Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Epílogo
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Epílogo

El estadio Riyadh Air Metropolitano dominaba la noche de Madrid.

Inmenso, abierto al cielo, levantado en el distrito de San Blas-Canillejas como una corona de luz sobre el asfalto, parecía respirar al mismo ritmo que las más de sesenta y cinco mil personas que lo llenaban.

Las gradas ascendían cubiertas por una estructura que flotaba sobre la multitud sin encerrarla del todo, dejando que el aire cálido de Madrid circulara entre los focos, las pantallas y aquella marea viva de voces superpuestas, móviles encendidos, brazos en alto y luces moviéndose sobre las gradas con una precisión casi hipnótica.

Ruth observaba el concierto desde uno de los palcos privados de la zona VIP.

No era la primera vez que lo veía cantar allí, ni la primera en la que lo veía levantar a un estadio entero. Había asistido a todos sus conciertos desde hacía más de tres años, desde que decidieron acompañarse en todos los momentos importantes para ellos. Y aquel, sin duda, era uno de ellos.

Pero aquella noche era distinta.

Porque horas antes habían recorrido Madrid de la mano, robándole a la ciudad una mañana solo suya antes de entregarse otra vez al mundo.

Habían caminado por el Retiro, entre árboles, estanques y turistas que no dejaban de fotografiarlo todo.

Se habían detenido frente al Palacio de Cristal, con la luz entrando limpia por sus paredes transparentes.

Habían cruzado la Puerta de Alcalá y habían bajado hacia Neptuno, donde el dios del mar aguardaba en su fuente con el tridente en alto, guardián rojiblanco de tantas noches de celebración.

Ruth se lo había contado con orgullo, recordando a su abuela, la mujer que le había enseñado a adorar los colores de su Atlético de Madrid.

Después habían subido hacia la Gran Vía, donde Madrid parecía multiplicarse en escaparates, teatros, taxis, fachadas iluminadas y gente caminando con prisa hacia todas partes.

David la había acompañado también a conocer a algunos compañeros de su nuevo proyecto, que esta vez ella rodaría en España.

Había permanecido a su lado intentando entender un idioma que, a pesar de haber practicado con ella cientos de veces entre risas por su torpeza para pronunciar correctamente algunas palabras, ya empezaba a comprender.

Aunque allí, rodeado de los amigos de Ruth, con todos hablándole a la vez y a una velocidad que le parecía imposible, se había dado cuenta de que aún no entendía casi nada.

Ruth lo había notado y le había sonreído mientras él se esforzaba en contestar.

Lo había introducido en su mundo como su marido, como David, quitándole de encima al personaje.

Y allí, rodeados de gente en un bar muy pequeñito junto a la Puerta del Sol, David había observado a Ruth y se había enamorado un poco más de ella.

La había visto moverse entre los suyos con esa seguridad luminosa que tanto admiraba, escuchando, riendo, opinando sobre su nuevo proyecto con una pasión que le encendía la mirada.

Había sentido orgullo. Un orgullo íntimo, al verla ser tan querida y admirada.

Y mientras la veía hablar rápido, gesticular y reír sin parar mientras él intentaba seguir una conversación que avanzaba demasiado deprisa para su español, David pensó que no había nada más hermoso que ver a Ruth ser ella misma.

Sobre el escenario, David terminó la canción. El Metropolitano rugió y Ruth aplaudió con el corazón acelerado, perdida en aquella mezcla de emoción y orgullo que le provocaba verlo allí arriba, convertido en algo inmenso para todos y, aun así, tan suyo en la forma en que buscaba su mirada.

Entonces David se giró hacia su grada.

El silencio previo a la siguiente canción se alargó un poco más entre los destellos de los móviles y la luz del escenario. Su mirada buscó la suya. Cuando se encontraron, hubo reconocimiento y una complicidad tranquila, llena de un amor que los hacía más fuertes cada día.

David inclinó apenas la cabeza.

Luego habló al micrófono.

—La próxima canción se llama Luz de invierno.

Su voz atravesó el estadio con una calma inesperada. El público estalló antes incluso de que pudiera continuar. Era el primer concierto de su gira por España. El nuevo álbum acababa de salir y aquella era la canción que todos esperaban escuchar en directo.

David volvió a acercarse al micrófono y su mirada volvió a buscarla a ella.

—Y quiero dedicársela a mi compañera en el viaje de mi vida. A mi mujer, Ruth.

El estadio volvió a romperse en un grito.

Ruth sintió que el sonido le atravesaba el pecho. Se quedó inmóvil, con las manos suspendidas a medio aplauso y la respiración atrapada en la garganta. Seguía sintiendo como algo único escuchar la forma tan particular que tenía de pronunciar su nombre, y más allí, delante de miles de personas.

David no apartó la mirada de ella.

—Gracias por poner melodía donde solo había ruido.

El público reaccionó sin comprender del todo sus palabras y gritó aún más fuerte.

Ruth sí lo entendió y regresó a Safien, a todo lo que habían vivido desde que se conocieron. Todo aquello que nunca cabría en una entrevista ni en una canción, pero que estaba allí, latiendo entre los dos, bajo el sonido descomunal del estadio.

Se llevó la mano al abdomen, emocionada sin poder evitarlo.

Él aún no lo sabía pero esa misma tarde, mientras David estaba en el ensayo, su ginecóloga la había llamado para darle los resultados que ambos esperaban con una mezcla de esperanza y miedo. Y se lo había confirmado. Dentro de ella, un nuevo latido acompañaba también a su padre aquella noche.

Una nueva vida crecía en su vientre después de las consultas en la unidad de reproducción, de la mano de David cerrada con fuerza alrededor de la suya y de los tratamientos que los médicos les propusieron.

Después de la fecundación in vitro con ICSI y de aquellas conversaciones en la consulta de genética donde nadie les prometió certezas, pero sí les explicaron que el cáncer que David había padecido no era una condena escrita en la sangre.

Ruth lo acompañó en cada paso. Conoció al doctor Baumann, el psiquiatra que había ayudado a David a mirar de frente todo aquello que el cáncer había dejado doliendo dentro de él y que no se veía en ningún análisis.

Y también conoció mejor a Elisabeth, esa mujer que seguía siendo un lugar especial y limpio en la vida de David, y que Ruth, con el tiempo, aprendió a no temer y con la que ahora incluso compartía una amistad que crecía cada día más.

La Fundación Matthias Schneider se convirtió para ellos en una prioridad.

Siempre intentaban colaborar con aportaciones económicas que sabían necesarias para continuar con su gran labor, pero también con tiempo, presencia y compromiso, como una forma de devolver algo de todo lo que ellos mismos habían recibido de cada profesional involucrado en ella.

Y ahora estaba allí.

Una vida pequeña, secreta todavía, creciendo dentro de ella mientras David cantaba sin saber que aquella noche, entre miles de voces, luces y aplausos, también lo escuchaba desde el vientre de su madre.

David bajó el micrófono. Buscó de nuevo su mirada, como si necesitara comprobar que lo veía y que lo entendía.

—Siempre serás mi luz de invierno.

El grito del estadio recorrió las gradas como un trueno y se perdió en la noche. Miles de voces entregadas, unidas en la devoción, empezaron a cantar cuando sonaron los primeros acordes.

Pero en los ojos de David no había estadio, ni focos, ni cámaras, ni ruido.

Solo una historia que no pertenecía a nadie más.

Una luz privada en medio de la multitud.

Y por un segundo el mundo se redujo a ese intercambio silencioso que sus miradas se ofrecieron bajo el estruendo de miles de personas cantando juntas bajo el cielo de Madrid.