Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Para mí fue otra herida —continuó—. Otra forma de sentir que alguien me arrebataba lo único que todavía era mío.

Yo no soportaba que opinara, que interviniera, que intentara poner límites en una vida que ya se había acostumbrado al caos y a la pérdida.

Las peleas fueron constantes. Yo no lo soportaba a él, y él…

él tampoco me soportaba a mí. Mara estaba en medio, siempre en medio, intentando sostener lo que ya estaba roto antes de que Lars llegara —tragó saliva, y algo en su rostro cambió antes de continuar—.

Luego conocí a Alex Graham, mi antiguo mánager y también el de Mara.

Un sinvergüenza sin escrúpulos, pero con una capacidad absoluta para moverse dentro de la industria.

Fue él quien logró que una banda de desconocidos problemáticos llenara estadios, y con el dinero llegaron también los excesos: el alcohol, las drogas, las noches interminables.

Demasiado dinero y ninguna consecuencia lo bastante inmediata como para detenernos.

Ruth sintió el peso de esa palabra: “detenernos” y pudo imaginar la inercia autodestructiva que se vivía día a día en aquella casa, arrastrándolos a todos sin que ninguno supiera cómo detenerla.

—Luego llegó el divorcio —añadió David, y la voz se le volvió más seca, más vacía—.

Y con él, lo peor. La prensa me adoraba entonces o, mejor dicho, adoraba mis borracheras, mis peleas, las mujeres de las que me rodeaba…

Todo llenaba horas de televisión y páginas enteras de revistas.

Yo era joven, estaba lleno de rabia y me dejaba destruir, porque eso era mucho mejor que mostrarles que lo único que quería era que mi madre regresara y que el puto cáncer no se hubiera cruzado en nuestras vidas y me la hubiera quitado.

Ruth sintió el golpe de aquella confesión y el miedo y la angustia que seguían latiendo debajo de sus palabras, pero permaneció callada.

—En medio de todo ese ruido que no lograba callar en mi cabeza, me ofrecieron una cantidad obscena de dinero por meter cámaras ocultas en casa de mi hermana —dijo David, y a Ruth le bastó oír cómo se le apagaba la voz para saber que estaban llegando a la parte que más le costaba contar sobre su relación con Lars—.

Querían convertir la intimidad rota de Mara y Lars en un documental disfrazado de confesión.

—Y aceptaste —dijo Ruth, mirándolo de frente, sin que hubiera juicio en sus ojos.

—Sí —respondió él, sin apartar la mirada, sin intentar suavizarlo ni ofrecerle una sola excusa—. Acepté.

Ruth sintió que aquella palabra caía entre los dos con todo su peso. Lo que había hecho era grave. Cruel. Imperdonable para muchos. Tal vez para Lars lo sería siempre.

—¿Por dinero? —preguntó, aunque ya intuía que la respuesta no podía ser tan simple.

—Por dinero —dijo David al fin, después de un silencio que a ella se le hizo eterno—. Por enfado. Por hacer daño. Porque todo me daba igual. Porque yo me daba igual.

Ruth no supo qué decir al principio. Podía ver la culpa en él, pero también sabía que la culpa no reparaba nada. No devolvía la intimidad robada y no borraba la traición.

—No puedo pedirle a Lars que lo olvide —dijo David, con una serenidad que a Ruth le dolió más que si lo dijera enfadado—. Nadie tiene derecho a pedírselo, Ruth, ni siquiera tú.

Ella no dijo nada. Solo se acercó y lo abrazó fuerte, dejando que su cuerpo dijera por ella lo único que podía decirle en ese momento: que lo había escuchado y que seguía allí.

Porque había confiado en ella, le había mostrado una de las partes más oscuras de sí mismo, y eso, aunque no borraba nada, había cambiado la forma en que ella lo miraba y había reforzado un amor que, aunque ni ella misma sabía cómo había llegado y aún le diera miedo pronunciarlo en voz alta, en ese momento sentía como una certeza.

Pero ahora, frente a Lars, Ruth entendía por completo su desconfianza. Entendía su herida. Entendía que quizá Lars jamás pudiera perdonar a David.

Por eso, algo en ella se desvaneció, y dejó de luchar por algo que tal vez, como David le había dicho, ni siquiera tenía derecho a pedir.

—De acuerdo —dijo finalmente.

Lars se giró hacia ella.

Ruth cerró la carpeta y se levantó.

—No pasa nada. Buscaré otra solución.

—Ruth…

—Lo entiendo, Lars, y tienes razón. Has invertido mucho dinero en este proyecto, has confiado en mí cuando casi nadie lo habría hecho y yo no puedo pedirte más.

