Capítulo 16
David sentía la presión del brazo de Ruth tirando de él con insistencia, entrelazado al suyo, mientras su voz le pedía que siguiera andando y los dejara atrás.
—David, avanza. Déjalos.
Acababan de salir de la consulta del doctor Liam Huber y él sentía que no podía ni mirarla a la cara.
La vergüenza, el enfado y la impotencia formaban una bola negra dentro de él, imposible de tragar y a punto de explotar contra esos periodistas que habían tenido la desgracia de encontrarse nada más salir del Hospital General de Zúrich.
Estaban allí, cubriendo también la noticia de un famoso tenista que había tenido que ser operado de urgencia tras sufrir una lesión durante el partido que disputaba en el Zug Open.
Ahora se encontraban apostados a las puertas de un lugar que debería ser sagrado en cuanto a la intimidad y en el que, sin embargo, solo buscaban carnaza.
O al menos eso era lo único que David podía sentir en ese momento.
Ruth vio cómo toda la tensión que David llevaba acumulando desde el día anterior le subía al rostro de golpe.
Desde que Mara le avisó de que el hospital se había puesto en contacto con ella porque él no cogía el teléfono, y de que le habían reprogramado una cita en la unidad de Andrología, David no había vuelto a ser el mismo.
Se lo había dicho, sí. Porque llevaban meses apostando por ellos, por lo que sentían, por su relación.
Meses superando las distancias propias de sus respectivos compromisos laborales y la presión mediática que insistía en llenar titulares, que cuestionaban la credibilidad de lo suyo, que intentaban hacer daño recordando momentos pasados de la familia Vogel, Müller y, por supuesto, de Luz Ragar, que había pasado de ser la pobre mujer engañada a la cuestionable mujer que quizá había sido tan infiel como su exmarido, Diego Ballester.
Él, menos de ocho meses después de su divorcio y antes de que naciera su futura hija con Elena, ya había protagonizado nuevos escándalos en España al relacionársele, en esta ocasión, con una técnica de sonido de su nueva producción.
Y, por supuesto, también eso les servía para buscarla a ella o a David e intentar que opinaran de algo que, primero, no les incumbía y, segundo, no les importaba lo más mínimo.
Pero lo habían hecho. Habían logrado vivir en un mundo construido a base de confianza, donde se elegían y priorizaban cada día, donde apagaban el ruido de fuera ignorándolo cuando era necesario y poniéndose en manos de su abogada cuando la información trascendía a lo legal y atentaba contra ellos.
Pero, aunque habían aprendido a apagar el ruido de fuera, dentro de David seguía existiendo otro mucho más difícil de silenciar.
Uno que gritaba y que tenía que ver con las secuelas y con esa parte de sí mismo que aún no conseguía aceptar todo lo que el cáncer le había arrebatado.
La realidad era que la palabra cáncer seguía siendo un tema bastante cerrado entre ellos.
Ruth no había querido sacarla de forma recurrente; tan solo había permanecido a su lado, atenta a sus tiempos, esperando con paciencia a que él hablara cuando quisiera y nunca por obligación.
Pero esa llamada lo había precipitado todo. Y, aunque David lo odiara, no quiso esconderle nada. No quería que volviera a ocurrir lo mismo que al principio de su relación con aquella consulta de psiquiatría que no le comentó.
Por eso, al colgar la llamada, le dijo:
—Mañana tengo que ir a Zúrich. Me han cambiado una cita en Andrología.
—Vale —le había dicho ella, sin llegar a acercarse más.
—Lo más probable es que jamás pueda ser padre —le soltó, manteniéndole esa mirada de ojos verdes que ella ya conocía perfectamente, y que permanecía oscurecida bajo una capa de orgullo y dolor.
Sus palabras atravesaron a Ruth, no por su significado, sino por lo que sabía que suponían para él. Se acercó despacio, cogió su mano y le dijo:
—¿Quieres que vaya contigo?
—Lo que quieras —le contestó él.
No era la respuesta que ella hubiera querido escuchar, pero sabía que no era indiferencia, sino miedo. Por eso le levantó suavemente la cara, que él había bajado y mantenía fija en esa mano que aún se sostenían, y, mirándolo con todo el amor que sentía, le dijo:
—Claro que quiero, David.
