Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Ruth abandonó el ático de Lars con una sensación agridulce instalada en el pecho desde que el nombre de Elisabeth había sonado entre ellos.

No quería darle importancia. Se repetía que David había tenido una vida antes de ella, vínculos que no podía borrar de un día para otro, y que Lars no era imparcial y hablaba desde la desconfianza.

Aun así, mientras el coche avanzaba por las calles de Zúrich y ella permanecía sentada junto al portabebés de la pequeña Anna, no conseguía quitarse aquella sensación de encima.

Anna dormía profundamente, ajena a todo, envuelta en una manta color crema, con los puños cerrados cerca de la cara y la boca entreabierta en una o diminuta que a Ruth le arrancó una sonrisa llena de ternura.

Llegaron a la Fundación Matthias Schneider poco antes del mediodía. Dedicada a la investigación oncológica y al acompañamiento integral de pacientes y familias, la institución era uno de los proyectos profesionales más importantes para Lena, que la presidía desde hacía años.

Lena ya estaba esperándolos en la entrada antes de que bajaran del coche, y a Ruth le bastaron dos segundos para ver cómo se le iluminaba la cara al verlos llegar.

—Hola, cariño.

Ruth no tuvo tiempo de contestar antes de que Lena la abrazara con fuerza. Y aquel abrazo la reconfortó enseguida.

Había conocido a Lena a través de Lars, años atrás, cuando rodaron juntos Hasta encontrarme en ti.

Ruth había sido testigo de los primeros momentos de aquella relación.

Estuvo en su boda, y habían compartido fines de semana hablando de cine, de amor, de pérdidas y de segundas oportunidades.

Y cuando Diego destrozó y mancilló su matrimonio y, con él, una parte de la confianza que Ruth tenía en sí misma, Lars y Lena habían sido un refugio real.

—Hola, Lena —dijo Ruth, devolviéndole el abrazo.

Lena se separó un poco y la miró con atención.

—¿Estás bien?

Ruth sonrió.

—Sí. Solo cansada.

Lena no pareció creerla del todo, pero no insistió.

—Pasad a mi despacho, por favor. Termino un informe que tengo que enviar a microbiología y nos vamos a comer. Prometo que son cinco minutos.

—Tus cinco minutos ya me los conozco yo —murmuró Lars, sacando el portabebés del coche.

—Hoy intentaré que sean cinco con puntualidad inglesa —dijo Lena, antes de darle un pequeño beso en los labios y mirarlo con una complicidad que suavizó de inmediato el gesto de Lars.

Lena caminaba delante, con paso rápido, saludando a varias personas por el camino, y justo al pasar junto al despacho contiguo al suyo, la puerta se abrió y de él salieron Elisabeth y David.

Ruth se detuvo y todo pareció quedarse suspendido.

Su cara perdió el color antes de poder evitarlo. David también se tensó al verla. Fue apenas un cambio en la postura, un endurecimiento de la mandíbula, una sorpresa demasiado rápida en los ojos. Pero Ruth lo vio. Lo vio porque ya empezaba a conocerlo.

Ninguno de los dos esperaba encontrarse allí. Sobre todo, porque él no le había dicho que había quedado con Elisabeth.

Elisabeth, en cambio, sonrió con naturalidad al encontrarse con ellos, con una seguridad tranquila, casi cálida, que hizo que la incomodidad de Ruth se volviera todavía más difícil de justificar.

—Hola, Lars —saludó Elisabeth con amabilidad.

Después su mirada bajó hacia el portabebés.

—Oh, pequeña Anna… Pero qué bonita estás.

Se acercó con una sonrisa suave y acarició con mucho cuidado la manita de la niña, sin llegar a despertarla.

—Está enorme —añadió.

—Es una tragona, como su padre —respondió Lena, sonriendo y mirando a su marido, que había cambiado el gesto en cuanto vio a David.

—Hola, Ruth. Me alegro de volver a verte —dijo Elisabeth, volviéndose entonces hacia ella con una sonrisa tranquila.

Ruth tardó en reaccionar.

—Hola —respondió, haciendo un esfuerzo para que su voz sonara amable.

David dio un paso hacia ella.

—Ruth. ¿Todo bien?

Se dio cuenta de lo absurdo de la pregunta en cuanto la pronunció.

—Perfecto —respondió ella, con una serenidad tan medida que a David le dejó un nudo en el estómago.

En ese momento, Lena, ajena todavía a la tormenta que acababa de instalarse en el pasillo, sonrió a David.