—Eh, para.

Ella negó despacio.

—No, de verdad. Lo haré de otra manera.

—Ruth, siéntate, por favor.

Pero ella ya estaba de pie, con la carpeta abrazada contra el pecho y esa calma demasiado frágil que aparentaba cuando intentaba no romperse delante de nadie.

Lars la miró y comprendió lo que había detrás de aquella rendición.

No era orgullo herido. Era tristeza. Una tristeza difícil de disimular, porque aquella decisión no era solo profesional para ella.

—Hay algo importante entre David y tú, ¿verdad? —preguntó Lars al fin, con más calma.

Ruth se quedó quieta. No contestó enseguida. Apartó la mirada hacia el ventanal, hacia el lago gris, hacia la ciudad que seguía moviéndose abajo como si nada de aquello importara.

—Sí —respondió finalmente, volviendo a mirarlo.

Lars sintió cómo se le tensaba el cuerpo. Se pasó ambas manos por el pelo, en un gesto con el que intentó contener lo que acababa de cruzarle por dentro.

—Madre mía, Ruth…

—No sé si es una locura —añadió ella, antes de que él pudiera continuar—. Probablemente lo sea. Pero sí, hay algo y es importante para mí. No voy a engañarte con eso.

Lars la observó en silencio. Ruth era su amiga.

Una de las pocas personas de aquel mundo rodeado de focos en las que confiaba sin reservas.

La había visto pelear por hacerse hueco en una industria acostumbrada a ponerle las cosas mucho más difíciles a las mujeres por el mero hecho de ser mujeres.

La había visto defender proyectos cuando faltaba dinero, cuando sobraban egos, cuando otros habrían abandonado por miedo, por orgullo o por simple cansancio.

También había tenido el privilegio de trabajar bajo sus órdenes, de formar parte de su universo creativo, de comprobar que, en sus manos, el cine no era solo una maquinaria enorme y carísima destinada a llenar salas, sino una forma de contar historias con alma.

Por eso no dudaba de ella. No de su talento, ni de su criterio, ni de su manera de mirar una película hasta encontrarle el pulso.

Pero David era otra cosa.

De David no se fiaba. Esa era la verdad. Sabía el daño que podía hacer cuando estaba roto. Sabía la facilidad con la que el caos se le pegaba como si fuera una segunda piel.

Y, aun así, había algo que, aunque le costara reconocer, sabía que era cierto.

David había sido un crío cuando entró en su vida.

Un crío descontrolado, sí. Cruel a veces.

Hiriente. Capaz de quemarlo todo solo para no aceptar que tenía miedo.

Pero un crío, al fin y al cabo. Y, si era sincero, él mismo tampoco había sido mucho mejor.

Durante años, Mara, David y él habían formado una especie de triángulo destructivo hecho de amor mal entendido, orgullo, alcohol, drogas, dinero, cámaras, portadas y demasiadas heridas abiertas, donde ninguno había sabido cuidar de nadie.

Él había salido de aquello. Había tardado años, pero había salido.

Y no lo había hecho solo. Lena había confiado en él cuando casi nadie tenía motivos para hacerlo.

Había visto algo debajo del desastre y lo había ayudado a reconstruir una vida distinta, más limpia, más real.

Ahora tenía un trabajo que ya no necesitaba convertir en incendio, unos hijos compartidos con Mara de los que por fin ambos podían disfrutar sin hacerse daño, y una hija con Lena que le recordaba cada día que la felicidad podía estar escondida en el balbuceo dulce de una bebé.

Tenía una casa llena de estabilidad y una mujer que lo esperaba al final de cada día, que le daba amor, calma y una paz que a veces, todavía, sentía que no merecía del todo.

¿Quién era él, entonces, para negar que otra persona pudiera cambiar?

Se acercó a Ruth despacio. Ella seguía abrazada a la carpeta, como si necesitara sujetarse a algo. Lars se detuvo frente a ella.

—De acuerdo.

Ruth alzó la vista.

—¿Qué?

—Si tú confías en él, yo también voy a hacerlo, Ruth.

Ella lo miró como si no hubiera entendido bien.

—Lars…

—Tú eres la directora. Eres el alma de Eternity. La creadora. Y si crees que David puede darle a la película lo que necesita, voy a confiar en tu criterio.

La emoción le cruzó el rostro antes de que pudiera contenerla.

—¿De verdad?

Lars asintió.

—De verdad.

Ruth soltó el aire despacio, como si acabara de recordar que llevaba un buen rato sin respirar.

