Capítulo 15
—Dios mío, David, me voy a matar.
La frase salió de la boca de Ruth con dramatismo mientras descendía por una de las pistas suaves de Tenna, con las piernas abiertas en una cuña poco elegante y los brazos rígidos sobre los bastones.
David esquiaba unos metros más abajo, girando de lado en lado para no perderla de vista y lo bastante cerca para ayudarla si se bloqueaba.
—No mires las puntas de los esquís —le dijo, conteniendo una sonrisa—. Mira hacia donde quieres ir.
—Yo quiero ir a la cabaña —respondió ella, sin apartar la vista del suelo.
—Entonces mira al final de la pista.
—David, no puedo. Me voy a estrellar.
—No lo harás. Venga, sigue. Vas bien —dijo él, con una sonrisa cálida, intentando transmitirle una confianza que Ruth no sentía en absoluto—. Ahora despacio, lleva el peso un poco hacia delante y cierra la cuña.
Ella intentó con todas sus fuerzas seguir sus instrucciones y logró detenerse a su lado de una forma poco profesional, pero bastante efectiva.
David se acercó con una sonrisa enorme y levantó los bastones en alto, como si ella acabara de conseguir una gran proeza.
—¿Lo ves? Sigues viva.
Ruth lo miró, todavía respirando deprisa.
—De momento.
Él se rio y la abrazó. Ruth se dejó envolver por sus brazos y se relajó contra él, no solo por la felicidad que sentía al tenerlo cerca, sino porque al fin podía soltar todos los nervios y el miedo que había acumulado durante el descenso.
No sabía esquiar. Y, para ser sincera, tampoco tenía demasiadas ganas de aprender. Pero David había insistido en llevarla a Tenna.
Se lo había dicho tres semanas antes, en una de las suites del Botanic Sanctuary Antwerp, el hotel boutique donde se alojaba durante el rodaje: un antiguo complejo monástico convertido en refugio de lujo, escondido junto al jardín botánico, con pasillos silenciosos, piedra clara, flores frescas y esa elegancia serena de los lugares donde todo parecía dispuesto para que el mundo no entrara si uno no quería dejarlo pasar.
David se había presentado por sorpresa en Amberes porque sabía que ella tenía un día libre y, aunque él estaba en plena promoción, se había recorrido los casi setecientos kilómetros que los separaban solo para pasar unas horas con ella.
Ruth abrió la puerta de la suite sin esperar encontrarlo al otro lado.
Se quedó inmóvil, con la mano todavía en el pomo, incapaz de creer que estuviera allí.
Luego la felicidad le subió al rostro de golpe, limpia, desbordada, y David apenas tuvo tiempo de sonreír antes de que ella se lanzara a sus brazos.
Hicieron el amor con la necesidad propia de dos personas que llevaban más de dos semanas sin verse. Sin pausa, sin prudencia, con esa impaciencia dulce de quienes han pasado demasiados días imaginando el cuerpo del otro.
A la mañana siguiente, cuando despertaron juntos y sus cuerpos volvieron a buscarse entre las sábanas, David le habló de la nieve.
Lo hizo entre risas y cosquillas, rozándole la piel con los labios, mientras le confesaba que había tenido un sueño.
Una fantasía. Y que quería cumplirla porque nada le haría más feliz que ver su lado suizo enfundado en un traje de esquí.
—¿Mi lado suizo? —se burló Ruth—. David, llevo casi toda mi vida viviendo fuera de Suiza. Mi lado suizo consiste en mirar la nieve desde una ventana con calefacción.
Él se rio contra su cuello, a la vez que sus manos buscaron sus muslos y su boca se pegó a su oído.
—No te imaginas lo sexi que estarías con pantalones de esquí, un gorro enorme y las mejillas rojas de frío —le dijo, mientras lamía suavemente la piel de su cuello.
Ruth no fue capaz de procesar del todo sus palabras. Las caricias de David, el roce de sus labios y aquellos ojos verdes mirándola como si pudieran leerle los pensamientos hacían que apenas pudiera hablar.
—¿Te resulta sexi? —atinó a decir.
—Increíblemente sexi —respondió él, atrapando el lóbulo de su oreja entre los labios.