—¿Qué tal todo? Elisabeth me comentó que vendrías porque el doctor Baumann te había planteado un tratamiento nuevo para esta etapa de más estrés, con la vuelta a los escenarios, y querías que Eli también lo viera.

Espero de verdad que vaya genial. Ya sabes que, si hay cualquier cosa en la que yo pueda ayudarte, solo tienes que decírmelo.

David sostuvo la sonrisa con educación.

—Muchas gracias, Lena.

Ruth notó cómo algo se le cerraba despacio en el pecho.

¿Un tratamiento nuevo? No supo qué le dolió más: encontrarse con David allí, que él no se lo hubiera dicho o que aquellas palabras hubiera aparecido de pronto entre ellos con la naturalidad con la que se menciona algo que todos conocen menos ella.

Lars observaba la escena en silencio y la entendió demasiado rápido.

Vio en la cara de Ruth aquella incredulidad contenida bajo una educación impecable. Vio la tensión en David. Vio, sobre todo, que ella no sabía que él iba a estar allí. Y, justo entonces, la desconfianza que sentía hacia él se multiplicó.

—Bueno —dijo, mirando directamente a David—. Vamos hacia el despacho. Parece que David y Elisabeth tienen mucho que hablar.

David sintió el cinismo que escondía aquella frase y el enfado le subió de golpe, pero también sabía que no tenía derecho a mostrarlo.

Había ido a la fundación al salir de la reunión con su mánager porque necesitaba hablar con Elisabeth sobre su tratamiento.

Su psiquiatra, el doctor Baumann, había insistido en aumentar la dosis de manera puntual, teniendo en cuenta las exigencias físicas y mentales que implicaban su incorporación completa a la industria musical y la presión mediática.

Y David, aunque confiaba en su médico, se sentía más tranquilo comentándoselo a Elisabeth y escuchando también su opinión personal.

No se lo había dicho a Ruth porque no quería hablarle de aquello. No quería meter en lo que estaban construyendo ninguna palabra que sonara a cáncer, a recaída, a control médico ni a fragilidad.

Y, si era sincero consigo mismo, tampoco había querido hablarle de Elisabeth.

No sabía cómo hacerlo porque no sabía dónde colocar esa relación ahora, en esa vida que empezaba a cambiar demasiado deprisa.

Y David, que podía llenar estadios con su voz, no había encontrado todavía una manera digna de decirlo sin que sonara a defensa o a culpa.

Elisabeth sintió la tensión en él.

Aunque David no le hubiera dicho claramente que estaba con Ruth de una manera seria, sabía que entre ellos había algo. Y sabía, sobre todo, que a David le importaba.

—Bueno —dijo Elisabeth, intentando suavizar la situación—. En realidad, ya hemos terminado.

Miró a David.

—Ahora íbamos a comer.

—Sí —respondió él, rígido—. Ya hemos terminado.

Lena, aún sin comprender del todo la corriente subterránea que cruzaba el pasillo, asintió.

—Estupendo. Entonces que disfrutéis. Nosotros también iremos pronto.

—Adiós —dijo Elisabeth—. Nos vemos luego, Lena.

—Claro.

Lena abrió la puerta de su despacho.

—Vamos.

Lars entró primero con Anna. Ruth lo siguió, obligándose a caminar sin mirar atrás.

Pero David la vio cruzar esa puerta y su voz salió antes de que pudiera detenerla.

—Ruth.

Ella se giró.

David dio un paso, pero no se acercó más.

—Te recojo a las cinco para subir a Safien, ¿verdad?

Pronunció esa última palabra con cuidado, como si no estuviera preguntando por una hora ni por un trayecto, sino por algo mucho más frágil.

Ruth lo miró.

Vio la duda en su cara y la súplica contenida que él jamás habría admitido en voz alta.

Y se obligó a sonreír, porque no tenía ninguna intención de que allí, en ese pasillo, nadie pudiera ver el dolor que sentía. Diego y su traición la habían expuesto ante el mundo, y si algo había aprendido de aquello era que no pensaba volver a quedarse indefensa delante de nadie.

—Claro —dijo, intentando que ninguna emoción la delatara—. Llámame cuando termines y quedamos.

David sostuvo su mirada.

—De acuerdo.

Ruth asintió apenas.

—Adiós.

Luego se giró y entró en el despacho de Lena, dejando a David con un frío en el cuerpo que nada tenía que ver con la temperatura cálida que aportaba la calefacción de la fundación.