar propuestas que habían quedado pendientes y convertir en agenda lo que David no había sido capaz de llamar por su nombre, pero que todos sabían qué era: una maldita huida.

—David —insistió Ruth al ver que él no contestaba.

—Es la gira completa. Esta mañana la hemos reestructurado y la hemos ampliado un poco —le dijo, sintiéndose un miserable por su propia mentira.

Ruth cogió uno de los folios de la mesa. Sus ojos recorrieron las fechas con una lentitud que a David le resultó insoportable.

—Aquí pone nueve meses.

—Con descansos.

—¿Descansos? —dijo ella, pasando a la siguiente hoja—. David, aquí hay descansos de tres días entre países.

—Es lo normal, Ruth. Llevamos mucho tiempo fuera del circuito y ahora tenemos que volver a estar en todas partes. Es lo lógico. Además, no es para tanto. No exageres.

Ruth soltó una risa incrédula.

—No estoy exagerando. Estoy leyendo, David.

Él se levantó de la silla y fue hasta la cocina con la excusa de coger un vaso de agua. No necesitaba agua, ni siquiera tenía sed. Solo necesitaba moverse, apartarse de ella antes de que Ruth hiciera lo que siempre hacía: mirar demasiado bien.

—Es una oportunidad fantástica, Ruth —dijo, de espaldas.

—No me hables como si estuvieras en una rueda de prensa.

David cerró los ojos.

—Ruth, en serio. Es muy buena, aunque sea cansada.

—Si fuera tan fantástica, tú no estarías aquí despierto a las cuatro de la madrugada —dijo, yendo detrás de él a la cocina y enfrentándolo.

Él dejó el vaso en el fregadero con demasiada fuerza.

—Puede que esté nervioso por todo lo que implica, es normal, pero ya está. Es lo que hay y es quien soy.

Ruth se quedó en silencio al oír sus palabras.

Había algo que no le encajaba en absoluto.

Llevaban meses juntos, habían hablado de futuro, habían encajado las fechas de promoción de ella con las de él y habían sacado todos los momentos posibles para que ambos pudieran estar juntos y participar de los conciertos y premieres del otro.

Esta gira era otra cosa. Era como si todo fuera una mentira.

—¿Desde cuándo lo estáis organizando? ¿Desde cuándo lo sabías? —dijo, sintiendo que todo su cuerpo se tensaba.

—No lo estoy organizando yo.

—No me tomes por idiota, David. Me diste otras fechas, hablamos de planes, me mentiste —le dijo, con el dolor asomando en sus ojos.

David se giró entonces.

—No te tomo por idiota, Ruth. Simplemente hemos ampliado.

El silencio se tensó entre los dos.

—¿Cuándo pensabas decírmelo, David?

Él sostuvo su mirada apenas. Porque, en cuanto vio el dolor asomando a los ojos de Ruth, sintió que algo dentro de él empezaba a ceder.

La parte de sí mismo que llevaba semanas construyendo aquella decisión como si fuera un acto de generosidad, como si alejarse de ella pudiera ser una forma retorcida de quererla bien, se tambaleó con una violencia que casi le dejó sin aire.

Quiso decirle la verdad.

Que tenía miedo.

Que cada vez que la veía con Anna en brazos sentía amor y pánico en la misma medida. Que no sabía cómo vivir con la posibilidad de no poder darle hijos.

Pero si decía eso, Ruth se acercaría.

Le cogería la cara entre las manos, le hablaría con esa calma que lo dejaba sin defensas y encontraría la forma de quedarse. De hacerle creer que todavía podían atravesarlo juntos. De abrir otra vez una puerta donde él estaba intentando levantar una pared.

Y David no podía permitírselo. Así que hizo lo único que llevaba años sabiendo hacer cuando el miedo amenazaba con alcanzarlo: se puso una máscara. Se irguió despacio, endureció la mandíbula y dejó que sus ojos se enfriaran antes de volver a mirarla.

—Mira, Ruth, lo siento —dijo finalmente, con una calma que no sentía.

Ella lo observó en silencio.

David sintió aquella mirada como una mano cerrándose alrededor de su garganta, pero aun así siguió.

—Ambos sabemos quiénes somos y cómo es nuestra vida. No podemos quedarnos jugando a las casitas eternamente en Safien como si el resto del mundo no existiera.

Ruth no se movió, pero algo en su rostro cambió, una grieta mínima que David vio justo cuando empezó a odiarse por seguir hablando.

—Tú tienes tu carrera. Yo tengo la mía. Ahora vienen meses complicados para los dos. Tú en plena promoción de Eternity. Yo con la gira. Nos veremos cuando podamos… —tragó saliva, pero obligó a su voz a mantenerse firme—, pero ahora mismo siento que lo mejor es que nuestra relación no nos detenga.

El silencio que quedó después fue insoportable.

Ruth lo miró como si tuviera delante a un completo desconocido.

Apenas unas horas antes se había quedado dormida entre sus brazos, con la cara apoyada en su pecho y la respiración tranquila contra su piel.

Apenas unas horas antes él le había besado el pelo en la oscuridad, creyendo que ella dormía.

Y ahora ella no sabía quién era aquel hombre que tenía enfrente.

—¿Qué estás haciendo, David? —le preguntó, seria.

Él apartó la mirada porque no pudo sostener la suya. No mientras Ruth seguía viéndolo demasiado bien, no mientras sus ojos parecían atravesar la máscara que él intentaba mantener con todas sus fuerzas.

—David —insistió Ruth, con la voz más baja—. Mírame.

David apretó los dedos contra el borde de la encimera.

—David, mírame y contéstame. ¿Quieres terminar nuestra relación? ¿Quieres que nuestra relación acabe?

Seguía incapaz de contestar, atrapado entre la necesidad brutal de decirle que no, que claro que no, que lo único que quería era volver a la cama con ella, enterrarse en su cuello y pedirle que no lo dejara hacer aquello, y la certeza enferma de que, si cedía, acabaría arrastrándola a una vida que ella no merecía.

—David, contesta —dijo ella, más seria.

Entonces él se giró, reunió toda la fuerza que no tenía, se obligó a mirarla a los ojos y dejó que la mentira saliera limpia, dura, perfecta.

—Sí, Ruth. Sí. Es lo que quiero.

Ruth no parpadeó.

David pensó iba a decirle que era un cobarde, que era cruel, que estaba destrozando algo que ambos habían construido. Pero Ruth no hizo nada de eso.

Solo lo miró en silencio.

Y, en aquel silencio, David entendió que acababa de conseguir exactamente lo que buscaba, aunque jamás había imaginado que conseguirlo pudiera doler de aquella manera.