Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

—¿No vas a hablar? —preguntó David cuando ya habían recorrido más de setenta kilómetros sentados uno al lado del otro sin pronunciar una sola palabra.

—Dime tú —respondió ella, sin mirarlo.

David apretó el volante. Nunca la había visto así.

Ruth, que siempre encontraba una forma de llenar los silencios, que hablaba sin parar cuando estaba nerviosa, que se reía incluso para quitarle peso a lo que dolía, estaba allí, a su lado, convertida en una muralla.

Y él no sabía cómo atravesarla sin hacer más daño.

—¿Estás enfadada porque no te dije que hoy iba a ver a Elisabeth?

—No.

—Ruth…

—No estoy enfadada, David —añadió, con una calma que a él le resultó mucho peor que cualquier estallido—. Estoy triste.

Él tragó saliva y buscó su mirada.

—Ruth, por favor…

—Mira a la carretera, David. Y no te preocupes —continuó ella, sin levantar la voz.

Él obedeció y negó con la cabeza en un gesto de pura frustración.

—¿Que no me preocupe? Llevas más de cincuenta minutos sin hablar, me has dicho que estás triste y sé que es por mi culpa.

—No —lo interrumpió ella, firme—. No es culpa tuya. Es mía.

David frunció el ceño.

—¿Tuya?

—Sí. Pero se me pasará. Ahora, por favor, concéntrate en la carretera. Estoy cansada y solo quiero llegar a casa.

David se tragó todas las palabras que le subieron a la boca al ver que ella se giraba hacia la ventanilla y cerraba los ojos.

Quería hablar. Necesitaba hacerlo. Incluso habría preferido una discusión.

Cualquier cosa antes que aquel silencio.

Porque, cuando Ruth callaba así, él sentía que volvía a quedarse completamente solo.

Cuarenta minutos después, al llegar a las cabañas, Ruth se bajó del coche y se dirigió hacia la suya. David la siguió por pura costumbre, como cada día, porque la verdad era que llevaba semanas viviendo más en esa cabaña que en la suya propia.

Pero al llegar a la puerta, ella se giró.

—No —dijo, deteniéndolo con una frialdad en la mirada que David jamás había sentido estando cerca de ella.

Él se quedó inmóvil.

—Ruth, te lo pido por favor. Habla conmigo.

—No quiero, David. No quiero hablar de nada porque no merece la pena.

A David se le cerró el pecho.

—¿Eso piensas? —preguntó, dolido—. ¿Que lo nuestro no merece la pena?

Ruth sostuvo su mirada. No había enfado en sus ojos, sino una especie de resignación que a David le dolió todavía más.

—Es lo que tú me has demostrado.

—Ruth escúchame.

—No David no. Eres tú quien ha considerado que lo que tenemos no era lo bastante importante como para decirme que tu médico quería cambiarte un tratamiento.

O que eso te preocupaba. O que necesitabas comentarlo con una psiquiatra con la que mantienes una relación importante.

Así que discúlpame si hoy no me apetece hablar, ni meterme contigo en la cama, ni fingir que no me ha dolido.

David bajó la mirada buscando una respuesta que le hiciera comprender que estaba equivocada, pero ella continuó antes de que pudiera responder.

—Yo no sé ser de otra manera. Y no voy a cambiar, David. Ni por ti ni por nadie. Tampoco quiero que tú te sientas obligado a darme explicaciones o a cambiar nada por mí. La gente no cambia.

David la miró, y a ella no le pasó desapercibida la capa de dolor que cruzó sus ojos. Fue apenas perceptible, pero bastó para que aquel verde, que tantas veces había visto encenderse de deseo y de ternura, le pareciera de pronto más oscuro.

—No —dijo, intentando que ella no advirtiera la tristeza que le provocaba sentirla tan lejos—. La gente no cambia. Pero puede encontrar a alguien con quien querer ser mejor. Y tú me haces querer ser mejor.

Ella apartó la mirada, incapaz de sostenerla sin derrumbarse, pero él dio un paso hacia ella, sin llegar a tocarla.

—Por eso me niego a tirar esto, sea lo que sea. Me niego a dejar que entres por esa puerta pensando que he querido ocultarte algo por Elisabeth, o que he querido hacerte daño. Yo no soy Diego.