Ruth intentó apartarlo, pero David atrapó su mano y comenzó a besarla despacio.
—Di que sí, Ruth —le pidió, mientras su otra mano ascendía hasta sus pechos.
Ella quiso contestar, pero David volvió a besarla y cualquier protesta se le quedó perdida entre las sábanas.
Y ahora allí estaba ella, rodeada de una belleza casi intimidante, entre las cumbres blancas del Safiental, el silencio imponente de la montaña y aquella luz de invierno que envolvía todo de calma.
Tenna no tenía nada que ver con las estaciones enormes que alguien podía imaginar cuando pensaba en Suiza.
Era pequeña, tranquila, recogida sobre la ladera, con el pueblo suspendido en la montaña y las pistas extendiéndose sin estridencias, como si aquel lugar no necesitara demostrar nada.
Hasta el remonte parecía formar parte de esa discreción luminosa: cuatrocientos cincuenta metros de estructura solar, el primero de su clase en el mundo, capaz de subir esquiadores por la pendiente y producir más energía de la que necesitaba para funcionar.
David se lo había contado con orgullo durante el desayuno, mientras ella solo podía pensar que todo aquello estaba muy bien para la humanidad, pero no resolvía su problema inmediato: ponerse unos esquís.
Pero lo había hecho. Había bajado. Bueno, al menos un tramo. Y ahora estaba allí, envuelta en sus brazos, sintiendo sin necesidad de verla esa sonrisa canalla de David que tanto le gustaba.
—Te estás riendo de mí —lo acusó, todavía apoyada contra su pecho.
—No.
Ella levantó la cabeza y lo miró con desconfianza.
—David.
Él bajó un poco la barbilla, intentando contener la sonrisa.
—Un poco. Pero lo hago con mucho amor.
—Qué amable por tu parte.
—Estás preciosa enfadada con la nieve.
—No estoy enfadada con la nieve. Estoy enfadada contigo por haberme convencido para hacer esta locura.
David soltó una carcajada y la abrazó un poco más fuerte, lo justo para hacerla reír también. Ruth intentó resistirse, pero la risa le salió pequeña, inevitable, y algo dentro de ella se aflojó.
—Ya has bajado media pista —le dijo él, chocando apenas el casco con el suyo—. Solo queda la otra media. Yo voy contigo. Lo hacemos juntos.
Ruth sintió el aire frío en la cara, el peso de los esquís, el temblor todavía vivo en las piernas. A su alrededor, Tenna seguía allí, blanca y silenciosa, como si el mundo hubiera decidido darles una tregua.
—Prométeme que no te vas a alejar —dijo ella.
—No pienso hacerlo jamás.
Ruth sonrió, inspiró hondo y dejó que los esquís volvieran a deslizarse.
Y, mientras bajaban juntos por aquella pista pequeña de Tenna, con el sol frío sobre la nieve y el valle abierto ante ellos, pensó que quizá amar a David se parecía un poco a eso: a tener miedo, a perder el equilibrio, a no saber muy bien cómo hacerlo y, aun así, dejarse llevar porque no había sensación mejor que saber que lo estaban haciendo juntos.
Cuando por fin llegaron a la cabaña, lo hicieron entre risas, con las mejillas rojas por el frío y las piernas de Ruth todavía temblorosas por el esfuerzo.
—No vuelvo a ponerme unos esquís en la vida —sentenció, mientras David abría la puerta.
—Has dicho eso al menos seis veces desde la mitad de la pista.
—Porque quiero que te quede constancia.
David soltó una carcajada y entró detrás de ella, sacudiéndose la nieve de los hombros. El calor de la cabaña los envolvió de inmediato, junto con ese olor a leña y hogar que Ruth empezaba a asociar con él.
No llegaron ni a quitarse los guantes cuando Darcy apareció desde algún rincón del salón, estirándose con toda la dignidad de un rey despertado demasiado pronto de la siesta. El gato alzó la cola, miró a Ruth apenas y, sin la menor culpa, fue directo hacia David para restregarse contra sus piernas.
Ruth se quedó inmóvil, ofendida, mientras David bajaba la vista hacia el gato con una sonrisa de triunfo.
—Creo que alguien me ha echado de menos.