Él le sostuvo apenas la mirada. Después se giró y subió a la habitación.
Una noche más, durmieron abrazados. Pero, desde entonces, Ruth no había encontrado una grieta por donde poder llegar a él y, por más que había intentado tranquilizarlo y darle todo su apoyo, sentía que David estaba completamente sumido en un proceso de vergüenza y frustración del que no sabía cómo sacarlo.
Un micrófono se le acercó prácticamente a la boca y David le dio un manotazo para apartarlo.
—Iros a la puta mierda —soltó él, intentando abrirse paso.
—David, tranquilo —dijo Ruth, agarrándolo más fuerte del brazo—. Vamos.
Tiró de él hacia el lateral del hospital, donde habían dejado aparcado el coche.
David no la miró, pero ella buscó su mano de todos modos.
Entrelazó los dedos con los suyos y apretó con fuerza mientras avanzaban rodeados de periodistas, flashes y preguntas que ninguno de los dos estaba en condiciones de responder.
Cuando por fin llegaron al coche, Ruth lo frenó antes de que pudiera entrar por el lado del conductor.
—Dame las llaves.
David la miró, todavía con la respiración alterada.
—Ruth…
—No voy a montar una escena delante de nadie —dijo ella, en voz muy baja, y firme—, pero no vas a conducir hoy.
Él sostuvo su mirada. Luego sacó las llaves del bolsillo y se las dio sin decir nada antes de meterse en el asiento del acompañante.
Una vez dentro, David apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos, intentando recuperar el aire.
Ruth arrancó. Sabía que habían quedado para comer en casa de Mara, pero también sabía que lo que más necesitaban era estar solos.
Por eso condujo hacia el Zürichhorn, un parque en el exclusivo barrio de Seefeld desde el que se abría una vista amplia y serena del lago, buscando un lugar donde pudieran detenerse lejos de las puertas del hospital, de los periodistas y de cualquier mirada que quisiera convertir el dolor de David en noticia.
Mientras ella conducía, David mantuvo los ojos cerrados.
La vergüenza empezó a ocuparlo todo en cuanto el silencio dejó espacio para pensar.
Vergüenza por cómo había reaccionado con la prensa, porque sabía que aquello volvería a llenar titulares y le obligaría a dar explicaciones.
Vergüenza por haberlo hecho junto a Ruth, por haberla empujado a una situación que la exponía.
Pero, sobre todo, vergüenza por sentirse insuficiente.
Conocía perfectamente los posibles efectos secundarios de los tratamientos que le habían salvado la vida.
Su oncóloga, la doctora Hildegard Schneider, le había informado de todo y había sido precisamente ella quien lo había derivado a la unidad de Andrología en la última revisión que mantuvo con ella, cuando, una vez más, todos los resultados relacionados con el cáncer habían sido buenos.
David prácticamente lo había olvidado. O había querido olvidarlo. Entre otras cosas, porque a él la esterilidad nunca le había importado de verdad.
Nunca.
Hasta Ruth.
Hasta verla sentada a su lado en la consulta, escuchando aquella posibilidad que ahora empezaba a tener forma de certeza.
El doctor Liam Huber había sido claro: los resultados no eran los que esperaban.
Podían intentar un tratamiento, repetir las pruebas más adelante y ver cómo respondía su cuerpo.
Había posibilidades de mejora, le había dicho, pero nadie podía asegurarlas al cien por cien.
David lo había escuchado. Había asentido. Había cogido la nueva cita que le habían dado. Pero, en su cabeza, lo único que se repetía era otra cosa.
Una nueva complicación. Un nuevo tratamiento. Un motivo más para confirmar que no era el hombre que Ruth merecía a su lado.
Apretó los ojos con más fuerza, como si al abrirlos todo pudiera haber cambiado.
Pero no.
Porque en los meses que llevaban juntos, David había comprobado algo que cada vez le resultaba más evidente: Ruth adoraba a los niños.
Lo había visto en la forma en que sostenía a Anna, en esa ternura instintiva que aparecía en sus ojos cada vez que la niña se dormía en sus brazos.