Ruth giró la cabeza. Las palabras de David la habían emocionado, pero también le dolía que hubiera sabido leerla tan bien.

Que entendiera que el miedo a ser traicionada otra vez la había devuelto, sin pedir permiso, al mismo bucle de desconfianza y dolor del que llevaba tanto tiempo intentando salir.

—No soporto las mentiras —dijo finalmente, regresando su mirada a él con los ojos emocionados—. No puedo con ellas, David. No quiero volver a vivir rodeada de mentiras. Ni en una amistad, ni en el trabajo, ni en una relación.

David se acercó a ella y le cogió las manos, incapaz de soportar la decepción que veía en sus ojos.

—No te he mentido Ruth. Si no te dije nada fue porque no quería hablar de tratamientos ni de pastillas contigo. Porque me da asco. Me da asco esta puta enfermedad que llevo arrastrando años, y aquí, contigo, es el único sitio donde puedo olvidarme de ella.

—David…

—No, déjame terminar, por favor —dijo él, apretando sus manos con cuidado, como si temiera que se le escapara antes de poder decirlo—. Me he enamorado de ti.

Ruth se quedó inmóvil.

—De tu desorden. De tu creatividad. De tu nombre impronunciable. De nuestro gato. De la forma en que confías en mí y en mi música incluso cuando yo no sé hacerlo. De las rosquillas que me preparas porque dices que estoy demasiado flaco.

Ruth se emocionó sintiendo que algo se le rompía despacio por dentro.

—Me he enamorado de los rizos de tu pelo, del ámbar de tus ojos, de tu sonrisa, de tus labios, de tu cuerpo y de las ganas que tengo de perderme y fundirme con él cada día —continuó David, como si alguien hubiera abierto una compuerta y ya no pudiera cerrarla—.

Y me da miedo que un día abras los ojos y te des cuenta de que a tu lado solo hay un hombre enfermo, con un pasado lleno de mierda que antes o después la prensa, o cualquiera, nos va a recordar.

Me da miedo que pienses: “¿Qué hago aquí?”, y te vayas.

Porque te perdería. Y yo no quiero perderte.

Dios, no sé cómo explicarlo —añadió, girando la cara, frustrado consigo mismo y enfadado con su propia torpeza.

Ruth sintió que todas las fuerzas con las que había intentado resistirse a él se derrumbaban. En su lugar, empezó a abrirse paso una calma nueva, hecha de ese amor que llevaba días anidándose fuerte en ella. Respiró hondo, sonrió despacio sin poder evitarlo y se acercó a él.

—¿Te gustan mis rosquillas?

David volvió la cabeza hacia ella. Por un momento, pareció no entenderla. Después bajó la mirada, casi avergonzado.

Probablemente acababa de hacer la peor declaración de amor de la historia. Él, que era capaz de componer canciones llenas de historias de amor que cantaba medio planeta, le había hablado de rosquillas a la mujer que quería.

—Sí —admitió al fin—. Me gusta todo de ti.

Ella se acercó y le puso las manos en la cara con dulzura para que volviera a mirarla.

—Todo no. El arroz con leche te dio asco.

David soltó una risa ahogada, de esas que nacen en mitad del dolor y alivian más que cualquier palabra.

—Ya… —murmuró.

Entonces Ruth lo besó.

Los dos tenían la cara helada por haberse quedado fuera, rodeados de nieve, hablando como si el frío no existiera. Pero la boca de David seguía siendo cálida, y sus brazos, al rodearla, parecieron devolverles a ambos el calor que necesitaban.

Cuando se separaron, ella lo miró con una dulzura que hizo que David recuperara por fin el aire que llevaba toda la tarde sin sentir en los pulmones.

—A mí también me gusta todo de ti —dijo, sonriéndole—. Aunque el cáncer y el arroz con leche den mucho asco.

David sonrió sin poder evitarlo.

—Te quiero tanto Ruth.

Ella acarició su mejilla.

—Yo también te quiero.

Esa noche, Darcy volvió a ser testigo silencioso de lo que ocurría entre ellos. Los vio entrar en la cabaña todavía cogidos de la mano, con la nieve pegada a los abrigos y algo distinto en la forma de mirarse. Y, cuando la puerta se cerró tras ellos, el mundo volvió a quedarse fuera.

Una noche más, solo estaban ellos y un amor capaz de gritar más fuerte que el miedo.