Darcy volvió a enredarse entre sus botas, ronroneando de una forma escandalosamente traicionera.
—No me lo puedo creer —dijo Ruth, agachándose para cogerlo en brazos—. Tú y yo tenemos que hablar.
El gato se dejó levantar sin protestar, acomodándose contra su pecho como si no acabara de cometer la peor deslealtad posible.
—Traidor —le susurró Ruth, mirándolo a los ojos—. Te das cuenta de que soy yo quien te da de comer, ¿verdad?
Darcy parpadeó lentamente y David se acercó a ella, divertido. Le quitó con suavidad un copo de nieve que se le había quedado en el gorro y le sonrió de esa manera suya, lenta y peligrosa, que siempre parecía dejarla sin defensa antes de tocarla siquiera.
Ruth sintió que el frío que traía pegado a la piel desaparecía de golpe cuando él se inclinó para besarla, pero Darcy eligió ese momento para protestar con un maullido ofendido por haber quedado atrapado entre sus cuerpos.
Ruth se echó a reír contra la boca de David y él también lo hizo, dejando caer la frente sobre la suya.
—Tu gato acaba de arruinar un momento muy prometedor —le dijo él, susurrándole al oído y rodeándola por la cintura, mientras ella, entre risas, se dirigía ya a la cocina para dar de comer a Darcy, que los miraba con impaciencia.
Mientras Ruth abría la terrina de pescado que más le gustaba al gato, David se acercó a coger su móvil, que había dejado allí antes de salir a esquiar, y la sonrisa que traía se apagó al ver el gran número de notificaciones que brillaban en la pantalla.
Ruth, que acababa de dejarle el plato a Darcy en el suelo, notó el cambio en su expresión antes incluso de saber qué lo había provocado.
—¿Qué pasa?
Él no respondió enseguida. Desbloqueó el teléfono con el pulgar y se quedó mirando la pantalla, cada vez más serio.
Tenía varias llamadas perdidas de Mara. Muchas, demasiadas. Y también varias de un número desconocido.
La sonrisa desapareció por completo de su rostro.
—Es mi hermana. Me ha llamado muchas veces —dijo, más para sí mismo que para Ruth.
Ella se acercó a él, preocupada.
—Quizá necesita algo.
David asintió, todavía mirando el registro de llamadas.
Ruth vio cómo la tensión le subía a los hombros y cómo su cuerpo pasaba de la calma relajada de la tarde en la nieve a una rigidez silenciosa que no sabía disimular.
—Tranquilo —le dijo con suavidad—. Llámala.
David levantó los ojos hacia ella, asintió y pulsó el nombre de su hermana.
Ruth permaneció a su lado, sin invadirlo, mientras el tono de llamada llenaba el silencio del salón.
Mara contestó enseguida.
—¿David?
La voz de su hermana sonó tan alta y nerviosa que Ruth pudo escucharla incluso sin querer.
—Mara, ¿qué pasa? —preguntó él—. Acabo de ver tus llamadas.
—Te he llamado muchísimas veces. ¿Por qué no me lo cogías?
David cerró los ojos y se llevó la mano libre a la nuca.
—He ido a esquiar con Ruth. Dejé el móvil en la cabaña. ¿Qué ocurre?
Hubo un silencio al otro lado y Ruth vio cómo el rostro de David se tensaba. Mara dijo algo que Ruth no alcanzó a entender del todo. Solo escuchó palabras sueltas, fragmentos que no supo ordenar: hospital, tu número…
David se quedó completamente quieto.
La calidez que había llenado la estancia apenas unos minutos antes pareció retirarse de golpe.
Ruth notó el cambio en él y, aunque no sabía qué le estaba diciendo Mara, sí sabía que no era bueno. Dio un paso atrás con delicadeza, apartándose lo suficiente para dejarle intimidad, aunque cada parte de ella quisiera acercarse y preguntarle qué ocurría.
—De acuerdo —le escuchó decir al fin, con una voz extrañamente controlada—. Sí. Ahora les llamo para confirmárselo.
Ruth levantó la vista.
David seguía de espaldas a ella, frente a los ventanales, con la mirada perdida en la nieve que caía muy despacio al otro lado del cristal.
—Mañana nos vemos —añadió.
Y después colgó.