También lo había visto en el dolor silencioso con el que Ruth le contó que había renunciado a tener hijos por Diego, y más aún cuando supo que ahora él esperaba una hija con otra mujer.
Ruth aparcó en una zona tranquila. Fuera, el frio los rodeaba: un frío gris, húmedo, pegado a las ramas desnudas de los árboles y a los bancos vacíos del paseo.
El agua del lago se extendía bajo un cielo pálido que borraba casi por completo el perfil de las montañas, y algunas figuras caminaban a lo lejos, envueltas en abrigos oscuros.
Dentro del coche, protegidos por los cristales tintados, todo parecía haberse quedado quieto.
Ruth apagó el motor.
No dijo nada. Solo se giró hacia él y lo miró con calma.
—David, habla conmigo. ¿Qué pasa?
Él, que hasta entonces no la había mirado, clavó los ojos en ella, llenos de frustración.
—Venga, Ruth. No me preguntes qué pasa. Tú lo has oído.
¿No era eso lo que querías? Venir conmigo, acompañarme a las consultas y ver toda esta mierda de cerca.
Pues ya lo sabes. No puedo ni tener hijos.
Esos que tanto te gustan, esos que duermes en tus brazos como la hija de Lena.
Así que ahora deja de disimular como si no lo hubieras escuchado y no me preguntes qué me pasa. Yo sé que quieres ser madre.
Ruth se quedó sin aire. No por la información ni por la posibilidad que el doctor Huber acababa de poner sobre la mesa, sino por la forma en que David acababa de convertir su dolor en una acusación.
Ella no contestó.
Se quedaron quietos dentro del coche, mirando al frente. Al otro lado del cristal, la luz caía tibia sobre el paseo, creando una atmósfera demasiado tranquila para el caos que David llevaba dentro.
Finalmente, él no pudo mantener el silencio.
—No vas a contestar —dijo, sin mirarla.
—No. La verdad es que no, David —respondió ella, también sin apartar la vista del cristal.
Él la miró, sorprendido. Esperaba que ella le exigiera una disculpa, que le dijera que se estaba comportando de forma injusta. Cualquier cosa menos aquello. Aun así, la frustración que lo envolvía hizo que continuara sin rebajar el tono.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Acaso es mentira?
—Mentira, no sé, pero lo que sí sé es que ahora no podemos hacer nada —respondió ella—. Así que no vamos a darle más vueltas.
—¿Qué? —dijo él, girándose completamente hacia ella con los ojos muy abiertos, sin entender qué quería decir.
—Que no se puede hacer nada, David. Nada salvo aceptarlo y hacer lo que los médicos y profesionales que te tratan te vayan diciendo.
Aun así, es una decisión absolutamente tuya tratarte o no.
Respecto a mí… —continuó, sin darle margen a contestar—, quizá algún día quiera tener hijos.
O quizá no. Quizá existan otras maneras de formar una familia.
No lo sé. Pero lo que sí sé, es que no quiero que la persona a la que amo me lance mi deseo de ser madre como una acusación.
David sintió que algo dentro de su pecho se cerraba al escucharla.
—Pero, Ruth…
—Pero nada, David —le dijo, mirándolo seria—. Estás enfadado. Puedo entenderlo. Puedo entender que esto te duela, que te dé miedo, que te haga sentir mal contigo mismo. Pero no puedo aceptar que lo uses contra mí.
Él se quedó mirándola, como si no supiera qué hacer con aquella mujer que se mantenía firme a su lado.
Entonces ella hizo algo que él, de nuevo, no había previsto. Se acercó a él y le dio un beso dulce en los labios. David sintió el contacto y algo dentro de él cedió de golpe. Al separarse, enterró la cara en su cuello, vencido por una mezcla de cansancio, vergüenza y alivio que no supo ordenar.
Ruth lo abrazó y le acarició el pelo despacio.
—Lo siento —dijo él, sin levantar la mirada.
Ella se apartó lo justo para obligarlo a mirarla.
—Yo también lo siento, David —respondió—. Siento que esto te haya hecho daño. Pero no voy a permitir que nos dañe a los dos. Al revés. Voy a estar aquí para intentar que juntos, duela menos.