—Gracias.

Él sonrió apenas.

—No me las des todavía.

Ruth frunció el ceño.

—¿Por qué?

Lars eligió bien sus palabras. O lo intentó.

—Porque sigo preocupado. No por la película. Por ti.

Ella lo miró, intentando descifrar el significado de sus palabras.

—No estoy diciendo que David sea el mismo de antes —continuó Lars, con la voz más baja—. Ni siquiera sé quién es ahora. Pero sé quién fue conmigo, con Mara y consigo mismo. Y sé lo que ocurre cuando alguien con tanto descontrol y tanto ruido dentro entra en la vida de otra persona.

—Todos tenemos ruido dentro, Lars.

Él suavizó la mirada.

—Lo sé. Y no quiero meterme; además, no tengo derecho a hacerlo. Pero eres mi amiga, y no quiero verte sufrir por alguien que quizá todavía no sabe cuidar la confianza que tú le estás dando.

Ruth tragó saliva. Quiso defender a David de inmediato.

Decirle que no era así. Que era cuidadoso, tierno y divertido.

Que cuidaba a su gato, que la cuidaba a ella y que le había devuelto la confianza en sí misma, incluso adorando su propio desorden.

Que había aprendido a hacer bizcochos y amasar pan solo porque sabía que cocinar la relajaba, y que cada noche la abrazaba fuerte y hacía que el miedo, las dudas y el frío de estar lejos de España, de su casa y del que había sido su mundo se quedaran fuera.

Pero sabía que Lars no estaba hablando de ese David, sino de otro que también había existido.

—Lo sé —dijo al fin—. Sé que no puedes fiarte de él solo porque yo te diga que lo hagas. Pero yo sí confío en él y siento que es importante para mí.

Lo dijo despacio, como si al pronunciarlo ella misma también estuviera descubriendo hasta qué punto era cierto.

Lars la miró con calma, sabiendo perfectamente que Ruth se había enamorado de él, pero no pudo evitar decir algo que llevaba quemándole en la boca desde el principio.

—Sabes que Lena trabaja con Elisabeth Fischer, ¿verdad?

El nombre cayó en la habitación con una precisión incómoda.

Ruth no se movió.

—Lo sé.

—Y sabes que entre David y ella sigue habiendo algún tipo de relación.

—Conozco a Elisabeth —respondió Ruth, intentando que su voz sonara firme—. Y David me ha hablado de ella.

Lo dijo con una seguridad que en realidad no sentía.

David le había hablado de Elisabeth lo suficiente para que Ruth supiera que había sido importante.

Lo suficiente para entender que no era simplemente una ex ni una sombra del pasado que pudiera apartarse de forma sencilla.

Pero no lo bastante para que la inquietud desapareciera.

Porque también estaban las llamadas diarias que había visto varias veces en la pantalla del móvil de David. Ella nunca le había preguntado, no porque no quisiera saberlo, sino porque temía que, al hacerlo, algo cambiara entre ellos y le doliera demasiado.

Lars la observó, demasiado acostumbrado a leer silencios.

—Ruth, no estoy intentando hacerte daño.

—Lo sé —dijo ella, bajando apenas la mirada, porque cada vez le costaba más sostener la de él.

—Solo quiero que, si vas a mezclar tu trabajo con lo que sea que está pasando entre vosotros, estés completamente segura.

Ruth sintió una punzada de molestia. No porque Lars estuviera siendo cruel, sino porque tal vez estaba pronunciando en voz alta, lo que ella no quería del todo escuchar.

—Lo estoy, Lars —dijo finalmente intentando mantenerse firme en su decisión.

Él no insistió. La conocía lo bastante para saber que, cuando Ruth hablaba así, cualquier advertencia de más solo conseguiría alejarla.

—De acuerdo, entonces lo haremos —dijo por fin, con una sonrisa tenue.

Ruth parpadeó, todavía arrastrando el eco de Elisabeth en la cabeza.

—¿Sí?

—Sí.

Ruth sonrió sin poder evitarlo. Lars la observó un segundo más y su expresión se suavizó.

—Gracias —dijo ella, acercándose a él para abrazarlo.

Él correspondió al abrazo con afecto. Para Ruth, Lars no era solo el actor que mejor sabía habitar sus personajes más complejos. No era solo el productor que había salvado Eternity cuando el proyecto parecía venirse abajo.

Era su amigo.

Y que le diera aquella confianza, a pesar de David, a pesar del pasado y a pesar de todo lo que todavía no estaba resuelto, significaba más de lo que podía decirle sin que la voz se le quebrara.